22 ago. 2011

Encuentros en Montevideo-1/3 - 2/3 Nunca me habia pasado esto-2) Maite, perfume de juventud.


Encuentros en Montevideo.
...a los 83 años puede suceder de todo...
Escribir sobre aventuras eróticas-amorosas-sexuales  o sentimentales de edades juveniles o relativamente juveniles es algo normal y lo he hecho en más de una oportunidad. Lo divertido es cuando la supuesta “aventura" se da en edad ya avanzada.
Los 83 años, y sus eras próximas, son un magnifico momento en la vida, máxime en la mía, por supuesto, donde confluyen experiencias decenales, las más variadas y puede suceder de todo. Si se tiene un mínimo de capacidad de observación, y el “don de la abuela “, el lector puede pasar un rato ameno.
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1º Episodio: 1/3Nunca me había pasado esto, antes ! Estaba yo “viviendo” todavía en esa magnífica Residencia para Adultos Mayores, alias Geriátrico o “Moridero”, como sin ambages la definió una querida lectora de mis   peroratas.Y un buen día de verano, siguiendo el consejo de una ejecutiva-psicóloga que con cierto cariño trataba de hacerme menos pesada la estadía, me fui  solito a pasear en la playa muy próxima a la Residencia. Zapatos en las manos, arena entre los dedos de los pies, caricias de espumas de olas ya perezosas, susurros tímidos que envuelven en pensamientos y recrudescencias. ¿Que se piensa a los ochenta y tanto paseando solo a pie desnudo, donde llegan las ultimas olitas?
Pensaba yo en otras playas, allá en Italia, en Camogli, a mis 11 años, emocionadísimo por el primer beso que le había dado  a una chiquilla de nueve años.
O ¿me lo había dado ella?

Se llamaba Matilde. Fue la primera chica que besé en mi vida. De esos besos a labios cerrados, medio corrugados, que se transformaban en mueca por la nueva y rara sensación del contacto de labios, mezcla de curiosidad, de asco y del sentido del pecado. Los compañeritos de verano, los más despiertos, Alberto Martin y Roberto Piccardo, recuerdo todavía los nombres, nos habían empujado en los brazos uno de la otra.  Matilde era bellísima, de largas trenzas negras. Tenía cerrados sus estupendos ojos azules, y los labiecitos de niña, puestos en redondillo con esa tierna muequita infantil, eran supuestamente lo que yo debía besar… Y andaba pensando en eso, con ternura, en mi primer beso, de hace más de 70 años atrás, cuando de repente en la playa solitaria aparecen, a poca distancia de mi, tres muchachos. Quizás de 15, 16 años, muchachos sencillos, de familias locales medio campesino y medio no se sabe que. Muchachos de Uruguay, clase baja, mal vestidos, vociferantes. Se me acercan y yo, con ese afán que tengo siempre de hablar con alguien buscando compañía, pregunto cualquier tontería para entablar una especie de conversación. Conversación de nada, en realidad, pero en fin… y al rato de pedir explicaciones sobre como pasar a pie un determinado caño, cosa que en realidad no me interesaba en absoluto, después de una breve indescifrable  confabulación entre ellos, me preguntan algo en su jerga. Me costó entenderlos, no solamente por el supuesto idioma, sino también porque el argumento era completamente fuera del alcance de mi mente en aquel momento. Estaba inmergido en la imagen fumosa de Matilde. Por fin entendí. Estos jovenzuelos me estaban pidiendo a mí que les complaciera en sus deseos sexuales. No era la primera vez en la vida que oía insinuaciones de ese tipo. Eso fue más de una vez, pero muchísimos años atrás. Decenios habían pasado desde entonces. ¿Cómo era posible que estos jóvenes pensaran que un anciano tuviera tantas energías como para penetrar no solamente uno sino nada menos que tres culos hambrientos? No recuerdo exactamente como fue, pero seguramente les di un “Gracias, no estoy interesado”, y probablemente con una media sonrisita complaciente, así como podría haberlo dicho al negrito ambulante que vende pacotillas en la playa. Pero los tipos insisten. Sigo sin entender bien lo que dicen pero hablan de dinero, que rebajan las tarifas… y poco a poco se me forma la idea: Eso tipos me están pidiendo dinero a mí, no para que me los cojas a ellos, sino todo lo contrario. ¡Para que ellos me cojan a mí! Para que yo sea el súcubo, el pasivo, como se dice hoy en día. ¡Yo! ¡El pasivo de los tres!
Coño. Se me fue Camogli y Matilde. Se me fue la dulzura. Sentí dentro de mí un revoltillo de tripas… Pero no por la naturaleza de la oferta, sino porque esa implicaba claramente que a los ojos de un joven yo ya no era nada más que un viejo marica, un rico extranjero pervertido en busca de gallitos.
Me fui, de golpe y creo sin comentar nada. Me quede de mal humor por varios días.
Y desde entonces nunca más me atreví a dirigir palabra a uno de esos jóvenes arrogantes, atrevidos, malcriados e ignorantes. Ni para pedirle donde está la parada del ómnibus.






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   2º Episodio (2/3)
MAITE:  Perfume de juventud.


Era a finales del verano pasado. En Montevideo.   Las primeras horas de la noche. Por distracción bajé del ómnibus dos paradas  después de la mía. Me encontré en la Rambla. Y en una zona desconocida a mí  y más  de noche. Miro alrededor mío: solamente coches que vuelan, nada de peatones a quien preguntar. Soy muy distraído. Tres o cuatro días antes me había pasado algo similar. Pero  había visto algo,  un tipo y de indescifrable  género.
Por favor, dime, ¿dónde estoy acá?” le había preguntado, irritado conmigo mismo, por haberme perdido.
En Montevideo. “  me contestó el tipo. Y siguió su camino. No era un dromedario, como parecía.  Era un chico con una mochila en la espalda.
“Aldo, mereces que te contestan así”, me hubiera dicho Gabriella. ¿Mi esposa? Alguien me preguntó ayer porque todavía cargo la alianza.
“Voy a ser más prudente… si veo a alguien, ahora” me digo a mi mismo.  Y  miro alrededor, en la parada de  la rambla, donde estoy ahora, incierto si cruzar o no cruzar entre esos cacharros  que se creen Ferrari. Por fin  veo alguien que se  acerca.
“¿Quiere que le ayude a cruzar?”
Así  debo parecer: un viejo medio ciego, miedoso para cruzar una calle con tres vehículos y todavía a medio  kilómetro. No, no es que solamente aparezca así: así soy.
“Gracias” contesto a la voz.
¿Qué  voz? Debe ser una persona joven, una  muchacha. No la distingo. Me agarra por el brazo,  es pequeña. Si,  es una chica.
Ud. no es de aquí, ¿verdad? ¿Qué hace Ud. en Uruguay, en Montevideo, en la Rambla, de noche, solo?”
No sé, me lo pregunto yo también. Pero lo  pregunto a mí mismo. A la persona le digo que voy a Rivera, al cruce entre Herrera  y  Rivera.
“Ah, yo también voy hacia allá. Si quiere le acompaño.”
Entonces sí, la miro. Una mujer de unos 25 años. Facciones regulares, piel blanca, mirada inteligente y alegre. Vestida  muy normal, poco cuidado a la apariencia; típico del uruguayo que no es vistoso.  Y así subimos conversando, ella a mi brazo, a lo largo de la calle Luis Alberto Herrera. Me  avisa  cuando en la vereda hay algún desperfecto.
“¿Alguno?” Le digo.”Aquí lo que hay son huecos con un poco de vereda alrededor”, agrego riéndome.
 Noto que no le gusta mucho mi comentario. Agrego serio que pero Uruguay tiene una infinidad de otras cosas buenas que ya no hay en otras partes del mundo.
“¿Cómo qué?”pregunta curiosa.
 “Como  encontrar una persona gentil como tú, por ejemplo”.
 Soy sincero al decir eso, pero al fin es también una especie de piropo, aséptico. A las mujeres en general no les interesan las generalizaciones. Tiene que ser algo que les atañe casi personalmente, para interesarle. Sea cierto o no. Depende de cómo se diga. Y de quien lo diga.
“Ay papá”, diría mi hija,” cuidado y  recuerda que lo que podía decir a los cuarenta no lo puede decir ahora.”
 Y así seguimos caminado, le cuento de mi, casi siempre hablo de mi, de lo que hice y de lo que no hice. Me acompaña hasta el portón del edificio. Le agradzco la cortesía, le doy mi tarjeta de visita, mi  nueva a estrenar tarjeta de visita.
Y al día  siguiente recibí un e-mail.
Fue un e-mail que revelaba asombro y  admiración. Que nunca se hubiera imaginado que había conversado con una persona tan importante y tan sencilla a la vez. Que quería visitarme, volver a verme,  ir a mi casa llevando unos bizcochuelos. Que después de haber leído algo sobre mí en Internet, había hablado de ese encuentro casual con su papá  y su mamá. A mí  me emocionó ese email   Posiblemente más de lo lógico, debido a que estoy solo. Solo, en Montevideo. Solo en América, en realidad.
Un hijo en Inglaterra, otro en  Santiago de Chile, la hija en Los Ángeles.  Y ¿mi esposa? Separada de facto de mí.  Así que  estoy solo.  Estoy  hambriento de ver, tocar,  hablar con alguien. Me emocioné tanto con ese email como si hubiera sido  una de las antiguas cartas de los tiempos de los enamorados.
 Volví  a escribirle, y me contestó. Revolví a escribirle, y volvió a contestarme.  Pero después no me contestó más.
Lógico.
 Pasado el primero momento de emoción por  haber conversado media hora con una persona internacional,  como decía ella, al final  regresó a las preocupaciones diarias. Ella es veterinaria, me dijo. Quizás donde está ahora. Quizás si leerá este escrito mío.
 Quizás  se haya casado, como  casi siempre aspiran las muchachas,  salvo desilusiones en años posteriores.
 Quizás.
Y con este spot quiero darle las gracias una vez más, a la chica que me ayudó a cruzar la rambla, de noche, y me dio la ilusión por un momento de oler el perfumo de esa  juventud que hace tiempo ya se fue de mi.
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15 ago. 2011

4/4 Momentos de vida con los abuelos…EL PAN

El Pan de trigo, hecho con trigo, que huele a trigo, que sabe a trigo. 

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   Por avatares de la vida, pasé de ser una persona  relativamente importante rodeado de empleados, más o menos lamebolas y encariñados, (más lamebolas que encariñados) a otro tipo de personaje: un viejo cascarrabias, que vive solo porque nadie quiere ya vivir con él.  Así que cuando me encuentro con algo o con alguien,  actitudes que no son de mi completo agrado, para evitar el cascarrabico choque de frente, me esfumo y  recurro a los recuerdos.
 Es lo único que nos salva en  ciertas épocas de la vida. Los recuerdos tienen la ventaja que uno puede inclusive modificarlos sin  que ningún impertinente te pregunte irónico  si eso es cierto o no.
 Y esto se da en una  infinidad de ocasiones en el devenir cotidiano.  Quien dijo eso fui yo  y no Heráclito. Pero da lo mismo.
Regresamos a lo que decía: entro a una de esas tiendas que ahora llaman Market.
Busco pan. Te dicen que por allá, en la góndola tercera, a mano izquierda. Uno se imagina encontrar la góndola con el gondolero veneciano, con remeras a rayas horizontales azules y blancas,   pero no. No se sabe porque ahora llaman góndolas a  pasillos entre  estanterías  y repletos de cosas de difícil definición.
 “Disculpe señorita yo busco pan…”
“Aquí, Señor,  en esta misma  góndola” te dice con conmiseración…  ” ¿No lo vio?”
Y se va,  rápida a buscar no se sabe que.
 No hay Puente de los Suspiros entre esas góndolas, pero si suspiro al ver  paquetes  que dicen PAN  pero a primera vista yo creía que fueran  absorbentes  higiénicos para mujeres. No es el tipo de pan que busco.  Doy vueltas y vueltas y por fin veo,  a lo lejos, a otra  empleada al punto de perderse en los meandros  de las góndolas. ¿Lograré llamar su atención?
“Señorita  Señoritaaaaa per favore,, “
“Dígame señor, ¿en qué le puedo servir?”
 Ay señorita, discúlpame. ¿Todavía se hace el pan con el trigo?”
 Me mira.
“¿Que busca Ud. señor?”.
 Busco pan que sea pan”.
Veo que me empieza mirar con cierta ternura. Quizás divertida. Quizás le recuerdo su abuelito.
 Percibiendo ese asomo de humanidad, me atrevo a decirle:
Lo que veo aquí son paquetes misteriosos que llaman pan con diferentes nombres, pan cuadrado, redondo, octogonal, con una infinidad  de variantes. Además  el costo está escrito con tantas cifras indescifrables…carácteres cuneiformes...”
La miro un segundo  a ver si capta. No pretendas, Aldino, me digo a mi mismo. Sigo dicièndole:
 “Yo busco, humildemente,  uno de esos panes que  un tiempo se hacían con harina de trigo, se ponían en el horno y olían tres cuadras a pan recién  hecho.
 Tenían una forma redonda, normalmente el pan era un poco oscuro, pero  duraba  como unos quinces días o quizás más, no se ponía duro y se podía cortar y siempre estaba bueno…  Yo lo cortaba en rebanadas y…”.  La chica me interrumpe:
“Señor, ese  que Ud. dice es el pan campesino o pan de campo.”
“No sé qué tipo de pan sea. Ni cuál es su nombre que Uds. le dan al verdadero pan. ¿Tienen de eso?”.
“No señor, de ese pan no tenemos.  Y creo que no se haga más…Quizás en algún rincón en el campo”, agrega  viendo mi cara decepcionada. "Quizás  algún viejo campesino. Quizás lo pueda conseguir allá”.
Bien gracias disculpe la molestia”.
 Y me voy. Me esfumo. Me voy p’al carajo a recordar… Que recuerdo?



Al nonno Paolo Berardi.
 Que cuando algunas veces yo iba de muchachito con papá y mamá a casa de los abuelos,  quizás años ‘33 o ‘34… posiblemente en días de fiestas, había una mesa  rectangular inmensa. O así me parecía…
 Y en esa mesa se sentaban los siete hijos del abuelo Paolo y de la abuela Yeye, más los hijos de los hijos, para los que ya tenían hijos.  Quizás conmigo, a mi lado,  había    otros dos o tres primitos.
 Y nos sentábamos a la mesa. Pero, ¿dónde? ¿Donde queríamos?
 ¡NOOOOO…!
Nos sentábamos donde  mamá nos decía que teníamos que sentarnos y ordenaditos sin hacer bulla. Respetuosos.
El Nonno Paolo estaba sentado a capo tavola  se decía,  agarraba su servilleta que era blanca y grandísima, de tela. Se la ponía alrededor del cuello. Y era cuando nosotros también podíamos hacer lo mismo: no antes ni después. O sea, cuando lo hacia él. Bueno, nudo grande para que no se abriera y no manchar el vestido o el traje que posiblemente era del día de fiesta.  Y el nonno agarraba el pan. El Pan que era pan. De forma redonda grande, mucho más grande que un plato normal.
 Y el abuelo agarraba ese pan, la pagnotta se decía.
 Se la llevaba al pecho, en posición vertical. Agarraba un cuchillo.
 Y empezaba a rebanar el pan, de afuera hacia adentro, hacia su pecho y así sacaba   las rebanadas, grandes, de casi dos centímetros de alto, olorosas de trigo, obviamente. Y las entregaba, cada rebanada, a cada uno de los hijos y a cada uno de los nietitos y el gesto tenía  cierta sacralidad patriarcal, pienso ahora al recordarlo. Y mamá siempre decía: es demasiado para Aldino;  vamos a dar la mitad de esa rebanada al tío Edmondo, si?  Edmondo era el tío que será dentro de muy pocos años el tio Bersagliere, héroe en África. Y el  tío Edmondo  comía mucho, se comía su rebanada mas la mitad de la mía y posiblemente la mitad de otro primito mío.
Encima de la rebanada de pan  mamá ponía unas cuantas, pero abundantes,  gotas de aceite de oliva, por supuesto y  unos pedacitos de tomates, sabrosísimos… Tomates que venían del campo, que nacían en la tierra, que eran tomates de verdad, con sabor a tomate y condimentados con  orégano  pero que no era tampóco el orégano de hoy en día,  que por vergüenza lo esconden  en paquetes, sino eran ramitas de oréganos olorosísimo, recién sacadas de la tierra.
Y eso era la entrada. El símbolo, decía no recuerdo quien. Porque después venían las otras portadas, claro.  Pero lo que estaba recordando  ahora,  en ese Market tipo farmacia, era la distribución de los panes de parte de mi abuelo. Como un antiguo patriarca, que da la comida a los hijos,  a su  tribu.
¿Ahora?
Ahora al viejo patriarca lo ponen en un geriátrico  y que no joda tanto.
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6 ago. 2011

3/4 Momentos en la vida de los abuelos- La carroza

Aurelia.
Volverias a casarte con el?


Pasaron unos cuantos años desde el momento de la salida-fuyuta  de Sermoneta. Doñita se había transformado en Doña Clementina Berardi. Una matrona, pero  bella mujer todavía, a pesar de sus  41 años y de sus siete hijos. Y el tal bello Joven de   sonrisa cautivadora y ojo brillantes, se había transformado en un señor,  el respetable Señor Geómetra  Paolo Berardi.  De sombrero de copa y bigotones  autoritarios. En Italia el Geómetra era y es mucho más que Topógrafo pero menos que Ingeniero. Ingeniero era el que salía con su titulo de la Universidad. Pero la Universidad no era tan  frecuentada como hoy en día. Hace años los doctores, los con doctorados en algo, eran muy escasos. No como hoy en día que los hay en todas partes y, dicho sea de paso, no  valen mucho.   Mi abuelo Paolo Berardi, Geómetra, era una persona de cierta  importancia y  para esa época alrededor de 1917  estaba encargado como Geómetra principal del trazado y construcción del ferrocarril   para el trayecto Roma-Génova, siguiendo, más o menos la antigua vía Aurelia.





Me contaba mi mamá que todos los  fines de semana de buen tiempo el abuelo alquilaba una gran carroza, una berlina tipo familiar, se decía entonces y en ella montaba a todos los siete hijos, a la esposa y el mismo, por supuesto.  Y¡ a pasear por Roma! Adelante, en el puesto que los chicos consideraban de honor, al lado del chofer, se sentaban los dos varoncitos; cuatro de los hijos, las niñas, se sentaban adentro, en el asiento frente a los padres.  Y el séptimo hijo, que era el mayor, estaba de pié detrás de todos, en este sitio que no recuerdo como se llama, pero que era reservado  para el lacché, se decía, el empleado  domestico uniformado que  abría y cerraba las puertas.  Y adentro, en los dos sitios de honor, por supuesto,  papá y mamá, o sea, en el caso, la abuela Donna Clementina  con su amplio  que, tuba en la cabeza, siempre se acomodaba   los enormes bigotes que ostentaba con satisfacción.  Y paseaban por las zonas de mayor afluencia,  donde más intenso era el tráfico de carrozas. Y el  motivo era, decía la abuela,  por el placer de mostrar a los demás ( sin saber bien quien eran esos  “demás”) lo lindo de su familia, lo unidos que estaban y la gracia de la elegantísima, aristocrática y todavía bella señora Donna Clementina Berardi. A mitad tarde entraban a la Villa   Borghese  y los chicos jugueteaban con el agua de los estanques  dándole comida a los aristocráticos cisnes que la recibían con dignidad.  A veces se sentaban  en el césped  sobre unos plaid, normalmente  con dibujos romboidales y colores vivaces,  para  un picnic  bien ordenado, siempre con sombreros en la cabeza y los chicos con sus vestiditos a la marinera.  Y un poco más avanzada la tarde, contaba la abuela Yeye con algo de resignación,  el respetabilísimo Señor Paolo Berardi, su marido, quería que la carroza se acercara donde estaban dos Café Chantan, casi siempre  frecuentados por  solos hombres; rarísimas las damas. Y allí, en una tarima, algunas vedettes o bailarinas cantaban canciones de moda, a veces insinuándose a las mesas  de los visitantes,  semidanzando entre los caballeros que difícilmente podían esconder sus miradas emocionadas;  y ellas  en actitudes delicadamente coquetas  y miradas románticas.  Con una muequita de  dulce resignación, la abuela Yeye decía:
Paolo, mi esposo,  tu padre, tu abuelo, quería que su”amiga”, la francesita,   viera lo bella que era su esposa. Mah…”.
 Y tú ¿qué decías?”, le preguntó una vez mi mamá.
 Mah…En realidad no sabía qué hacer. Si enojarme ofendida o si presumir y sentirme halagada por ese deseo suyo de mostrar  su bella esposa…”
“Y, ¿entonces? ¿Mamá?”
“Entonces no hacía nada. Así como en casos similares nunca hice nada al respecto. Durante toda la vida. Mah…”
“Pero si el tiempo volviera atrás, ¿volverías a casarte con él?” 
“Ehm…” decía la abuela “ Mah…” 
 “Pero ¿volverías a casarte con él?”
“ Ehm..” decía la abuela “ Mah…”
“Mamá. ¿Que si o que no?
Mi nonna Yeye, Donna Clementina Berardi, la Doñita, miró largamente a su hija. Se acomodó más en el sillón. Su mirada se perdió.
“Hija, nunca olvidaré esa sonrisa. Nunca olvidaré esos ojos. Nunca. Mah…”


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