27 mar. 2015

2ª EDIC. ESP. 7/100 MOISÈS

7/100                               MOISES



 Moisés es uno de los personajes más conocidos en el mundo. Si realmente existió o no, podemos decir que es casi un detalle de poca importancia. Lo que  interesa de él,  o de su imagen proyectada, ha sido y es la personificación de la fuerza y la implementación de una idea.  Idea de libertad, en primer lugar, pero también de  justicia, tenacidad,  fuerza moral, capacidad para dirigir a un pueblo. Y también con esa forma particular de ascetismo típica de los que nunca han mirado el interés personal. Muy pocos, en realidad.
Su figura es de libertador, líder y  legislador. Un héroe, casi un semidiós para los judíos, cristianos, musulmanes; pero no solamente para los fieles del Libro,  sino para todos y para siempre. Un símbolo del hombre. Y el Hombre,  como tal, solamente  tiene méritos; no tiene defectos. Hay fallas, por supuesto.  No importa. Son detalles.  El Hombre es hombre sólo por los grandes méritos. Los defectos se dejan para el hombre normal; casi diría, con algo de ironía, para el hombre normal, repito, para que  pueda tener algo, él también.  Probablemente ha sido también una de las personas  más retratada comenzando con la escultura del escultor por antonomasia, Michelangelo Buonarroti.
 ¿Por qué no hablas? le preguntó.  Pero Moisés se quedó inmóvil, en silencio, estatuario.
 Vamos a hablar un poco acerca de Moisés, de lo que sabemos, porque nos han referido mucho de él   algunos válidos historiadores y montones de  cuenta historias.  Nació en Egipto, en el último período de la denominada cautividad judía en Egipto.  Más o menos alrededor del  1200-1300  a.C.   Y vivió, según la tradición, la belleza de 120 años.
Incluso hoy en día, y nadie lo sabe, sólo unos  pocos eruditos judíos: el actual auspicio  hebreo de que alguien pueda vivir hasta los 120 años, se remonta  a una antigua fórmula hebrea de felicitaciones,  que nace de  la edad de Moisés, cuando murió  al regresar  a Palestina, en sus 120 añitos bellos.   Por  eso el número mágico de 120 permanece desde entonces aun  que hoy  se cante el feliz cumpleaños, tal vez en inglés y con muchas candelitas. Pero es una vieja autóctona tradición judía. 
En los días  de su nacimiento un reciente decreto del Faraón,  para tratar de  contener el  excesivo reproducirse de tantos judíos en su reino, había ordenado  que  todos los hijos varones de esclavos judíos fueron arrojados al río.  Pero la hermana de un bebé  recién nacido, Marian,  para tratar de salvar al hermanito  de la muerte por el decreto del Faraón,  lo depositó en un hermoso cesto de mimbres   en las aguas del misterioso  Nilo, envuelto en una  típica cubierta judía, levítica si no recuerdo mal,  para defenderlo del frío. Y la cesta de mimbre, según el deseo de Yahvé y  con el nené llorando adentro, fue llevada por las olitas  hasta la playa  donde estaba jugueteando una chica que no era otra que la hija o la esposa del faraón, y esperaba con ansiedad la llegada de un niño, un hijo, que nunca había podido tener antes.
 Así que  el niño, obviamente  el futuro famoso Moisés  -  el Salvado de las Aguas, eso significa - fue considerado regalo del cielo. Las manos alegres y temblorosas de la joven mujer  lo recogieron. Y el niño creció en la familia del Faraón y educado como un príncipe.  Egipto en ese momento era el país mas civilizado del mundo,  con la excepción, quizás, de la dinastía china Chan con  sus bellísimas porcelanas.  Pero en ese momento los chinitos  estaban todavía muy tímidos,  por allá lejos  arrinconados, y nadie sabía dónde ni  lo que estaban haciendo. Ni le importaba a nadie saberlo. Habrá que esperar a Odorico da Pordenone y a Marco Polo  de Venezia,  italianos mete-narices, para  saber algo de ellos y de sus maravillas. 
Regresamos: en el tiempo de Moisés, los Judíos de Egipto habían perdido desde hace tres largos siglos las  muchas prerrogativas adquiridos con José,  el hijo de Isaac y Raquel porque entonces los Faraones eran los Hycsos (o ETEI), amigos, indoeuropeos, quién sabe, de origen semita o asiática  al igual que los Judíos y que habían  ocupado Egipto, como ya hemos descrito.  Y tenían armas de hierro y la primera división en la historia de las Panzerdivisionen: Coches-Carros-Armados. Pero, después de algún tiempo, unos tres siglos más tarde de los días del José  casi Vice Faraón,  los Hycsos desaparecen de Egipto y de la historia. Los antes  favoritos judíos se convertirán en esclavos; como también hemos dicho antes.
 Nunca se supo si Moisés sabía de su origen judío desde  niño o si lo supo solo en edad adulta.  No importa. La tradición nos dice que él mató a un guardia cruel egipcio por un acto de intimidación en contra de un judío esclavo.  Y  tuvo que huir. Pero aquí hay algo que chirría.  Si Moisés era  príncipe, que matara  a uno o a diez  soldados no importaba.  Si  tuvo que escaparse...algo no cuadra.  Un Príncipe podía matar tranquilamente y no tenía que escaparse de nadie. 
 Bueno.  Como fuera, se escapó  al Sinaí, donde trabajó como pastor ¡por la belleza de 40 años! De príncipe a pastor, el cambio es fuerte.  Y entre una oveja y otra tuvo tiempo de casarse con una tal  Sófora y tener un hijo. Sófora era descendiente de Esaú,  el de las lentejas. Por lo tanto era Semita-Idumea pero no Semita-Israelita.  Por eso  ni  Marián ni Aarón, hermanos de Moisés,  nunca la aceptarán como esposa de Moisés y menos al hijo de ambos.
Pero un fatídico día un evento sobrenatural  va a cambiar la vida de Moisés y el pueblo de Israel.
Una zarza,   un arbusto de moras grande con terribles lenguas de fuego apareció de repente  frente de los ojos atónitos del pastor y ex­-príncipe Moisés. Y desde la zarza salió  una dulce voz de ángel que le dijo que ahora era el momento de regresar a Egipto para obedecer a Yahvé  y liberar el pueblo elegido de la esclavitud.   Moisés regresó, claro. No sé si solo o si dejó la esposa y el hijo, idumeos, y no israelitas y se llevó las cabras.  Pero regresó a Egipto. Allí se unirá con Aarón, su hermano. Se  reconocerán  a pesar de los 40 años sin verse. Convencidos de su función divina, piden audiencia al  Faraón para pedirle la liberación del pueblo de Israel. El Faraón les recibe en la corte, presentes los peces gordos de su gobierno y los inmancables sacerdotes sabios. Y aquí  se asistirá  a los sucesos mágicos de la lucha  entre serpientes, evocados por la magia.  La serpiente de Moisés, por supuesto, es la victoriosa en este duelo con las serpientes de los sacerdotes egipcios. Pero si es cierto que gran parte de lo que estamos refiriendo es opacado por las brumas inciertas  del pasado y la leyenda, lo cierto es que en aquellos tiempos de supuesta presencia de Moisés,  la persona históricamente cierta  en Egipto era el Faraón.  Nada  menos que Ramsés II, personaje real, el más grande de los Faraones de Egipto después de la caída de los Hycsos. Fuerte, valiente, capaz, cruel.  Hueso duro de roer, incluso para Moisés. Y, de hecho, de acuerdo con la historia, la fábula o lo que sea, debido  a la comilona que hizo la serpiente de Moisés, los famosos Magos - Sacerdotes de Ramsés II, se vieron  obligado a admitir que el Dios Judío es más fuerte que el Dios Egipcio.  Lo cual desencadena  la ira del Faraón furioso contra sus magos de  pacotillas, gritándoles que  dejen de decir pendejadas  y  que si no se retractan de inmediato, los enviará a desollar vivos  colgando de una ramaEde un árbol.  Así era Ramsés II, el Grande.  Un hueso para roer, decíamos, inclusive para Moisés.
Aquí, a este respecto, quiero recordar  como un manjar cultural, que el monoteísmo es la creencia en un solo Dios, uno solo  para todo el mundo.  Después de Moisés existirá un solo Dios, Yahvé,  para  Judíos y Sucesores; sucesores son los judíos-romanos-cristianos  dentro de 1200 años aprox. y  600  años después de ellos  lo serán  también los judíos-árabes - musulmanes. Antes de Moisés, sin embargo, entre los Judíos se observaba una vaga idea de henoteísmo, la posibilidad de la coexistencia pacífica entre  diferentes dioses, aunque con cierta jerarquía. Pero de una misma región o nación. En resumen, un poco como en Atenas y Roma  con el supremo Zeus- Júpiter y los otros dioses  de menor categoría pero con funciones diferentes.
 Volvamos al Faraón.
 Moisés pudo  convertir su bastón  de pastor en serpiente voraz capaz de comerse las serpientes de los magos. Pero eso no fue razón suficiente para que el Gran Ramsés II  renunciara fácilmente a aquellos trabajadores  que eran  los esclavos hebreos. Probablemente él no creía en ningún Dios, sino sólo en sí mismo, como casi siempre ocurre con los grandes hombres,  siempre muy pretenciosos, aun que se vistan de aparente humildad.  Así que a pesar de la comilona serpentina el Faraón  mantuvo su negativa inflexible de dejarlos  salir de Egipto: no hay libertad para los judíos. Y fue así que entonces  que Moisés “fue claro que te espero….obligado” a recurrir a las famosas diez plagas.  Bien crueles en sí, según los criterios de hoy día,.  Y la última de las cuales, la muerte de todos los varones primogénitos egipcios, otra matanza de inocentes, con su feroz y sombrío  dramatismo,  logró  la libertad de los judíos. Y así fue que Moisés, finalmente autorizado  por orden judicial,  con sello  lacrado y toda la parafernalia legal, pudo  comenzar  a tomar el camino de regreso a casa,  después de 600 años en Egipto.  Muy  lejos de allí, hacia la tierra de Canaán y Palestina.  La tierra de Abraham.
Camina y camina...  y la caravana de los judíos salmodiando, con o sin sus impasibles camellos   rumiando,  con una caterva de mujeres, niños, jóvenes y viejos,  y perros y gallinas  y ovejas quizás robadas en alguna parte,  con Moisés y Aarón a la cabeza, en sus funciones de líderes, con ocasionales caídas de maná del cielo como  paquetes de la Cruz Roja, esa caravana, decíamos,  llega por fin hasta orillas del Mar Rojo. Una vez llegados a las orillas sagradas, a los libres fugitivos no les dio  tiempo comerse ni un sándwich Kosher… se miran alrededor  y de lejos entrevén las tropas del Faraón que se acercan.  ¿Qué había pasado?
 El Faraón, sumamente dolorido por la muerte de su hijo, sí, les había concedido el permiso de irse de Egipto “¡Que se vayan!  ¡Que se vayan!... no quiero verlos más…”  Pero después de pensarlo un poco, más tranquilizado, había cambiado de opinión. Se había sentido  burlado como un idiota  por lo que él consideraba una superstición ridícula.   Y quería llevar otra vez  a los judíos como esclavos en su reino. Y tratarlos peor que antes.
   Y en la orilla del mar Rojo,  se dio el evento más fantasmagórico de toda la historia de nuestro mundo.  Se abrieron las aguas del mar, y los fugitivos pero ya libres  judíos pudieron   cruzar por tierra aquella  la mar que se cerró después de ellos, terrible y apocalíptica, para ahogar las fuerzas del implacable Faraón.  
Pero Ramsés  no murió ahogado. Sobrevivió. Algunos dicen que observó atónito y rabioso  desde tierra firme  la escena apocalíptica... Pero hay una corriente más moderna que sostiene la tesis del Surf.  O sea que Ramsés sabía como cabalgar las olas con la tabla y se salvó.  En alguna parte debo de haber leído también de eso.  O ¿me lo habré inventado?
Y admitiendo a regañadientes  el desastre como  voluntad del dios de los Judíos, Ramsés II, se regresó al palacio faraonil, donde lo esperaba Nefertari, la esposa de Ramsés, la eternamente enamorada de Moisés, para dar sepultura al hijito de ambos, muerto con la decima de las llagas. 

Ya los Judíos habían llegado al otro lado del Mar Rojo. Fue en esta ocasión que,  ya libres y felices, construyeron  su  Tabernáculo.  Era un gabinete, como un  santuario, que contenía el Arca de la Alianza entre Yahvé  y el pueblo de Israel. Los Judíos siempre llevaràn consigo  el Tabernáculo hasta que se construirá  el Templo de Salomón en Jerusalén. Y el Arca, que estaba dentro, será  de preciosa madera negra de acacia, chapada en oro, con dos querubines colocados encima; y  tendrá  las famosas Tablas de la Ley, un frasco con el maná, el siempre recordado maná,  regalo del cielo para alimentar a los hambrientos Judíos errantes en el desierto. Y también habrá el bastón florido de Aarón.

 Pero  un cierto día, dentro de siglos, el Arca desaparecerá.
¿Dónde  estará?
¿Quien se la llevó?
 Un sin fin de suposiciones  donde en un fantasmagórico  cocktail se unirán  involucrados   el Reino de Etiopía, los cruzados y una iglesia copta.

 Pero seguimos con Moisés, ahora. Sabemos de sus andanzas por el desierto durante 40 años. Evidentemente era adicto a las cuarentenas: 40 años como pastor y 40 años a caballo de un camello.  Y finalmente pudo ver  de lejos  el verdor de la Tierra Prometida de Abraham,  abandonada hace 600 años.
Moisés había llegado a la bella edad de 120 años. Y  al ver la Tierra de los Padres,   de lejos, bella, fértil, verde  y peligrosa, allí mismo le dio un infarto y se murió. Posiblemente por una visión profética de toda la sangre que se derramará  en esa dulce tierra  y que demasiada gente dice, y cada uno con sus razones, que es de ellos, que es su tierra madre.   
¿Por qué tantos años para llegar de Egipto a Canaán-Palestina? Se dice para purificar el cambio generacional antes de volver a abrazar a los antiguos hermanos dejados hace seis siglos, cuando la gran emigración de muchos  Judíos a Egipto en los días de José, hijo de Isaac  y ministro del Faraón, en los tiempo de carestía de vacas flacas.  Se dijo también que los 40 años eran porque estaban perdidos en el desierto por falta de una brújula o piedras miliares. Otros, como Martin Lutero, afirmaron que Moisés no cruzó el Mar Rojo, sino el mar de juncos. Algo mucho menos trascendental. Pero Martin Lutero era alemán y sabemos  que no simpatiza en absoluto con los Judíos.

 De  Moisés se habló en todas partes. Tanto la Biblia y el Corán. Llegaron también algunos minimalistas bíblicos para argumentar que ni Moisés ni el éxodo nunca habían existido. En el siglo III antes de Cristo, un  Monetane  juró que Moisés era un sacerdote egipcio resentido por algo y que  ese éxodo no era más que la expulsión de Egipto de algunos leprosos. En resumen, un revoltijo de suposiciones. Y francamente muchas cosas no son muy claras.
 Pero, gracias a Dios que existen los   estadounidenses  quienes  resolvieron  el problema con Hollywood y sus Diez Mandamientos, reviviendo Charlton  Heston , Moisés, Nefertari, Ramsés II,  Yul Brynner, Ivonne de Carlo y Edward G. Robinson.
 Y gracias a ellos  hemos entendido perfectamente.



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