30 mar 2015

2ª EDIC ESP. 8/100 JOSUÉ EL RE-CONQUISTADOR DE CANAAN

8/100        JOSUÈ El Re–CONQUISTADOR DE CANAAN


En los tiempos actuales las acciones como las de Josué, el guerrero conquistador, le llevaría entre los acusados en Núremberg.  En caso de derrota, por supuesto; porque los vencedores siempre tienen la razón y nunca son llevados frente a un tribunal.  VAE VICTIS… como dijo Brenno. Muchos soldados en diferentes épocas han tratado de encontrar excusas  refugiándose en  la  "obediencia debida", para salvarse de una casi segura sentencia de muerte en caso de derrota. ¿Qué podía hacer el pobre Josué si las órdenes de exterminio o solución definitiva le venían del mismo Dios?
 
 Josué  (o Yehoshúa  o Jesús) había nacido como  esclavo en Egipto, de la tribu de Efraín, hijo, con su hermano Manases, del favorito  José – él vendido por los hermanos malos  y que más tarde se convirtió en vice Faraón -  y que se  había casado  con la hermosa egipcia aristocrática Asenat. De modo que ni Efraín ni Manasés ni Josué mismo eran de pura raza israelita a pesar de la bendición del viejísimo Isaac, poco antes de morir. Después de muerto se duda que lo hubiera podido hacer.  Aparte  la consideración obvia de que, fieles a Yahvé o no,  no se puede pensar que durante 600 años en Egipto, ya sea como hombres libres o como esclavos,  los hombres  --  siempre hombres y con sus  viejas costumbres  arraigadas por la naturaleza  --   no hayan tenido  relaciones amorosas con las hermosas, voluptuosas y perfumadas egipcias. En cualquier caso, de pura raza israelita o no, una vez pasado el Mar Rojo y haberle echado trompetillas al atónito y rabioso  Ramsés II,  nuestro Moisés,  jefe casi máximo,   comandante casi supremo, nombró  su lugarteniente a Josué, muchacho lindo y lleno de energía, para proceder a la re-conquista de la Tierra Prometida de Palestina, la siempre  fértil. Lo envió por delante con 11 compañeros para ver si su valle seguía  siempre verde. Porque en realidad en 600 años ninguno de ellos la  había  nunca visto  y se hablaba entre los pobres hebreos esclavos en Egipto como de un  cuento de hadas  y  los rabinos  como de una   tierra mítica con connotaciones religiosas.  Como sabemos, era la famosa antigua   y épica tierra prometida por Yahvé a Abraham, que después pagó a los hititas las famosas 400 monedas para comprar allí el primer pedacito o de tierra  para  convertirla en  tumba de los patriarcas.
  Recordaremos entonces que cuando  seis siglos antes  había llegado en la zona el período de feroz carestía y hambruna,  casi todos habían huido de esa tierra,  la abandonaron  aun que había sido ofrecida por Yahvé, para emigrar en busca de fortuna.  Y emigraran a Egipto.  Los pocos hebreos que se habían quedado se mezclaron con los pocos que se habían quedado y otras gentes nuevas que llegaron al pasar de los años.  Todos se establecían  allí  y todos consideraban esa tierra como su patria.  Y en fondo lo era, como lo será  para los pilgrims del Mayflouer.   Nihil novi sub soli.
Así que la orden perentoria de Yahvé era de volver a la tierra prometida y re-apropiarse  de ella  para sede del Pueblo Elegido. 
Joshua,  hábil guerrero, obediente a Moisés y Yahvé, tratará de emular a su sub-Jefe. No pudo atravesar  el Mar Rojo porque ya estaba  atravesado,  sino más modestamente atravesó un rio, el Rio Jordán, también importante. Y el río Jordán, consciente de su deber,  frenó  sus aguas para permitir el paso de las tropas de Israel y comenzar así la primera guerra del Resurgimiento Israelítico. En memoria y honor del evento, Josué ordenó la circuncisión de todos los Judíos de Israel que por una razón u otra  no hubiese sido  todavía circuncidados. Quizás por  los  600 años en Egipto, se habían casi olvidado de eso. Liberados entonces de la vergüenza del prepucio y ciertamente más ligeros, los israelitas iniciaron le épica reconquista con Jericó.  Conquistaron la ciudad en una manera extraordinaria. No fue  necesaria ninguna batalla.  Los muros cayeron solos,  al oír  el "soplo" de los Levitas.  ¿Quiénes eran? Unos sacerdotes.  Y esta vez unos  sacerdotes hicieron algo.  Los levitas eran los israelitas de la tribu de Levi. Pero  era  una tribu muy sui generis.  No tenían ninguna propiedad,  no tenían  tierra,  no tenían bienes raíces. Casi como el Vaticano hoy. Y vivían de limosnas. Casi como el Vaticano, siempre.  ¿Qué hicieron  esos levitas? Con el Tabernáculo-Móvil,  de su competencia, y con el soplo de sus trompetas a todo aliento, entonando himnos religiosos, dieron  vueltas y vueltas alrededor de los muros de Jericó. Durante horas.   Y al fin las paredes,  pobres paredes ya enloquecidas por los  las desafinadas trompetas a todo volumen,  en el ese ensordecedor estrépito y decibeles desatados, se cayeron por sí solas.

Las tropas de Israel entonces entraron felices  y victoriosas; se quitaron los tapones de los oídos y destrozaron a todos los habitantes, hombres, mujeres, ancianos y niños. Peor que los romanos en Cartago, peor que las SS en Auschwitz. Todos destripados menos una persona. Una mujer. Una puta conocida, de nombre  Rajab, que había estado ayudando a dos espías de Josué.
Los soldados, con la orden de no se sabe quién, la respetaron. No la destriparon. Ni a ella ni a su familia.  Todos a salvo: padre, madre, hermanos y hermanas y su pequeño perro. Ella era una traidora a su patria, es cierto.  Pero lo de ella no  era  traición: ella  se había arrepentido de no haber tenido una buena mamá quien le dijera quien era Yahvé;  y allí mismo,  perdonada y fulgurada por la gracia, se convirtió en  devota del verdadero Dios.  Como curiosidad, pero sin querer faltar al respeto absolutamente  a  un personaje importante que de respeto merece mucho,  diré que esa prostituta arrepentida  era  nada menos que un antepasado de Jesús de Nazaret.
¿Quién me lo dijo? Nadie. Lo leí en Mateo.
 Y aquí, sí, pongo  la referencia: Mat 1: 5.  
 Nunca se sabe.


Después de Jericó la mala suerte cayó sobre la ciudad de Ay.
Josué la conquistó con un hermoso truquito  y sin  la ayuda de putas. Y también fueron exterminados todos sus habitantes.
Josué era de verdad un tipillo muy especial. Dada su capacidad, su éxito y su ferocidad, todos los remanentes pueblos de Palestina se aliaron juntos para luchar contra estos "intrusos" israelitas que venían de Egipto. Pero a pesar de la alianza fueron exterminados.  Josué seguía pareciéndose siempre mas a un Héroe de la Ilíada, teniendo a su lado  al dios de la guerra.   Y así destruyó también a otra alianza, de cinco reyes de los amorreos.
Y... ¡poder de la fe!... 
…para que pudiera  terminar de matar incluso esos famosos cinco reyes amorreos, los únicos sobrevivientes de la matanza, el sol y la luna se detuvieron en el cielo. Y de esa manera  Josué tuvo tiempo de matarlos uno tras otro, porque no pudieron tener la oportunidad de recurrir a la oscuridad de la noche.  Un poco más tarde, después de un descanso para sus tropas, conquistará también a las ciudades de Maqueda, Libna, Eglón, Hebrón, Debir y en todas estas ciudades, los habitantes fueron simplemente exterminados. Todos, absolutamente todos, porque la orden era ¡matar a todos los hombres, mujeres, ancianos, niños, vacas, ovejas, caballos y camellos y todo lo que respirara!
 ¿Qué puede hacer un generalísimo, aun el más humano y generoso de los militares,  si el Comandante en Jefe da una orden de exterminio de este tipo?

Como último acto de guerra también ganó el rey de Jasor.
Y con eso  se habrá completado  la re-conquista de la Tierra Prometida - Canaán - Palestina - el Creciente Fértil.

Según las últimas órdenes de Yahvé, distribuirá las tierras recuperadas y murió de 110 años de edad, satisfecho  por  haber actuado de acuerdo a la voluntad de Yahvé, el Único, él Solo.


Pero nunca se le erigirá ninguna estatua,  porque no estaba  todavía  admitido  el culto a la personalidad.

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