11 may. 2011

Mañana por la mañana lo mato yo…







EN VENEZUELA.-  En mi período de escultor
 Era por allí a mitad de los 80.
Yo me estaba dedicando con mucho entusiasmo a mis esculturas, empezaba a tener cierto éxito de crítica pero también de público y de público solvente, que era lo que me interesaba mucho en aquellos tiempos. Me llegaban ordenes y hasta me llamaban Maestro.
Bueno, en esa época Gabriella y yo conocimos a una pareja de casi italianos, de mediana edad con dos niñas de 8 o diez años cada una. Eran un poco saltapasti, se dice en una cariñosa jerga dialectal italiana, para indicar que estaban bien, sí, pero non troppo e non sempre. En fin, ella era una mujer relativamente inteligente, industriosa y él un tipo sin mucha personalidad: buena gente, como aprendería a definir a falta de mejor definición. Pero lo importante a los efectos míos, siempre egoísta e interesado, era que la señora, nuestra gran amiga Anamery, a la cual yo decía la Buenísima cuando estaba yo  de buen humor y ella se lo creía, sabia preparar unos espaguetis a la salsa de tomate que eran una verdadera joya para el paladar de un refinado como pretendía ser yo. Bueno.
Me invitan un día a su casa. En la mesa, en la espera de la famosa salsa de Tomate súper exquisita, conozco a las niñas a las cuales es imprescindible decir que son muy lindas, muy bellas, que seguramente tendrán una luminosa carrera que las espera, que menos mal que agarraron de su mamá y no del papá… y otras idioteces que las damitas siempre esperan que un hombre les diga. De repente le pregunté:
“¿Y de qué te ocupas tu ahora?”
“¿Yo? ¡Cría de perros! “
Y lo dijo como la cosa más natural del mundo como si lo estuviese haciendo desde antes de nacer.
Siempre me habían gustado los perros. Desde la adolescencia, como a todo muchacho. Y nunca pude tener uno, como casi todo muchacho. Así que después de la tremenda comilona de espaguetis con salsa especialísima de tomates, la rogué que me mostrara su zona de trabajo.
Y me llevó a la terraza, una terraza muy amplia, en realidad, donde al momento tenía una perra con sus seis cachorritos recién nacidos. Todos pastores alemanes. Con fabuloso pedigree, o pied de grulle, que le remontaban a Carlo Magno, el alemán rey de los Francos: así me aseguró Anamery, convencida.
Y a mí se me ocurrió:
“Anamery, hacemos una cosa: un cambalache, una permuta, un do ut des, un canje, un cambio, un trueque, un intercambio o, como dicen los napolitanos siempre folklóricos y de doble sentido: yo te doy una cosa a ti y tú me das una cosa a mí. Yo te hago el retrato en yeso con las cabecitas de tus dos hijitas y te lo entrego. Y tú me escoges el mas pedigreeudo de los perritos pastorcitos alemancitos que veo por aquí. Ese amor-odio mío para con los germánicos, hasta en lo del perro estaba bien asimilado.
Así que me lleve a mi casa el pastorcito alemancito llorón y simpaticón. Durante toda la noche el pobre perrito lloró buscando a su mamá.
Sobrevivió el trauma y creció. Su pedigree habría hecho feliz a una alma gentil amante de los perros como Adolfo Hitler. Le conseguí un profesor de perros para que le enseñara las artes marciales caninas. Órdenes en alemán, por supuesto. Nada de español o de inglés o de italiano. El idioma más adecuado para los perros es el alemán. Ladrando. Mandando. ¡Ordenando! Me compré un libro sobre perros, para aprender la manera de tratar adecuadamente al rey de los perros, el pastor alemán. 
 



Al cumplir el año, Anamery lo vio. “
Ten cuidado con él. No le enseñe el ataque. El ataque lo tiene por instinto” Y me di cuenta de eso un día que por descuido había dejado abierta la puerta del jardín. En la acera de enfrente pasaba tranquilo un repartidor de correo, un muchacho inofensivo de unos 30 años. Al verlo y al olerlo, mi perro, el pastor alemán, que yo había bautizado Kaiser, se abalanzó encima de él. Pero no fue suficientemente rápido. El cartero me dio una contundente demostración que el hombre es cercano pariente del mono: en un brinco se subió al árbol que por suerte estaba cerca, hasta que yo ordené a Kaiser que regresara a su guarida: “¡Káiser! Platzzzzzz”
Y pedí disculpas al repartidor de correos.
En otras oportunidades lo llevé a participar en Concursos. Con cierta preocupación. Pero vi que no se interesaba en lo más mínimo en los demás perros aun que le ladraran a él. Ganó varias medallas. Fue descalificado una sola vez. Se trataba de… no recuerdo que prueba, y al final los jueces tenían que hacerle un examen físico. El cual consistía en averiguar algo sobre los testículos del perro.
Le avisé al juez:
”Tenga cuidado al apretarle las bolas a ese perro.”
“No se preocupe, tengo experiencia. Su perro no se va a asustar.”
Y Kaiser no se asustó, pero quien se asustó fue el pobre y cretino del juez que a mala pena pudo zafarse de las mandíbulas del perro. Y se vengó, descalificándolo.
“¿Motivo?” Le pregunte al juez.
“¡El perro debe saber que no puede morder a un juez!”
Lógico.
Así que nunca más levé a Kaiser a ningún concurso. Pero sí, era muy cotizado y solicitado como padrote. Y Kaiser, como buen pastor alemán, obedecía siempre respetuoso las órdenes de su amo. Seguramente eran las que obedecía con el mayor gusto.
Pero, los años pasan. Se puso viejo. Ya no tenía la misma energía que antes. Y, cosa que no sabía, comenzaron a salirle gusanos. Una cosa verdaderamente asquerosa.
¿Mi perro?
¿Mi Kaiser?
¿Carcomido por gusanos? ¿Por gusanos? ¿Los parias de la naturaleza? ¿Los intocables? No podía aceptar eso.
Así que una tarde, al verlo así desmejorado y con una mirada que me pedía ayuda, le comenté a Juancito, el muchacho que me ayudaba con los trabajos pesados de esculturas:
“Juancito, mañana mandamos a Kaiser al Wahalla de los perros.”
Juancito no entendió pero intuyó.
A la mañana siguiente le di una pala par que excavara un hueco en la huerta del jardín.
Pero, doctor, ¿no lo llevamos al veterinario para que lo duerma con una inyección?”
No sé qué tipo de mirada tuve, pero Juancito no comentó nada y siguió excavando. Fui a mi habitación, en la casa, agarré mi pistola. Me acerqué a Juancito. No sé si lo comenté a él, o a mí mismo, pero lo que dije fue:
“No voy a permitir que un idiota cualquiera mate a mi Káiser. A Káiser lo mato yo.”
Y los dos, Juancito y yo, fuimos en la parte de atrás donde normalmente estaba Kaiser. Y si, Kaiser estaba. Pero estaba tendido con las fauces abiertas, la lengua afuera y miles de gusanitos que se salían de su cuerpo.
“Caro data verminibus.” ( CARO DATA VERMINIBUS= cadaver)
Lo agarré, en mis brazos… y fui a depositarlo allí donde Juancito había escavado, en la huerta.
Pero…la cosa no terminó así. Yo había agarrado a mi Káiser en los brazos, lo tenía apretado a mi pecho, para entregarlo a las Valkirias perrunas. Y mi pecho, hace treinta años, era pecho bien peludito y casi desnudo por el calorcito tropical.
“¡Los gusanos!”, me gritó Juancito. No le hice caso. Seguí con el ritual.
“Échale tierra” le ordené.
Desatendiéndome Juancito me miraba, indicándome con el dedo:
“¡Los gusanos! ¡Se llenó usted de gusanos!”
Efectivamente. Esos animalitos asquerosos habían dejado el cuerpo del perro sin vida, para pegarse a un cuerpo con vida y casi igual de peludo.
“Keroseneee…”, le grité a Juancito. Y me desnudé por completo. Me vacié el botellón de seis litros de kerosene en todo mi cuerpo, a comenzar de los cabellos, que entonces tenía.
Maté así  a los gusanitos asquerosos, en un baño de kerosene. Y casi maté de risa a mi esposa, que había acudido al oír la confusión y el griterío.
“¿Quieres un fósforo?”

Es que hace pocos días, justamente, habíamos comentado del suicidio, años antes,  del bonzo ese que se había inmolado  con fuego, en  una calle  en Saigón