30 mar. 2015

2ª EDIC ESP. 8/100 JOSUÉ EL RE-CONQUISTADOR DE CANAAN

8/100        JOSUÈ El Re–CONQUISTADOR DE CANAAN


En los tiempos actuales las acciones como las de Josué, el guerrero conquistador, le llevaría entre los acusados en Núremberg.  En caso de derrota, por supuesto; porque los vencedores siempre tienen la razón y nunca son llevados frente a un tribunal.  VAE VICTIS… como dijo Brenno. Muchos soldados en diferentes épocas han tratado de encontrar excusas  refugiándose en  la  "obediencia debida", para salvarse de una casi segura sentencia de muerte en caso de derrota. ¿Qué podía hacer el pobre Josué si las órdenes de exterminio o solución definitiva le venían del mismo Dios?
 
 Josué  (o Yehoshúa  o Jesús) había nacido como  esclavo en Egipto, de la tribu de Efraín, hijo, con su hermano Manases, del favorito  José – él vendido por los hermanos malos  y que más tarde se convirtió en vice Faraón -  y que se  había casado  con la hermosa egipcia aristocrática Asenat. De modo que ni Efraín ni Manasés ni Josué mismo eran de pura raza israelita a pesar de la bendición del viejísimo Isaac, poco antes de morir. Después de muerto se duda que lo hubiera podido hacer.  Aparte  la consideración obvia de que, fieles a Yahvé o no,  no se puede pensar que durante 600 años en Egipto, ya sea como hombres libres o como esclavos,  los hombres  --  siempre hombres y con sus  viejas costumbres  arraigadas por la naturaleza  --   no hayan tenido  relaciones amorosas con las hermosas, voluptuosas y perfumadas egipcias. En cualquier caso, de pura raza israelita o no, una vez pasado el Mar Rojo y haberle echado trompetillas al atónito y rabioso  Ramsés II,  nuestro Moisés,  jefe casi máximo,   comandante casi supremo, nombró  su lugarteniente a Josué, muchacho lindo y lleno de energía, para proceder a la re-conquista de la Tierra Prometida de Palestina, la siempre  fértil. Lo envió por delante con 11 compañeros para ver si su valle seguía  siempre verde. Porque en realidad en 600 años ninguno de ellos la  había  nunca visto  y se hablaba entre los pobres hebreos esclavos en Egipto como de un  cuento de hadas  y  los rabinos  como de una   tierra mítica con connotaciones religiosas.  Como sabemos, era la famosa antigua   y épica tierra prometida por Yahvé a Abraham, que después pagó a los hititas las famosas 400 monedas para comprar allí el primer pedacito o de tierra  para  convertirla en  tumba de los patriarcas.
  Recordaremos entonces que cuando  seis siglos antes  había llegado en la zona el período de feroz carestía y hambruna,  casi todos habían huido de esa tierra,  la abandonaron  aun que había sido ofrecida por Yahvé, para emigrar en busca de fortuna.  Y emigraran a Egipto.  Los pocos hebreos que se habían quedado se mezclaron con los pocos que se habían quedado y otras gentes nuevas que llegaron al pasar de los años.  Todos se establecían  allí  y todos consideraban esa tierra como su patria.  Y en fondo lo era, como lo será  para los pilgrims del Mayflouer.   Nihil novi sub soli.
Así que la orden perentoria de Yahvé era de volver a la tierra prometida y re-apropiarse  de ella  para sede del Pueblo Elegido. 
Joshua,  hábil guerrero, obediente a Moisés y Yahvé, tratará de emular a su sub-Jefe. No pudo atravesar  el Mar Rojo porque ya estaba  atravesado,  sino más modestamente atravesó un rio, el Rio Jordán, también importante. Y el río Jordán, consciente de su deber,  frenó  sus aguas para permitir el paso de las tropas de Israel y comenzar así la primera guerra del Resurgimiento Israelítico. En memoria y honor del evento, Josué ordenó la circuncisión de todos los Judíos de Israel que por una razón u otra  no hubiese sido  todavía circuncidados. Quizás por  los  600 años en Egipto, se habían casi olvidado de eso. Liberados entonces de la vergüenza del prepucio y ciertamente más ligeros, los israelitas iniciaron le épica reconquista con Jericó.  Conquistaron la ciudad en una manera extraordinaria. No fue  necesaria ninguna batalla.  Los muros cayeron solos,  al oír  el "soplo" de los Levitas.  ¿Quiénes eran? Unos sacerdotes.  Y esta vez unos  sacerdotes hicieron algo.  Los levitas eran los israelitas de la tribu de Levi. Pero  era  una tribu muy sui generis.  No tenían ninguna propiedad,  no tenían  tierra,  no tenían bienes raíces. Casi como el Vaticano hoy. Y vivían de limosnas. Casi como el Vaticano, siempre.  ¿Qué hicieron  esos levitas? Con el Tabernáculo-Móvil,  de su competencia, y con el soplo de sus trompetas a todo aliento, entonando himnos religiosos, dieron  vueltas y vueltas alrededor de los muros de Jericó. Durante horas.   Y al fin las paredes,  pobres paredes ya enloquecidas por los  las desafinadas trompetas a todo volumen,  en el ese ensordecedor estrépito y decibeles desatados, se cayeron por sí solas.

Las tropas de Israel entonces entraron felices  y victoriosas; se quitaron los tapones de los oídos y destrozaron a todos los habitantes, hombres, mujeres, ancianos y niños. Peor que los romanos en Cartago, peor que las SS en Auschwitz. Todos destripados menos una persona. Una mujer. Una puta conocida, de nombre  Rajab, que había estado ayudando a dos espías de Josué.
Los soldados, con la orden de no se sabe quién, la respetaron. No la destriparon. Ni a ella ni a su familia.  Todos a salvo: padre, madre, hermanos y hermanas y su pequeño perro. Ella era una traidora a su patria, es cierto.  Pero lo de ella no  era  traición: ella  se había arrepentido de no haber tenido una buena mamá quien le dijera quien era Yahvé;  y allí mismo,  perdonada y fulgurada por la gracia, se convirtió en  devota del verdadero Dios.  Como curiosidad, pero sin querer faltar al respeto absolutamente  a  un personaje importante que de respeto merece mucho,  diré que esa prostituta arrepentida  era  nada menos que un antepasado de Jesús de Nazaret.
¿Quién me lo dijo? Nadie. Lo leí en Mateo.
 Y aquí, sí, pongo  la referencia: Mat 1: 5.  
 Nunca se sabe.


Después de Jericó la mala suerte cayó sobre la ciudad de Ay.
Josué la conquistó con un hermoso truquito  y sin  la ayuda de putas. Y también fueron exterminados todos sus habitantes.
Josué era de verdad un tipillo muy especial. Dada su capacidad, su éxito y su ferocidad, todos los remanentes pueblos de Palestina se aliaron juntos para luchar contra estos "intrusos" israelitas que venían de Egipto. Pero a pesar de la alianza fueron exterminados.  Josué seguía pareciéndose siempre mas a un Héroe de la Ilíada, teniendo a su lado  al dios de la guerra.   Y así destruyó también a otra alianza, de cinco reyes de los amorreos.
Y... ¡poder de la fe!... 
…para que pudiera  terminar de matar incluso esos famosos cinco reyes amorreos, los únicos sobrevivientes de la matanza, el sol y la luna se detuvieron en el cielo. Y de esa manera  Josué tuvo tiempo de matarlos uno tras otro, porque no pudieron tener la oportunidad de recurrir a la oscuridad de la noche.  Un poco más tarde, después de un descanso para sus tropas, conquistará también a las ciudades de Maqueda, Libna, Eglón, Hebrón, Debir y en todas estas ciudades, los habitantes fueron simplemente exterminados. Todos, absolutamente todos, porque la orden era ¡matar a todos los hombres, mujeres, ancianos, niños, vacas, ovejas, caballos y camellos y todo lo que respirara!
 ¿Qué puede hacer un generalísimo, aun el más humano y generoso de los militares,  si el Comandante en Jefe da una orden de exterminio de este tipo?

Como último acto de guerra también ganó el rey de Jasor.
Y con eso  se habrá completado  la re-conquista de la Tierra Prometida - Canaán - Palestina - el Creciente Fértil.

Según las últimas órdenes de Yahvé, distribuirá las tierras recuperadas y murió de 110 años de edad, satisfecho  por  haber actuado de acuerdo a la voluntad de Yahvé, el Único, él Solo.


Pero nunca se le erigirá ninguna estatua,  porque no estaba  todavía  admitido  el culto a la personalidad.

27 mar. 2015

2ª EDIC. ESP. 7/100 MOISÈS

7/100                               MOISES



 Moisés es uno de los personajes más conocidos en el mundo. Si realmente existió o no, podemos decir que es casi un detalle de poca importancia. Lo que  interesa de él,  o de su imagen proyectada, ha sido y es la personificación de la fuerza y la implementación de una idea.  Idea de libertad, en primer lugar, pero también de  justicia, tenacidad,  fuerza moral, capacidad para dirigir a un pueblo. Y también con esa forma particular de ascetismo típica de los que nunca han mirado el interés personal. Muy pocos, en realidad.
Su figura es de libertador, líder y  legislador. Un héroe, casi un semidiós para los judíos, cristianos, musulmanes; pero no solamente para los fieles del Libro,  sino para todos y para siempre. Un símbolo del hombre. Y el Hombre,  como tal, solamente  tiene méritos; no tiene defectos. Hay fallas, por supuesto.  No importa. Son detalles.  El Hombre es hombre sólo por los grandes méritos. Los defectos se dejan para el hombre normal; casi diría, con algo de ironía, para el hombre normal, repito, para que  pueda tener algo, él también.  Probablemente ha sido también una de las personas  más retratada comenzando con la escultura del escultor por antonomasia, Michelangelo Buonarroti.
 ¿Por qué no hablas? le preguntó.  Pero Moisés se quedó inmóvil, en silencio, estatuario.
 Vamos a hablar un poco acerca de Moisés, de lo que sabemos, porque nos han referido mucho de él   algunos válidos historiadores y montones de  cuenta historias.  Nació en Egipto, en el último período de la denominada cautividad judía en Egipto.  Más o menos alrededor del  1200-1300  a.C.   Y vivió, según la tradición, la belleza de 120 años.
Incluso hoy en día, y nadie lo sabe, sólo unos  pocos eruditos judíos: el actual auspicio  hebreo de que alguien pueda vivir hasta los 120 años, se remonta  a una antigua fórmula hebrea de felicitaciones,  que nace de  la edad de Moisés, cuando murió  al regresar  a Palestina, en sus 120 añitos bellos.   Por  eso el número mágico de 120 permanece desde entonces aun  que hoy  se cante el feliz cumpleaños, tal vez en inglés y con muchas candelitas. Pero es una vieja autóctona tradición judía. 
En los días  de su nacimiento un reciente decreto del Faraón,  para tratar de  contener el  excesivo reproducirse de tantos judíos en su reino, había ordenado  que  todos los hijos varones de esclavos judíos fueron arrojados al río.  Pero la hermana de un bebé  recién nacido, Marian,  para tratar de salvar al hermanito  de la muerte por el decreto del Faraón,  lo depositó en un hermoso cesto de mimbres   en las aguas del misterioso  Nilo, envuelto en una  típica cubierta judía, levítica si no recuerdo mal,  para defenderlo del frío. Y la cesta de mimbre, según el deseo de Yahvé y  con el nené llorando adentro, fue llevada por las olitas  hasta la playa  donde estaba jugueteando una chica que no era otra que la hija o la esposa del faraón, y esperaba con ansiedad la llegada de un niño, un hijo, que nunca había podido tener antes.
 Así que  el niño, obviamente  el futuro famoso Moisés  -  el Salvado de las Aguas, eso significa - fue considerado regalo del cielo. Las manos alegres y temblorosas de la joven mujer  lo recogieron. Y el niño creció en la familia del Faraón y educado como un príncipe.  Egipto en ese momento era el país mas civilizado del mundo,  con la excepción, quizás, de la dinastía china Chan con  sus bellísimas porcelanas.  Pero en ese momento los chinitos  estaban todavía muy tímidos,  por allá lejos  arrinconados, y nadie sabía dónde ni  lo que estaban haciendo. Ni le importaba a nadie saberlo. Habrá que esperar a Odorico da Pordenone y a Marco Polo  de Venezia,  italianos mete-narices, para  saber algo de ellos y de sus maravillas. 
Regresamos: en el tiempo de Moisés, los Judíos de Egipto habían perdido desde hace tres largos siglos las  muchas prerrogativas adquiridos con José,  el hijo de Isaac y Raquel porque entonces los Faraones eran los Hycsos (o ETEI), amigos, indoeuropeos, quién sabe, de origen semita o asiática  al igual que los Judíos y que habían  ocupado Egipto, como ya hemos descrito.  Y tenían armas de hierro y la primera división en la historia de las Panzerdivisionen: Coches-Carros-Armados. Pero, después de algún tiempo, unos tres siglos más tarde de los días del José  casi Vice Faraón,  los Hycsos desaparecen de Egipto y de la historia. Los antes  favoritos judíos se convertirán en esclavos; como también hemos dicho antes.
 Nunca se supo si Moisés sabía de su origen judío desde  niño o si lo supo solo en edad adulta.  No importa. La tradición nos dice que él mató a un guardia cruel egipcio por un acto de intimidación en contra de un judío esclavo.  Y  tuvo que huir. Pero aquí hay algo que chirría.  Si Moisés era  príncipe, que matara  a uno o a diez  soldados no importaba.  Si  tuvo que escaparse...algo no cuadra.  Un Príncipe podía matar tranquilamente y no tenía que escaparse de nadie. 
 Bueno.  Como fuera, se escapó  al Sinaí, donde trabajó como pastor ¡por la belleza de 40 años! De príncipe a pastor, el cambio es fuerte.  Y entre una oveja y otra tuvo tiempo de casarse con una tal  Sófora y tener un hijo. Sófora era descendiente de Esaú,  el de las lentejas. Por lo tanto era Semita-Idumea pero no Semita-Israelita.  Por eso  ni  Marián ni Aarón, hermanos de Moisés,  nunca la aceptarán como esposa de Moisés y menos al hijo de ambos.
Pero un fatídico día un evento sobrenatural  va a cambiar la vida de Moisés y el pueblo de Israel.
Una zarza,   un arbusto de moras grande con terribles lenguas de fuego apareció de repente  frente de los ojos atónitos del pastor y ex­-príncipe Moisés. Y desde la zarza salió  una dulce voz de ángel que le dijo que ahora era el momento de regresar a Egipto para obedecer a Yahvé  y liberar el pueblo elegido de la esclavitud.   Moisés regresó, claro. No sé si solo o si dejó la esposa y el hijo, idumeos, y no israelitas y se llevó las cabras.  Pero regresó a Egipto. Allí se unirá con Aarón, su hermano. Se  reconocerán  a pesar de los 40 años sin verse. Convencidos de su función divina, piden audiencia al  Faraón para pedirle la liberación del pueblo de Israel. El Faraón les recibe en la corte, presentes los peces gordos de su gobierno y los inmancables sacerdotes sabios. Y aquí  se asistirá  a los sucesos mágicos de la lucha  entre serpientes, evocados por la magia.  La serpiente de Moisés, por supuesto, es la victoriosa en este duelo con las serpientes de los sacerdotes egipcios. Pero si es cierto que gran parte de lo que estamos refiriendo es opacado por las brumas inciertas  del pasado y la leyenda, lo cierto es que en aquellos tiempos de supuesta presencia de Moisés,  la persona históricamente cierta  en Egipto era el Faraón.  Nada  menos que Ramsés II, personaje real, el más grande de los Faraones de Egipto después de la caída de los Hycsos. Fuerte, valiente, capaz, cruel.  Hueso duro de roer, incluso para Moisés. Y, de hecho, de acuerdo con la historia, la fábula o lo que sea, debido  a la comilona que hizo la serpiente de Moisés, los famosos Magos - Sacerdotes de Ramsés II, se vieron  obligado a admitir que el Dios Judío es más fuerte que el Dios Egipcio.  Lo cual desencadena  la ira del Faraón furioso contra sus magos de  pacotillas, gritándoles que  dejen de decir pendejadas  y  que si no se retractan de inmediato, los enviará a desollar vivos  colgando de una ramaEde un árbol.  Así era Ramsés II, el Grande.  Un hueso para roer, decíamos, inclusive para Moisés.
Aquí, a este respecto, quiero recordar  como un manjar cultural, que el monoteísmo es la creencia en un solo Dios, uno solo  para todo el mundo.  Después de Moisés existirá un solo Dios, Yahvé,  para  Judíos y Sucesores; sucesores son los judíos-romanos-cristianos  dentro de 1200 años aprox. y  600  años después de ellos  lo serán  también los judíos-árabes - musulmanes. Antes de Moisés, sin embargo, entre los Judíos se observaba una vaga idea de henoteísmo, la posibilidad de la coexistencia pacífica entre  diferentes dioses, aunque con cierta jerarquía. Pero de una misma región o nación. En resumen, un poco como en Atenas y Roma  con el supremo Zeus- Júpiter y los otros dioses  de menor categoría pero con funciones diferentes.
 Volvamos al Faraón.
 Moisés pudo  convertir su bastón  de pastor en serpiente voraz capaz de comerse las serpientes de los magos. Pero eso no fue razón suficiente para que el Gran Ramsés II  renunciara fácilmente a aquellos trabajadores  que eran  los esclavos hebreos. Probablemente él no creía en ningún Dios, sino sólo en sí mismo, como casi siempre ocurre con los grandes hombres,  siempre muy pretenciosos, aun que se vistan de aparente humildad.  Así que a pesar de la comilona serpentina el Faraón  mantuvo su negativa inflexible de dejarlos  salir de Egipto: no hay libertad para los judíos. Y fue así que entonces  que Moisés “fue claro que te espero….obligado” a recurrir a las famosas diez plagas.  Bien crueles en sí, según los criterios de hoy día,.  Y la última de las cuales, la muerte de todos los varones primogénitos egipcios, otra matanza de inocentes, con su feroz y sombrío  dramatismo,  logró  la libertad de los judíos. Y así fue que Moisés, finalmente autorizado  por orden judicial,  con sello  lacrado y toda la parafernalia legal, pudo  comenzar  a tomar el camino de regreso a casa,  después de 600 años en Egipto.  Muy  lejos de allí, hacia la tierra de Canaán y Palestina.  La tierra de Abraham.
Camina y camina...  y la caravana de los judíos salmodiando, con o sin sus impasibles camellos   rumiando,  con una caterva de mujeres, niños, jóvenes y viejos,  y perros y gallinas  y ovejas quizás robadas en alguna parte,  con Moisés y Aarón a la cabeza, en sus funciones de líderes, con ocasionales caídas de maná del cielo como  paquetes de la Cruz Roja, esa caravana, decíamos,  llega por fin hasta orillas del Mar Rojo. Una vez llegados a las orillas sagradas, a los libres fugitivos no les dio  tiempo comerse ni un sándwich Kosher… se miran alrededor  y de lejos entrevén las tropas del Faraón que se acercan.  ¿Qué había pasado?
 El Faraón, sumamente dolorido por la muerte de su hijo, sí, les había concedido el permiso de irse de Egipto “¡Que se vayan!  ¡Que se vayan!... no quiero verlos más…”  Pero después de pensarlo un poco, más tranquilizado, había cambiado de opinión. Se había sentido  burlado como un idiota  por lo que él consideraba una superstición ridícula.   Y quería llevar otra vez  a los judíos como esclavos en su reino. Y tratarlos peor que antes.
   Y en la orilla del mar Rojo,  se dio el evento más fantasmagórico de toda la historia de nuestro mundo.  Se abrieron las aguas del mar, y los fugitivos pero ya libres  judíos pudieron   cruzar por tierra aquella  la mar que se cerró después de ellos, terrible y apocalíptica, para ahogar las fuerzas del implacable Faraón.  
Pero Ramsés  no murió ahogado. Sobrevivió. Algunos dicen que observó atónito y rabioso  desde tierra firme  la escena apocalíptica... Pero hay una corriente más moderna que sostiene la tesis del Surf.  O sea que Ramsés sabía como cabalgar las olas con la tabla y se salvó.  En alguna parte debo de haber leído también de eso.  O ¿me lo habré inventado?
Y admitiendo a regañadientes  el desastre como  voluntad del dios de los Judíos, Ramsés II, se regresó al palacio faraonil, donde lo esperaba Nefertari, la esposa de Ramsés, la eternamente enamorada de Moisés, para dar sepultura al hijito de ambos, muerto con la decima de las llagas. 

Ya los Judíos habían llegado al otro lado del Mar Rojo. Fue en esta ocasión que,  ya libres y felices, construyeron  su  Tabernáculo.  Era un gabinete, como un  santuario, que contenía el Arca de la Alianza entre Yahvé  y el pueblo de Israel. Los Judíos siempre llevaràn consigo  el Tabernáculo hasta que se construirá  el Templo de Salomón en Jerusalén. Y el Arca, que estaba dentro, será  de preciosa madera negra de acacia, chapada en oro, con dos querubines colocados encima; y  tendrá  las famosas Tablas de la Ley, un frasco con el maná, el siempre recordado maná,  regalo del cielo para alimentar a los hambrientos Judíos errantes en el desierto. Y también habrá el bastón florido de Aarón.

 Pero  un cierto día, dentro de siglos, el Arca desaparecerá.
¿Dónde  estará?
¿Quien se la llevó?
 Un sin fin de suposiciones  donde en un fantasmagórico  cocktail se unirán  involucrados   el Reino de Etiopía, los cruzados y una iglesia copta.

 Pero seguimos con Moisés, ahora. Sabemos de sus andanzas por el desierto durante 40 años. Evidentemente era adicto a las cuarentenas: 40 años como pastor y 40 años a caballo de un camello.  Y finalmente pudo ver  de lejos  el verdor de la Tierra Prometida de Abraham,  abandonada hace 600 años.
Moisés había llegado a la bella edad de 120 años. Y  al ver la Tierra de los Padres,   de lejos, bella, fértil, verde  y peligrosa, allí mismo le dio un infarto y se murió. Posiblemente por una visión profética de toda la sangre que se derramará  en esa dulce tierra  y que demasiada gente dice, y cada uno con sus razones, que es de ellos, que es su tierra madre.   
¿Por qué tantos años para llegar de Egipto a Canaán-Palestina? Se dice para purificar el cambio generacional antes de volver a abrazar a los antiguos hermanos dejados hace seis siglos, cuando la gran emigración de muchos  Judíos a Egipto en los días de José, hijo de Isaac  y ministro del Faraón, en los tiempo de carestía de vacas flacas.  Se dijo también que los 40 años eran porque estaban perdidos en el desierto por falta de una brújula o piedras miliares. Otros, como Martin Lutero, afirmaron que Moisés no cruzó el Mar Rojo, sino el mar de juncos. Algo mucho menos trascendental. Pero Martin Lutero era alemán y sabemos  que no simpatiza en absoluto con los Judíos.

 De  Moisés se habló en todas partes. Tanto la Biblia y el Corán. Llegaron también algunos minimalistas bíblicos para argumentar que ni Moisés ni el éxodo nunca habían existido. En el siglo III antes de Cristo, un  Monetane  juró que Moisés era un sacerdote egipcio resentido por algo y que  ese éxodo no era más que la expulsión de Egipto de algunos leprosos. En resumen, un revoltijo de suposiciones. Y francamente muchas cosas no son muy claras.
 Pero, gracias a Dios que existen los   estadounidenses  quienes  resolvieron  el problema con Hollywood y sus Diez Mandamientos, reviviendo Charlton  Heston , Moisés, Nefertari, Ramsés II,  Yul Brynner, Ivonne de Carlo y Edward G. Robinson.
 Y gracias a ellos  hemos entendido perfectamente.



21 mar. 2015

2ª EDIC.ESP. 6/100 JOSÈ Y LOS HERMANITOS MALOS

/100       JOSÉ Y LOS HERMANITOS MALOS


Las doce tribus de Israel son los descendientes de los hijos de Jacob-Israel con Rachel y Lea y con sus esclavas para servicios variados y múltiples. Sí, los hermanos eran hermanos por parte de padre, pero con cuatro madres carnales diferentes. Hermanastros se decía en mi prehistoria. Sólo Levi y José no tenían tribus, pero por  razones que quizás digamos más adelante, si nos recordamos. Aquí divirtámonos ahora a ver otras escenas tipo  Comédie , como competencia entre las dos esposas y sus respectivas esclavas donde ciertos intérpretes modernos de las leyes divinas ven  una clara reprimenda a la poligamia.
Como ya se ha mencionado, el Jacob-Israel tenía dos esposas legítimas. Las dos hermanas, Lea y Raquel,  hijas del tramposo Leban, tío de Jacobo y padre   de las chicas: Lea, la más feúcha  y Rachel, el gran amor de Jacobo,  gran amor al punto  que éste  aceptó  trabajo durante 14 años para conseguirla. Pero tenemos que decir las cosas como son.
 Aunque Lea no fuera  tan bella, lo cierto es que,   como Jacob se la había encontrado,  perfumada   y disponible en la cama,  tampoco la desdeñaba.
 Y  le prestaba atención.  Se la prestó y bien prestada con la generosidad que caracteriza  a nosotros los hombres, al punto que  en un primer round Jacobo y Lea,  tendrán la belleza de cuatro hijos varones;  si  tuvieron alguna hija de contorno, eso sabemos que no alteraba el valor del producto. Y los cuatro hijos varones fueron: Rubén, Simeón, Levi y Judá. A la vista de la cual cosa, la dulce Rachel, que no lograba  tener hijos,   imitará a la suegra Sara  permitiendo  el   merecumbé de su marido con su criada Bilma y poder así tener el bendito  hijo varón;  porque, como ya dicho,  aun  que  el hijo no era carnalmente  parido por ella era igualmente válido a todos los efectos legales como hijo de ella, ya que las esclavas no tenían ningún tipo de derecho tampoco  sobre   los hijos paridos por  ellas mismas.  Y como producto del merecumbé aparecieron en este mundo Dan  y Neftalí. Entonces Lea, celosa a su vez -- allí veo la Comedìe  --  también utilizó el usual  merecumbé de su esposo Jacob, de uso común,  con la esclava  Zilpa.  Jacob, comprensivo de sus deberes, como todo hombre de  bien, aceptó otra vez someterse a la tradición y  nacieron Gad y Aser. Los buenos jefes de tribus   eran todos muy obsequiosos y obedecían las tradiciones.  Nunca nadie se quejó de esta antigua costumbre del merecumbé autorizado.  Pero un día el incansable Jacobo logró por fin, insistiendo e insistiendo con Raquel,  que  ella lograse  tener   no uno sino dos  hijos varones: José, que será el súper-favorecido y después a Benjamín , el más jovencito de todos, y siempre será  bien tratado, porque si no fuera asi no sería   el  benjamín de todos. 
Serán los dos hijos de José, Efraín y Manasés, que nacerán más tarde en Egipto, los  que completarán el número mágico de 12 para las tribus de Israel y que fueron bendecidos y aceptados por las temblorosas manos del viejo abuelo Jacob-Israel que aún no se había muerto, pero poco le faltaba.

 Sin embargo, hay un pero. Los primeros hijos de Jacob-Israel eran  los hijos de Lea. Y sabemos que el gran amor de juventud de Jacob-Israel había sido Rachel. Así que cuando finalmente nacieron José y luego Benjamín,  el anciano padre comenzó a  demostrar claramente que tenía preferencia por  los dos últimos,  especialmente para José.  Se notaba en muchas cosas pequeñas,  y  eso   producía los casi inviables celos de los hijos de Lea, incluyendo  Simeón, el primogénito, quien veía peligrar  su primogenitura.  Un poco de celos es tolerable y hoy en día los psicólogos nos enseñan cómo evitar los riesgos que, en memoria del acto infame de Simeón & Co,  ellos mismos llaman  Complejo de los Beduinos del Desierto.  Pero los hijos de Lea, los hermanos de José, exageraron.  Nada mas decidieron matarle, y  ¡problema resuelto! Pero, quizás, tal vez por un sentido atávico del dinero, pensaron que era  mejor vender al hermano y ganar algo en la venta.
Y así  hicieron.  Lo vendieron a unos mercaderes beduinos que pasaban por allí  y ellos a su vez  los revendieron después  en Egipto a Putifar, hombre  muy famoso por su poder,  por la bella esposa  y los consiguientes casi inevitables cuernos a decoración invisible pero notoria de su frente de calvo.  Y al servicio de ese Putifar nuestro José se quedó la belleza  de 10 años. Durante ese largo período José aprendió mucho,  aprendió a administrar los bienes ajenos y poder ganar alguito también para él  mismo, así como todos los buenos administradores hacen con los de sus administrados.
José  era un tipo inteligente y agradable.    Pero ¿qué sucede a un cierto momento? ¿Un cierto día?
 ¡Cherchez la femme!  La esposa de Putifar, las hermosa y poderosa  egipcia se antojó de José, bello, inteligente, joven y potente…  en todos los sentidos. Se le insinuó mucho, con esas diabólicas y divinas  artes  de seducción  de las mujeres cuando les gusta alguien.   Pero José hacia  oídos sordos.  No quería. No se sabe si por respeto a Putifar, al cual tanto debía; o por respeto a su Dios; o porque la bella esposa seguía siendo bella pero también un poco menos joven y fresca  de cuando  era más joven y más fresca.
 Imposible saberlo.
 La bella esposa  como casi toda bella mujer que se siente rechazada, se ofende,  se pone furiosa,  quiere la más feroz venganza,  y denuncia falsamente a su marido que José quería seducirla.  Y lo denunció con tanta furia que Putifar,  mas ella se enfurecía, menos él le creía.  Y no le creyó. Sabía que su mujer  era de robustos apetitos y que el mismo tenía demasiada panza...y varios cuernitos asomándose por allá arriba. Pero  también tenia que salvar su reputación. Lo mandó de inmediato a la cárcel, reservándose para después el tipo de castigo apropiado.
Pasa un poco de tiempo e inclusive  en la  prisión José mostró gran habilidad y astucia. Se convirtió en un amigo del jefe de la cárcel, quien  comenzó a apreciarlo  y terminó nombrándole carcelero adjunto.
 Fue en aquella época que José se convirtió  también en experto  en la interpretación de sueños, una especialidad muy cotizada en la corte de Egipto.  Como Freud, su correligionario algunos siglos más adelante, se dedicó a estudiar e interpretar ese mundo misterioso e interesante de  los sueños, con  o  sin Bola Mágica  y  en poco tiempo se hizo amigo de todos y tuvo ese momento de suerte que solamente los grandes saben aprovechar. Resulta que un prisionero, que había sido secretario del Faraón, por algún motivo fue perdonado de su delito y regresó a su antiguo oficio de secretario del Faraón, quien evidentemente  lo estimaba.  Y un día ese secretario reintegrado tuvo la oportunidad de hablar al Faraón en persona de ese José hebreo cautivo,  gran precursor del psicoanálisis e interpretaciones oníricas.   Por coincidencia y  suerte de José, el Faraón había tenido recientemente  pesadillas con sueños terroríficos. Inmediatamente mandó llamar a José.  Y naturalmente José  fue doblemente astuto en interpretar los sueños del Faraón de manera que su figura resaltase como gran gobernante.
Y así fue que José salió de la cárcel y entró en las buenas gracias del Faraón. El cual Faraón,  en poco tiempo, vistas y conocidas las capacidades de José en varios campos,  sin las palabrerías de nuestros tiempos, ¡decidió nombrar de inmediato a José  nada menos que  su Primer Ministro! Le regaló un anillo de oro, símbolo del poder,  piedras preciosas, ropa elegante, un coche especial tirado por cuatro caballos, una especie de Ferrari de la época  y ordenó que delante de él todos tenían que "doblar la rodilla"  en muestra de respeto y obediencia y...llamarlo Excelencia.
Nada  mal para un ex pobre judío en la esclavitud.
Después de un breve período de tiempo el ahora primer ministro José se casará con una bella egipcia, Asenat,  hija de un sacerdote de alto nivel y, finalmente, llegó a la èlite  de la  sociedad egipcia. Nacieron dos hijos, Efraín y Manasés. Eran mitad egipcios y mitad judíos.
Y llegó el momento que José, aunque muy bien integrado en la nueva tierra, casi un segundo hogar, sintió la llamada de la antigua familia en Palestina. Y  quería llevar a sus dos hijos a visitar a su vejo padre Jacob-Israel,  con la esperanza que aún estuviera con vida. 
 Y así fue. Los dos egipcios-hebreos llegaron donde el abuelo Jacobo-Israel, y de sus manos temblorosas  por la edad ya muy avanzada, los dos jóvenes  Efraín y Manasés, aun sin ser de raza judía pura, pudieron ser  transformados, por la bendición recibida del abuelo, en los  precursores de dos de los famosos 12 tribus de Israel.

 Ahora me gustaría hacer algunas consideraciones que medio me pasan por la mente. ¿No es una coincidencia interesante observar  que los dos hijos de Abraham con Sara y Agar,  o sea Jacob-Israel e Ismael, los dos antepasados míticos de los dos grupos de  semitas, los judíos y los árabes, fueron cada uno de ellos los antepasados de las doce tribus de cada uno? ¿Doce  tribus de judíos y doce tribus de árabes? No sólo eso, sino que los dos hermanos habrían tenido,   y  cada uno de ellos ¿una sola hermana? ¿Muchos niños y una niña? Mucha coincidencia, ¿verdad? ¿O será que las niñas las  ahogaban como los chinos? ¿O que le dieran tan  poca importancia a las niñas  que ni reportaban sus nombres?  Así, ¿como si fueran ovejas?  Se hablaba  de número pero ¿no se le concedía el honor de un nombre?
 Evidentemente, el número 12 tenía que tener un significado mágico: doce los meses del año, doce las horas del día,  y más tarde serán también doce los Apóstoles de Jesús Cristo.  La apoteosis de  la docena. Y hoy en día nuestras queridas amas de casa van a comprar una docena de huevos. Nunca les oí pedir una oncena  de huevos.

Después de estas profundas consideraciones, regresemos a José.  Interpretando otro  sueño complicado del Faraón, José le había anunciado la llegada de  siete años de opulencia y siete años de hambre;  siete años de vacas gordas y siete años de vacas flacas.     Entonces el Faraón siempre  mas favorablemente impresionado por las capacidades de José,  lo nombró Ministro de Alimentación  para todo  Egipto.
Y poco después de esos hechos,   vendrán  los siete años de abundancia y todos  a llenarse la barriga  felices y contentos.  Luego vendrán los  siete años de hambruna,  y todos a quejarse. Pero José había mandado a llenar los depósitos de alimentos y inclusive  los aumentó.
 Y con la hambruna llegaran también desde Palestina los viejos hermanos de José a pedir ayuda y alimentos al Faraón.  Los refugiados judíos, cansados, maltratadas, con hambre, no podían reconocer en el elegante Ministro del Faraón a su pequeño hermano vendido  por ellos hace tantos años.  Y También José, por el momento, tampoco quería que lo reconociesen.
Pero al poco rato  no pudo resistir el deseo de un abrazo afectuoso con el anciano padre  y su  pequeño hermano Benjamín, ya que él sabía muy bien  que ellos ni eran cómplices ni estaban enterados de la venta vergonzosa.
 Así que por fin se dejó reconocer y hubo la explosión de emociones.
 Besos, abrazos, lágrimas, esperanzas, miedos... todo esto debe de haber ocurrido.
 Al poco rato también con los otros hermanos hubo la misma emoción: porque por una conversación  misteriosamente escuchada, José se dio cuenta de que los hermanos se habían realmente arrepentido del trato que le habían dado a su hermano, hace tantos años, vendiéndolo a los mercaderes.
Y fue que por eso que José se dejo reconocer por fin también por los otros hermanos.  Y todos se abrazaron.
Todos decidieron quedarse en Egipto, en Goshen, a la espera de volver un día, dentro de unos meses, a su amada Tierra  Prometida.

Pero lo que nadie sabía ni podía saber  era que los pocos meses de espera para el regreso se transformarían en años, y los años en siglos.

Porque los Judíos de los famosos doce tribus, los descendientes de Jacob-Israel, permanecerán en  Egipto la bicoca de  600 años. Los primeros 300 años como unos  privilegiados, probablemente debido a que en ese periodo momento dominaban la zona  los Hycsos, pueblo semita de Asia, bien armado, y casi familiares de los judíos.  Pero los 300 años posteriores a la caída de la dominación de los Hicsos, los judíos comenzaron el famoso y tristemente recordado período  de la esclavitud en Egipto, con todos los sufrimientos que produce la esclavitud.
Hasta que un buen día una cestita de mimbres dejada suelta en el rio Nilo, con un bebé  adentro llorando de hambre, y las manos delicadas de una hija de un Faraón, cambiarán el curso de la historia.
 Y así lo  ilustrarán  los norteamericanos siempre malos pero que todo lo saben, y que si no existieran ellos, no lo sabríamos. 
Ese niño será muy bienvenido,  criado y educado por la familia del Faraón. Se llamará Moisés,  el Salvado de las Aguas.

Y con Moisés y su osada aventura comienza el retorno del Pueblo Elegido a la Tierra Prometida, donde  los antiguos Judíos que se habían quedado a pesar de la hambruna,  se habían olvidado de ser judíos y se habían mezclados con otras  varias poblaciones;  ciertamente ninguno de ellos  estaba esperando con los brazos abiertos  a  desconocidas que venían  agresivas escapándose  de Egipto y que pretendían recuperar las tierras que habían dejado hace  seiscientos años. Obviamente habrá mucha leyenda en todo esto, pero algo de verdad tiene que existir  y con una cierta base histórica.
Ha habido mucha especulación sobre la figura de José y de su tiempo. Por ejemplo, que en la famosa cueva de Macpellà en Hebrón, no serían enterrados sólo los patriarcas y matriarcas Judíos, sino también  Adán y Eva, lo cual es obviamente  un lindo cuento de hadas.  También se dijo, como ya asomado antes,  que  el patriarca Isaac tendría la sagrada real sangre del Faraón en sus venas.  Y que por lo tanto nuestro José, nieto de Isaac y bisnieto de Faraón, tendría también parte de la sagrada sangre azul faraónica en las venas.  Y que por eso podrá  ser  nombrado ministro de Estado en Egipto.
En fin, muchas suposiciones, fantasías mezcladas  con cuentos de adulterio autorizado para salvar el pellejo.
Pero a quién le importa básicamente distinguir la realidad de la  historia, lo real de la leyenda o la fantasía, ¿si esta realidad de ficción fomenta la fuerza de la idea?  José,  verdadero o falso, de raza judía pura o mezclado con la faraónica egipcia,  siempre será un gran guía espiritual y recordado  por muchos Judíos de la diáspora, diseminados y sufriendo arrastrados  por el mundo desde hace más de dos mil años. Y Moisés, el gran personaje que cierra el círculo histórico de la esclavitud en Egipto, siempre será el líder  que animará el corazón a los que anhelan la libertad. A pesar de que habrá meticulosos  piojosos que dirán que algunas reglas las copió del  Código de Hammurabi, Moisés siempre será el gran Legislador,  que truena sus leyes, incluyendo las primeras leyes de la humanidad y que se esparcieron por el mundo.
 Un gran carácter.
¿Un mito?
¡Un coloso!  


18 mar. 2015

2ª EDIC.ESP. 5/100 ISAAC REBECA ESAU JACOBO ( ISRAEL) RAQUEL Y LEA

5/100 Isaac y Rebeca, Esaú,  Jacobo-Israel, Raquel y Lea. 


Con esos tipazos de  Patriarcas y de  Matriarca tipo Rebeca, la cuestión adquiere características especiales, inusuales para la época. Habrá  engaño,  falta de respeto para el anciano padre, una especie de versión  de comedia a  la Plauto como el enmascarado  con piel de cabra para birlar al viejo; habrá robo, mala fe,  celos entre las esposas y concubinas, en fin situaciones cómicas al estilo Comédie- Française.
Pero vamos por orden.  
Después de un buen número de años de casados, Rebecca, la chica ingenua que  por la  emoción se había caído del camello al ver, aun de lejos,  a su prometido Isaac, finalmente tuvo una agradable sorpresa. No uno, sino dos pequeños hijos gemelos. Y como a veces  sucede  entre los hermanos, los dos nenitos  comenzaron inmediatamente a pelearse entre sí, incluso en el vientre de la madre.
 Con el tiempo, el buen padre Isaac demostrará una preferencia por Esaú, el que salió primero a la luz.  En cambio, la mamá  tendrá sus preferencias para Jacob, quien   será  más tímido,  dulce,  pero nada  tonto.  El tiempo pasa… los niños crecen…acné juvenil… las madres dulcemente  envejecen... y un día marcado por el destino  el fuerte  Esaú,  experto cazador,  llegará a la casa cansado y con un apetito formidable; y un plato de lentejas pasará a la historia. Se veían tan deliciosas, esas lentejas, incluso sin chorizos,  que Esaú, golosísimo, pidió un poco  de  aquel manjar  al hermanito. Y el listísimo Jacob,  con carita de tonto, le propuso el cambio, el trueque,  el cambalache,  lo que al fin no era sino un intercambio infame: te doy mis  lentejas  y tú me pasas  tu  derecho a la primogenitura. Los Derechos de Primogenitura no eran algo solamente formal y emocional, sino  que comprendían  sus  valores económicos de  preferencias en el momento de la herencia. Esaú, goloso, hambriento y un poco apendejado, no se quedó a pensar mucho en ello.  ¿Qué hago ahora con mi primogenitura si me estoy muriendo de hambre? Y aceptó.
 Sigue pasando el tiempo.
 Cuando el anciano padre Isaac se hizo aún más viejo y casi ciego, quería cumplir con la tradición y bendecir a Esaú, que era y siempre consideró a su primogénito; y quería pasarle oficialmente  la autoridad que la tradición le concedía. Pero la astuta  Rebecca  y el no menos astuto Jacob  confabularon  tramposos para  engañar al viejo Isaac. Decidieron que, aprovechando la ausencia de Esaú,  cazador incansable, el tramposo  Jacob se vistiera  con una piel de cabra de manera que el padre viejo y casi ciego, al tocarlo para reconocerlo, pudiese suponer que se trataba de su peludo preferido Esaú y lo bendijera oficialmente.
Y así sucedió.
 Pobre Isaac ¡el otrora salvado por Dios del cuchillo obediente asesino!  El pobre viejo Isaac, senilmente aturdido, medio ciego y ahora burlado, dio su bendición...y los Derechos de  Primogenitura   y todo lo demás al  hijo que  creía que era Esaú, pero que sin embargo  era Jacob vestido con una piel de cabra. 
Cuando después  de eso  por fin a Esaú se le abrió el bombillo,   y se dio  cuenta del engaño, se encabritó como una bestia. Tenía razón, claro.  No recordaba o no quería recordar el acuerdo alcanzado hace años con su hermano. Solamente se sintió engañado, tomado por tonto y fuera de sí, con cuchillo en la mano, la baba  a la boca,  comenzó a revolver toda la casa para encontrar a Jacob y matarlo en el acto.  ¡No era broma! La mamá, dulce y tramposa mamá  se asustó y  preocupó tanto que  apenas posible envió a su favorito Jacobo a esconderse en  la tierra y en la casa de su hermano,  Leban, hasta  que la rabia le pasara a Esaú. Y así sucedió. Isaac llegó todavía temblando  a las tierras de su tío,  y después del abrazo y  cuentos,  Jacob vio a su prima Raque que lo estaba mirando, interesada. Le gustó la chica de inmediato, y se enamoró de ella. Al acto. Inmediatamente.
 Pero no tenía dinero para comprarla, como era costumbre en la época. Así que con su tío llegó a un acuerdo. Tú  trabajas siete años por mí y yo te autorizaré la boda con mi hija Rachel.
Y Jacobo cumplió con el pacto, trabajó duro y sin ni siquiera tocar a la chica. Solamente miraditas  apasionadas y de lejos!
 Finalmente llega el día de la boda,  alegría, fiestas  bebidas...Pero la noche de bodas, la famosa primera noche, nuestro Jacob, de hermano que engaño a Esaú, será el mismo engañado a su vez.  ¿Cómo fue?
 ¿Por qué?  Porque  por  aparente vicio de familia también el tipo ese, el tío  Leban,  era un tramposo  aprovechador. Por la noche, en la cama de Jacobo, puso de contrabando, perfumada y ansiosa, a su hija mayor, Lea.
Era un poco feúcha esa Lea,  y con algo de  defecto en la vista... También era fea la acción de engañar a Jacobo... pero como buen  padre Leban tenía que encontrarle un marido, aun que fuera un marido a media con su otra hija. Cuando el fogoso y medio borrachito Jacobo por fin   entró al dormitorio, quizás por el vino, quizás por la poca iluminación, no pudo reconocer a Lea, pero sí, lleno de pasión, la conoció   en el sentido bíblico,  la conoció, la re-conoció, y la re-re-conoció y  re-vigorosamente toda la noche creyendo que fuera su amada Rachel.
Aquel tramposo de  Leban quería llevar dos pájaros de un tiro, y a la mañana siguiente, propuso al  exhausto pero decepcionado Jacob:
 No te preocupes, Jacobo bello, tu estas casado ahora con Lea, pero te daré también como esposa a mi hija Raquel que te gusta tanto,   pero  tu deberás  trabajar otros siete años para mí.
¡Hubiera tenido que mandar a todos al carajo!  Pero no lo hizo. Y aceptó la nueva propuesta.
Otros siete años de trabajo, 14 en total. Pero en todo ese tiempo Jacob se convirtió en hombre rico.  Para convertirse en rico casi siempre hay que olvidarse de ciertos  buenos principios.  No sabemos lo que pasó con Jacob.  Pero si sabemos que los otros familiares de la familia de Laban, celosos  y envidiosos de su éxito económico, trataban de hacerle la vida imposible.
Entonces intervino una vez más el dios de los judíos  que ahora, sí, era Yahvé y  le aconseja y  ordena  de volver a la tierra de sus padres,  Isaac  y Rebeca.  Obediente y temeroso de Yahvé  el querido Jacob huyó de la casa de su tío,  cobrándose su liquidación que eran sus dos esposas, Raquel y Lea, una en cada mano.  Me parece justo.  Y algunas otras cositas  y los relativos camellos, también ellos temerosos y obedientes, además de impasibles. La  joven  Rachel, quizás para tener un recuerdo romántico de su propia  familia o por rencor al viejo padre  por querer  obligarla a esperar  tantos otros largos años antes de  dejarse “conocer” por su Jacob, ¿que había hecho antes de escapar? Había robado algunas  otras cosas valiosas de su padre, un icono bello y precioso  que el viejo Leban tratará siempre de conseguir y no conseguirá nunca. En resumen,  era toda una familia de gente honesta.
Pero lo del divertido e histórico evento durante la huida  de todos esos señores respetuosos de la propiedad ajena, fue que se produjo el maravilloso evento que definitivamente calificó a Israel como el pueblo elegido por Dios. Habrá una especie de asalto, una pelea,  de un personaje misterioso contra Jacob. ¿Un ángel? ¿Dios mismo en persona? Al llegar al final de "combate", y al parecer sin ganadores ni perdedores en el sentido tradicional de  victoria o  derrota, sino como por  una especie de prueba,  el misterioso personaje decidió que de ahora en adelante Jacob ya no se llamará  Jacob, sino Israel y será el padre  de  una nueva estirpe-raza  "especial": los Hijos de Israel. Y desapareció.
 Jacob-Israel, cansado y sorprendido se dará entonces cuenta que había quedado medio cojo debido a  la lucha. Todo el resto de su  vida caminará cojeando.  Pero ¿qué importa a cojear un poco "por el resto de mi vida"  si  será el Progenitor de Estirpe?
 Algún tiempo después de este evento extraordinario, todo terminó en paz. Después de algunos años los hermanos gemelos se reunieron de nuevo. Ellos se olvidaron  de las viejas rivalidades. Y se abrazaron como debe suceder entre hermanitos.

Y colorín colorado

Este cuento se ha terminado.

11 mar. 2015

2ª EDIC.ESP, 4/100 ABRAHAM Y SAHRA

4 / 100    ABRAHAM Y SARAH  (2100 A.C.?)


 Y así llegamos a la época de Abraham. ¿Cuánto tiempo? Los tiempos bíblicos son muy vagos y contradictorios. La gente vive, de acuerdo con las tradiciones,  hasta cientos de años. Los años se medían  de una manera diferente. Imposible que Noé haya vivido  más de 900 años, aunque él haya bebido  del mejor y genuino vino, sin pisar los callos a  nadie.  Se decía  que Noé murió cuando nació Abraham. Y ¿quién  lo sabe? Hay varios ejemplos de extraña longevidad... El Faraón debía de ser  un gran degenerado sexual si le gustaban las mujeres como Sarah, la hermana-esposa de Abraham... Cuando Abraham fue a Egipto por primera vez,  para su negocio, viajó con su lindo  camello de cara inteligente,  y su esposa lo acompañó.  Sabemos que en ese momento Sara ya era una mujer de sesenta años. A los  sesenta y tal vez un poco más,  la Sophia Loren sigue siendo una mujer hermosa,  más o menos; pero con todos los truquitos  de la cirugía plástica. Seamos francos, ¿cómo podría ser una campesina - nómada, de sesenta  años en aquellos tiempos? Seguramente desdentada, arrugada, como si fuera de cien años hoy en día. Sin embargo, se dice que Abraham tuvo que ocultarla por temor a que lo mataran a él, y a su esposa se la llevaran para enriquecer el harén del faraón. Así que, o el faraón era un degenerado y es posible; o nuestra pura y bella Sara no tenía más de veinte años, para ser aceptable para un faraón que tenía a su disposición  jóvenes de ambos sexos para sus necesidades libidinosas. Y esto es aún más probable.
 Inclusive  nació después  otra  historia,  probablemente fantasía,  diciendo que en la  ocasión del viaje a Egipto, la matriarca Sara, aun que pura y casta como se suponía  debía de ser,  había tenido, tal vez obligada, un lindo  ju ju  con el Faraón. ( Ju ju es un lindo venezolanismo, por affaire ) Y que  debido a esa relación misteriosa y quizás política,  haya nacido   el famoso Isaac-Israel, fundador de gentes,  el padre de José. Sí, por supuesto, José, el hijo predilecto de Rebecca, vendido por sus hermanos malvados a beduinos del desierto, quienes a su vez lo vendieron  a Putifar, el ministro egipcio; ese mismo José  que después llegará  a ser importantísimo ministro  de otro  Faraón, al tiempo  de los siete años de vacas flacas. Y por eso se dijo que pudo convertirse  en ministro de Egipto: porque tenía  sangre faraónica  en sus venas. Estamos en arenas movedizas. Seguimos.
 Otro caso de cómo los años se calculaban de una manera  "bíblica" es que Agar, la bella esclava etíope amante concubina  de Abraham,  autorizada por Sara,  una vez desterrada del clan  tendrá en su regazo al  "nene" Ismael, el futuro fundador de las doce tribus de Arabia; y que el  “nene”  acurrucado en su regazo, tenía  la  tierna edad de 16 años.
Bueno, en fin, hay  un montón de historias y chistes uno  más exagerado  que el otro.
¿Qué sabemos ahora? Si no podemos  todavía dar  un juicio histórico objetivo sobre los graves acontecimientos ocurridos solamente hace  50 o 100 años, ¿cómo podríamos estar seguros de la realidad histórica de  tradiciones  con  cientos de años?
Así son  y así eran los cuentos de hechos antiguos y  las tradiciones de todas las religiones. ¿Qué podemos saber? Veneremus cernui, se canta  en un himno religioso. Y nosotros adoraremos, remisivos,  sin pedir nada, ciegamente.
Bien.  Al  igual que nos ocurrió con Lenin, Stalin, Mussolini y Fidel, que creímos en ellos,  toda la vida. Y un buen día llegan otros y nos dicen que eran criminales.
En resumen, somos bien frágiles si creemos en todo lo que nos dicen. Y ahora, después de haber hecho este maravilloso descubrimiento, volvemos a hablar de nuestro Abraham.

 Nuestro Abraham y su gente  nacieron en Ur, Caldea - Sumeria, en el sur de Irak. Pero tal vez ni siquiera se originan en esa  región de Sumer, quizás  mucho más lejos, en la India, de las zonas el Rio Indo, donde una  antigua civilización había florecido  en  Mojenjo Darío.
Y  tal vez, al igual que sus casi parientes,  los gitanos, hayan sido  expulsados de sus regiones primitivas  por  una emigración indefinido de conquistadores Arios. Tal vez, quién sabe, los Aqueos rubios de Homero. O ¿los Dorios?  Conjeturas, claro, que sin embargo, entran  en   las posibilidades.
Lo menos fantasioso es que este Abraham, oriundo de Ur, Sumer, después de haber oído las sugerencias de su dios,  haya decidido  emigrar al norte, hacia una nueva indefinida tierra prometida, donde todo es verdor.   Prometida por Dios, por supuesto. De parte de su Dios. Estos grupos tribales antiguos tenían cada uno sus propios dioses especiales, así como los romanos tendrán sus dioses domésticos, los  Lares.. Y si viaja ban, se los llevaban  con ellos. Como los soldados y choferes del taxi  tienen las estampillas  de santos patronos.
Así que  Abraham salió de Ur, Mesopotamia .
 El trajo consigo a su anciano padre Tajor y ya que era "selectivo", por no decir racista, se casó con su hermanastra Sarah. Para evitar la contaminación de  sangre, por supuesto.
Y con sus camellos comienzan sus andanzas.
Quizás esta primera tentativa de emigración no fue la más apropiada y en la nueva tierra, en Harán, el anciano padre  murió a la tierna edad de 205 años.
Dios le habló a Abraham de nuevo y éste se volvió a marchar. Y pensaba  darle  en el camino un aventón al sobrino Lot, que vivía en Sodoma. Sí, Lot, el tipo aquel  que tuvo la suerte de que su mujer muy metiche  y curiosa se transformara  en sal.
 El asunto fue así: Los Textos Sagrados dicen que Dios, en  gran confianza, como en una confabulación secreta, había dicho a Abraham que destruiría Sodoma y Gomorra, dos ciudades llenas de vicios y pecados. Dios es Dios, pero  parece le guste a veces  tratar de prohibirnos las cosas sabrosas que más nos gustan a  nosotros pobres mortales.  Entonces fue cuando Abraham  se acordó  que su sobrino Lot vivía en Sodoma, y pidió el favor a su Dios que  lo salvara a él, a su familia y a su casa.   Dios estuvo de acuerdo en hacer el favor al sobrino de Abraham. Y así comenzó la serie de favoritismos,  el  nepotismo,  como variante aceptable de la conducta humana.
 Pero Dios puso  una condición a Abraham: la contraparte. El Do ut des, dirán  los romanos. Tú me ayudas a mí y yo te ayudo a ti. Típica formula mafiosa. Y eso sucede desde entonces  en todo el mundo. Como también  en  el Paraíso, evidentemente.   También para el Padre Eterno.
 La condición impuesta por Dios a Abraham era que ninguno  de su familia  volviera  la cabeza para ver el horror  del gran Castigo de Dios a las dos ciudades del pecado.
 Pero... ¡las mujeres!  La esposa  de Lot no pudo resistir la curiosidad femenina típica de curiosear lo que estaba pasando  con sus amigas. Volvió la cabeza. Y  quedó petrificada, allí mismo, en una estatua  de sal.
Aterrorizado nuestro valiente Lot, junto con sus dos hijas se escondió,  en una zona solitaria donde nadie podía encontrarlo.
 Pero después de algún tiempo, las dos hijas se cansaron de estar a solas con  el padre trabajando en remendar calcetines  y sin un novio para el fin de semana.
Las mujeres, en aquellos tiempos,  buscaban  desesperadamente un marido para tener  aquella  descendencia masculina que asegurara  la continuidad del clan-tribu y de paso, les dará alguito de autoridad a ellas.  Eso era prioridad para ellas y en resumen, la función femenina era producir hijos. Y quizás podía aspirar a valer algo si los tenía.
En la ausencia de  hombres, ¿que decidieron hacer estas  dos mozas? Emborracharán  por lo menos un poco al respetado padre que,  se da el caso, es también  hombre, y en abstinencia…
Y... "concibieron de  él" (Génesis 19-30 y 19-38).
 Así que las dos mozas, no para  satisfacer sus  deseos lujuriosos y  vergonzosos, sino sacrificándose por el bien de la tribu,  cometieron uno de los primeros incestos de la historia.
Mientras tanto el  valiente Abraham, siguiendo con su peregrinar,  siempre temeroso y respetuoso del  poder de Dios, con toda su tribu,  hombres, mujeres,  niños,  varios perros y gallinas,  camellos, y al son de canciones,  cantos y alabanzas,  llega por fin a  la tierra de Canaán,  la zona de la Tierra Fértil, más o menos la actual Palestina e Israel. ¡Que linda!¡Qué bella! Una tierra hermosa llena de verde. La famosa Tierra Prometida. Como era bello nuestro valle…
Nada tonto, nuestro Abraham.  Dejar el desierto y quedarse en esa fértil y bella tierra. Esta tierra es nuestra.  ¿Quién se va a oponer si nos la dio Dios mismo? Y allí, en Siquem,  fue poniendo sus tiendas de campaña. Y ¡puso la bandera!
Y de allí, con el tiempo, deambulando, a pie, con camellos, como sea, inició  la exploración y el  comercio en  toda la zona, incluyendo viajes a Egipto.
 Y todos en  su tribu eran ya  felices y contentos.
  Pero....resulta  que él personalmente  no estaba todavía  feliz y contento de verdad.    
¿Por qué? Debido a  que su querida y amada  y buena  esposa Sara, ahora de 75 años, aún no le había dado el hijo tan esperado.
Así que Sarah, no se sabe si de buena o de mala gana, accedió en fin a  seguir ciertas tradiciones antiguas y en cierto sentido  autorizó a su marido para tener relaciones maritales con su esclava etíope, la joven, bella y bonita negrita  Agar. De acuerdo a  la ley del tiempo, el niño que el hombre pudiera tener con la  esclava de su mujer era considerada como  hijo de su  misma mujer. A todos los efectos legales.  La madre biológica no importaba en absoluto: era  solamente una esclava  y nada más. Una simple portadora. Cómo alquilar su vientre, de hecho.
Así que la  complaciente y generosa Sara hizo todo esto de acuerdo a las tradiciones  y poder así obtener legalmente  el heredero varón tan deseado y asegurar la continuidad de la familia.
 Abraham entonces y siempre obediente, dio una miradita de soslayo a la hermosa negrita que su esposa le proponía y que le sonreía con ternura y algo de coquetería. Hombre de experiencia, fingió  que era la primera vez que él la miraba y aceptó con aparente indiferencia la propuesta de Sara. ¿Resignado? ¿Con alegría? No sabemos. Mejor no saberlo.
 Comenzó el merecumbè con la  negrita.  Y dale y dale, finalmente el niño nació y le pusieron por nombre Ismael.  ¡Aleluya!  ¡Aleluya!  Ha llegado el hijo varón.
Pero el  buen Abraham, que mientras tanto había alcanzado la  bella edad de 86 añitos,  inclusive  después del nacimiento de Ismael continuaba  impertérrito a obedecer a su esposa  y a solazarse con la esclava.  
Abraham era evidentemente  hombre  prudente. Sin duda pensó que lo mejor era buscar un segundo hijo, aun que fuera  un poco negrito,  para asegurarse  la continuidad de la tribu. Hombre sabio era Abraham.
Sin embargo, las mujeres son las mujeres, y  todas estas repetidas visitas  de Abraham a la tienda de  Agar comenzaron a molestar a Sara. Y también Sara recurrirá  a Dios.  Y Dios se moverá  a compasión  por las oraciones de la mujer y  le enviará al ángel office boy siempre disponible y  con la siempre hermosa parafernalia de una Anunciación con  todas las reglas.
 El Ángel de Dios le dijo a Sara asombrada que debería sentirse feliz,   porque ella, Sara, habrá de tener ella misma, de su vientre, el hijo tan deseado.  Sara  era una mujer. Las mujeres son a veces irreverentes. Miró el ángel de Dios y dejó escapar una  ruidosísima carcajada. ¿Cómo es posible que a  mis 75 años pueda  tener un hijo? Y reír  y reír...
Sara será la  la única persona que se ríe en la Biblia.   Nadie se ha reído nunca, inclusive ni un poco.    ¡Todos siempre muy serios!
 Todos, menos Cam, y sabemos como terminó.
 Pero los designios de Dios son inescrutables.
 Efectivamente Sara tendrá a su hermoso bebé, de una sola pieza, enterito, perfecto, que lloraba  y comía como un lobato.  ¡Y Sara será feliz!    Y Abraham también.
 Ella tenía 75 años, él 86.
 Incluso hoy en día,  los científicos de todo el mundo se preguntan  qué  tipo de hierbas milagrosas debe haber encontrado Abraham y Sara en aquellos desiertos, llenos de escorpiones.
Por eso hay una buena cantidad de visitas turísticas a Palestina. ¿Que van por arqueología? ¿Para visitar lugares interesantes?    ¡Ni  pensar en eso!  Van en busca  de aquellas hierbas milagrosas   y todavía no las han encontrado.   Para recogerlas, estudiarlas,   e  industrializarlas.
Y  ¡solamente  así   finalmente terminarán  todas las luchas en Palestina!

Cuando llegó a sus 99 años, Abraham recibió otra  noticia de parte de su Dios.  ¿Qué sería el líder y fundador de una gran nación, el pueblo elegido, pero que tenía que hacer un pequeño cambio en  la pronunciación de su nombre y el de su esposa.  De Abran a Abraham; y de Sara en Sarah. 
Y que para sellar y reconfirmar  la siempre valida alianza entre Yahvé  y su pueblo elegido, se recurriría a una especie de Pacto de Acero, para que  Dios  pudiera  reconocer a su amado pueblo: todos los varones deberían  de ahora ofrecer su prepucio a Dio.

 ¿Qué es un prepucio a cambio de tal honor?

Y, entre otras cosas, ¿poder así evitar el peligro de fimosis? Y el buen  Abraham, con una mano firme a pesar de los 99 años,  agarró un cuchillito afiladísimo,  su Victorinox  y...zassss se cortó el prepucio a  sí mismo, lo cortó a Ismael y a todos los hombres del pueblo elegido.

 Y…algo así como hacen los militares: un  Presenten armas, ¡arr!

Bien. Pasará otro poco de tiempo, y Sarah, ahora mamá,  será siempre menos tolerante con lo de las conversaciones intimas de  Abraham con  su bella Agar.
Eh... sí! Porque el conejito Abraham, aun que anciano, seguía impertérrito... Y un buen día la paciente Sara no pudo resistir más  y con el niño en los brazos, le dijo bruscamente a Abraham que  las conversaciones intimas con Agar se habían terminado. Y que no la quería ver más ni a ella ni a su hijo Ismael, el medio negro.
 Eso  y no más.
 Dio la vuelta y se fue a sus cosas.
 Eso fue todo.
Abraham como siempre obediente y temeroso y nunca se sabía si por más miedo a Dios o  a su esposa, le dio a Agar su indemnización por despido, a ella y a su hijo Ismael,  a pesar de que él fuera su primogénito y los echó de la tribu. Le dio pan y agua por un día. ¡Por un día!
 Dicho entre nosotros fue una enorme coño de madrada.
 Y Agar, con su Ismael en su regazo, se fue tristemente a una muerte segura entre los escorpiones  y  las dunas del desierto, llorando su suerte.
Y acá interviene el Corán para ilustrar ciertos detalles de la supervivencia.
El buen Dios, que es el mismo Dios-Yahvé de Abraham, o sea, el mismo Dios  aun que  en versión  musulmana,  el Misericordioso Dios-Allah,   interviene una vez más.
Yahvé, el Dios de Abraham, hablará siempre hebreo; y Allah,  el Dios de Abraham, hablará siempre árabe.
 Este Dios con doble ciudadanía, en algunos casos favoreció a los judíos y en otros a los musulmanes...
 Pero, ¿que pretendemos nosotros los hombres? Si fuimos creados a Su imagen y semejanza, también  Ellos, los Dioses, serán un poco como nosotros, ¿sí o no?
 Entonces, nos dice el Corán que Dios, en la versión musulmana, de Allah,  hizo que en medio del sediento e enfocado desierto   surgiera    una gran fuente de agua cristalina y fresca. Agar e Ismael se salvarán   y desde ese momento Ismael será el iniciador del pueblo árabe,  de las doce tribus de Arabia.
 Las doce tribus de Israel y los doce tribus de Ismael, Judíos y Musulmanes, descendientes ambas de los dos hijos de Abraham, Isaac e Ismael, bien podrán comenzar a destriparse  alegremente entre sí.
 Y todo eso por culpa de un ménage á trois mal digerido. Y una mujer. Y un hombre débil. Y también  culpa de un Dios  romano, Jano, Bifronte, de dos caras.  

Sigue  pasando  el tiempo. Y pasa también para Isaac, el hijo de Sara.  Recordamos  que él había quedado como  el único hijo de su padre Abraham, ya que  la esclava  etíope Agar y su hijo Ismael,  habían sido expulsados del clan para  placar los celos de Sara.
Se produce entonces un acontecimiento extraordinario, que marcará el final definitivo de la utilización de los sacrificios humanos, al menos en Asia Menor. Yahvé pide a Abraham como una prueba más de su  fe absoluta el sacrificio en el Sagrado  Altar del único hijo Isaac
 Abraham  es aterrado. Y aunque aterrado  de pensar lo que le gritará Sara, el debe  acceder a la voluntad divina. Lleva al hijo inocente en el Ara del Sacrificio.   Levanta el cuchillo asesino con el pulso que le tiembla, siente el corazón  explotarse en el pecho,  los ojos se salen de las orbitas...    y en ese preciso momento llega la caballería de John Waine y la mano del ángel se clavará en el pulso que ya caía  cruel e inexorable sobre el cuello del joven, y...evitará el sacrificio humano.
 Yahvé, satisfecho de la prueba de lealtad, se conformará con un delicioso cordero.
E desde entonces nos llegó el buen hábito de comer el cordero.
AGNVS DEI. 

Pasarán otros veinte años y Sarah morirá  en sus  127añitos. Abraham,  con su bella edad de 137 años, es todavía un peregrino, un vagabundo, un sin techo. En la tierra de Canaán seguirá siendo considerado un extranjero de paso. Por eso quiere dar una señal para indicar que quiere establecerse allí. 
 Él quiere  el derecho de residencia, manteniendo su ciudadanía.  Y desea comprar  una tierra en Hebrón, cerca de Jerusalén. Será poco más que una cueva, que se transformará en  cementerio. Pagará 400 monedas de plata en una especie de acto solemne, en presencia de todos los hititas ancianos. El primer pedazo de tierra en Palestina para Abraham  y sus descendientes.
 Generalmente la Patria se consigue con heroísmos, se conquista y se defiende con la espada, aun con asesinatos  y  se alimenta con fanfarrias  y fanatismos...
 Pero  Abraham,  es poco más que un beduino,  solamente un comerciante para no decir vendedor ambulante. Pero astuto. Sabía lo que hacía. Por eso la había comprado legalmente.
Después de esto  el buen  Padre Abraham comenzó a preocuparse por conseguir una esposa conveniente para su hijo Isaac,  que a fin de cuentas, debe de haber estado rozando ya  los cincuenta.
 No podía ser una filistea cualquiera, sino de buena estirpe. Y Rebecca fue la elegida,  sobrina de su tío Najor. La tradición dice que Rebecca, joven virgen, cuando vio de lejos al hombre con el que había sido prometida,  se quedó tan emocionada (no se sabe si porque era bello o feo) que se desplomó del camello. Rebecca será la novia que después de veinte años de matrimonio, finalmente  tuvo un parto. El primero y único.
 Pero de ese parto no nació un hijo.
 Fue un parto doble.  Nacieron dos nenes.
Y serán  Jacob y Esaú.
Jacobo el futuro Israel. Y Esaú el de las lentejas,

Mientras tanto  Abraham  habrá llegado a sus 160 años. ¿Vejestorio? ¡No! El todavía con ánimos y energías, viudo desde hace  tiempo, después de llorar Sarah de acuerdo con las tradiciones, en un cierto momento se había casado de nuevo y con una tal  Cetura. Pero seguía solazándose  también  con varias otras  concubinas,  ya que Cetura no era tan exclusivista como Sarah.   Y le nacieron hijos  aquí y allá.
 Pero aquel viejo  mandril de  Abraham también era  hombre cauto y envió a todos estos hijos de  última hora a vivir muy lejos, en Arabia, a fin de no distraer la atención de su destino fatal al súper- candidato  Jacob-Israel.
 Y finalmente también murió el  Padre Abraham, venerado por los Judíos, en un primer tiempo, y luego también por los Cristianos y por último, seis siglos más tarde, en  los tiempos de  Muhammad, Mahoma,  también por los Musulmanes.
 Así que  judíos, cristianos y musulmanes, en el nombre de Jehová, de la Cruz y  de  Allah seguirán  a despanzurrarse  los unos a los otros.  Y  todos  descendientes de Abraham.
Luego, con el tiempo, llegará un cierto San Agustín,  de Hipona, medio Romano y medio Berebere, gran filósofo de la Patrística,  para explicar al grey, con su sabiduría,  que los judíos son solamente descendientes carnales de Abraham, pero que los verdaderos hijos de Abraham son únicamente los cristianos. Y dijo que así lo quiso Dios.  Así dijo y así lo escribió.  Y los cristianos desde entonces comenzaron a mirar con más y justificada  antipatía a los  renegados judíos,  ya que no eran descendientes reales de Abraham. Y  trescientos años después de San Agustín, al llegar a la  escena    el Profeta Mahoma  y el triunfo del Islam, alrededor del año 600,  siglo y medio después de la caída de Roma,  todos estos antiguos personajes bíblicos personajes recibirán  la  ciudadanía islámica póstuma,  con efecto retroactivo. O sea aun bastante antes de que   apareciera  el  Islamismo.
Y el Islam  nos dice  que el hijo que Abraham estuvo a punto de sacrificar no era Isaac sino el buen musulmán de Ismael,  y el ángel  que llegó a tiempo para detener la mano del obediente Abraham fue enviado por Allah, el Misericordioso.
Pero esto es otra historia.
 Por lo tanto, en la cueva de Macpela, en Hebrón, y de acuerdo con la tradición judía, y luego también la cristiana,  y parece que también musulmana, puedan descansar más o menos en paz el padre Abraham, Sarah, Isaac, Rebeca y Jacob (Israel), con Raquel y Lea, una a cada lado.
 Y después de todo eso yo no entendí  bien si eran hebreos, cristianos o musulmanes.
Pero, en fin de cuentas, quizás ya eso no importe