25 jul. 2011

La Fuyuta ( La Huida) 2/4


Mi Abuela Yeye,
                    Doña Clementina Berardi. 




Finales del '8oo, primeros del '900


                                                                    ***

“ Donna Clementina…Permettete! Doñita… “
 Por allá, hace tiempo... en el Castillo de Sermoneta, la fantesca parecía alarmada e nerviosa, casi suplicaba a  la joven Clementina, la hija mayor del Administrador de los príncipes Caetani,  . “S`appurasse… Vostra señoria…Venite Venite… Oh, Jesús, como son bellos ¡!”
Y  la fantesca,  la campesinita con función de todera, de hacer de todo,  daba saltitos de emoción al lado de la bífora, la elegante y antigua ventana para ver, sin ser vista   algo que estaba sucediendo abajo, en el patio del Castillo.
Doñita  dejó el arcolaio. Con menos efervescencia pero con cierta curiosidad, se acercó a la ventana de su “camera pinta” (habitación con frescos en las paredes), dando un vistazo de control  a tres de sus hermanitos que ella estaba cuidando en la misma habitación. Tenía 21 años, Doña Clementina. Doñita, como le decían cariñosamente.
Su mamá, Doña Emilia,  de la noble familia de los Monaldi,   se había muerto dos años antes, dejando marido. el Administrador,  y siete hijos.  Su hija mayor Clementina, la Doñita,   cuidaba como una mamá  de sus seis hermanitos menores. Era de notable belleza,  producida por las mezclas de los mejores grupos germánicos y latinos que se sucedieron en la zona. Muy pocas veces había salido del Castillo y nunca más allá de Sermoneta, del pueblo,  del burgo, feudo propiedad de los Principes Caetani o de los Borjas, según los vaivenes  del intercambio de poderes. Pero los amos   no  tenían influencia alguna , de facto,sobre los  habitantes del pueblo;  y no la  tenían  porque  los príncipes, amos y patrones, entre los cuales apareció inclusive  la figura misteriosa de Lucrecia Borja,  hija  y amante del Papa Innocenzo  VI,  hacían su vida en Roma en la Corte Papal; o donde los enviaba la política del papa de turno. Pero  quizás no más de una o dos veces en sus vidas habían ido a ver  lo que era y lo quw sucedía en Semoneta. 
Quien estaba en Sermoneta, quien  decidía y mandaba en el burgo era  prácticamente el Administrador.  Y será ese señor que, aun  con títulos diferentes en el curso de los siglos,  administrará las tierras y rentas de Sermoneta, del Castillo, y de las demás propiedades  del feudo.  Y  siempre las administrará para provecho suyo personal, de los  príncipes y del pueblo;   en este riguroso y tradicional orden de preferencias.  De facto era el que mandaba. Para el pueblo  o inclusive para los castellanos sermonetanos,  el Príncipe estaba más lejos que Dios,  como una  Entidad Superior Indefinida.
Clementina, la Doñita,  la hija del administrador era una muchacha muy despierta e ignorantísima. El concepto de cultura no existía. Su “cultura” era la que con prudente parsimonia suministraba el sacerdote confesor; y la que derivaba de ciertos conocimientos muy inciertos y contradictorios sobre personaje más o menos mitológicos,  como en los frescos que  decoraban  algunas de las habitaciones residenciales:  las que se llamaban le Camere Pinte.  En unas de esas  habitaciones, las habitaciones "nobles", vivía Doña Clementina, la Doñita, viendo  imágenes de Arcadia,  y episodios fuera del tiempo, pero que aparentemente  producían cierto interés romántico en las jóvenes que  a través de los años demoraban en esas "camere pinte".  Y si es cierto que el hombre es el único animal soñador, es también cierto que quien sueña mas es la persona joven, todavía no decepcionada de la vida. Y sueña mucho mas el sexo femenino, para el cual “salir del burgo” era algo absolutamente impensable: justamente un sueño. La persona se quedaba  prácticamente encerrada en una prisión; sin saber de estar encerrada en una prisión.
Ah,”  exclamó Doñita  mirando hacia abajo, a través de la  bífora defendida con rejas “Deben ser esas personas  que vienen de  afuera   llamadas  por los amos y  que parece estarán por aquí un tiempo para ordenar ciertos caminos, reparar algo de la vía que conduce hacia Roma… Y hacer mantenimiento, reforzar  ciertas  alas del Castillo que necesitan reparación. Algo de eso me dijo mi papà. Y me recomendó de tener cuidado. No familiarizar. Son extranjeros”.  Se veía el ir y venir de ese  personal de afuera de la zona. No eran campesinos, inclusive era difícil entender lo que decían.
“La verdad es que son bellos jóvenes,” admitió  Doñita Clementina dirigiéndose más a si misma que a la  fantesca; y seguramente se le  subió algo de color en las mejillas. Nadie  estaba acostumbrado a ver personas de otros  paises. Otros paises era el mundo. Para ellos podría ser Roma, a cien kilómetros; como  podría ser Francia o España. Esos tipos  no eran de Sermoneta. Pero con los días  se  comenzó una tímida convivencia  con esas  personas  diferentes;  sea escuchando sus raras manera de hablar, como tratando de comunicarse  y viendo su manera de vestirse. Y  los del Castillo se dieron cuenta de que había otras maneras de ser, de existir.
Doñita, en compañía de la fantesca que ni estaba en la piel por la emoción, se atrevió a salir del recinto de sus habitaciones, para ir a ver lo que sucedía en  otras áreas del Castillo.
Y vio. Vio otras caras, Otra gente. Vio e intuyó otras costumbres y de repente se dio cuenta de las cadenas invisibles que la tenían amarrada entre los muros del Castillo. Y percibió otras miradas menos sumisas; otra manera de ser mirada. Vio otras sonrisas.  Por primera vez vio la espalda desnuda al sol de los hombres jóvenes que trabajaran allí.  Sí, claro, también los campesinos  en Sermoneta labraban la  tierra con espaldas desnudas. Pero  eran nada más que campesinos, no eran hombres, según su percepción y costumbre y  nunca les había hecho caso. Era como ver parir a una yegua o a un toro montar a una vaca. Esas cosas las había visto, claro, pero formaban parte de la normalidad. Pero estos de ahora, los nuevos, los de afuera, estos eran diferentes. 
Y se le quedó grabada la mirada  de uno de los nuevos. Una mirada penetrante intensa, de unos ojos  brillantes, con algo de ironía; y una sonrisa al principio casi tímida que pero iba agarrando de claridad  y mostraba unos  dientes bellísimos, blancos que iluminaban  su cara.     Ese señor se había agachado, había recogido un ramito de flor de ginestro y se lo ofreció con una sonrisa a Doñita Clementina.  Ella se había quedado paralizada.  Era algo nuevo para ella. No estaba previsto. Por fin alargo' su brazo,  recibió la flor, no supo decir nada.  Instintivamente se cubrió mas los hombros con su challe.  Regresó  de inmediato  y emocionda  a sus Camere Pinte. stanze  pittate . Y en los diez días siguientes nunca se atrevió a salir de su habitación.  Pero constantemente se sentía atraída por el imán de la bífora, para ver…para ver ...para ver  qué?
 Lo que lograba ver, allá abajo, y mirando hacia arriba, era una sonrisa cautivadora y unos ojos brillantes. La misma sonrisa cautivadora y los mismos ojos brillantes que hace tanto tiempo habían cautivado la Duquesa de Alcalá. Y eran los mismos ojos del tataratataratatarabuelo Marco Berardi.
Y un buen día la Doñita se olvidó del padre  y de los hermanos. Puso apenas un pié fuera del castillo.
Nunca más regresó.
Se transformará en Donna Clementina Berardi.
Mi Abuela materna Yeye.

                           *****




16 jul. 2011

Benjamin Fallecio'

SHALOM   BENJAMIN


Fernando A., el director del geriátrico   donde “viví” dos años,   en un muy escueto email   ayer me comunicó exactamente eso: Aldo, espero que estés bien. Nuestro amigo Benjamín falleció.
 Quedé  impactado. No por la forma de comunicarme el evento: al fin Fernando ha sido gentil, no tenía ninguna obligación  de informarme ni tampoco puedo pretender una oración fúnebre. 
 Eso de la forma de aprender la noticia es lo de menos. 
 Lo que me impactó fue la noticia en sí.
¿Quién es Benjamín? Mejor dicho, ¿quien fue entonces?  Lo he conocido hace año y medio solamente. No es amigo de toda la vida. Sin embargo…
 Lo conocí el mismo día y momento  que ingresó al Residencial. Venía acompañado por su hijo adoptivo y la mama de él. El hijo, hombre inteligente,  dedicado a empresas o actividades seguramente lucrativas, empresario de mirada despierta; la mamá típica señora hebreas de centro Europa,  vestida con cierta  vistosidad, prendas de marca, sumamente parlanchina pero también de buen corazón. Los dos acompañaban a Benjamín.
No sé porque se acercaron a mí. Yo era,  y así debía de ser, para ellos, uno más de los residentes.  Uno más de los viejitos,  o adultos mayores, como eufemísticamente ahora se los define.  Me había limitado  a una especie de bienvenida a palabras, con la probable exuberancia que casi siempre me caracteriza.  Pero quizás eso fue suficiente para que, en cierto sentido, se aferraran a mí. “Lo dejamos en sus manos”, fue lo que me dijo Sergio, el hijo.  Quizás captó cierta ternura en mí al dirigirme a Benjamín, ese viejito hebreo   que se sostenía a duras penas sombre piernitas débiles,  y de mirada ausente. No sé porque me pidió eso. Por supuesto no tenía yo ninguna obligación de hacerme cargo de nadie. Pero sentí como  si hubiera lugar una investidura.
 Y en adelante Benjamín se sentaba  a mi mesa. A una de las  mesas donde en cuatro o cinco  personas, los Residentes toman su desayuno, merienda, almuerzo, cena. La mesa la compartimos inicialmente, Benjamín y yo, con otras dos persona: una señora inglesa, muy British, ex nurse de guerra, muy tradicionalista, autoritaria, fanática en su admiración a Churchill y a todo lo inglés, muy probablemente dominante con el marido y  con los hijos, sin signos aparentes de debilidad mental; me recordaba a Mary Poppins, pero siempre le tuve  una inexplicable simpatía. La otra señora de  ascendencia escocesa, nacida ocasionalmente en la Argentina,  dulcemente desmemoriada por el alzhéimer,  encantadora sonrisa y ojos celestes. Ambas en los 80: todos en realidad en los 80.
Benjamin es oriundo de Rumania. De la Valaquia, o por allí. Tuvo un padre que entendí debía de ser Rabino, o de todas maneras muy tradicionalista y por el cual  Benjamín manifestaba  en los recuerdo una gran admiración. Por lo que entendí de sus conversaciones -- que en realidad eran recuerdos  muy nebulosos,  a veces  contradictorios, inciertos, con relatos repetidos de los eventos que deben haberlo traumatizado,-- su familia entera pereció con los acontecimientos de la segunda guerra.  No debe de haber sido fácil para un judío mantenerse con vida en aquellas épocas. Primero los Fascistas de Rumania y Hungría, después los Nazis Alemanes, después los Soviéticos. Pero el joven Benjamín tuvo un padre, me contaba, que además del yiddish le había enseñado a hablar alemán perfectamente;  y era rubio,  el joven Benjamín, ojos celestes, dominaba al  alemán, posiblemente lo consideraron  alemán de pura raza aria, y no  una escoria judía. Y se salvó. Era mecánico.  Profesión de utilidad en cualquier sociedad, civil o militar.  Quizás colaboró con los Alemanes. A la llegada de los Soviéticos libertadores, prefirió liberarse por su cuenta, y de alguna manera llegó a Italia, a Milán, donde evidentemente con la típica laboriosidad y capacidad de adaptación  de muchos hebreos, y seguramente ayudado por Organizaciones Sionistas,  se transformó en empleado o propietario  de camiones para el transporte, en las condiciones que podemos imaginar, de hebreos sobreviviente de toda Europa con destino hasta el puerto de Génova,  para sus rocambolescos embarques   para Israel o América. Pero Benjamín nunca quiso contarme bien a mí detalles sobre esos momentos de su vida. Solamente una vez me comentó que ganaba bien y hacia negocios. Negocios ¿de qué?  ¿Contrabando de cigarrillos?  Quizás no quería decirme,  quizás no quería recordar mucho, inclusive posible que de verdad no recordara. O que se confundiera. Pero yo quería saber.  ¿Porque quería saber? No era simple curiosidad.  Yo viví esa época. Yo tenía  15/16 años cuando él estaba  en sus 20.   Pero  vivía, en aquel entonces,  del otro lado de los acontecimientos.   Había crecido en la Italia de Mussolini  y con sus ideologías.  La propaganda nazi antijudía nos había martillado.  Y  Benjamín, después de tantos años, después de más de 60 años, fue el primer hebreo col el cual podría tener  contactos de conversaciones.  ¿En un Geriátrico? ¿Al  final de la vida? No importa. Mejor tarde que nunca. Además  nunca me sentí ni me siento al final de nada.  Quería saber.
 Obvio que  tenía  un sentido de culpa. La culpa del europeo, en mi caso,  que aun sin haber cometido personalmente actos  antisemitas, sin embargo tampoco actuó de forma generosa para la defensa de personas en dificultades. Tampoco se me presentó la oportunidad; y esto debo decirlo para ser justo con migo mismo. Había  indiferencia, en fin.  Problemas de otras personas, de otra gente, de otras   naciones,  otra religión, otras razas, se decía y me decían.  Para que tendría que meterme? Y, ¿meterme en qué? Tampoco se sabía  mucho, y de nada. Una vez, en una estación segundaria  de Roma, vi un par vagones bien cerrados y cargados de personas. ¿Con destinos a Alemania? Para trabajar en las industrias de guerra. Desempleados, vagos, se decía. Yo tenía 15 años y como  todo estudiante entonces tenía mi carnet de Estudiante. Lo publiqué ya en uno de mis post anteriores a este. No debía de temer, teóricamente,  las famosas razias de los alemanes.  En tiempos de  guerras, cada uno piensa más en sí mismo, en salvarse y, cuando mucho, en salvar a su  tribu. Se es mucho más egoístas que en los supuestos tiempos de paz,  cuando a veces  podemos permitirnos algún acto de solidaridad humana, aun que muchas veces sea, como hoy en día, con fines de propaganda política.
Y quería saber. Ahora, hablando con él, con el compañero de mesa en un Geriatrico , el judío  de Rumania, con Benjamín, ahora quería saber; quería saber lo que le paso' y como se salvo'. Pero la memoria de Benjamín tenía muchas fallas. Y muchas de mis preguntas se quedaron en el aire.  Sea como fuera,  siempre sentí ternura por ese viejito. Pequeño, frágil, que cada semana se agregaba años a su edad. Quería llegar a los 120. El no sabía porque, pero tenía ese número clavado en su mente ya débil.  Porque los 120 años para los judíos es  la edad del privilegiado,  es la edad de Moisés. Moisés llego a los 120 años. Y todavía hoy entre hebreos a veces el augurio es: Pueda    tú vivir hasta los 120 años.  La mayoría hoy en día ni sabe el porqué de ese numero.
Y me daba ternura ese viejito judío de Valaquia, que ni recordaba cuantos idiomas hablaba, y confundía italiano con inglés, con rumano,  con húngaro, con yiddish, con español.   Ese idioma español que a pesar de los  más de 50 años en Uruguay todavía hablaba con el fuerte acento de su folclórico potpurrí de idiomas de centro Europa.   Y me daba ternura ese viejito que  mesclaba la sopa con el primer plato, o sea, vertía la sopa en su primer plato con gran escándalo y mirada de asombro y reproche de Dorothy, que invariablemente cada vez me miraba a mí y me decía: Oh ¡My God, I never saw that before. Y trataba con tenacidad de ordenarles los cubiertos en la mesa a Benjamin según el esquema correcto, el ingles, por supuesto; y él, Benjamín invariablemente, pacientemente, sin decir palabras volvía a poner los cubiertos todos reunidos al lado izquierdo de su plato.  Y otras veces, el pobre Benjamín que tenia evidentemente problemas con sus dientes postizos, sacaba y metía la dentadura para acomodarla mejor y a veces inclusive la lavaba en su vaso, y una vez, por error, la metió en el mío! siempre me pregunté qué habría pasado si la hubiese metido, la dentadura ,en el vaso de Dorothy: el mayor ultraje al Imperio Británico.
Pero también es cierto que cuando Benjamín  recibía  cajitas de biscochos o chocolatines de sus familiares,  el se levantaba  en  sus piernas débiles, y sin decir una palabra, casi sin sonrisa, como un  acto de deferencia debido, incomprensible, el agarraba esos bizcochitos, esos chocolatines  y empezaba a ofrecerlos   absolutamente a todos los demás, residentes  o empleados o   enfermeras o cualquier  personal  que fuera presente.  Un acto sencillo de generosidad. De una generosidad  que nunca vi en ningún otro Residente.  También los otros recibían dulcitos de sus  raras visitas que buscaban,  con el regalito del dulce, quizás algo de perdón. También los otros  a veces ofrecían algo de lo que recibían,  pero en manera selectiva a las dos o tres personas  que según ellos se lo merecía. Benjamín no.  Benjamín no  hacia distinciones.  Y era el viejo patriarca  que distribuía a todos sin distinción.
Me daba ternura. ¿Era eso el egoísmo del judío? ¿Esa  la falta de generosidad del judío de la cual se me hablaba en mi adolescencia?
 Lo comenté. Lo comenté una vez, al ver las señoras de habla inglesa reunidas en partidos de bridge, que cuidaban los dulcitos que mordisqueaban  en su tradicional  tea time; y los que sobraban se los llevaban pulcramente envueltos en papelitos elegantes.    
Shalom, Benjamín. Por allá te arreglaran tu dentadura postiza.



12 jul. 2011

Marco Berardi, el Rey Marcone 1/4


El Gran Ancestro, bandido, brigante y enamorado

Su’ Calabrisi e Calabrisi sugnu, su’ canusciutu pe’ tuttu lu Regnu, tandu nemicu miu, tandu m’arrendu, quandu la testa mia sàgghja a la ‘ntinna    
(Soy Calabrés, conocido en todo el Reino. Me    rendiré solamente     cuando mi cabeza termine sobre un palo)
                   ***
1/3



Ese ¿era el tataraataratataratataraabuelo, mama?”
 “Si, Aldino”.
Está muy viejo entonces  ¿verdad mama’ ?”
 “Mucho más que muy viejo, Aldino.  Tan viejo que ya se  murió; Y hace muuuuuchsisimo tiempo”.
“ Ah ¿cómo cuanto tiempo? ¿   Como cuanto la Nonna Yeye?
“No, Aldino. Muchísimo antes.  Fue hace, como decirte,  fue como cuatro veces cien años.
“Ah…  y  mamá  ¿cuánto son cien años”
“Bueno Aldino, cien años son como  el nonno…pero un   poco mas.”
“ Ay, Mamá, pero me contarás de éste Tataratatara tatarabuelo  que es como cuatro abuelos?”
”Si, Aldino,  te  voy a contar. Un tiempo, hace muchos años, en Italia, en el sur, no estaba Italia… Estaba España. Y había  un  Virrey.”
 “Que es un virrey?”
 “Ay, Aldino un virrey es  casi como un rey, pero que manda cuando no está el Rey y manda  lo que quiere. Entonces en esa Italia que era España, estaba un Virrey, español…”
“Ah como Franco?”
“Bueno, tanto como Franco no, pero casi. Entones un día ese virrey que era el jefe, quiso casarse con una muy bella muchacha de Calabria”.
“¿Que es Calabria mamá?”
“Aldino, ¿te acuerdas la maestra cuando dijo que con la punta de la bota de Italia, Mussolini le daría patada a los ingleses?”
 “Ah… si claro... claro que lo se… lo dijo  la maestra y hasta  había un  cuadro de Italia  un poco raro…”
 “Una caricatura”
“Si, bueno, mamá, una caricatura donde se veía eso. Entonces? “
“Entonces la punta de la bota es Calabria, lo que se llama Calabria
Ah,  y con  esa punta de la bota siempre  damos patadas?”
“Si Aldino, si.  Y los de Calabria son tipos muy fuertes y muy duros para  poder dar patadas “.
“Fuertes como il nonno Paolo Francesco?”                                     
Exacto Aldino, veo que lo  recuerdas bien. Entones  a ese virrey de España que era Italia, le gustaba una chica de Calabria y se casó con ella. El era un poco feo y viejo pero ella era muy bella. Bellísima.  Con grandes ojos negros brillantes y cabellos negros ondulado. Y sonreía muy lindo….
 “¿Era como tú, mama?”
“ Jajajaja Aldino… más o menos…si… Tu mamá de muchacha era así. Entonces esa muchacha de Calabria se casó con el virrey… pero no lo quería. Pero sus papas la obligaron.  Y se casó. Y pasaron uno, dos o tres años. La muchacha que ahora la llamaban  la Duquesa de Alcalá,  estaba muy triste. Y un día, caminando con la carroza…
“Ah sí, con las carroza como la de Tontolomeo?”
No, Aldino, esta de Tontolomeo es una carroza de alquiler que está al final de vía Sívori a Génova donde    ahora vive la nonna Yeye.  Pero esa carroza era  una Señora Carroza muy de lujo bella, elegante, con dos caballos y en la puerta el escudo del Duque.  Y la  duquesa  paseaba en la carroza y  a veces visitaba a las personas pobres y les regalaba siempre algo.”
Ah mamá,  era  buena entonces”
     “Si, Aldino,  era muy  buena. Pero estaba siempre triste. Y un día, déjame que te diga, paseando con la carroza, de repente vio a alguien en la calle que la miraba, la miraba, la miraba. Era un hombre joven,  vestido de pobre pero muy bello.”
 “Bello como el  tío bersagliere,  mama?”
 “Más o  menos si, Aldino, así de bello, con ojos muy brillantes y una sonrisa que iluminaba la cara; y se veía que tenía un porte de persona que manda pero estaba vestido mal. Se veía que no era un noble, pero era muy bello. Y esa sonrisa y esa mirada. Yo espero Aldino que tú las sigas teniendo de grande, como la tiene también el tío Bersagliere y como la tenía  ese tataratataratatarabuelo…La mirada y la sonrisa, Aldino. Bueno. Esa duquesa  lo vio, al tataratataratataabuelo y se  quedaron mirándose un buen rato. Y se enamoraron.”
“Y ¿se casaron, mama?”
“No, Aldino, no podían casarse… Y  mi mamá, tu abuela Yeye, me dijo que la duquesa  no podía casare, primero porque estaba ya casada con el virrey. Y si una mujer está casada con su marido, no puede estar casada con otro marido, te parece, Aldino? Los niños tendrían dos papás, y eso no se puede, te parece?”
“Si, mama, me parece”.
 “E además porque  ese hombre, aunque fuera bello y se pareciera al tío bersagliere, no era noble. Era una persona  del pueblo. Y esas cosas no se podían hacer. Cada uno se casaba con la persona como uno. Pero también ese hombre joven  se había enamorado. “
“Como se llamaba mama?”
“Se llamaba Marco Berardi, y  después le decían Rey Marcone.”
 “¿Berardi? ¿Como el abuelo?
“Exacto,  Aldino, porque ese hombre joven y bello, era tataratataratataratataraabuelo del abuelo y se llamaban igual…  pero, pero…¿sabes? ¡Era un bandido! Le decían  también brigante.”
 “Ah ¿bandido? ¿De  de esos  que roban y matan?”
“Aldino, no todos los  bandidos son iguales. No todos los que busca la policía son gente mala. De grande espero que aprendas eso.  Él era un bandido bueno, como  Robin Hood.  Te acuerdas Aldino que un día  te conté de ese Robin Hood?”
“Ah si Robinú?  Lo se.  Era también un bandido  porque la policía lo buscaba. Pero no era malo, verdad?”
“No, Aldino, Robin Hood no era malo. Era mala la policía del hermano malo del rey de Inglaterra y él se le escondía.  Así como hacia ese tatatatatarabuelo tuyo  que  se escondía  de la policía española en las montañas en medio de los árboles y de los lobos. Y vivía así solo. Poco a poco le llegaron amigos, comenzaron a ser un poco tantos y comenzaron a llamarlo Rey Marcone. Y ¿sabes que hacían?”
“¿Que hacían  mama?”
“Ese tatatataratabuelo tuyo  con sus amigos que   él  los mandaba,  se escondía en el bosque y cuando pasaba una carroza de los ricos españoles, él la asaltaba y le robaba todo el oro y la plata que tenían.
 Y el oro que conseguía se lo daba después a los pobres, Pero al virrey que era el Duque de Alcalá, no le importaba tanto lo que sucedía en  el campo, con los campesinos. El estaba en Nápoles, divirtiéndose y que no lo molestaran. Pero un día un   cura español jesuita  que era el  confesor de la Duquesa, le dijo  que su esposa,  la duquesa, se había  enamorado del bandido Marco Berardi y que a veces ella iba a escondidas para encontrarse con el bandido   y darse besitos.”
“ Ah se querían mucho, mama?”
“Si, se querían  mucho.  Pero cuando se lo dijeron al Virrey, se puso furioso de rabia,  se puso todo amarillo, decía su médico,  y los mandó a buscar.  Mandó todo el ejército para que no se escaparan. Pero  se habían dado tantos besitos que se habían dormido los dos. Y llegó la  policía española y los soldados les pusieron cadenas. A la esposa el Duque  no la quiso ni ver y la mandó a  un convento. A  él lo metieron preso con tantas cadenas.  Y  lo dejaron casi sin comer por mucho tiempo, Y cuando ya estaba medio muerto de hambre, lo mataron completo. Aldino, a ese tatatatatarabueno tuyo nunca  nadie lo pudo meter preso. Pero  lo metieron  preso porque se había enamorado de quien no debía”
“ Y tú, mamá, te enamoraste de papá?  Y  ¿debías?”
 Mamá  se rio´.
“Si, Aldino. Podía y me enamoré. Y después de tantos   besitos naciste tú.”
                                                                                       
                                                                                  ******

Y pasaron tantos años, y Aldino tanto creció  y tanto maduró que se puso  casi podrido de tanto madurar.  Pero antes de caerse  por podrido completo, quiso repetir  lo que supo  de una viejísima hermana de su abuelo, la tía Maria Berardi Trenta.   Que al pobre tataratataratatarabuelo no solamente  lo metieron preso con tan poca comida   que casi se murió de hambre. Sino que además lo sometieron al “tormento”, como se decía entonces, o sea a las torturas que la Santisima Inquisicion, ordenaba a sus condenados;  pero siempre “Ad maiorem Dei Gloriam” Y al tataratataratatarabuelo le ordenaron  el  “tormento de las 25 semanas”.
 Cada semana le quitaban algo.  Diez semanas para quitarle los dedos de las manos, un dedo por semana. Otras diez semanas para quitarle  los dedos de los pies, uno por semana. . Otras tres semanas para quitarles las orejas y la nariz.  A la semana 24 le quitaban los genitales completos: le practicaron la  castración de los testículos y la amputación  del pene. Y en la semana 25, le concedieron la gracia de cortarle la cabeza. 
 Y todas esas "cosas" amputadas la metieron  en un  vaso grande de vidrio con alcohol  y se lo mandaron a la Duquesa en el Convento.

                                                                         ******

5 jul. 2011

Mi primita Carla

(1935-1939)

Y un día mamá me dijo:
“Aldino, dentro de pocos días vamos a Roma. Papá ahora es más importante y vamos a vivir a Roma. Vamos a saludar a los compañeritos y a la señora maestra.”
Compañeritos no había tantos. Mamá no quería que estuviera mucho con ellos porque aprendía las groserías. Mamá siempre me venía a buscar a la escuela. Papá casi siempre me acompañaba por la mañana, pero no siempre porque a veces no podía porque trabajaba mucho. En el Banco y en la Confederación. En la casa yo jugaba con mi primita Carla. Carla era muy linda. Un poco más pequeña que yo. Claro, yo era varón y ella solamente niñita. Pero era muy linda. Claro, no como la tía Edwigis porque era niña y todavía no le había crecido mucho el cabello. También Carla era rubia, mi mamá decía que porque en la familia de papá eran de los Alpes, del norte, que eran austríacos. También la tía Irma era rubia, pero era fea pobrecita, y pequeñita. Yo no era rubio y mamá tampoco y me dijo que yo era más de la familia de mamá que eran del sur. Con el cabello bello negro y los ojos que brillan. Yo fui a verme al espejo pero no me brillaban tanto. Tampoco a Carla porque los tenía celestes. Pero era linda, Carla y tenía los bucles como esa chica que también me gustaba mucho a mí, pero la vi solamente en el cine, una vez que mamá me llevó. Se llamaba chirlitemple, pero no era italiana. Me dijo Carla que de grandes nos casaríamos. Pero un día se había ido a Roma, antes que yo. Y casi me había olvidado de ella. No tenía más con quien jugar. A veces jugaba un poco con la tía Irma, pero ella tenía sabañones. No sabía lo que eran porque nunca los vi. Pero la tía Irma me enseñó a cantar canciones que ella cantaba cuando estaba en el colegio de las monjas, en Friuli. Dindine Dindone. Ella decía que no era italiano. Pero tuvo que escaparse cuando llegaron los Krauti (los austríacos), porque los Krauti se comían a los niños. Pero a ella no se la comieron porque hablaban casi igual y era rubia como ellos. Pero cuando mamá me dijo que iríamos a Roma, estaba contento. Así podía jugar otra vez con Carla. En el tren se viajaba de noche, y cuando uno se despierta es que ha llegado a Roma. Mamá había nacido en Roma, pero antes. Y mamá hablaba como los romanos, pero también sabía hablar como los de Génova y también como los de papá. Yo no. Yo no los entendía. Yo los entendía solo cuando hablaban normal. Y los de papá se reían y me decían que yo era casi africano. A papá los de Roma no le gustaban tanto, y tampoco los de Nápoles. Por eso papá nunca comía espaguetis. Decía que eran cosas de napolitanos. El comía el risotto. Y la polenta. Pero papá tenía un poco razón. Una vez fuimos a Nápoles y vi los napolitanos que comían espaguetis con las manos. Pero cuando viajamos en el tren mamá me dijo que me acostara como si estuviera en la cama así nadie se metía en nuestro compartimiento. Pero yo quería ver a la gente. Las estaciones tenían un olor raro y todos silbaban. Así que se subió con nosotros un señor muy feo y gordo. Y fumaba pipa, y a mí me daba tos. Mamá se lo dijo. Pero el señor no dijo nada. Y fumaba siempre. Entonces mamá me dijo espera, y salió y regresó después con un soldado de esos con la camisa negra. Y le dijo al señor que fuera a otro compartimiento. Y el señor se fue de inmediato.
Me puse a dormir pero pensaba en la maestra. Cuando fui a saludarla porque partía, le di un beso. Ella lloró. Nunca había visto llorar a una maestra. Ellas lloran sin ruido. Me abrazó mucho, me dijo algo que no entendí bien pero después mamá me dijo que ella había dicho que nunca se olvidaría de mí. Que cuando estuviera en Roma, estaría con gente importante. Pero que aun cuando después yo fuera grande, “aunque fuera un gran jerarca, ella siempre recordaría mi cara de muchacho”. Yo no sabía qué era un Jerarca. Tampoco lo sabía bien mamá. Papá nos dijo que Jerarca es un jefe grande de las camisas negras.
¿Cómo Mussolini?, le pregunté a mamá.
Mamá se rió y me abrazó.
“No, como Mussolini no; imposible ser como Mussolini, pero serás importante... casi como Mussolini!”
Así me dijo mamá.
Bueno, pero después llegamos a Roma. Roma es como Génova con tanta gente y tantos tranvías. Pero no hay tantas escaleras. Casi no hay. Y en casi todas las calles hay fuentes de agua. Agua fresquísima aun en verano y las fuentes siempre tienen agua y nunca cierran el grifo. No hay grifo. Metes la mano y ya.
Pero Carla no estaba. Vivía cerca de nosotros con su mamá y su papá pero no estaba con nosotros en la misma casa. Yo la veía a ella desde la terraza. Nosotros teníamos dos terrazas grandes. Y la veía, a Carla a veces, me saludaba pero nada más. La gente grita mucho en Roma. En Génova no grita nadie. En Roma sí. Mamá me llevó una vez al mercado, y allí gritaban todos muchísimo. Creía que estaban peleándose, pero no. Gritaban tomate tomate tomate y eso.
La tía Irma decía que los romanos eran muy gritones y malcriados porque una vez se estaba subiendo a un tranvía y la tía Irma no podía subir muy rápido y un romano le gritó:
 “¡Dale! ¡Mueva ese culo gordo!”
 Y culo no se dice. Es una grosería. Pero el romano lo dijo, y le metió una mano detrás de la tía Irma para empujarla adentro en el tranvía. La tía Irma gritó. Y todo el mundo se rió. Y yo también. Y la tía me dio una bofetada. Me avergoncé mucho. No debía reír. Pero ese romano me hacía reír diciendo esas groserías. Pero el sábado en la tarde ibamos a  la escuela vestido de Baillla y  todo íbamos a marchar. A mí me gustaba marchar. Y hasta me dieron un tambor y yo tocaba adelante de todos con mi tambor. Yo y dos “balillas” más.
 Así que éramos tres delante de todos, pero estaba también el tipo con el mazo alto que lo llevaba en alto (StabFüherer), pero no era my bueno porque el bastón siempre se le caía. Pero entonces ya no era Hijo de la loba sino Balilla. ¡Y además me habían hecho cabo!  ¡Y tenía un Medallón del Duce en el pecho! En la calle, marchando, cantábamos las canciones contra los negros malos que ya los habíamos matado a todos. Pero faltaban todavía los ingleses, que eran todos feos y con los dientes largos y amarillos. Pero nos ayudaban los alemanes, que eran los camaradas. Eran bellos, los alemanes. Más altos que nosotros, y casi todos rubios. En las estaciones de ferrocarriles, cuando llegaba un tren con soldados alemanes, ellos salían del vagón y se desnudaban y se lavaban con el agua de las calderas de las locomotoras. Nuestros soldados, no. No podían lavarse. Mamá decía pobrecitos con ese calor ni una ducha. Pero una vez me dijo que los alemanes tenían que lavarse mucho porque eran muy sucios y olían mal y tenían mucha suciedad que quitarse. Aprendimos a cantar una linda canción, se llamaba Lili Marlin, de una muchacha alemana enamorada de un  soldado alemán. Las chicas siempre se enamoran porque nunca tienen otras cosas que hacer. Yo pensaba en Carla, pero Carla ya era grandecita, y ya no pensaba tanto en mí.


Pero otro día papá quiso ir a vivir a otra parte de Roma. Era un apartamento muy bello. Se decía ático, penthouse. De allá se veía toda Roma. Bueno, no toda pero casi. Y había un ascensor. Nunca me había montado en un ascensor. Llegaba desde abajo hasta la puerta de mi casa. En ese apartamento, a papá le gustaba estar cerca de las ventanas porque se veía el panorama. Y veíamos todo. También Piazza Venezia donde siempre trabajaba Mussolini. Hasta de noche porque estaba siempre con luz. Y papá era amigo del general Garibaldi, que vivía al piso de abajo. Era un señor un poco viejo, creo que nieto del que teníamos el retrato en la escuela en Génova. Pero estaba vestido normal. No con el poncho y la camisa roja. Pero tenía una esposa que no era una esposa. (Mamá decía “los Garibaldi no son religiosos”, no se casan ). Pero era muy bonita y perfumada. Y papá jugaba ajedrez con ese general y siempre le besaba la mano a la esposa que no era esposa. El General era muy importante pero papá le ganaba siempre. Pero a mamá la esposa que no era la esposa no le gustaba tanto, me di cuenta una vez. Y papá también jugaba bridge con el Almirante. El almirante sí, era un poco bastante viejo. El estaba dos pisos abajo de nosotros. Estaba siempre muy elegante pero tenía unos anteojos raros, porque era de un ojo solo, quizás se le había perdido la otra mitad con tantas tempestades en el mar. Pero jugaban dos o tres amigos. Pero no el hijo del almirante. El hijo del almirante era un señor feo, era Senior de la Milicia Fascista. Papa' decía que era cretino como todos los de la Milicia. Eso no lo entendí muy bien, como se hacía para ser cretino e importante. Pero mamá me dijo que no había que repetir eso, que papá bromeaba. Pero el hijo del Almirante de verdad era feo, casi como mi maestro.
Sí, maestro, porque en Roma yo no tenía maestra como en Génova sino un maestro, pero era muy feo y parecía una tortuga pero tenía un automóvil. Se llamaba Balilla, el automóvil. Y tenía una matrícula rara, no decía Roma, como los otros pocos automóviles que a veces pasaban. Su matrícula decía R.S.M. Que después supe que era República San Marino. Bueno. No era como nosotros que era Reino de Italia con un Rey y un Duce. Lo suyo era solamente República. Y siempre me invitaba a mí y a mamá a dar un paseo. Pero mamá siempre decía que no. Una vez casi lloré, porque el maestro nos había invitado a ir los tres a la playa, a Fregene, donde él tenía una casita bella de verano. Y yo estaba feliz. Pero mamá dijo que no. Que era demasiado feo.
En eso era verdad, tenía razón, era muy feo.
Y así es y ahora me cansé de contar.