26 sept. 2010

Burro Negro o el padre afectuoso


(Texto de mi libro “Venezuela, qué vaina”,
Alfadil Ediciones, Caracas, 2001.)

Ir por tierra de Caracas a Burro Negro, que está en el Estado Zulia, no era un viajecito corto. Más de 900 kilómetros.

En 1965 tenía yo, con mi entonces pequeña empresa, un trabajo de deforestación y de preparación de tierras para los campesinos por cuenta del Instituto Agrario Nacional de Venezuela. La localidad de Burro Negro, cercana a El Venado, ni siquiera aparecía en los mapas nacionales.

Los campesinos de la zona eran peones, por supuesto: pobres diablos que echaban pa’lante con lo poquito que sembraban o crecía en los pocos metros donde se habían construido sus casitas; en los terrenos de quién, nunca se sabía. Construían su ranchito en el medio de la foresta o a lo largo de carreteras y, si nadie los echaba, se quedaban un año tras otro llenando de hijos a sus mujeres.

Esos campesinos, salvo algunas características somáticas más aindiadas y un fuerte acento zuliano, eran como todos los demás campesinos que había conocido hasta entonces en Venezuela: sencillos, crédulos, de esos que cuando dan una respuesta lo que hacen es repetir la pregunta:

–Me dijeron que en esta época del año casi no llueve, ¿es verdad?

–Sí, no, no llueve; en esta época no llueve.

–Pero… ¿a veces llueve, de todas formas?

–Sí, a veces llueve, de todas formas.

–¿Cuánto me falta para llegar a Burro Negro?

–Uf, le falta.

–¿Cómo media hora?

–Como media hora.

–Pero me dijeron que en esta carretera me tardaría como dos horas más.

–Sí, dos horas más. Dos horas.

En fin. El contacto con personas tan sencillas y puras hace que afloren sentimientos de culpa. Hemos permitido, e incluso fomentado, que sobreviva la esclavitud dondequiera. Somos versiones modernas de los amos de antaño. Los azotamos con el látigo de nuestras costumbres, nuestras lenguas, nuestras religiones y nuestra moral y los obligamos a adoptar nuestra cultura con la promesa incumplible de que se parecerán a nosotros. Aunque a nosotros, en el fondo, ellos nos importan un bledo.

Siguen obedeciéndonos y nos creen porque los apabullamos con baratijas, hábito que ha persistido desde hace quinientos años. Para ellos nosotros no pertenecemos a otro mundo, sino a otra galaxia.

Éstas eran las tonterías que pensaba durante horas y horas de viaje, solo, en automóvil.

Después de nueve horas de viaje ininterrumpido, llegué por fin a Burro Negro, cuando ya era casi de noche. Abandoné la carretera asfaltada para meterme por un caminito de tierra de unos diez kilómetros, en dirección a nuestra pequeña «oficina» de campo. Era la casa más parecida a una casa de la zona. Tenía paredes de un material que recordaba vagamente al cemento y el techo de palmas servía como defensa del calor y refugio del chipo que transmite el mal de Chagas. El piso era de tierra compactada. Había una habitación para la oficina y otra para el dormitorio donde dispusieron para mí y el topógrafo un par de camas de hierro, con colchón y sábanas, porque, por supuesto, los “musiúes” (gringos o europeos) no sabían dormir en hamacas.

–Usted no necesita todita la casa completa, ¿verdad?–, me había preguntado una especie de cacique de la zona, que manejaba los «negocios» entre los conuqueros- peones y el IAN, cuando me consiguió la casa para instalar la «oficina»–, ¿no le importa si en la cocina se queda Juan con su familia, no?

–No, no me importa. Con esas dos habitaciones a mí me basta–, respondí. ¿Qué iba a decir? Era un ambiente tristísimo; si tenía la cocina ocupada o no me daba lo mismo pues, al fin de cuentas, yo me quedaría allí cuando mucho un par de días cada dos o tres semanas.

El cacique insistió en que hiciera una especie de inspección y fuera a ver la cocina donde viviría el tal Juan, el conuquero, con su familia. Había dos o tres mujeres de edades indefinidas que me miraron como a un extraterrestre y un corral lleno de niños, desde bebés hasta niños de cuatro, cinco y seis años. Quizás una docena, en total. En una hamaca, perezosa, se estaba meciendo una linda muchachita de doce o trece años, semi desnuda como todos los demás y, también como los demás, con una carita aindiada; pero con una sonrisa indefinible… Una linda sonrisa indefinible. «Una Gioconda india», pensé.

El tal Juan no estaba en ese momento.

Me acosté. En la mañana, temprano, una de las mujeres me llevó un café excelente y muy dulce y un pote de agua para que lavara no sé qué. Quizás para que me lavara yo. No había baño ni nada similar, solamente un «cagadero» afuera, como una garita de militares.

–Pa defendese de las picadas, dotol. Si usté va a cagar pa'llá pa'l monte, a lo mejor lo pica una culebra o una mata-caballo, y si le pica por el culo, aquí habemos muchos y le ayudamos… y pase, pero si le pica por allá donde más duele, ¡ay mi madre!

El razonamiento era muy contundente.

Tuvimos que quedarnos por algunos días más de lo previsto porque surgieron problemas con las mediciones topográficas, de modo que comenzó a formarse una pizca de familiaridad entre nosotros y Juan y su contingente de mujeres y niños.

Una noche en que me había acostado relativamente temprano, me despertó un lamento… como un llanto resignado, sin variaciones de tono pero de una sola voz; una especie de jaculatoria que al principio atribuí a alguna extraña clase de rezo. Pero no era un rosario porque no contenía un a solo con coro salmodiante, así que tal vez sería una especie de conjuro o… ¡qué iba a saber yo lo que podía hacer esta gente! Como la letanía no daba signos de interrumpirse, me levanté con curiosidad y fui a la cocina a ver lo que sucedía. Naturalmente no había luz eléctrica, pero la noche de verano era clara y había luna.

Lo primero que percibí en la penumbra fue a la mujer de la cantilena, acuclillada en un rincón del cuarto y mirando hacia la hamaca. Y la letanía, sí, era un lamento, pero por fin escuché que, gimiendo en un regaño resignado, la mujer lloraba y decía: «Cochino… cochino… cochino… cochino…».

Y parecía que con el soplo de su quejido meciera la hamaca que estaba en el medio del cuarto. En efecto, la hamaca se mecía y, tumbado en él, estaba Juan, como durmiendo; Juan, el hombre de la casa. Pero había también otra sombra en la hamaca… ah, claro, era la niña, la de trece años, la linda Gioconda india, pero ¿qué hacía allí con su papá?

La Gioconda estaba a caballo en la hamaca, sentada sobre el vientre de Juan, y sus dos piernitas de adolescente, abiertas, casi tocaban el suelo. Y no estaban jugando a los caballitos. Estaban fornicando tranquilamente, con todos los movimientos que la naturaleza sugiere para esos casos: frente a todos, frente a las otras mujeres, frente a la caterva de niños y frente a mí, que de repente me sentí, sobre todo, avergonzado.

La niña me miraba mientras seguía haciendo con tranquilidad sus movimientos rítmicos y lentos que no tenían ningún furor erótico, sino que eran ejecutados como una especie de ritual que se debía cumplir. Y mientras me miraba seguía sonriendo con esa indefinible sonrisa de Gioconda india.

Al verme, la vieja acuclillada, la mujer de los lamentos, aumentó el tono de voz manteniendo la uniformidad de la letanía. Quizás era una forma de avisar mi presencia o quizás lo hizo para sacudirse el sopor.

Me retiré de inmediato a mi cuarto y la letanía cesó al instante.

Al día siguiente, en el campo, Juan se me acercó. Yo estaba enormemente azorado, pero él, con la mayor naturalidad, me dijo:

–Mire, dotol, ¿usté se ha fijao en lo buena que está mi hija? Claro, la vieja, su mamá, no quiere y siempre me echa esa vaina, como anoche. Pero dígame, dotol, ¿a usté le parece justo que yo la deje pa'que se la coja cualquier coño'e madre que ande por ahí?

Con una sonrisa agregó:

–Qué va, a mi hija no se la coge nadie, ¡a mi hija me la cojo yo!

12 sept. 2010

La señora del piso de abajo



En Roma. Quizás año 1948. Mis 20 años y el primero de Universidad. Yo estaba solo en la casa. Probablemente estudiando. Tocan a la puerta. Voy a abrir:

--¿No está tu mamá, Aldo?-- me pregunta la señora Russo, la señora que vive en el piso de abajo. Marido y tres hijos. La mayor, Ana, de 25 años, me gustaba muchísimo, era inalcanzable, demasiado bella, culta, elegante, mayor que yo, y mujer de verdad; tenía una hermanita, Simona, de cabello largo lacio rojo, adolescente. Un hermano, Alberto, más joven que yo, alto, delgado, medio enfermizo, no hacía nada. El marido, rechoncho, bajito, era el señor Russo. Cabello peinado pegado con brillantina a la Valentino, negrísimo, onduladísimo de volutas pequeñas como los etíopes. Comerciante no se sabía de qué, siempre en un mar de problemas económicos, de letras de cambios, de huidas de la casa, de esconderse de los acreedores. Cortejaba a mi papá, director de Banco, para que le concediera descuentos de dudosos títulos de crédito y pagarés. Sabía que a mi papá le gustaba su mujer. A mi papá le gustaban un poco todas.

-¿No está? -repregunta.

-No están, salieron los dos, papá y mamá... Estoy solo. Mi hermanita está en la escuela.

-Es que…- dudó-. Quería mostrarle estas dos fotos a tu papá… A tus padres-, corrigió.

-Quieres verlas tú, Aldo? Son de una muchacha de Etiopía -siguió más segura.

La guerra de Etiopía de Mussolini, del 1935, para dar otro Imperio a Roma. Por lo menos habían quedados algunas fotos.

Dos fotos grandes, en blanco y negro probablemente de cierto valor artístico, pero yo veía solamente la mirada dulce de animalito obediente y las tetas y nalgas de la esclava etíope en espera de la liberación italiana. Faccetta Nera. Y las vi, impactado, las líneas suavísimas, ébano, con el furor de los 20 años. Reacción inmediata. Vi la señora Russo con otros ojos. Quizás por primera vez. Su mirada muy astuta, brillante, de pícara. Muy escotada. Siempre muy escotada. Su bata familiar se transformó en el manto de la Reina de Saba, seductora. Su cuerpo voluptuoso. El instinto del sexo me empujó: la levanté en mis brazos.

-Ma cosa fai, Aldo, che ti sucede?-, se reía, los ojos brillaban, teniéndola en brazos, mi cuerpo se frotaba con el suyo.

La llevé al santa sanctorum de todas casas: la habitación de mis padres. Irreverente, la tiré en la cama.

Sus ojos eran brillantísimos, ahora.

--No. aquí no, no estamos tranquilos… Vamos a otra parte.

Y no recuerdo absolutamente nada más.

Me quedó la imagen. De Makeda, la Reina de Saba. Pero al día siguiente busqué a la señora Russo. Salimos. Ahora todo está confuso en mi mente. Sé que la llevé a Villa Borghese, el Parque, donde íbamos los estudiantes a estudiar con las compañeritas y a robarles algún besito. La señora Russo quería algo más que besitos. Yo no lograba dominar mi excitación: eso sí, lo recuerdo muy bien. Todo el tiempo con ella, casi siempre en ese estado. Muy incomodo para mí, entonces. Ojalá tuviera esa incomodidad, ahora. Fuimos entonces al Teatro Adriano: cine teatro Emperador Adriano. Viejo Teatro transformado en cine. Pagué la entrada a un palco. Los había para seis, cuatro o dos personas. Pagué el de cuatro, costaba menos porque se compartía. La señora Russo quiso que entráramos en el de dos. Los palcos estaban todos a oscuras. La Sala casi oscura y película en blanco y negro, más oscura todavía. El Cine Teatro Emperador Adriano compraba las más baratas. Mejicanas me parece. María Félix, Pedro Armendáriz. Recuerdo sólo cactus. Nadie veía las películas. No existía aire acondicionado, entonces. Era verano, un calor insoportable, como en la tierra de los cactus: pero se soportaba. Se sudaba, olor a sudor y a todos los demás contornos. Si yo lo percibía, entonces, debía de ser asfixiante. Las manos, sumergidas en los quehaceres del caso, mantenían el olor de los quehaceres, por largo rato. Claro. Todo era manual, obviamente. No podía ser diferente.

Y vino el día del paseo romántico a través de casi toda Roma, hasta la Plaza de España.

Éramos cinco amigos. Michele, Mario, Peppino, Giovannino y yo. Había tres muchachas amigas entre ellas: dos hermanas de Michele y otra amiga. Podíamos llevar a Michele, con él se podía, porque era miopísimo. Faltaban dos, para Giovannino y para mí. Había que buscarlas.

Era relativamente temprano. Había luz, en Roma, a esa hora. Fuimos a mi casa. Al piso de abajo. El señor Russo no estaba. Giovannino buscó a Elide, la flaquita, intelectual, dulce, casi viejita de 28 años, la hija del almirante, dos pisos más abajo. Yo quería que viniera Anna, la hija mayor de la señora Russo. Nunca supe si habría aceptado; pero la mamá le prohibió, tajante:

-Tú no puedes salir ni siquiera con Aldo y sus amigos, ni para un paseo inocente. Es de noche. No, imposible. Tú estás de novia. Olvídate. Prefiero ir yo con ellos para comer un helado en la plaza España.

Y vino ella, la señora Russo. Fuimos todos primero a comer pizza y supplí en una Trattoria allí cerca. Tomamos alguito del vinito dei Castelli Romani. Todos éramos jóvenes, alegres. Después, más alegres todavía, todos, dándonos de brazos en calles ya casi desiertas, caminamos a pie por kilómetros, desde Piazza Mazzini hasta Plaza de España.

Y la señora Russo, que estaba a mi brazo, metió su mano materna dentro de mi bolsillo izquierdo.

Y así caminamos un rato. Al paso de la conga que estaba de moda.

-Rompe el bolsillo, Aldo— me susurró al rato la señora Russo.

Lo rompí y así caminamos. Entre conga y samba, al rato me di cuenta de que todos, menos Michele, bailábamos la conga en parejas. Como la Russo y yo. Hasta que por fin llegamos hasta la Plaza de España. Nos acercamos al bar, para pedir la famosa cassata alla Siciliana. No pudimos. Demasiada luz. Y con la demasiada luz nos dimos cuenta todos, contemporáneamente, menos Michele, de que nuestros pantalones livianos estivales estaban mojados, unos más y otros menos. Pero todos en el lado izquierdo. Menos el de Michele. Estaba impecable. Le dimos la plata y fue a comprar al bar iluminado las cassatas para todos.

-Menos mal que tú no te manchaste con el vino dei Castelli-. Le comentó alguien, cruelmente.

Y comimos los helados sentados en los históricos y artísticos escalones de la Plaza de España que, a pesar de la historia y del arte, estaban a oscuras de todo y las manchas no se notaban.

A las seis de la mañana las dos campanas de Trinitá dei Monti tocaron los Maitines, como siempre.

Imperturbables.

Y el Tiber fluía, como siempre.

Imperturbable.