27 nov. 2010

Giuseppina la quinceañera hebrea y Mussolini el escapista


En junio-julio del 43 yo tenía 15 años. La guerra había comenzado desde hacía tres años: en junio del 40. Pero era una guerra que el Eje Roma-Berlín estaba peleando lejos, muy lejos de nosotros, y que seguramente ganaríamos. Se peleaba allá arriba en Rusia y allá abajo, en África. No nos afectaba directamente; eso creía yo que a esa edad no me interesaban todavía eventos nacionales y menos internacionales. Con mi familia, papá y mamá estábamos veraneando en Ventimiglia, ciudad casi costera con Francia, en la casa de mis abuelos maternos, donde el abuelo, que se consideraba la persona importante en la familia, era ingeniero y “construía” el ferrocarril o la estación de Ventimiglia, ciudad de confín con Francia.

En el azul mar Tirreno, en constante espumoso acoso amoroso con sus olas envolventes las abruptas rocas de los Alpes Marítimos, la costa azul italiana, de paisajes estupendos, con el sol fulgurante y mis quince años, miraba con nuevos ojos por primera vez a las chicas, todavía acerbas sirenitas. Me sentía importante porque aparentemente yo era codiciado, a mis quince años, nada menos que por tres de las muchachitas de la playa. Recuerdo con ternura que hasta competían entre ellas a ver quién me seduciría primero. Seguramente mi supuesta fuerza de atracción se debía simplemente a que yo era de Roma, de la Capital, hablaba con diferente acento y se sabe, las chicas siempre son atraídas por la persona diferente, por quien “aroma d `altri lidi ha nei capegli”, según el antiquísimo instinto que quiere la mezcla para mejorarse. La guerra era algo que no nos afectaba. Vivíamos tranquilos y yo tuve mi primer amor con Giuseppina Lenghi, la ganadora de la apuesta, linda quinceañera también, con unas tetas que absorbían mi vista. Y esa chiquilla, cuya foto de entonces todavía tengo conmigo, me asombró un día mientras siempre mas emocionados estábamos besándonos detrás de una roca cómplice en la playa. Me preguntó, de repente:

“¿A ti no te importa que yo sea hebrea?”

La pregunta me asombró. No tenía la menor idea de lo que ella quisiera decir.

Lo que me interesaba de ella eran esas tetas divinas que por primera vez veía en mi vida, que mis manos inexpertas y temblorosas acariciaban y producían estupendas sensaciones que alteraban mi cuerpo llenándome de vergüenza.

“¿Hebrea?”. Y sin esperar respuesta, le dije: “No, no me importa...”

Así le contesté, alborotado y sorprendido como si me hubiese preguntado si me importaba que tuviera un tío odontólogo. Y no se habló más de eso. Y seguimos besándonos. Claro, sabía que Jesús Cristo era hebreo. Pero eso formaba parte de algo teórico, como la Biblia, la religión. Claro que no me importaba. ¿Que tenía eso que ver con las tetas?

Aun que sí, un par de años antes, en la escuela, 13 años, estuve involucrado con algo relativo a hebreos sin saber de qué se trataba. Y estuve a punto de pelearme por eso en un “duelo” con un compañero del salón; conversando de no sé que, en la escuela, él se había salido con esa frase:

“Y ¿Mussolini? Que le han hecho de mal esos pobres hebreos, que se ensaña en contra de ellos?”.

Claro. Eran las Leyes Raciales del 1938. ¿Que sabe un niño de 10 años de Leyes Raciales? Pero Siniscalchi si sabía. Así se llamaba el compañerito sabiondo, muy buen alumno, seguro mejor que yo. Y era siempre elegante y peinadito Quizás fue algo de envidia, quizás me picó que él supieras y yo no. Pero cuando yo oí su frase solamente intuí que era algo de reprobatorio contra Mussolini. Podía vengarme.

“Y quien eres tú para atreverte a decir que Mussolini ha hecho mal una cosa?”

Mussolini era un dios en aquella época. Por lo menos para mí. En el salón de la escuela, en todas las escuelas, en la pared de fondo, donde está el pupitre del maestro o profesor, estaban colgados tres cuatros: al centro, un poco más alto, el cuadro con Jesús Cristo, a su derecha el retrato del Rey Víctor Emanuel III de Savoya y a su izquierda el retrato de su Excelencia Benito Mussolini. Una especie de Trinidad, que cada mañana saludábamos, firmes y con saludo romano, saludo fascista, la mano en alto, y decíamos unas palabritas de oración. AVE MARIA, AVE CESAR, AVE DUCE: el saludo romano-latino-fascista.

Sí, claro, hasta el Papa había dicho que había de agradecer a Dios por haber enviado a Italia el Hombre de la Providencia. Los Pactos del Vaticano entre Italia y La santa Sede, firmados en el 1929 por Mussolini pusieron fin a un contencioso entre Italia y el Vaticano que venía desde 1860. Así que para mi mentalidad de entonces mi compañerito, al ofender nuestro DUCE, rozaba la blasfemia.

No había otro remedio: un duelo. Y nos desafiamos a duelo.

“¿Sabes de florete? “

“No”

“¿Sabes de pistola?”

“No “

“¿A puñetazos?”

“¡A puñetazos!”

Y nos desafiamos a puñetazos. Con padrinos y todo.

Nadie ganó porque un profesor lo supo e intervino regañándonos a los dos.

Pero eso fue dos años antes. Ahora, con mis 15 años, estando en este sitio de veraneo y con la emoción de las tetas de Giuseppina, nos cae de golpe la noticia: han arrestado a Mussolini. Era algo inconcebible. Mi papá y mi abuelo se quedaron sin palabras, asombrados, supongo. Nos pareció imposible que el Rey pudiera haber pedido las dimisiones de Mussolini como primer ministro y jefe de gobierno. Mussolini era intocable! Mussolini era todo! Mussolini valía más que el Rey, en el folklore político de Italia.

“Duce, tu sei tutti noi! Mussolini ha sempre ragione!” (Mussolini tú eres todos nosotros! Mussolini siempre tiene razón!) eran algunos de los slogan conocidos en toda Italia. Recuerdo por radio la voz del viejo Mariscal Badoglio, fiel al Rey, quien sustituyó a Mussolini: “La guerra sigue al lado del aliado germánico….”

¿Por qué dijo eso? ¿Quién lo iba a dudar? Pero mi papá y mi abuelo estaban llenos de dudas. E de inmediato se supo que las cosas en la guerra iban muy mal. Que se había perdido África, que los enemigos habían desembarcado en Sicilia! Todos empezaron a escuchar Radio Londres. Y los ingleses de Radio Londres nos contaban, claro con su propaganda, pero nos contaban de los desastres en las tropas italianas. No había gran difusión de radios como lo habría poco después, pero de repente se supo que se podía escuchar Radio Londres. Estaba prohibido escucharlas esas transmisiones, por extranjeras, enemigas y mentirosas, se decía. Pero todos las escuchaban. Menos yo, claro. Yo seguía pensando en las tetas de Giuseppina. Regresamos a Roma de inmediato, en tren. Por motivos que nunca se saben y aprovechando las noticias de grandes cambios y las incertidumbres de días excepcionales de terremotos políticos, los delincuentes de siempre se mezclaron a la gente de buena fe y hubo desmanes. Las cosas más impensadas: se robaron vagones enteros de mercancías; se asaltaron estaciones de ferrocarril robando en los depósitos; se tumbaron fotos y estatuas de Mussolini. Euforias, entusiasmos, delincuencias, buena y mala fe, un poco de todos. Se pensaba que la guerra era terminada. Reaparecieron, y para mi aparecieron por primera vez, los pañuelos rojos de los comunistas; esos comunistas eran los vende patria que nos habían dicho que eran delincuentes bolcheviques y que gracias a Mussolini no existían más. Llegamos a Roma.

Aturdidos. Mis amigos, compañeros de escuelas, aturdidos, como yo. Se estaban desmoronando nuestros ideales, nuestras creencias. Y el enemigo seguía avanzando en Sicilia. El Rey, nuestro Rey la figura sagrada de nuestro Rey, por Gracias de Dios Rey de Italia y de Albania e Emperador de Etiopia, se había escapado de Roma. El ejército quedó desbandado, sin jefes sin órdenes. Los alemanes, sospechosos de los italianos y oliendo la traición, se adueñaron de Roma y toda Italia. Había voces contradictorias. No se sabía quién era el enemigo. ¿Los Aliados? (USA. Inglaterra, Francia, Rusia) o ahora eran los Alemanes? Cuando Hitler supo que habían hecho preso a Mussolini, quiso ayudar a su antiguo maestro. Mandó a Skorzeny, un habilísimo comando, con una docena de paracaidistas para liberar a Mussolini. Y lo consiguió con una rocambolesca operación que si no le dio infarto a Mussolini hombre ya de 60 años, significa que tenía un corazón fuertísimo! Esos comandos llegaron al altiplano en centro Italia, Campo Imperatore, algo más de a 2000 metros, donde Mussolini estaba preso y vigilado por 200 carabineros. Sometieron por sorpresa a los vigilantes italianos. El Piloto, el mismo Skorzeny y Mussolini se montaron sobre un avioncito de juguete, la Cigüeña, que podía llevar solamente dos personas. No recuerdo si era mono o bimotor. Prendieron el motor. No había pista para despegue. Habían colocado la Cigüeña al borde del precipicio donde en tiempo de paz subía el teleférico. Le dieron el máximo de gas mientras los otros alemanes lo mantenían frenado con sus manos. Llegado al punto, lo soltaron; el avioncito dio un brinco en adelante y se tiró en el barranco, desapareciendo a la vista. A los pocos segundos de tremenda angustia se vio el avioncito subirse al azul del cielo y llevó Mussolini a encontrarse con Hitler. Yo estuve en ese altiplano, pero dos años más tarde.

Y ¿entonces? ¿Qué hacer? A los pocos días de haberse encontrado con Hitler, Mussolini constituyó la Republica Sociale Italiana, en el Norte de Italia, el Nuevo Estado Italiano con principios fascistas republicanos y socialistas de los orígenes del ya lejano 1919.

¿Qué hacer? Esa era la gran pregunta. Nada fácil de contestar. Familias enteras se dividieron por eso.

Estar con el Rey, legitimo monarca que había pedido armisticio y auxilio a los americanos y llegó a declarar guerra a los alemanes, aliados del día de ayer? O estar con Mussolini, que insistía en la alianza Italia-Alemania, máxime por una cuestión de honor, a sabiendas de que la guerra ya estaba perdida? Se tenía la muy vaga idea acerca de ciertas “armas secretas” por las cuales Hitler llegó a decir, lo recuerdo muy bien: Dios me perdonará los últimos diez minutos de guerra. Se especuló después, y puede con algo de acierto, que se refería al conseguimiento de la primera bomba atómica. Pero eso no se dio. Y los científicos alemanes fueron fagocitados algunos por la Union Sovietica pero la mayoría por Estados Unidos. De no ser así, la primera bomba atómica no habría explotado en la lejanísima Nagasaki sino en Londres, París o New York.

De todos modos, y aparte las “armas secretas”, la decisión de estar con el rey o con el duce, como se decía entonces, era una difícil decisión. Media Italia estaba con uno, media Italia con otro.

Y ¿yo? Yo había nacido y crecido con la veneración para Mussolini. Me habían lavado el cerebro.Yo no dudé.

14 nov. 2010

La Paternidad en Puerto Ordaz y San Pedro en Roma


En 1992 se inauguró en Puerto Ordaz el monumento a la Paternidad. Esta escultura mía fue, según me dijeron, la más grande que se había modelado y fundido hasta entonces en Venezuela, aunque yo no estoy muy seguro de que sea cierto. De todas formas, sea yo merecedor de ese Guinness venezolano o no, sí es cierto que la fusión implicó ochocientos kilos de bronce y muchos problemas técnicos. Y, otra vez debido a las folklóricas interpretaciones de la administración del Estado, me la pagaron con mucho retraso e incluso todavía falta una parte.

Pero eso no era lo que quería contar.

Pocos minutos antes de la inauguración se me acercó una muchacha, una periodista de un periódico local, para hacerme una entrevista. No sé por qué, quizás debido a un gnomo misterioso y juguetón que me incita a decir mentiras para burlarme benévolamente de mí mismo y de los demás, comencé a contarle a la periodista algo sobre las esculturas en Roma. Y quién sabe por qué hablé de la estatua en bronce de San Pedro que está en la Iglesia de San Pedro en Roma. Fue fundida hace siglos y su pie derecho, casi desnudo en la sandalia de pescador, sobresale un poco del pedestal original, como invitación a los fieles para que lo noten. Y éstos lo han notado, por supuesto: durante siglos se han arrodillado frente a la estatua y han besado y acariciado el pie del Santo.

–Con el paso del tiempo el bronce se ha consumido–, le decía yo a la pobre periodista que, con profesionalismo, anotaba todo en su libreta–, de modo que el pie de San Pedro en Roma prácticamente no tiene dedos.

Mi gnomo juguetón me obligó a decirle a la periodista que algo así sucedería con mi estatua de la Paternidad. La muchacha me miró inquisitivamente. Tenía un lindo pelo rubio que jugaba con los rayos del sol, aunque su mirada era circunspecta.

–Pero la estatua mía no es la estatua de un santo–, le aclaré. –Representa a un joven padre, un hombre joven, desnudo, mostrando su fuerza y virilidad, que se arrodilla para levantar en sus brazos a su hijo. La estatua representa el amor paternal, es como un himno a la procreación.

La muchacha seguía anotando todo.

–Usted tiene que haber notado que en la estatua del padre está bien a la vista el miembro viril–, continué. La muchacha tuvo unos segundos de indecisión, pero siguió escribiendo. –Según antiguas tradiciones griegas y romanas –seguía mintiendo mi gnomo juguetón–, la estatua de un hombre que representa la paternidad le trae suerte a las novias. Las que querían casarse o tener hijos se acercaban a ellas y le tocaban el miembro viril –la periodista parecía un poco nerviosa, pero seguía escribiendo impertérrita–, porque eso les traería suerte para conseguir un marido o tener descendencia. Así que usted puede publicar en el periódico que lo mismo sucederá con la Paternidad. Dentro de un tiempo, esa parte de la escultura estará más brillante porque habrá perdido la pátina a causa de las caricias y besitos que recibirá de las novias de aquí.

Poco después comenzó la ceremonia oficial.

Pasó un tiempo.

Hace poco un amigo mío, Claudio, me dijo:

–Aldo, a propósito: ¿qué pasó con el pirulito de la Paternidad? Me parece que tiene un color diferente, se ve más gastado que el resto. ¿Está mal fundido?

Le mentí, obviamente.

–No sé, Claudio, no tengo idea.

4 nov. 2010

Experiencias homosexuales (que no llegué a tener) durante la Guerra




Después de profundas consideraciones, fui a escudriñar entre los recuerdos, en la memoria más antigua. A ver si podía yo también vanagloriarme de algún pasado gay o semigay o de un amigo gay para ponerme a la par con los tiempos que corren. Y busqué, busqué y el más lejano recuerdo fue de cuando yo tenía 14 o 15 años. Durante la Segunda Guerra Mundial.


 
 
Después de profundas consideraciones, fui a escudriñar entre los recuerdos, en la memoria más antigua. A ver si podía yo también vanagloriarme de algún pasado gay o semigay o de un amigo gay para ponerme a la par con los tiempos que corren. Y busqué, busqué y el más lejano recuerdo fue de cuando yo tenía 14 o 15 años. Durante la Segunda Guerra Mundial.

Credere, obbedire, combattere



Guerino, la ordenanza.  Años 1941/42 en Roma. Apartamento en el último piso, que no se llamaba pent-house porque en esa época se decía ático y se hablaba italiano, heroico descendiente directo del glorioso Latino Romano. Estaban prohibidas las expresiones, las palabras, los francesismos, los anglicismos. No se decía sweater ni pulóver, se decía “maglione”. Y si no se conseguía la palabra en italiano para un deporte, no se hacia el deporte . Y no se jugaban tenis ni golf. No se decía tenis, no se decía golf. Prohibidísimo también el OK, que además era notoriamente una degeneración de la mezcla interracial de las ex colonias inglesas, cuyos jefe en aquella  época, era  nada menos que por un pobre hombre paralítico: todo lo contrario del vigoroso viril hombre itálico que nos mandaba a nosotros.
 Bueno, ese el cuadro a mis 14-15 años, el periodo de las Leyes Raciales, de cuya existencia solamente supe y fragmentariamente al buscar los supuestos cuernos del demonio en la frente de los “judíos romanos”, después de haber visto la  película tremenda, "Sus, el Hebreo", de nuestros aliados arios, los alemanes. Bueno. En nuestro Palazzo, en el segundo piso, piso noble, se decía, vivía un general; quizás del ejercito, porque aviación había poquita, si es que la había; y la marina estaba casi reservada a los nobles que vivían en barrios elegantes. En este segundo piso, el general retirado tenía su ordenanza: un soldadito pequeñito, flaquito, sin ningún tipo de barba, que hacía lo que un ordenanza no debería hacer: en lugar de dedicarse a abrillantar las botas del General y en atenderlo en lo que tenía que atenderlo, iba haciendo siempre labores de casa, labores donnescos, se decía, o sea, trabajos de mujer: iba al mercado y regresaba con los brócoli. Y tenía todo menos el aspecto marciano del soldado que defiende la patria. Bueno. Un día, el tipo ese que, por ironía de la suerte,  se llamaba Guerino, como el célebre paladino de Carlo Magno, me invitó a visitarlo en su habitación, en el apartamento del general. Nadie estaba en la casa, excepto él y yo, el inocente.

Yo era obediente. CREDERE OBBEDIRE e COMBATTERE, decía Mussolini en uno de sus tantos admirados slogans en las calles de  Italia. Y me esforzaba yo en Creer y Obedecer, mientras tanto, porque lo de Combatir sería para más adelante al cumplir los 18 años.

Me invitó a su habitación, el Guerino ese y me mostró unas fotos que yo consideré sumamente eróticas, libidinosas, pecaminosas, infernales, tremendamente excitantes. Eran de una tipilla que debía de ser una campesinita de la campiña romana, semidesnuda, con varias extensiones de pelo entre el excitantísimo y abundante vello público, el de las piernas y de las axilas. Hasta recuerdo todavía, larguísimos pelos negros que nacían en los pezones y me excitó. En aquel entonces yo era todavía novato  en erecciones, que había descubierto con orgullo en esos días. Claro que me emocioné. El pobre Guerino debe de haberse considerado el “hombre” más feliz de la tierra y con un gesto inesperado para mí…dio una pirueta, se bajo en un relámpago los pantalones y me mostró un culo blanquísimo con unos pelos larguísimos y negros.

Ese espectáculo me produjo sencillamente  nausea.  Y me asusté. Me aparecieron imágenes todavía vivas en la memoria infantil de diablos y demonios, sentí un asco tremendo para esas nalgas que el trataba de abrir, invitándome al banquete que ni siquiera entendía bien en que podría consistir. ¡Pobre Guerino!  Sed sic  fuit voluntas Dei!

Así como estaba yo,  asustado, alterado y en erección, con sentido de culpa y de pecado, me fui corriendo, me escapé de su habitación y del apartamento del general y, para ser más rápido, ni esperé el ascensor para que me llevara al piso once. Subí corriendo de a dos o de a tres los escalones hasta el pent-house-ático.
Y fue la primera “experiencia”.


Los pantalones zuavos: otra experiencia
Era poco antes de la caída del Gobierno Mussolini. Año 43. En la Juvenil Jerarquía Fascista yo había llegado a ser jefe de “manipulo”… (40 hombres paramilitares ). Había jurado: “En el nombre de Dios y de Italia, juro de ejecutar las órdenes del Duce Mussolini y de servir con todas mis fuerzas las causas de la Revolución Fascista.” Formaba parte como todos los muchachos de esa edad, de la G.I.L. Juventud Italiana del Littorio, la que después fue copiada por Hitler , fundando su Hitlerjugend. Todos éramos jóvenes de 15 hasta los 18 años, más o menos. Y los sábados en la tarde, lo que se llamaba Sábado Fascista, teníamos marchas, desfiles, himnos patrios.

Ya no éramos “Balillas”. Los Balillas eran muchachitos de 8 hasta 14 años. Tenían camisa negra, un medallón con el retrato del Duce Mussolini y el pañuelo azul que quizás recordaba el azul de la Casa Saboya, entonces felizmente reinando en Italia. El Rey, Víctor Emanuel III de Saboya, era el Jefe del Estado y Mussolini era el Jefe del Gobierno. Nosotros estábamos ya grandecitos: éramos “vanguardistas”.

Teníamos pantalones “a la zuavo”, un puñal bellísimo, que era de aluminio porque “Italia producía mucho aluminio en el Monte Amiata, en Toscana.” El acero era para los soldados de verdad y ¡la panza del enemigo! Armados con ese puñal, un sweater (perdón) un maglione negro y los pantalones a la zuavo, nos sentíamos heroicos y poderosos. Y viriles. La varonil juventud de Italia, se decía.  Y yo qué? “ se quejaba mi hermanita. Pero era  mujer y no se le hacía mucho caso.

Una tarde, después de las ejercitaciones para-militares y “voluntarias” (obligatorias) del Sábado Fascista para la Juventud Italiana del Littorio, me fui con mi amigo Ciotti para ver una película en el cine Esmeraldo de Roma, donde daban LA CORONA DE HIERRO, la historia de la primera corona de los primeros reyes de Italia, después del colapso del Imperio Romano de Occidente. Y en la película se contaba de la Corona de Hierro hecha con un clavo de la Cruz de Cristo, y se contaba de la heroica Teodolinda, de Berengario, de los Ostrogodos y demás fulgurantes per, que la propaganda fascista indicaba claramente en Mussolini. En fin, estábamos esperando sentados en una banquita que llegara el tiempo para entrar al cine. Allí, en esa banquita, ambos estábamos vestidos con el uniforme paramilitar fascista de Vanguardista, mirada fiera, orgullosa, puñal de aluminio y maglione negro como la muerte. Espera que te espera, no sé cómo fue, el amigo Ciotti comenzó a hablarme de muchachas, indicándome a dos que paseaban en este momento cerca de nosotros, también ellas con su uniforme paramilitar de Jóvenes Italianas Fascistas, una faldita plisé negra que coqueteaba con sus piernitas de quinceañeras… ¿Tendría  yo 15 años? En fin, entre lo que me insinuaba el camarada Ciotti (se decía camarada, no se decía compañero…compañero era un termino comunisto-anarcoide- bolchevique) y el revolotear de las falditas que miraba yo con ojitos entusiasmados, mi señorito, mi hermanito menor, mi  camarada-compañero tuvo su tradicional erección, muy común en aquello tiempos y en aquella edad cuando, si pasaba una monja aparentemente joven me la imaginaba irrespetuosamente sin el Manto Sagrado.
“Mira lo que te ha sucedido!”, me dice Ciotti. “¿Puedo tocarlo?”
Sentados ambos en esa banquita con las piernas extendidas, yo recuerdo que me quedé incierto; mi erección se notaba bien marcada con la tela “sintética”, se decía, y de mala calidad de los uniformes paramilitares. Recuerdo muy bien la sensación de poder y cierto placer al constatar por primera vez que poseía algo de notable volumen. Si, era más grande de lo que pensaba. La verdad que no recuerdo como fue. ¿Le di permiso? ¿No le dije nada? Yo era tontísimo y tímido en aquella edad. Mi mamá siempre me defendía de no sé qué peligros de la calle, para impedir, inclusive, que aprendiera groserías. Las malas palabras no se decían. Las decían solamente la gente “baja”, los obreros, los campesinos, una sirvienta. Pero no nosotros.
El amigo camarada Ciotti seguía con su agarra y aprieta. Por encima de los pantalones, por supuesto. Pero, a un cierto punto, no recuerdo de verdad, quizás estaba trastornado, se me presentaron las imágenes que en aquella época todavía fluctuaban en mi mente: demonios, condenados, pecadores. Estaba haciendo algo que no debía hacer. El poder de las prohibiciones, el poder de la Iglesia, del párroco don Ettore. Qué sé yo. Pero lo que me impresionó más que todo fue la idea de Mussolini. Como si con su mirada fulminante masculina reprobara que nos dedicáramos a esas prácticas de la “plutocracia anglo Judea masónica decadente”.
Y me fui corriendo… ¿adónde? A buscar el tranvía para ir donde mi mamá…

La maleta de porotos

 Habían llegado las tropas aliadas a Roma. Fue el periodo que se llamó el periodo de la Liberación, cuando las tropas del general Clark entraron alegres en Roma; yo las vi, a las cinco de la mañana, y los alemanes habían salido la noche anterior: Roma, ciudad abierta.

Bueno, a pesar de los aliados y de los caramelos y chocolates de los primerísimos días de euforia, el hambre seguía en Roma. Mi mama me mandó a buscar comida con una valija a Cesano, un paisito cerca de Roma, donde conocíamos ciertos campesinos.
”Aldo, hijo, llénala con lo que sea…!”



La Abadia de Montecassino, del año 800, destruida en la segunda guerra




Llego al pueblito, busco al campesino conocido, consigo llenar mi valija con porotos, pago un precio exorbitante. Inicio el regreso a pie por una caminito de tierra que en dos kilómetros me llevaría a la parada del tranvía para Roma. Completamente solitario, el camino. La gente andaba lo menos posible. Había riesgos de toda clase. En ese caminito, quizás a la media hora, se me acerca un jeep militar. A.M.G. Allied Military Government. Adentro cuatro militare, ingleses. Eran los únicos, ellos, como los australianos y los pocos canadienses, que no vestían uniformes americanos. Los Estados Unidos tenían tela e industrias en plena producción para vestir a todo el mundo. La nacionalidad distinguía a la caterva de aliados únicamente por un rectangulito de unos 10 centímetros por cinco, cosido en la manga izquierda, con el símbolo de la nacionalidad. Bueno. Los ingleses se pararon a mi lado y me ofrecieron gentilmente un aventón para llegar hasta Roma.

Imagínense mi felicidad. Con mi maleta de porotos que pesaba cada vez más me subí agradeciéndole a los cuatro. Me dijeron que me sentara atrás, en medio de dos de ellos. Traté de entablar algo de conversación en el escolástico inglés aprendido en mi Instituto Británico, pero me di cuenta de que los soldaditos no tenían ningún interés en hablarme y además su inglés era muy diferente al de mis profesores: no entendía una sola palabra. De repente los dos súbditos del rey George que estaban a mi lado comenzaron a acariciar mis piernas desnudas; ya era verano y usaba pantaloncitos cortos.

Ay de mí… ¿Qué hacer?

Estaba sumamente incomodo. Traté de decir algo, pero por la emoción no logré farfullar sino frases desordenadas y probablemente incomprensibles para ellos por mi tremendo acento italiano. Pero evidentemente se dieron cuenta de que yo no estaba de acuerdo con lo que ellos esperaban y, en fin, me soltaron. “You may leave any time… fuck you!” Esa frase no la olvidaré nunca

Y abrieron la puerta del Jeep. Yo, cargando mi valija de porotos, aliviado y cansadísimo, caminé por 10 kilómetros para llegar hasta Roma, porque los malditos se habían desviado de la ruta del tranvía. Y cada vez que en el camino me encontraba  con alguien, tenía no solamente la preocupación que se repitiera el susto de los ingleses… sino que estando solo, algún tipo que también buscara comida podía robarme mi maleta de porotos!

Los marroquíes goumiers

Según se confirmó en años posteriores pero que los romanos sabíamos desde el verificarse mismo de los eventos, un acuerdo entre Norteamericanos, Alemanes y el Papa Pío XII había convenido  en la salida pacífica de los Tropas del Reich y la entrada igualmente pacifica de las Fuerzas Aliadas en Roma, la Ciudad Eterna:  para preservarla así de los desmanes de la guerra. 



 




Los alemanes comenzaron a dejar Roma desde las siete de la tarde del día convenido. Yo los vi, personalmente: caminaban arrastrando casi los pies, tenían solamente algún que otro burro para llevar cargas más pesadas, iban en fila India, a los dos lados de la Viale Angelico, que llegaba al histórico Puente Milvio, el de Constantino, el del IN HOC SIGNO VINCES. Jovencísimos, lucían también cansadísimos. Estábamos acostumbrados a ver a los alemanes fuertes, orgullosos, arrogantes. Y ahora exhaustos, vencidos, en retirada, rodeados del silencio de los romanos. Mi papá, a mi lado, tuvo un gesto inesperado: les ofreció cigarrillos
“Tú, papá? No me dijiste siempre que  tú tenías una gran antipatía para los alemanes? ¿Que invadieron tu Friuli natal en 1915 y esparcieron tu familia por toda Italia?”
“Sí, Aldo”, me contestó. “Pero estos son chicos de 16 años cuando mucho. De tu edad. No saben nada de la vida. Saben sólo que van a morir”.
Y en la mirada de papá se veía la decepción profunda de alguien que desde su 19 años, , como me había contado una vez,  en 1918,  había creído fervientemente y participado en el primer fascismo, que se le había presentado en sus inicios para rescatar los valores nacionales de los italianos contra el internacionalismo apátrida del socialismo, para defender la religión y el orden contra la anarquía bolchevique proveniente de las estepas rusas. Y que todo ese sentimiento se le había esfumado a partir del 1938, en años de locuras, fanatismos y sumisión trágica al nazismo.
Clark y sus aliados entraron a las cinco de la mañana del día siguiente. No hubo un solo disparo. Nada en absoluto de hostilidad contra los enemigos de ayer. Todo lo contrario. Solamente caramelos, chocolates, chicas exuberantes que se subían a los camiones y a los imponentes tanques Sherman para besar a los libertadores-vencedores y celebrar lo que se suponía que era el fin de la guerra.
Bueno, junto con las tropas aliadas de verdad, las auténticas, o sea los americanos de Estados Unidos, los Ingleses de Inglaterra y los Franceses de Francia, en el sagrado plurimilenario suelo de la Patria de los Cesares llegaron también un montón de colonias, marroquíes y argelinos de Francia, indios y paquistaníes del Commonwealth, un sinfín de razas y pueblos, cumpliendo la profética promesa-amenaza de Churchill cuando iniciaba la guerra: “Reuniré en contra de ustedes (los alemanes) a todo el mundo hasta que los destrocemos”. Y todas esas hordas desembarcaron en Italia. Incluyendo a los Marroquíes Goumiers. Supimos de inmediato detalles de las atrocidades semi caníbales y de violencia sexual de esos feroces guerreros primitivos.
Por misteriosos casos de la vida, mi papá que era fascista era también muy amigo de un general francés. Habían estudiado juntos no sé dónde. Al llegar a Roma, ese general buscó a mi papa, pensando ayudar eventualmente al viejo compañero de escuela, si fuera necesario. Se vieron. El general vino a nuestra casa, vestido de paisano, por respeto, se abrazó con mi papá. Tomamos todos un poco de champagne para festejar no se sabía bien que: fue la primera vez que probé el Dom Perignon: traído por él, obviamente. Después de los “Te acuerdas cuando…” le comentó a mi papá, en una conversación que no estaba destinada a mí, pero que yo escuche:

“Amigo Titute, a esta gente no se le puede hablar de pelear por la libertad y menos que menos por la democracia. Ellos no saben lo que es. Ni les importa. Se les puede hablar solamente de ‘botín’. Si vencemos, el botín será de ustedes y las mujeres también, según las más antiguas tradiciones guerreras. Son primitivos, pero muy buenos guerreros, audaces y feroces. Los utilizamos en las carnicerías de Montecassino. Es inútil decirles ahora que respeten a las mismas mujeres que ayer eran las mujeres del enemigo. No lo entenderían  Lo considerarían falta de palabra. Pero yo sé: tendremos que sacarlos de acá y llevarlos a Grecia, probablemente”.
Más o menos eso es lo que recuerdo de esas conversaciones entre mi papá y el general francés. Una película italiana, “La Ciociara”, con Sofía Loren, habla vagamente de esos episodios. Raro que se hablara tan poco, porque el impacto de esas tropas en Europa fue tremendo. Pueblitos enteros del sur de Italia fueron asolados por las tropas coloniales francesas. Violaron a todos, a todos, absolutamente a todos, mujeres de cualquier edad, jóvenes o viejas, monjas, muchachos, niños, niñas, hombres y adolescentes. Todos.

Hubo dos pueblos donde nadie, absolutamente nadie se salvó de la violencia sexual. Eso se supo, se sabía y de eso conversábamos en un caminito de Cesano a Roma. Mis padres me decían que estábamos en Cesano de “veraneo”. En realidad estábamos refugiados en una casa de campesinos agricultores amigos nuestros donde había comida abundante. Habíamos salido a pie de Cesano para ir a buscar huevos en los alrededores. Y en el camino de regreso, ya al final de la tarde, nos alcanzaron dos jeeps cargados de marroquíes, distinguibles por el turbante árabe. Estábamos yo, mi mamá de unos 38 años, todavía joven y apetecible, mi hermanita de 10 años, y la chica de servicio campesina, de unos 18 años.

Los dos jeep frenaron a nuestro lado. Miradas sonrientes, ojos negrísimos que brillaban. Sonrisas. Mi mamá aparentaba indiferencia mirando el ocaso anaranjado del sol.
 “Lei no paura? Usted no miedo?”, preguntó uno de ellos.
Mi mamá fue de un valor y coraje extraordinarios.
Paura? Miedo? Por qué? Lei due mani… Io due mani… Io no paura”.
Los tipos se fueron riéndose. Supimos después que habían ya violado a no sé cuantas mujeres poco antes, en la misma Cesano.
También los marroquíes llegan a un tope.
Años después, recordando este episodio, mi mamá me comentó:
 “Mi preocupación no era tanto por mí ni por tu hermanitaAldo, te miraban a ti!”

El judío amigo

Al llegar los americanos, con su aire de bienestar y opulencia, todos bien vestidos, bien nutridos, generosos y sonrientes, llegó para los civiles la esperanza… y en la espera que la esperanza se concretara, mi papá consiguió a través de un querido amigo de él, también compañero de escuela, judío genovés, de apellido Colombo, consiguió que yo entrara a trabajar en la ALLIED CENSOR SERVICE. Este Servicio de Censura Aliada se suponía que controlara y censurara una cantidad enorme de cartas, postales, fotos,  revistas, periódicos, etc. Había que tachar, eliminar, cortar el papel, borrar o, en los casos más sospechosos; y  proceder a un exhaustivo estudio a la Sherlock Holmes, relativo a cualquier dato que pudiera parecer como información de carácter socio-político-militar útil para los alemanes o, en forma más discreta, para los soviéticos ya que se trataba de aliados… todavía. La Censura trabajaba día y noche. Había no sé cuantos turnos. A mí me dieron el turno de 8 de la mañana a la una de la tarde. Así que a las tres podía frecuentar hasta las siete mí segundo años de Liceo Clásico Mamiani, en Roma, en ese horario vespertino, debido a que el Edificio del Liceo estaba requisado en horarios de la mañana para otras escuelas destruidas por la guerra.

Allí, en el Servicio de Censura Aliado (A.C.S.) se ganaba muy bien. Nos pagaban en liras, claro, pero la base era el sueldo en dólares de un trabajo correspondiente en USA: algo casi astronómico para los empobrecidos europeos. No había muchos italianos que trabajaran con los americanos. Indudablemente yo y los demás italianos éramos unos privilegiados y los aliados empleaban solamente personal de comprobada fe filo americana. Muchos, de los pocos, eran judíos. Yo no era judío, ni mamá ni mi papá tampoco, ni muy filo americanos; mi papá había sido fascista y en ese momento estaba inclusive suspendido del trabajo y sueldo del banco donde trabajaba desde hacía veinte años por presiones del Gobierno Provisional Aliado, que lo sometió a Depuración para averiguar si había sido criminal de guerra: a los dos años fue reintegrado en el trabajo con pago de los sueldos retenidos. Pudimos comer e reintegrarnos a la normalidad. En la zona éramos conocidos como fascistas: no fanáticos, pero fasicstas.
Había sido fascista papá, cierto siempre lo fue y nunca lo denegó. Pero también había ayudado a muchos hebreos golpeados por las Leyes Raciales del 38 que papá consideraba ridículas e injustas. Y con ciertos riesgos, porque los alemanes no bromeaban mucho en cuestiones de hebreos. Y los hebreos saben agradecer. Total, cuando a su vez mi papá estuvo en las malas, con la caída del fascismo, los hebreos lo ayudaron a salir del paso. Una de las maneras indirectas fue que yo entré a trabajar con los americanos, con sueldo muy bueno.

Obvio que un muchacho del segundo Liceo Clásico, chico de buena familia burguesa, no tenía absoluta experiencia ni de vida ni de nada y mucho menos de censura epistolar. Me hice amigo de algunos de los “colegas”, todos algo mayores que yo y con uno especialmente me sentía muy bien. Se llamaba Anticoli, típico apellido judío de Roma. Hacía más o menos un año que trabajábamos juntos para los americanos y yo, de paso, había perdido un año de Liceo. Pero una tarde, Anticoli y yo nos vimos, para ir no recuerdo donde, a una conmemoración de algo cultural o pseudo cultural. Y allí, de repente, en ese ambiente de avanzada, cine literario artístico, el amigo se me reveló: con mucha franqueza, muy directamente y en ingles, idioma que no usábamos nunca entre nosotros: IF YOU WANT ME, now, we may go…”. No recuerdo absolutamente como terminó la frase, pero seguramente me propuso ir a su casa. Me quedé tan mal, tan entristecido y diría hasta decepcionado, porque me di cuenta de que las atenciones y muestras de gentileza para conmigo tenían un fin bien determinado. No eran para hacerme un favor a mí. Sino para que yo las contracambiara con un favor a él.    
Después de ese episodio, dejamos de vernos. Se terminaron las conversaciones y supongo se terminó la amistad. ¿Por qué? No lo sé. Nunca lo supe exactamente. Miedo, ¿quizás? Teníamos varios intereses en común. Era inteligente. Éramos amigos. De hecho, éramos muy buenos amigos. Pero... Después de esa proposición, me producía malestar, incomodidad, la idea que él me mirara con ojos diferentes de otros amigos míos, donde la amistad la sentía pura, sincera, sin segundos fines. En su mirada me parecía siempre adivinar el segundo fin. Una mirada interesada. Sensaciones, claro, como tendré un poco más adelante en la vida e inclusive por muchísimos años. Sensaciones, claro. No estoy seguro si vale la comparación. Pero nunca pude entablar una amistad pura, sincera, sin segundos fines con una mujer, si es que tenía algo de femenilmente atractivo. Me perdía en su mirada, casi hipnotizado. Nunca he podido ver unos ojos bellos sin que se me esfumara todo el entorno. Y ¿cómo se puede hablar sin mirar a los ojos la otra persona? Ha sido difícil tratar, en mis años de media edad, las esposas o hermanas o hijas de amigos míos. Ha sido casi un constante esfuerzo sobre mí mismo. Y todavía ahora, a mis 80 pasados, todavía ahora, y casi me avergüenza decirlo, la conversación con una mujer bella, atractiva, aunque sea una conversación inteligente e interesante, se me hace difícil, al punto que debo distraer la mirada porque se me sobrepone, como cruel recordatorio, la imagen patética, asquerosa, lubrica, del viejo verde baboso que espero no ser, no quiero ser ni parecer ser.