14 dic. 2013

Personajes . 55/54Giuseppe Garibaldi

                                                 GARIBALDI  

Giuseppe Garibaldi fue  hombre y  personaje nada más que fascinador.  Por motivos diferentes, de él se enamoraron hombres y mujeres de dos continentes.  Un carisma y una personalidad tremenda.  
 Sobre este  italiano se ha escrito ya muchísimo y no voy a repetir cosas que se pueden conseguir en un normal  o quizás fastidioso texto hagiográfico de  historia.  Prefiero como siempre mi sistema de buscar y ofrecer  lo raro, estrambótico, lo más chistoso, lo más divertido que, sin faltarle de respeto al personaje, los describa  mas como el excepcional ser humano   que ha sido y no como estatua  objeto de fría veneración.   Que lo vean por sus travesuras.  Las cuales,  de paso, fueron actos heroicos que  contribuyeron  a la independencia de dos países tan alejados y tan cercanos como Uruguay e Italia. Y con algunos toques en tierra de Francia para rabia de los Alemanes.   
Nació en Niza, en la bellísima Côte Azul   de Francia, en un momento que Niza era Francesa. Era Nice y no era Nizza.  Destino de las ciudades de confín, que cambian de nombre según los vaivenes de las guerras. Y los auténticos, los locales, siguen hablando su dialecto, tranquilamente.    
Naturalmente nuestro Garibaldi hablaba perfectamente francés e italiano, además del nizardo. Y el español medio lo aprenderá en Uruguay junto a la pasión para el mate.  Era un exuberante joven rubio-rojizo, con ingenuos ojos claros y una linda voz de tenor. Simpático, generoso y siempre sin un centavo.  Nunca le dio importancia al dinero. Y nunca lo tuvo. Pero con su charme personal se compró medio mundo. Especialmente  el femenino.  Guerrillero romántico formidable. Robín Hood y Che Guevara.
Conspiró contra el Rey. Contra el Reino del Piamonte y Cerdeña. Fue ese Reino y la familia real de los Saboya, medio piamontesa y medio francesa, los que poco a poco después conquistaron a toda Italia  y se coronaron Reyes de Italia. Con la bandera tricolor blanco rojo y verde inventada por Napoleón. Contra ese Reino  conspiró Garibaldi joven. Lo descubrieron y llegó su condena a muerte!
Desde entonces  inició  su vida rocambolesca.

Pero se salvó. Lo salvaron. ¿Quién lo salvó? Lo salvó una mujer, la primera de su vida. Una mujer del pueblo, de Génova, una prospera vendedora de frutas y verduras quien, aprovechando la ausencia del marido,  escondió en su casa al joven guapo para defenderlo de los policías.  Si Garibaldi habló  de los derecho de los pueblo o de otras cosas, eso no se sabe. Lo escondió. En su casa o en su cama. No importa. Lo salvó. Y años después cuando Garibaldi será ya un personaje famoso, diputado en el Congreso de Italia y hasta en el Congreso de Francia, hará que se le conceda  una pensioncita a esa mujer que, más o menos patrióticamente. le había salvado la vida.
Disfrazado con los pobres vestidos del marido cornudo, Garibaldi fue a abrazar a su mamá, a quien pensaba que no volvería a ver.  La verá después de 15 años, después que con las aventuras latinas americanas se habrá transformado ya en un personaje de leyenda.  Dejo a Nice  francesa que  mientras tanto se había transformado en Niza italiana. Se refugió en Francia donde vio  su retrato en la prensa local, con condena a muerte por delincuente revolucionario.  En un restaurantito de Marsella fue reconocido por unos jóvenes franceses, que se acercaron amenazantes al criminal. Pero Garibaldi hablaba francés perfectamente y era un tipo simpático.  Al poco rato todos   los jóvenes comenzaron a cantar las mismas canciones de libertad y juventud.  Y ¡pal carajo a los reyes! Pero que la famosa Marsellesa, el himno heroico,  haya nacido en Marsella, no la eximió de que se diera un brote de cólera. Todos estaban aterrados por el contagio, Y él, el condenado a muerte, sin miedo y sin ninguna recompensa se ofreció voluntario para ayudar  a los condenados a muerte por el cólera. Era un experto marinero y consiguió el mando  de un bergantín turco  y de una fragata de Tunes.   Pero Garibaldi era un espíritu inquieto. Quería algo más.  Quería ir a Norte América, pero por fin aceptó ir en un bergantín que iba a Rio de Janeiro. Era América del Sur pero era siempre América.
Y comenzó así su aventura americana.
Llegó  a Rio que tenía 29 años. Se quedará en América, entre Brasil y Uruguay, por 12 años.
Y allí comenzó su leyenda, con acciones que tenían algo de bandolerismo, de piratería, de galantería para con las damas, de heroísmos, de folclore que irritaba enormemente a personajes serios y tradicionales que veían en el solamente un payaso peligroso.  Bismark, el famoso Canciller prusiano, lo odiaba. Claro: con el tiempo, las tropas folclóricas de Garibaldi fueron las únicas que derrotaron en batallas a las organizadísimos militares alemanes. Y una visita suya puso en éxtasis  la flemática Londres.

Aquí van varios  eventos para ilustrar  al personaje.

Asaltó y desvalijó un barco de café. Fue  pura piratería. ¡Pero contra los Braganza, la familia  extranjera de los Reyes de Brasil, cuando los rebeldes del Rio Grande estaban en guerra para conseguir su libertad e independencia! Saltó al abordaje,  mirada de fuego, sable desvainado: mandó a que los marineros se salvaran en botes, libertó a  los esclavos negros, incautó toda la carga. La vendió a un comerciante tramposo que aprovechándose de la situación ilegal no quería pagarle lo pactado. De noche se presentó en su casa, pistolas en la mano. El comerciante, temblando, le pagó en el acto.
En otra ocasión, siempre en Brasil, bajó a tierra para conseguir comida para sus marineros. Entró en una fazenda.  Allá, dulcemente balanceándose en una hamaca, vio a una bella y joven dama leyendo.  Se le acercó. Amablemente le preguntó a la señora si podía venderle una vaca para sus marineros hambrientos.  La señora miró al pirata con ojos de seductor y en italiano perfecto le dijo que sí, pero que había que esperar al marido ausente que regresaría mañana. Con tal de  poder alimentar el hambre de sus tropas, el joven rubio pirata se quedó toda la noche con la bella brasileira, leyendo juntos las poesías del poeta Petrarca. A la mañana siguiente, según lo  previsto, regresó el marido, y dio su autorización. Y también los marineros apagaron su hambre.
Otra vez por una acción de coraje se ganó la admiración de Bento Gonçalves, máximo jefe de la República de Rio Grande.  En una laguna, la Laguna de Patos, siempre en Brasil, Garibaldi estaba al acecho con sus marineros  y un par de barquitos para asaltar a los barcos brasileros de los Braganza que pasaran por allí.  Los asaltaba y se escondía  en los recovecos de la laguna. Las tropas reales de Brasil nunca lo conseguían.  Pero un bien día Garibaldi se había quedado solo, él y el cocinero, esperando a sus marineros que debían,  de estar en alguna otra misión, cuando aparecieron gritando como locos unos cincuenta soldados “oficiales” del Gobierno  real de Brasil, medio piratas ellos también y los mandaba un “Coronel”, otro tres cuarto de bandido  también. un tal Moringue, terror de la zona.  ¿Qué hacer? ¿Esconderse entre los meandros  de la laguna? Cualquiera lo hubiese hecho. Pero no nuestro Garibaldi. Quien mandó al asustado cocinero que cargara fusiles y fusiles con la rapidez del rayo y él, nuestro rubio héroe, comenzó a disparar como endemoniado,  moviéndose de un lado al otro del modesto campamento. Los “oficiales”, convencidos que el campamento fuera lleno de rebeldes, se dieron valientemente a la fuga. Y fue una gran fiesta de alegrías cuando los marineros de Garibaldi regresaron a su campamento. Que uno de ellos, en la euforia, haya perdido el buen camino esfumándose con la caja del campamento, es un detalle del cual la Historia no se preocupa.
En otro momento siempre en Brasil y  quizás sin saberlo, imitó por  lo espectacular  un acción digna de   Aníbal. Estaba siempre en esa bendita Laguna de Patos, al asecho.   Pero un bien día los barcos portugueses, de los Braganza,  le cerraron la salida  a la  mar. ¿Que hizo Aníbal? Transformó a sus hombres  en carpinteros, construyó dos especies de camiones grandes con ocho ruedas de madera cada uno,  cargó sus dos lanchones, pidió en “préstamo” cincuenta bueyes,  y con una marchita forzada de 100 kilómetros por tierra, llegó a la libertad de la mar. Bento Gonçalvez, felicísimo, ¡le pagó a Garibaldi con 900 vacas!
Y de allá nuestro héroe fue camino a Montevideo.  Donde llegó sin un centavo y sin una vaca ya que los capataces brasileiros  se las vinieron robando todas en el camino. ¡Por amor de Patria!
Y llegó a Uruguay.  Y allí se transformará en el Grande General Josè Garibaldi; y en Montevideo   hoy en día hay una bellísima estatua  de él,  cerca del puerto y el honor de una calle muy amplia  y larga: la avenida José Garibaldi.  Además de un Museo que recuerda sus gestas.  Y todavía un montonón de tontos que siguen buscando el famoso tesoro de Garibaldi que nunca existió porque Garibaldi nunca tuvo ningún tesoro. Nunca buscó oro, Garibaldi.  Miraba más arriba.  A las estrellas de la fama. Humildemente.

Pero vamos a seguir relatando.

En Gualaguaychù  se trasformará en ladrones de caballos. Había recibido órdenes de las máximas autoridades uruguayas de conseguir caballos a como diera lugar. Y los consiguió.
De regreso y pasando por Colonia  do Sacramento, (así se llamaba Colonia cuando era portuguesa) permitió que sus hambrientas tropas garibaldinas, las Camisas Rojas, comieran en el refectorio de un monasterio. Las monjitas como mesoneras y  el cura de cocinero. Por respeto, sus garibaldinos se vistieron de curas.
No hubo quejas.

Su fama aumentó por varias batallas ganadas en la zona de San Antonio.

 Y por allá un buen día estaba casi solo, con nada más que setecientos de sus folclóricos garibaldinos Digo casi solo, porque el enemigo argentino  General Urquiza tenía a su mando a siete mil soldados.  Y el argentinito ese había calificado a los garibaldinos como corazón de gallinas. Se picaron las camisas rojas. Y los setecientos garibaldinos hicieron retroceder a los siete mil argentinos.
 Pocos meses después le toca el turno a otra brigada  argentina, con el general Medina.  Garibaldi ni sabía cuantos hombres tenía en su contra.  Pero con la inocente  valentía del héroe,  los atacó  con sus doscientos  garibaldinos. Garibaldi se dio cuenta  que el enemigo era mucho más numeroso, Se cerró en cuadrado en feroz defensa. Los argentinos según las normas del arte militar de la época  al caer de la noche se retiraron en la espera que los desalmados se rindiesen a la mañana siguiente. Y se echaron a dormir. Pero no se echaron a dormir los garibaldinos que, en punta de pie, pasaron a través de los  ronquidos argentinos, evadiendo el asedio.

Al conocerse sus hazañas, los montevideanos los recibieron entusiastas a brazos abiertos. Las montevideanas…no se sabe...la Historia no entra en detalles. Pero el gobierno de Uruguay en el acto, lo nombró de coronel a General.  Garibaldi rechazó el nombramiento.  Tipo raro, ¿verdad?

Con el tiempo recibirá una espada de oro. Magnífico regalo  de unos patriotas italianos que imploraban su regreso para pelear  pero para la independencia de Italia.  Y la espada de oro fue la única decoración de su misérrima casa en Montevideo. Y cuando un comisión uruguaya fue a visitarlo a su casa de noche, en esta misma casa, el cuarto estaba oscuro.   El héroe de San Antonio no tenia plata ni para comprar velas para la iluminación. 
Por fin en 1948  salió de Montevideo para regresar a su Italia.  Regresó con Anita su mujer, un perro, un servidor negro y tres sacos de mate.

Los italianos los recibieron en Génova,  apoteósicamente. Los italianos del pueblo, y los jóvenes intelectuales. Los aristócratas no disimulaban sus  antipatías por  un hombre del pueblo, que consideraban un bárbaro cacique suramericano, del cual servirse provisionalmente ya que tenía la calle, pero para dejarlo a la primera oportunidad.

¿Que hizo en Italia?
Peleó contra el Papa para conquistar Roma  (¡O Roma o Muerte!).  Y se constituyó, con Mazzini, una de las varias efímeras Repúblicas Romanas.
Pero antes peleó él solo, con sus 1000 garibaldinos, nada más que mil de sus ya legendarias Camisas Rojas, contra nada menos que el Imperio de España.  Inflamó tanto a los italianos, a los sicilianos, casi al mundo entero, que en una sola corta y épica guerra liberó a Sicilia, a Napoli  y a todo el Sur de Italia  de casi seis siglos de dominación extranjera. Dominación que aunque haya tenido momentos de destellos culturales, dejaron a todo el sur de Italia en una vergonzosa situación de miseria, atraso e supersticiones respecto a las otras regiones de Italia. El Norte de Italia también había sido dominado por extranjeros, pero por lo menos la falta de libertad seria en parte compensada por las magnificas organizaciones administrativas del Imperio Austriaco.  De donde viene y agobia todavía hoy la diferencia entre Sur y Norte de Italia.
Garibaldi entusiasmaba.   Hablaba el sincero y sencillo idioma del pueblo, produciendo celos en las clases altas máxime entre los militares. Arrasó literalmente en unas elecciones y fue enviado al Parlamento, donde se presentaba  vestido con su atuendo latino americano que lo había caracterizado,  con gran escándalo de los diputados más formalistas.  En una acción triste y bellísima,  en Teano, entregó el sur de Italia al rey Víctor Emanuel  II de Saboya, llamándolo Rey de Italia. Contrariamente a Mazzini, el gran pensador republicano intuyó que los tiempos no eran  todavía maduros para un Republica.  
 Y se retiró en Caprera, una islita  entre Córcega e Italia. A los Saboya había entregado  la mitad de Italia,  pero no quiso recibir nada a cambio. Rehusó cualquier regalo.
“He venido de Uruguay para hacer a Italia  y no para recibir propinas.”
Esa fue su  lapidaria  y orgullosa respuesta.  

Más tarde fueron a buscarlo en su islita de Caprera autorizándole el mando de sus tropas irregulares contra los austriacos.  Fue el único general italiano que ganó batallas con sus guerrilleros vueltos alpinos: los Cazadores de los Alpes. 
Fue a Londres, que lo recibió entusiasta, enamorados los inglesitos e inglesitas de su figura de héroe, medio bandolero y libertador de naciones. Le ofrecieron la ciudadanía y 5000 libras: acepto la ciudadanía pero  dijo NO thank you a las 5000 esterlinas.  Fue a Estados Unidos, donde también le ofrecieron la ciudadanía. No thank you.   Poco después Lincoln le ofrecerá el mando de una armada contra el Sur.  También no thank you.  

En la guerra franco prusiana del 1870 peleó contra los Alemanes.  Fue el único general “francés” que no perdió ni una sola batalla y además capturó la bandera enemiga del 61º regimiento de Pomerania. Tremenda hazaña heroica para la época. Bismark, el “Canciller de Hierro”,  se puso furioso por haber sido vencido por un bandolero, como lo llamaba y además italiano. Juró que lo arrastraría prisionero por las calles de Berlín.
 Bismark era un hombre de palabra. Pero esa palabra no la pudo cumplir nunca.
Al terminar la guerra Franco Prusiana, se descubrió elegido también en el Parlamento francés.
 Dumas y Víctor  Hugo tuvieron una enorme admiración por él: un hombre como todos los grandes  con tantos defectos pero una infinidad de méritos.

 ¿Las mujeres de Garibaldi? A parte  sus fans, como se diría hoy,  tuvo tres matrimonios.   La primera fue Anita que conoció, exuberante y voluptuosa en Brasil, quien dejó  a  un insignificante marido y siguió al héroe, y por toda la vida.
Lo amará  profundamente y le será fiel, siempre.  Lo seguirá donde fuera que él decidiera ir. En paz y en guerras. A su lado. Tuvo hijos con él. Y logró por fin, después de años, el suspirado matrimonio religioso que Garibaldi,  ateo y come curas, rehusaba con todas sus fuerzas. Pero cedió por fin antes la mujer que también él amaba profundamente. No se sabe cómo fue que el cura uruguayo accedió a casar por el “sacramento” del matrimonio a una adultera con un ateo.
  Muchos años después, en otro continente, escapándose entre mil peligros después de la infeliz campaña de Roma, Anita se le murió enferma entre los brazos.

Después fue a América, nuestro Garibaldi.  A Perú, para conocer a Manuelita Sanz, el otrora amor de Simón Bolívar el Libertador del cual se hablaba en Europa: muerto pobre y solo en Colombia, después de haber libertado a casi toda  América del sur.  Había mucha afinidad entre esas dos mujeres, Manuelita y Anita,  tan diferentes pero acomunadas por el gran amor del Héroe que les había robado el corazón. Y Garibaldi con enorme tristeza encontró a una mujer ya vieja, que vendía chocolates en la calle para sobrevivir.

Pero la vida continúa. Después de varios años de la muerte de Anita  una joven condesa italiana se encaprichó con Garibaldi, ya no tan joven.  Nuestro héroe,  quizás por la edad,  se quedó entusiasmado con la joven aristocrática. Accedió al matrimonio. A la salida de la Iglesia, después de la ceremonia elegante, se le acercó un viejo compañero de armas: "General, cuidado, la condesita  está en estado".
Garibaldi, enfurecido, le gritó: “¡Sei una puttana” y la dejó plantada en los escalones de la Iglesia, frente a los ilustres y nobles invitados  a la boda. Nunca más volvió a verla.
Su tercer matrimonio fue con una mujer del pueblo. Le dio hijos y cuidó el héroe en su ocaso. También ella quería casarse por la Iglesia. Pero por la Iglesia Católica Garibaldi estaba casado con la condesa, y el Tribunal Eclesiástico quiso negar la anulación del matrimonio por no consumatum. Quizás era admitir la  culpa de la condesa.  Quizás. Entonces Garibaldi se dirigió a su gran amigo y admirador Víctor Hugo pidiéndole que interviniera para que Francia le concediera la ciudadanía.
Cuando eso se supo en Italia, casi se armó una revolución.
“” ¿Cómo es posible que Garibaldi, nuestro Garibaldi, el Unificador de Italia, Padre de la Patria,  estimado hasta por el Rey, el Héroe de Dos Mundos, se transforme en ciudadano francés ¿ “”

La anulación del matrimonio solicitada vino de inmediato y el agricultor Garibaldi (así lo define el acta de matrimonio)  pudo tranquilizar a su nueva esposa y conseguir tranquilidad para sí mismo.
                                              ***

Y siguió la leyenda. Y Garibaldi y el término garibaldino pasaron a indicar un determinado modo de actuar, medio romántico, travieso, medio alegre pero sin duda siempre con un significado de aprobación.  Todas las ciudades de Italia tienen una calle Garibaldi o una plaza Garibaldi. Puede que falte el nombre de algún emperador romano, pero no falta nunca el nombre de ese italiano sui generis.  Hasta en el lejano y folklórico México,  donde él nunca fue, hay una bellísima Plaza Garibaldi.  Y allí los mariachis tocan y cantan alegremente.
Ah  ¡Se me olvidaba decir que Garibaldi, además de todo lo que hizo y toda su fama, tenía  también una muy bella  y modulada voz de tenor!


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L.- Personajes.- 54/54 CATALINA DE RUSIA


CATALINA   DE   RUSIA


Catalina de Rusia, la que en ruso seria Yekaterina Alexeyevna, en  realidad se llamaba Sophie Friederike  Augusta y con un nombre así no podía haber nacido sino en Prusia.
     Su marido, también nacido en Alemania,  se llamaba Karl Ulrich de Holdstein, la región de las vacas lecheras.  En vez de quedarse a cuidar a sus vacas, el destino quiso que este hombre insignificante fuera llamado al  trono de Rusia como Pedro III llevándose de la mano a su joven esposa.
¿Cómo fue posible  que una pareja de oscuros alemanes subiera al trono de Rusia? La respuesta está en los varios recovecos de la heráldica europea,  donde los retoños de  familias de la nobleza se casaban entre ellos y entre ellos se turnaban en el poder y a veces se pasaban  enfermedades como la célebre  hemofilia o defectos físicos como el belfo de los Habsburg o la fimosis del pene como Luis XVI de Francia.
 Sofía  era hija de un modesto  noble alemán, pero su mamá tanto hizo que logró casarla a los 14 años con ese alemán bisnieto de Pedro II El Grande. Y ese Karl Ulrik, por los recovecos de los cuales hablamos hace un segundo,  fue llamado al trono de Rusia asumiendo el nombre de Pedro III.  La mamá de Sofíe había tenido  buen olfato. Su hija sería Emperatriz de Todas las Rusias.

Cuando la prusiana Sofie llegó a los veinte años a Rusia con sus ojos azules,  cabellos de oro y muchos sueños en la cabeza no quiso ser menos que su marido y cambió el nombre de Sofie a Catalina, agregándole graciosamente el título de Gran Duquesa.  Por aquel entonces en  Rusia el  Tzar era una Tzarina: la Emperatriz Elizabeth, nieta de Pedro el Grande.  Pero  de grande esa mujer tenía solamente el deseo de placeres y de lujos y la ambición de darle a su corte la brillantez de la de Versailles, vaciando las arcas del estado.
 Sofie, a pesar de ser la Gran Duquesa Catalina, pasó la belleza de 18 oscuros años de infeliz vida conyugal. Fue humillada más de una vez, se aburría tremendamente; en la corte la miraban con sospecha y su marido se reveló un pobre infeliz, testarudo, bebedor, probablemente impotente, neurótico, inepto. En cambio Catalina era sana, fuerte, no bellísima pero con gran charme, culta, inteligentísima y con una enorme energía. No podía no suceder lo que sucedió: esos 18 años Catalina los sobrevivió buscando cierto alivio en tres amantes, por lo menos tres. Y con ellos tuvo tres hijos, incluyendo a Paulo, el supuesto heredero al trono.
Al llegar Catalina a su 18º aniversario de infeliz  matrimonio, la Emperatriz Elizabeth murió. La Corona de la Santa Madre Rusia pasó como lo previsto  al alemán  Karl Ulrik, ahora Pedro III.  El cual  formó de inmediato una alianza con Federico II de Prusia y no hizo ningún esfuerzo para disimular  su admiración  para la nativa Alemania y su profundo desprecio por Rusia y los rusos. Cometió varias estupideces, entre las cuales tratar  de deshacerse de su  esposa. Pero Catalina, en esos 18 años, se había transformado. Ella había  aprendido a amar a Rusia y a su gente y de verdad. Era una persona de cultura, leía mucho y poco a poco  comenzó a ser  considerada muy favorablemente en la pública opinión de Moscú y de San Petersburgo y también por los elementos  más iluminados de la aristocracia y de la Corte. Pero sobretodo  ella tenía el apoyo de los militares. En especial del Regimiento de San Petersburgo, a las órdenes de Gregory Orlov, valiente militar y valiente amante de Catalina. Otro as en la manga. Y no hubo problema alguno para que Catalina fuera proclamada Emperatriz y Autócrata en la Catedral de Kazan. Al pobre Pedro III, cuya corona imperial le quedaba demasiado grande, no tuvo otro remedio que abdicar y dejarse asesinar una semana después.  Catalina  no ordenó la muerte, pero tampoco la impidió. Y desde entonces comenzó su reinado que duró  34 años con el título de Catalina II de Rusia, la Grande.

Desde sus primeros años como Emperatriz,  trató  hacer de su amada Rusia una nación fuerte y próspera. Y soñó con establecer un reinado de orden y justicia.
Pero su más apremiante problema inicial fue el económico. Su predecesora, la bisnieta de Pedro II con sus delirios de grandeza y de lujos había dejado vacías las arcas del Estado. Catalina las volvió a llenar a expensas de quien era amo y señor de una tercera parte de todas las tierras: la Cristianísima Iglesia Ortodoxa Rusa que, para alcanzar ortodoxamente la pobreza cristiana, había pensado bien en acumular riquezas durante siglos. Catalina les dejó barbas y letanías a los clérigos  pero los transformó en funcionarios pagados por el Estado. Después  resolvió también el problema de Polonia que era un pequeño estado con poderosos vecinos que se lo querían comer.
¿ Como lo resolvió?
Buscó en su archivo de amantes y escogió a un polaco, el débil Estanislao Poniatowski, adicto a Catalina   y lo transformó en Rey de Polonia.

Con Catalina tenemos un ejemplo  claro de cómo los políticos muy a menudo pregonan verdades humanitarias y de justicia social  cuando están en la oposición; pero cuando llegan al poder se dan cuenta que  una cosa son las ideas de los filósofos y otras las realidades; y a menudo cambian radicalmente de actitud. A veces  no por mala fe, sino porque, como dice un antiguo refrán italiano,” tra il dire e il fare c`è di mezzo il mare”  ( una cosa es decir las cosas, y otras es hacerlas ).
Catalina, de muy buena fe, se había emocionado y admiraba las ideas liberales de pensadores franceses e ingleses que estaban de moda en la Europa intelectual de la época.  Así que tan pronto pudo  dio unas  “Instrucciones Generales”  para corregir las injusticias sociales en Rusia: que todos los hombres debían  ser iguales frente a la ley, que se debía proteger al pueblo y no oprimirlo, que se debía eliminar las pena capital, eliminar la  tortura en las cárceles y eliminar la servidumbre  de la gleba.
La Comisión encargada estudió y estudió y nada concluyó. Se dieron cuenta, la Comisión y Catalina, de las enormes dificultades de traducir la teoría a la práctica. La economía de Rusia estaba basada en la tierra y  en la servidumbre  de la gleba, en un 95 %. Los propietarios de tierras nunca habrían aceptado de buenas gana la liberación de sus “siervos”: la riqueza de un noble no se medía por superficie de tierras, sino por “almas” que la cultivaban.
Así que las tan “iluminadas” Instrucciones de Catalina  quedaron tan a oscuras que nadie las vio. No solamente eso sino que, con el tiempo, Catalina  cambió de parecer  y se dedicó a organizar  un sistema que ella misma, antes, había calificado de inhumano. Impondrá la servidumbre  de la gleba en Ucrania, donde no había nunca existido y comenzará a distribuir las que se llamarían “Tierras de la Corona” entre sus favoritos y  sus ministros, así que, al final de su reinado, los campesinos  estaban peor que antes.  Quizás para  superar su frustración por no poder aplicar las ideas  por ella pregonadas anteriormente, Catalina se dedicó a  Turquía. El Imperio de Constantinopla–Istambul  había sido enemigo tradicional de la Corona Rusa. Y el sueño de los tzares era llegar al  Mar Negro, el antiguo Ponto Euxino, pero siempre mar y con   acceso directo al Mar Egeo y por fin al  tan ansiado Mediterráneo.
La guerra de Turquía le ofreció, quizás,  buenas excusas para frenar un poco sus  anteriores   ideas liberales.  Las excusas  para la guerra fueron una epidemia y la revuelta  de los Cosacos.
La epidemia levantó  descontento en Moscú. Por razones  misteriosas, la plebe, el pueblo, siempre culpa al gobierno de las mayoría de los males que le agobian y casi siempre con razón; pero a veces lo culpa hasta por desastres naturales. Hay un refrán italiano que dice ”Piove: Governo ladro” ¿Llueve?...¡gobierno ladrón! De todas maneras se forma el descontento y el gobernante recurre a ciertas formas de disciplina casi siempre impopulares. Así pasó con Catalina. 
La segunda excusa fue la revuelta de los Cosacos que requirió medidas drásticas. Un  antiguo oficial de los Cosacos del Don, de mentalidad soñadora como muchos eslavos ,Yemelian Pugachof, en un cierto momento  pretendió ser nada menos que el antiguo y ya muerto Tzar Pedro III. Muchos le creyeron y se formó un motín, una revuelta, casi una revolución. Sus tropas desde los Montes Urales  comenzaron a expandirse, a crecer y entre terror y caos  iban a marchar sobre Moscú. Pero para suerte de Catalina la guerra con Turquía había finalizado justamente en esos momentos y ella pudo mandar a sus tropas a domar y  destruir la rebelión: ¿consecuencias? muertes y desolación.  Y  Catalina  se dio cuenta  de que, en ciertos casos, es mejor ser temido y actuar con mano dura.-
Pero con la guerra de Turquía no solamente Rusia ganó Crimea, para que pudieran  gozar del clima templado de esa región. También Catalina ganó algo personal, muy personal: se ganó el afecto, la estima, la admiración, el amor y la pasión de Gregory Potemkin, quien sería su amante ;  pero no un amante cualquiera de caprichitos sexuales,  como tantos tuvo y como tantos tendrá,  sino uno muy especial y hasta, quizás,  como algunos dijeron, su marido morganático.   Catalina nunca mezclaba el placer con su “trabajo” de Emperatriz. Pero Potemkin fue la excepción. El era un hombre muy inteligente, habilísimo, diplomático experimentado,  gran soñador y sinceramente encariñado con Catalina. La anexión de Crimea, por ejemplo fue obra de la audacia y visión de Potemkin. Y Potemkin fue también un gran director de escenas de teatro: el viaje de la Emperatriz Catalina II, Tzarina de todas las Rusias,  desde Moscú hasta Crimea, para tomar posesión de las nuevas provincias, fue organizado por Potemkin como un viaje a la Mil y Una Noches. Hasta el punto de mandar a construir paredes de madera  para simular escenas de vida alegres y opulentas aun en las zonas más pobres donde transitaba la  caravana Imperial.  Una infinidad de diplomáticos  y hasta  el Emperador de Austria y  el Rey de Polonia la acompañaron en la que se definió la Flota de Cleopatra.

Pero  en los últimos años de Catalina, ya se escuchaban en toda Europa las canciones de libertad de la Revolución Francesa. 
A pesar de sus juveniles simpatías para  el “Iluminismo,” Catalina no podía olvidar que  era, como se definió una vez: “Yo soy una aristocrática.  Y esta es mi profesión”.  Así que cuando el escritor Radishef publicó  algo  criticando severamente los abusos contra los siervos de la gleba, sus funcionarios lo llevaron  a prisión y lo condenaron a muerte. Y este señor expresaba, en sus escritos, los mismos puntos de vista de  la Catalina de  veinte años atrás cuando había dictado sus famosas Instrucciones. Quizás fuera por eso, quizás no, pero a Radishef le llegó el perdón por parte de la Emperatriz, quien lo exiló pero le salvó la vida.
Poco después también en Polonia  comenzaron agitaciones exigiendo  más libertades y una constitución.   Y Ucrania iba por el mismo camino así que Catalina, la antigua liberal Catalina, anexó Ucrania del Oeste de un zarpazo. También Polonia seguía  inconforme con Koscuszko     y  para solucionar definitivamente este problema, Catalina invitó a cenar  al ( la)Emperador(a) de Austria y al Káiser de Prusia y Polonia fue tranquilamente dividida entre los tres comensales, desapareciendo del mapa.
Maria Teresa de Austria, Federico de Prusia  y Catalina de Rusia tenían buen apetito.
¿Cual es, ahora, la opinión sobre Catalina II, de Rusia?
Los Rusos la adoran, aun los Rusos Soviéticos.
Indudablemente el sueño de abolir la servidumbre de la gleba se quedó en sueño e inclusive  se puede decir que la situación de esos pobres millones de infelices al terminar el reinado de Catalina era peor que antes
Pero también es cierto que ella tuvo muchos méritos. Claro, algunos de esos méritos han de ser considerados tales solamente  desde el ángulo visual de la época: indudablemente se consideraba un éxito aumentar el poderío territorial, con o sin razón,  y Catalina  coronó el viejo sueño de los rusos de poder ir a  pasar sus vacaciones de verano en la soleada Crimea: ventaja para ella, para sus sucesores y hasta para los futuros proletarios soviéticos que llegarían dentro de poco con sus prosopopeyas comunistas.  Aumentó también sus linderos en el oeste, anexando parte de Polonia y parte de Ucrania, como ya hemos dicho. Reorganizó docenas  de provincias, construyó centenas de ciudades nuevas   y modernizó  y amplió casi todas las viejas. Además las victorias militares le dieron  indudables méritos  y su corte,  frecuentada por ilustres personajes, era famosa en el mundo de entonces. Se escribía, se carteaba, con la mayor parte de los personajes importantes de  entonces y era amiga de personas de cultura como Voltaire y Diderot. Defendía la  literatura, ella misma escribía algo, y fundó revistas literarias  y construyó  nuevas escuelas.
    Qué más se le puede pedir a un Soberano?

 Su vida personal? Muy bien. Es cierto que después del affaire con Potemkin  tuvo  por lo menos otra docena de amantes, escogiéndolos  entre los jóvenes  y bellos oficiales de su ejército. Jóvenes barraganas, se decía.  Sumados a los anteriores, formaban casi un pelotón de individuos. Y también es cierto que, en este período post Potemkin, Catalina tenía una “confidente” cuyo oficio que tenia que “probar” a los candidatos  antes de admitirlos a la real cama.
 Y con eso?  Se le podía reprochar que tuviese el  Furor uterinus ?

  ¿Qué importa? 

   El merito o demérito de un jefe de estado, si es   hombre, ¿depende  si acaso del numero de  eyaculaciones que tenga en una noche de amor?
 Y ¿ porque deberíamos tener otros pesos y otras medidas para las mujeres?


60/            CATERINA II DI RUSSIA.

                                     Regnò  dal 1762  al  1796


Caterina II di Russia, che in russo sarebbe Yekaterina Alexeyevna, in realtà si chiamava Sophie Friederike  Augusta e con un nome così anche se per combinazione nata in quella che allora era Polonia, non poteva non essere prussiana. Suo marito Karl Ulrich de Holstein, la regione della belle vacche da latte conosciute in tutto il mondo, anche lui era tedesco. Però invece di rimanere tra i muggiti nella sua nativa Holstein, quest'uomo che poi si mostrò insignificante e pericoloso, fu chiamato dal destino al trono Russo dove arrivò tenendo per mano la sua giovane sposa.
Come è possibile che una coppia di tedeschi, nobili ma quasi sconosciuti, arrivassero al trono di Russia? La risposta sta nei vari andare e venire dell'araldica europea dove i giovani rampolli si sposavano tra di loro ed alle volte si passavano certe caratteristiche ereditarie come l'emofilia, quasi responsabile della rivoluzione sovietica, o la fimosi del pene di Luigi XVI, quasi responsabile della Rivoluzione francese; o il labbro sporgente degli Asburgo, responsabile di simpatiche caricature.
Sophie era la figliola di un principe tedesco, principe, si, ma sconosciuto; e sua mamma anche lei tanto fece che riuscì farla sposare con con questo Karl Ulrich di Holstein, che al momento non aveva molto salvo le mucche pezzate, ma che era anche il figlio di Anna Petrovna, prima figlia di Pietro il grande di Russia. Quindi erede al trono di Russia.
Quando la prussiana Sofhie arrivò nei suoi venti anni in Russia con i suoi occhi azzurri, capelli d'oro e molti sogni nella capoccetta, dovette trasformarsi da luterana in russa ortodossa e cambiare nome; rimanendo un dubbio su come i vari sacerdoti delle varie sette Cristiane potessero accettare questo cambio di religione per motivi politici e non per convincimento intimo come si suppone ci dovrebbe essere stato. Comunque non volle essere da meno di suo marito che aveva cambiato il suo Karl Ulrich in Pietro. E lei cambiò il suo in Caterina, aggiungendo, per grazia, il titolo di Gran Duchessa.
A quei tempi lo Zar non era lo Zar ma una Zarina: Era Isabel-Elisabeth seconda figlia di Pietro il Grande ed era stata costei a volere in tempi anteriori una certa combutta dove entrava anche Federico II di Prussia; ossia volle che la moglie del futuro Zar, Karl Ulrich fosse questa ragazza prussiana bruttina ma sveglissima. La imperatrice Isabella aveva posto grandi speranze su Karl, figlio della amatissima sorella Anna Petrovna ma fu delusa a quando poi lo vide così brutto, debole, assolutamente non all'altezza del Trono. Ma ne era l'erede.
Questa figlia di Pietro il Grande, che governò per circa venti anni e che ebbe anche certi meriti, aveva però anche il desiderio di piaceri, di lussi e l'ambizione di rivaleggiare con la corte di Versailles, che stava di moda; e vuotò il tesoro di Stato.
Intanto la Gran Duchessa Caterina, nonostante i vari titoli roboanti e la designazione come futura moglie dello Zar, stava passando la bellezza dei suoi 18 tristissimi anni di vita coniugale, stufatissima di tutti e più di una volta umiliata e trattata male dall'inetto marito. Nella Corte la guardavano con certo sospetto ed il Karl-Pietro nonostante le metamorfosi del nome rimase quello che era, un povero infelice testardo, ubriacone, probabilmente impotente, neurotico. E bruttissimo.
Invece Caterina era sana, forte, non bella però con una enorme charme, colta, intelligentissima, energica.
Non poteva non succedere quello che successe. Quei tristi 18 anni di infelice matrimonio Caterina li sopravvisse anche grazie a tre amanti, per lo meno tre e che furono padri di altrettanti figli illegittimi, includendo Paolo, molto probabilmente, l' erede al trono e che sarà a suo tempo lo Zar Paolo I.
All'arrivare al 18º anno di matrimon di Caterina, finalmente la Zarina Elisabet-Isabella morì. E la corona della Santa Madre Russia passò, come previsto, al ex tedesco Karl Ulrik di Holstein, diventato Pietro III. Il quale nuovo Zar immediatamente formò un'alleanza con Federico II di Prussia e mai fece nessuno sforzo per dissimulare la sua ammirazione per la nativa Germania e il suo gran disprezzo per i russi e la loro cultura. Fece una quantità di stupidaggini.
Invece con  Sophie, da tempo Caterina, era successo tutto il contrario. Aveva imparato ad amare la Russia, la sua gente e molto sinceramente, non per convenienza politica. E questo il popolo lo percepisce. Era una persona di cultura, leggeva molto, si informava e cominciò ad essere molto bene considerata sia Mosca come a Pietroburgo, la Venezia del Nord come la si chiamò ad un certo momento. E benvoluta ed apprezzata dalla dalla Corte e dagli elementi più illuminati del Paese. Ma anche, importatissimo, aveva l'appoggio militare. In speciale il reggimento di stanza a San Pietroburgo era agli ordini del giovane e bello e coraggioso militare Gregory Orlov, garda caso amante di Caterina. Un bell'asso nella manica. E non ci fu nessun problema con un salutare colpo di Stato dove Caterina con tutti gli onori nella Cattedrale di Kazan fu proclamata   Imperatrice ed Autocrata di Tutte le Russie... sempre Santissime.
Al povero Pedro III, con una testa non a misura di una corona, non rimase altra possibilità che abdicare e lasciarsi tranquillamente assassinare poco dopo. Caterina non ne ordinò la morte ma nemmeno mosse un dito per evitarla.
E dal punto di vista politico e considerando poi i grandi meriti della Zarina, ne ebbe tutte le ragioni. Anche nel discutibile periodo della Unione Sovietica i suoi meriti furono sempre riconosciuti. 
E da allora cominciò il suo periodo di regnante che durò la bellezza di 34 anni, con il titolo di Caterina II, la Grande.
Già dagli inizi  Caterina cercò di fare della sua amata Russia una nazione forte e prospera. Sognò instaurare un periodo di ordine e giustizia.

Però il problema più pressante era l'economico. La figlia di Pietro il Grande con i suoi deliri di grandezza aveva lasciato praticamente vuote le casse dello Stato. Caterina le riempi ancora una volta... e a scapito di chi possedeva una terza parte di tutte le terre : la Cristianissima Chiesa Ortodossa Russa che, per raggiungere la tanto sbandierata virtù della moderazione, aveva nel  ammassato ricchezze durate secoli. Caterina lasciò intatte le intoccabili barbe né si interessò alle litanie dei chierici, ma li trasformò in funzionari pagati dallo Stato. Bel colpo. E poi volse gli occhi attenti al problema della Polonia, piccolo stato bramato dai poderosi vicini.
Come lo risolse? Nel suo archivio di amanti ne scelse uno, un polacco, Stanislao Poniatowski, che sará  o era già  padre della sua figlia illegittima Anna e lo trasformò in Re di Polonia.
E con la Caterina  abbiamo un chiaro esempio di come i politici spesso auspicano e predicano belle verità umanitarie e di giustizia sociale quando sono ancora all'opposizione; ossia ancora senza potere politico e da giovani idealisti. Però quando arriva loro lo scettro del potere, si rendono conto che una cosa è dire le cose ed altra è farle veramente. Che una cosa sono le idee dei filosofi ed altre sono le realtà. Così che spesso cambiano di atteggiamento. E magari non per mala fede, ma perché si rendono conto che cambiare l'establishment è una riforma niente affatto facile né di veloce attuazione. Tra il dire e il fare c'è di mezzo il mare, sentenzia un vecchio detto italiano. Caterina da giovane e in buona fede si era emozionata ed ammirava le idee liberali di pensatori francesi ed inglesi che stavano di moda nell'Europa intellettuale della sua epoca. Cosi che appena le fu possibile da Imperatrice  dette certe"Istruzioni Generali" per correggere le molte ingiustizie sociali in Russia: che tutti gli uomini dovevano essere uguali di fronte alla legge; ch bisognava proteggere il popolo e non opprimerlo; che si doveva eliminare la pena di morte; eliminare la tortura nelle carceri; eliminare assolutamente la servitù della gleba.
La Commissione studiò e studiò e non concluse un bel niente. E sia la Commissione come  la stessa Imperatrice si resero conto delle enorme difficoltà al tradure le teorie in pratica.
Ogni nazione ed ogni stato, secondo la propria formazione ed abitudini, hanno bisogno della loro propria forma ottimale di governo. Credere di poter imporre la stessa forma di governo in Inghilterra come nel Congo o in Sicilia è un errore ed una stupidaggine. Inglesi congolesi e siciliani, anche se tutti sono uomini, è anche vero che lo sono con differenze ben determinate delle quali bisogna tener conto. L'economia della Russia era ancora basata in un 95% nella terra e nella servitù della gleba. I proprietari terrieri non potevano mai accettare felicemente la libertà dei loro servi. La ricchezza di un nobile non si misurava solamente sulla superficie e qualità delle terre, ma anche sul numero di "anime" che la coltivavano e ci vivevano con le loro famiglie.
E le belle illuminate Istruzioni di Caterina rimasero tanto poco illuminate che nessuno le vide mai. Non solo, perché frattanto la nostra Caterina col passar del tempo poco a poco cambiava di parere su molte cose; e col tempo si dedicò a costruire un sistema che lei stessa, da giovane, aveva qualificato di inumano. Imporrà la servitù della gleba in Ucraina, dove non era mai esistita. E cominciò a distribuire quelle che si chiameranno Terre della Corona tra i suoi amici, favoriti e ministri ed altre persone che per qualsiasi motivo voleva premiare. Cosi che al finale del suo regno i contadini stavano peggio di prima. E Caterina, donna intelligente, captava benissimo lei stessa il cambiamento tra la Caterina di prima e quella di poi.
Chissà... proprio per la frustrazione per non poter applicare quelle norme che ella stessa aveva tanto decantato, Caterina si dedicò alla Turchia.

L'Impero Ottomano di Costantinopoli-Istanbul era da sempre il nemico tradizionale della Corona Russa. Il sogno dei Russi era arrivare al Mar Nero, antico Ponto Euxino, con acceso al Mar Egeo e finalmente al tanto desiderato Mediterraneo. La guerra di Turchia chissà offrì a Caterina una buona scusa per frenare un poco senza troppo patenti contraddizioni le sue anteriori idee liberali. Le scuse per la guerra furono un'epidemia e una rivolta dei Cosacchi.
L'epidemia produsse scontento a Mosca. Non si sa perché ma ogni volta che succede una catastrofe come un terremoto o una epidemia, la gente dà la colpa di questo al governo. Il che molte volte può essere vero nel senso della prevenzione; ma che ci può fare un povero diavolo di governante se improvvisamente comincia a piovere a dirotto ?
C'è un detto ironico italiano che si spiega da solo: Piove? Governo ladro! Sia come sia, si forma lo scontento... il mugugno direbbero i genovesi esperti in questo. Ed il governante deve ricorrere spesso ad azioni eccezionali per far fronte alla eccezionalità dell'emergenza e come prima cosa la disciplina. Cosa che a tutti secca.
E così successe con Caterina.
La seconda scusa fu una rivolta di Cosacchi per la quale si dovette ricorrere a misure drastiche. La questione ha del comico: un antico ufficiale dei Cosacchi del Don, di mente sognatrice come molti slavi, un bel giorno pretese di essere niente di meno che il defunto Zar Pietro III, ex Karl Holstein, ex marito di Caterina di Russia, tedesco di origine, morto in circostanze misteriose dopo la sua abdicazione al Trono a favore di sua moglie che sarà proclamata Imperatrice di Tutte le Russie. Lo Zar Pietro III, ex marito di Caterina enigmaticmente morto subito dOpo la sua abdicazione, si era intanto trasformato nell`immagine popolare in una enigmatica figura di fantasma misterioso da apparizioni fantascientiche.

Cosi che i romantici ed ignoranti crudeli sognatori dei Cosacchi del Don, dai loro Monti Urali cominciarono a crescere, a spargersi, a seminar terrore e si apprestavano a un bella Marcia su Mosca. Per fortuna di Caterina la guerra di Turchia era finita proprio in quei giorni e lei potette mandare le sue truppe a domare e distruggere completamente la ribellione. Conseguenze? Morte e desolazione, ovviamente. Ma la ribellione schiacciata.
Ed anche in questo caso Caterina si rese conto che alle volte è meglio essere temuti ed agire con mano dura, senza remissione. Tutto questo era in contrasto, naturalmente, con gli antichi iniziali principi liberali dell'Imperatrice. Altra contraddizione tra le due Caterine, della quale era consapevolissima.

Però con la guerra di Turchia non fu solamene la Russia a guadagnarsi la Crimea, per poter godere del clima molto più dolce di quella regione,  anche Caterina ottenne qualcosa di personale, molto personale: l'affetto, la stima, la considerazione, l' amore e la passione di Gregory Potemkin che sarà su amante. Però non un amore passeggero, capriccetti sessuali come era solita avere ed avrà anche dopo. Ma uno molto speciale e chissà forse anche come taluni dissero, una specie di marito morganatico. Caterina non mischiava mai il picere con il suo lavoro serio di Imperatrice. Ma Potemkin fu l'eccezione. Era un uomo molto intelligente, abilissimo, diplomatico sperimentatissimo, gran sognatore anche lui e sinceramente affezionato a Caterina.
L'annessione di Crimea, per esempio, fu opera dell'audacia e visione di Potemkin. Ed ancora lui fu  gran direttore di scenografie: durante il famoso viaggio dell'Imperatrice Caterina  da Mosca fino in Crimea per prendere possesso delle nuove provincie, fu organizzato da Potemkin un viaggio da Mille e una Notte. E lo fu al punto di fare costruire pareti di legno per simulare scene di vita allegra anche nelle zone più povere che attraversava la maestosa carovana imperiale con tutti i suoi regali ospiti. Perché in allegra e regale compagnia c'erano diplomatici e nobili di altissimo rango fino ad arrivare all'Imperatore d'Austria e il Re di Polonia che la accompagnavano in quella che poi si chiamò la Flotta di Cleopatra! Era culto della Personalità bello e buono e Caterina si stava trasformando in statua: il cancro dei grandi.

Però già durante gli ultimi anni di Carolina cominciavano a sentirsi in tutta Europa le canzoni di libertà della rivoluzione francese, che paradossalmente si diffonderanno in breve ad opera di un grande Imperatore autocratico. Anche lui, poi, con il cancro.

Nonostante le sue simpatie giovanili per l' Illuminismo, Caterina non poteva dimenticare che era come si era già definita da sè stessa una volta: Io sono un'aristocratica e questa è la mia professione. Così che quando lo scrittore Radishef pubblicò qualcosa criticando severamente gli abusi contro i servi della gleba, i funzionari dell'Imperatrice lo misero in prigione e lo condannarono a morte. Non si scherzava a quei tempi. E quel signore, per ironia della fortuna, nei suo scritti vagheggiava le stesse cose e cambiamenti di Caterina, 20 anni prima, quando aveva dettato le sue famose Istruzioni Generali. Chissà fu per questo chissà no, pero a Radishef arrivò il perdono imperiale da parte dell'Imperatrice, perdono che non era stato richiesto. E questo fu dovuto a una certa sensibilità speciale che definirei tipica femminile. L'Imperatrice lo esiliò perché doveva pur punirlo in qualche maniera, ma gli salvò la vita. Poco dopo questo anche in Polonia cominciarono agitazioni esigendo più libertà ed una costituzione. Ed Ucraina stava incamminandosi nella stessa direzione. Tutta l'Europa cosciente era in realtà in fermento. E così, per ordine della ex liberale Caterina, l' Orso Russo con una sola zampata annetté l'ovest di Ucraina.
Anche la Polonia non era tanto contenta con Koscuszko che poi sarà eroe nazionale.
Per risolvere una volta per tutte le varie agitazioni polacche, l' Imperatrice, come brava donna di casa, invitò a cena l' imperatore d'Austria - a quei tempi Maria Teresa - il kaiser di Prussia e il piatto con la Polonia fu tranquillamente diviso in tre, sparendo dal tavolo e dalle mappe d'Europa. Polonia non esisteva più. I tre amiconi avevano buon appetito.
Qual'è l'opinione dei posteri su Caterina? I Russi la adorano e con certo superficiale stupore la idolatravano anche i Sovietici.
Indubbiamente il sogno di abolire la servitù della gleba rimase un sogno e probabilmente la situazione di quei poveretti era peggiore al terminare il suo periodo di lungo regno.
Però è anche vero che ebbe i suoi gradi meriti. Ovvio che alcuni di questi meriti lo erano solamente dal punto di vista degli aumenti di territorio, con o senza ragione, secondo i tempi. All'arrembaggio, insomma. E così Caterina potè realizzare l'antico sogno dei Russi di prendere la tintarella in Crimea rinfrescandosi con angurie e vodka. Applausero i Russi dei sui tempi ed i Sovietici dopo, con le loro pacchiane vacanze estive di proletari comunisti, rumorosi e cafoni. Potè annettere anche parte di Polonia ed Ucraina, come già detto. Riorganizzò decine di Province Russe, costruì centinaia di città o cittadine, ampliò quasi tutte le vecchie città.
Oltre alle vittorie militari che allora erano foriere di innegabili elogi, la sua Corte era frequentata da personaggi importanti dell'epoca. Si scriveva e carteggiava con celebrità politiche e letterarie  come Voltaire e Diderot. Difendeva la letteratura ed ella stessa si dilettava a scrivere qualcosa. Fondò e finanziò parecchie riviste letterarie e costruì varie scuole.
Cosa si può pretendere di più da un Monarca del Settecento? La sua vita personale?
Va bene. Fu molto criticata. Ma perché era donna. Certamente non era una beghina ne' una timida. Sapeva quello che voleva. Era decisa. Non aveva nessuna intenzione di essere troppo schiava delle convenzioni. Gli altri si, magari. Ma non lei. Lei no. Lei era speciale ed era vero. È saputissimo che dopo l' affaire con Potemkin ebbe altre dozzine di amanti.
E ?...Che ti frega?
Non poteva ne' voleva perdere tempo. Le piacevano i bei ragazzi, giovani ufficiali. E a quale donna sana e valida non piacciono? A quale uomo non piacciono le belle ragazze? E tutti i Re e Ministroni baffuti di Europa,  non erano forse pieni di amanti e puttanelle?
Cosi che questa simpaticona di romantica aristocratica ed autocratica Imperatrice aveva una amica, dama di corte, incaricata di provare prima nel suo letto le capacità amatorie dei giovani ufficiali candidati al tête-à-tête con la sovrana e se li approvava e se dava il suo assenso, erano ammessi all'Alcova Imperiale.
Il merito o demerito di un capo di stato, Re, Ministro, o Presidente o che sia, dipenderà per caso al suo appetito sessuale?
E perché dovremmo ancora avere altri pesi ed altre misure per le damigelle? Quanto ci vuole perché si capisca veramente che siamo uguali e che se c'è una differenza va a tutto vantaggio del sesso cosiddetto debole?



5 dic. 2013

32bis/54 SANTA IRENE EMPERADOR DE ORIENTE

32bis/54            

                   SANTA  IRENE  EMPERADOR DE ORIENTE.


 La Emperatriz  Irene es de  la misma época, de los mismos años que Carlomagno: alrededor del 800 después de Cristo.
En Europa, después del terremoto de  la caída de Roma,  la gente andaba a tientas, en la oscuridad supersticiosa de la edad media, entre imágenes  de brujas, demonios y llamas del infierno. Pero eso casi no sucedía en la España Mozárabe, donde las únicas luces de saber eran las de hebreos y musulmanes, en ese breve  y feliz periodo de casi simbiosis y tolerancia reciproca.  Nosotros los europeos, supuestamente cristianos, llamábamos  infieles  a los musulmanes. Y los fieles a Mahoma llamaban infieles a los secuaces de Cristo. Así que durante esos  años no se sabía bien quien era fiel y quien no, así como ocurrió al pobre mío Cid Campeador, pobrecito, que en las dudas a veces guerreabas contra unos y a veces contra otros.  
Vamos a dar una ojeada rápida al mundo de aquellos tiempos, a ver qué sucedía un poco  antes del año 1.000.
En Rusia,  la que sería la Rusia actual, estaban por llegar unos  Vikingos, de la tribu de los Ruotzi;  y  el nombre de Rusia  deriva exactamente de esos germánicos.
  Italia estaba llena de Condeas Francas, o sea franceses,  o sea de los germanos francos. Roma, y alrededores, estaban “por su cuenta”, propiedad indiscutida de la Iglesia Católica Apostólica y, naturalmente, Romana. Habían quedado, siempre en Italia, dos Ducados Longobardos, ellos también constituidos   por grupos de origen germanica.
En Sicilia habían llegado los Sarracenos desplazando a Normandos y Suevos, otros grupos étnicos de germánicos.  Y había también unos Bizantinos esparcidos por aquí y por allá.
   En ese  magnífico crisol  de razas comenzaron a florecer por geminación espontanea  los Monasterios;  fenómeno que a pesar de sus muchos defectos y abusos, también tuvo enormes méritos manteniendo viva cierta  cultura que quizás habría desaparecido en el fragor  de las espadas.  Los  monasterios, de Italia   o de Francia y de otros países europeos,  no se dedicaban solamente al comercio, como sus homólogos bizantinos, sino que también trabajaban y copiaban textos de poetas, científicos, escritores, filósofos, clásicos griegos y latinos, textos en hebreo y en árabe incluyendo poesías o tratados licenciosos  que casi seguramente no entendían o aparentaban no entender.
 ¿Y la China? ¿Existía la China? Claro que existía. Era el misterioso y lejanísimo Catay y en el auge y esplendor, en aquellos tiempos, de la dinastía Tang,  con sus porcelanas bellísimas,  dibujos en seda,  invención de la imprenta.
Y ¿México? Claro que también existía Méjico  aun que los europeos no los habíamos “descubierto” todavía y construyan su bellas pirámides y las llamaban del Sol y de la Luna.    
Y en Oriente, en el Imperio Romano de Oriente, en Bizancio,  Constantinopla, la nueva Roma, ¿que estaba sucediendo?   Ellos tuvieron serios problemas con pueblos limítrofes, pero nada comparable con las invasiones barbáricas que tuvo Roma a partir del año 450 circa.  Quedaron casi inmunes. Y cuando los Sarracenos en su épico y fanático ímpetus de conquista trataron de acercarse demasiado blandiendo sus alfanjes victoriosos,  fueron vencidos  en la gran batalla de Acroinós, si recuerdo bien el nombre. Por meritos del Emperador León III, el Isaúrico. O quizás por intercesión de la Virgen María, según  otros.
De todas maneras si Carlo Martel   no hubiera vencido en Poitiers y León en Acroinós, todos los europeos ahora estaríamos en cuclillas con la frente en el piso rezando a  la Meca.
Ese mismo Emperador, el Isaùrico, él que tanto contribuyó a salvar el cristianismo, prohibió algo que Roma y los Clérigos en general no pueden permitir porque les restaba poder y autoridad a ellos: prohibió el culto a las imágenes.
Estamos hablando de la Iconoclastia. Palabra griega que significa “romper las imágenes”. Las imágenes sagradas. Nada de besuquear las estampitas ni venderlas ni hacerlas. Tampoco  adorar como tótem las estatuas sagradas confundiéndolas con la divinidad misma.
 Esa decisión provocó un problema  tremendo entre Constantinopla y Roma. Entre el Papa y el Emperador de Oriente.
¿Tenía razón el Basileus a prohibirlas? Es cierto que la palabra escrita en aquellos tiempos era de poca utilidad. ¿Quién podía leer los Evangelios o las Cartas de San Pablo? El pueblillo ignorante, aquel mismo que se quería iluminar con la nueva religión cristiana, era mucho más sensible a lo que podía ver  y no a lo que no podía leer siendo analfabeta. Obvio que las imágenes eran   muy eficientes como propaganda visiva. También hoy en día  son muchos  más los  que miran  televisión que los lectores de  libros.
Pero también era cierto que los inefables Monjes Orientales con el culto de las imágenes - de la iconolatría, habría que llamarla – habían creado una magnifica industria lucrativa. Se echaban cuentos inverosímiles sobre la mayor capacidad de una imagen respecto a otra.  Y el pueblillo se lo creía todo y se asistía a escenas de histerismo colectivo  pretendiendo que una imagen o un santo fueran  mejores y más poderosos que otros.  Por eso el querido Basileus, - así se la llamaba al  Emperador de Oriente -  quizás también envidioso del enorme poder económico que iban adquiriendo los Monjes,  dictaminó que aquel culto a las imágenes era solamente una superstición y  que amenazaba la estabilidad del estado y el poder del Basileus-Emperador.
 Así que prohibió las imágenes sagradas.
Y el  Papa, de Roma, sin pensarlo dos veces, lo excomulgó.
Excomulgó aquel mismo Emperador, Leon el Isaurico, el mismo Emperador que en Acroinós, con o sin la intervención de la Virgen María, había logrado detener la expansión del Islam.  Y el Papa, además de la excomunión,  eximió a los romanos de sus obligaciones de pagar cierto tributo al Emperador, según se estaba haciendo desde tiempo y hasta el presente. Y los romanos, tocados en sus corazones o más bien en sus bolsillos, aplaudieron la decisión papal, con fervor cristiano, y católico y apostólico y romano.
¿Qué tiene a que ver todo eso con Irene?
Tiene. Porque es aquí que aparece Irene en las escenas de la historia. Ella era la esposa de de Leon IV, sobrino del Isaúrico. Y ella era muy a favor del culto de las Imágenes. Cuando su marido murió – y alguien insinuó que por culpa de ella – ella fue nombrada co-emperador a nombre de su hijo menor,  el futuro Constantino VI, de 10 años. Y  tenía el apoyo poderoso  nada menos que  de Tarasio, el Patriarca de Constantinopla. Pero cuando Irene, confabulándose con Tarasio, trató de reintroducir el culto de las Imágenes, los militares de Constantinopla, del partido contrario, sencillamente mataron al poderoso metropolita.  Hubo otro Concilio, entonces, el famosísimo Concilio de Nicea en el 787 y se volvió a autorizar el culto de las Imágenes. Irene fue feliz con eso.  Pero, ¿qué va a suceder, entonces? Que mientras tanto el jovencito Costantino VI seguía creciendo, como generalmente sucede a todos los muchachos. Llegado a la mayor edad se fastidiaba siempre más  de la constante influencia de la mama en los asuntos del Estado.  Hubo una tentativa de golpe de Estado. Irene astutamente la descubrió,  y asumió  entonces para sí misma los máximos y absolutos poderes.  Al rato  se dio  otro golpe de estado y esta vez Constantino VI recibe las insignias, el titulo y poderes de Basileus-Emperador de Oriente.  E Irene para el exilio.
 Pero, al fin, mamá es mamá, y Constantino, como tierno hijo, la perdona y le permite regresar a la Corte de Constantinopla.  Y fue un error del Basileus.  Porque Irene siguió confabulándose con los obispos y se llegó a otro golpe político. El pobre Constatino VI irá a la cárcel. Pero no solamente “preso” sino que al poco tiempo, para evitar otras sorpresas   llegó la orden de Irene, la querida mamá, para que le extirparan los ojos al hijo, el ingenuo Constantino VI. 
Así que por fin Irene consiguió su objetivos, el de ser nombrada emperatriz  ella misma, sola, y con plenos  poderes: Irene Emperador del Sacro Romano Imperio de Oriente.
Al poco tiempo Irene decide entablar  relaciones diplomáticas con el  Imperio Romano de Occidente,  más exactamente con Carlo Magno. Se pensó a un eventual matrimonio entre Irene y Carlomagno, que hubiera tenido un efecto enorme: nada menos que la restauración del antiguo Imperio  de los tiempos pasados, cuando Oriente y Occidente formaba juntos el gran Imperio de Roma.
Pero no se dio nada de eso. Hubo quien dijo que Carlomagno miraba con suspicacia aquella mujer demasiado emprendedora, temiendo terminar  también él en la cárcel y con sus  ojos manjar para los gatos
Así que la Emperatriz Irene siguió solita en su bella Constantinopla, ama absoluta del Imperio de Oriente;  hasta que por fin otra conspiración palaciega la mandó definitivamente en exilio, en la bella Isla de Lesbos, donde siglos atrás había nacido la gran poetisa Saffo, la que cantaba de sus amores pecaminosos con las bellas muchachas de Lesbos: las lesbianas, pues.
 Pero, aun que haya perdido un gran trono terreno, nuestra querida Irene conquistó después otro reino en el paraíso, ya que la Iglesia ortodoxa la  santificó.
Y se transformó en Santa Irene.


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