31 jul. 2010

El confesionario


                                                                                             (Ego te absolvo peccatis tuis)

1.949. No era en Roma, sino en La Vittoria, en Liguria. Era el segundo año seguido después de la guerra que veraneábamos en ese pueblito de los Alpes Marítimos. De un año a otro, pasa para los jóvenes una enormidad de tiempo. En un año las chicas se pueden hacer señoritas, a los chicos les sale algo de barba. A mi edad de ahora, a los 82, la única variante es que una buena mañana uno puede despertarse muerto.
En este verano ya no pude ver a la muchacha del año anterior. Se había casado, me dijeron.
Pero se pudo ampliar el círculo de amistades al aparecer dos chiquillas fabulosas. Una, la muy tímida Maria Luisa, tenía 17 o 18 años, era bonita y bien formadita, de incipientes atributos, de buena familia tradicional y estaba en segundo año del Liceo clásico. Yo traté de entrarle por los poetas griegos, la mitología y los eventos históricos románticos sin demostrar ningún interés particular en ella. Me escuchaba, de vez en cuando me miraba, y al poco rato se retiraba a su casa. Estas jovencitas, en sus primeras experiencias con muchachos, eran curiosas y temerosas al mismo tiempo. Casi todas tenían una fuerte educación católica y estaban muy influenciadas por las recomendaciones de las mamás y el terror al papá, que siempre era un hombre severo. Me gustaba muchísimo, Maria Luisa, por ese aire de santita, y posiblemente lo era.
Y la otra nueva veraneante era Ernestina, un poco mayor, una morenaza descomunal, con unas tetas voluptuosas y mirada de fuego. Era del Liceo Artístico y tenía ese aire de libertad, de modernidad, de extravagancia que normalmente se atribuye al artista. Muy atractiva, sensualísima, adoptaba poses para poner en evidencia sus gracias. Pero solamente para ponerlas en evidencia. En esos tiempos, pobres chicas, se contentaban con eso. Recibir la admiración de los amiguitos, percibir el deseo de ellos, era todo. Sin duda notaban algo en ellas mismas, pero con la idea del pecado siempre presente, de lo que es conveniente y lo no conveniente, del “esto no se hace”. Muchas de ellas llegaron a tener hijos sin conocer el orgasmo.
Y los machitos, revoloteando alrededor de ellas, siempre teníamos deseos que reprimíamos para explotarlos solamente en la solitaria oscuridad de las habitaciones.
Y sin embargo se pudo sobrevivir.
Bueno.
Con mi primo, un año mayor que yo, estábamos tratando de entrarles a las jovencitas. Questa o quella, per me pari sono. Así dice la Opera (“la una o la otra, es lo mismo”). No interesaba cuál chica le tocara a cada uno, siempre que fuera una chica.
Mi primo, tímido el verano anterior, se había despertado bastante con no sé qué actividad social de los estudiantes de Ingeniería. Y me reveló un plan fabuloso que me asustó y me entusiasmó:
-… deberíamos tratar de confesarlas.
-¿Confesarlas? ¿Estás loco? ¿Y como? ¿Quien?
Y mi primo, orgulloso por su maquiavelismo, me explicó.
En dos días será la fiesta del Santo. Todas las mujeres, las veraneantes y las campesinas, jóvenes o viejas, irán a confesarse el día anterior, o sea mañana, para la comunión del día siguiente. Y el párroco, que no podía llamarse sino Don Abondio, ya viejito, comenzará en la mañana y deberá atender a más de un centenar de personas… De acuerdo y siguiendo los consejos de su buena Perpetua, la sirvienta vieja y fiel en dotación a los curas en aquel entonces, se habían escalonado las visitas al confesionario de las fieles. Las primeras en acudir serían las campesinas, que siempre se levantan temprano. Después las veraneantes. Y por ultimo las muchachas; ya casi de noche.
-¿Cómo lo sabes?
-Me lo dijo mi hermana que sabe de todos estos intríngulis… Y que Maria Luisa y Ernestina irán después del Vespro.
Quizás para agarrar al viejo cura ya cansado y obtener una absolución veloz, sin demasiadas preguntas. Si el párroco les preguntara, seguro que ellas dirían en secreto de confesión si sienten una eventual simpatía por algún muchacho… Y quizás hasta le pedirían consejos. El cura les diría si pueden darles unos besitos o no, y cosas así.
-Los curas son muy preguntones, atrevidos en las peguntas y… a veces dan ideas… así que tú deberías confesarlas a las dos y preguntarles.
Lo interrumpí.
-¿Confesarlas? ¿De verdad? ¿Dices en serio?
-Sí, exactamente.
Yo había tenido experiencia como monaguillo por algún tiempo en mi escuela privada de Roma, me sabía una cantidad de cantos en latín, sabía cuándo tocar la campanita para la Elevación de la Hostia, pero… Pero en fin, mi primo me consideraba apto para fungir de cura y yo quise creerle.
El plan diabólico era que yo me metiera en un confesionario, a escondidas del viejo cura. El confesionario, que quizás algunos recuerden , era un cubículo donde entraba el sacerdote, con la estola del perdón. Se sentaba en una sillita, cerraba la puerta y abría a los dos lados del cubículo dos portezuelas con agujeritos, por donde el sacerdote podía ver la cara de la penitente, pero la penitente no podía ver la cara del sacerdote. Eso era porque la astucia sugería que la mujer se sentiría más libre de comentar sus pecados a una voz invisible. ¿O sería para que no viera las eventuales y variadas expresiones envidiosas del hombre, santo varón, que oía la descripción a veces detallada de los pecados?
Nuestro don Abondio iba a comer a las siete en punto.
Al día siguiente, el gran día de la confesión colectiva, me puse los zapatos de tenis porque don Abondio no hacía absolutamente ningún ruido cuando caminaba. Los zapatos de fieltro eran una bendición para sus pies tripulados.
Y nos dirigimos, mi primo y yo, a la Iglesia.
Entramos. No había nadie. Eran las seis y media. Espera que te espera, nadie se presentaba. No se sabía dónde estaba el sacerdote. Mi primo averiguó con Perpetua que don Abondio, muy cansado por las tantas confesiones, se había acostado ya y no se levantaría más de la cama, para poder estar bien al día siguiente y conmemorar debidamente al Santo previsto.
Bien, ¿y entonces?
¿Y nuestras candidatas?
Yo estaba ya preparado en el confesionario cuando de repente, mi primo:
-Ya. Ya. Aldo, están llegando... ya las veo en la plazoleta. Suerte… en un momento estarán acá…
Y se fue.
Miro a través del espía agujereado. No veo a nadie.
Espero y espero.
Esperé más de media hora. Cuando siento a alguien que se acerca. El ruido de tacones de una mujer.
Había poca luz, pero indudablemente la figura que se acercaba no era ni la del Maria Luisa ni la de Ernestina.
¿Quién será?
-Espero que no se meta acá- me digo.
La voz de una señora me dice:
- Buenas noches padre, disculpe si llego tarde. Yo soy la señora tal y tal, estoy veraneando aquí con mi hija… quiero confesarme.
¿Qué hace uno? Dime, dime, tú que lees este cuento que de cuento no tiene nada.
Estaba cagado de miedo.
Confesar a unas chicas me parecía una muchachada. Sin importancia. Una novela a la Boccaccio. Pero confesar a una señora, una persona adulta, me parecía poco respetuoso y peligroso.
Pero Audaces adiuvat ipsa Venus…
Me acerco a la ventanilla agujereada, me pongo una especie de estola de penitente y comienzo, según lo que había oído docenas de veces.
- In nomine patris et fili et espiritu santi, Amen.-
- Amen- me contesta la penitente.
- Dime hija - le digo - ¿Cuánto tiempo es que no te confiesas?
- Padre, usted no es don Abondio, ¿verdad? Usted tiene una voz diferente, más joven. Usted debe ser el nuevo padre que estaban esperando aquí para ayudar a Don Abondio.
- Sí, hija mía, así es, pero no te distraigas. ¿Hace cuánto tiempo no te confiesas y no te acercas al Señor?
- Ay, padre… - y allí comenzó una verborrea que no terminaba nunca. Pero que sirvió para darme cierta confianza a mí mismo. Al final, la señora no era ninguna gran pecadora, sólo se acusaba de glotonería, de que no debería comer tantos dulces que además la engordaban demasiado. Y otras tonterías.
- Ego te absolvo peccatis tuis in nomine patris et filii et espiritu sancti. Amen.
- Amen.
- Tres avemarías y cinco padrenuestros. Y dile a tu hija que se confiese ella también para que las dos puedan recibir al Señor con el alma pura y limpia.
- Mi hija no está hoy conmigo, padre, porque fue invitada por la mamá del joven estudiante de ingeniería para comer crostata di pastafrolla. Ni sé cómo se llama el muchacho, me pidió permiso en nombre de su mamá y yo se lo di porque la señora es una muy buena persona, es seria y jugamos canasta casi todos los fines de semana.
El hijo de puta de mi primo me había enchufado a la mamá de Ernestina para tener así más tiempo libre para sus vergonzosas maquinaciones.
¿Habrá saboreado la crostata de pastafrolla?
Así que por primera vez él fue el Buffalmacco y yo el Calandrino.

29 jul. 2010

Temor de Dios


…e la bontà divina ha sí gran braccia
Iche prende ció che si rivolge a lei…
Dante Alighieri


La Vittoria era un pueblecito de Liguria, la región montañosa de Génova donde a finales de los 40 íbamos a veranear al Norte con la familia. Bucólico, poca gente, menos de un centenar de almas: viejitos campesinos que yo veía solamente los domingos jugando a las bochas en la placita frente a la Iglesia. A l'é curta, a l'é lunga. Y a medir inclinados con dos palitos la distancia entre las bochas y el bochín. Belandi figé… Nemu bacicha… Y bebían cerveza Peroni espumosa y tibiecita porque no había refrigeradores. Las mujeres en la casa preparaban las trenette au pestu con papas o au tucu. ¿Y los niños, los nietos? Despoblaban el campo para conseguir un trabaju ciú liviano en la vecina Génova.
Tenía que estudiar derecho penal. Salía de la casita semi campesina alquilada por mis padres por los tres meses de vacaciones. Y me sentaba bajo una higuera de amplias hojas. No hacía calor gracias a las brisitas marinas mezcladas con las brisitas de los últimos Alpes Marítimos. Me sumergía entre el verde de montaña y el Tirreno al fondo, lejos, de un azul intenso centelleante. Arriba, el celeste puro del cielo. Estaba yo en mi segundo año de Derecho.
Mi familia venía de Roma. Y allí nos encontrábamos con mis dos primos casi de mi edad y una primita. Venían de Génova a veranear también. Había solamente otras cuatro o cinco familias de veraneantes, de Génova también, que ritualmente llegaban allá. El ligur es muy tradicionalista. Marinero, de joven da vueltas por el mundo como nadie, pero en su tierra no sale de su pueblo. Es conservador. No quiere tantas novedades. Pero en mi familia ya se notaba cierto gitanismo quizás por las mescolanzas de la fuerte raza alpina con la romana y la calabresa; así que con los años seguiríamos viajando por el mundo.
La zona había pasado momentos terribles en la guerra, que había terminado hacía poco. Los lígures conocieron lo peor del fascismo, de los alemanes, de los partisanos y de los aliados. Los últimos momentos de la guerra, cuando imperó el sálvese quien pueda, revelaron la violencia primigenia de las cavernas. Nos avergonzaríamos sinceramente, después; pero la cometimos, antes.
Roma era la ciudad del Papa, Roma ciudad abierta. Los romanos pasamos hambre pero todavía no había aflorado Mr. Hyde. Y yo estaba en Roma, en aquella época.
En el Norte fue diferente. Los fascistas estaban rabiosos por la derrota que se les acercaba y se sentían acorralados. Los alemanes, arrogantes y más terribles que nunca. Los franceses bombardeaban una Génova prácticamente indefensa, para vengarse de la puñalada en la espalda. Los partisanos, en su mayoría comunistas pro Unión Soviética, provocaban la fría reacción teutona: 10 italianos fusilados por cada alemán asesinado.
Surgía y surge la duda: ¿Debe presentarse el partisano que tiró la bomba o dejar que maten a 10 rehenes inocentes?
En las postrimerías de la guerra hubo asesinatos, masacres y atrocidades de ambos lados. ¿Se luchaba por la libertad? ¿Quién luchaba por la libertad? ¿Cuál libertad?
La pesadilla de la guerra en Europa no terminó por las luchas intestinas, sino por las Industrias de Norteamérica.
Pero todo esto había pasado.
Entre nosotros, los jóvenes en toda Italia y en toda Europa, así como entre mis primos, no se hablaba ya de eso. Queríamos solamente vivir. Vivir.
- ¿Tú eres el chico que viene de Roma? ¿De 19 años?
Así me preguntaba una muchacha más o menos de mi edad, veraneante ella también, viéndome con ojos alegres.
Dejé el libro de derecho penal y las consideraciones sobre la guerra mirando al antiguo Tirreno, que de guerras sí sabia.
- Sí, soy de Roma. ¿Y tú?
- Yo de Génova, estoy aquí por las vacaciones, en la casa de mi abuela. Mi novio viene a verme todos los domingos desde Génova; pero hoy es jueves y estoy sola.
¿Qué hacer, querido Lenin?
Nos vimos en la nochecita.
Ya casi oscuro. Ya cenados. Aunque la cena era un detalle de poca importancia. Tomados de las manos, paseamos por la placita ya casi desierta. Un farolito de esquina de luz tímida y discreta. Sentados en la orilla de uno de los tantos muritos que dividen no se sabe qué. Habla y habla… Hablaba ella, en realidad. Me hablaba de lo que hacía en Génova. No recuerdo absolutamente nada de lo que me decía. No la escuchaba. No me interesaba escucharla. Me interesaba verla.
Tengo todavía una vieja foto de ella. Recuerdo el nombre, ahora, porque lo leí en la foto. Habíamos paseado en bicicleta toda la tarde. Algún besito, muy superficial, entre sonrisitas. Y a pedalear.
Al regresar del paseo, mis primos me miraron algo envidiosos. Éste llegó de Roma ayer y ya tiene una chica para salir.
Pero salir, en aquel entonces, era salir; no era como el salir de ahora. Era andar en bicicleta, comerse un pancito con salami, seguir pedaleando, besitos de vez en cuando. Nada más.
Pero llega la noche. Providencial. Las conversaciones de ella en el murito, otra vez. Uno se acerca más.
Los besitos son más frecuentes…
- Pero se nota que tú eres de Roma. Eres muy atrevido. Te dije que tengo novio…
- Que viene los domingos, y hoy es jueves.
- Que viene los domingos- repite. -No más besos, acá nos miran.
- ¿Quiénes? ¡Si todas las ventanas están cerradas!
- Y ¿si miran detrás de las persianas?
- Bueno…- la agarré de la mano, me siguió. Fuimos a pasear a la placita de la Iglesia, allí mismo, a doscientos metros.
La Iglesia oscurísima.
Portón cerrado.
El viejo párroco seguramente ya dormía.
Todos dormían.
Me acerqué al portón de la Iglesia.
Estaba entornado, pero no cerrado.
- ¿Qué haces?
-Veo...
Y el portón se abrió un poco.
- ¿Qué haces?
La tomé de la mano y pasamos.
Adentro algún reflejo de luz, de algunas velas olvidadas.
En las paredes se entreveían los carteles de los horarios de las misas. Uno de los carteles decía: “Cabeza cubierta para las fieles y descubierta para los hombres”.
Quizás los hombres no merecían ser llamados fieles.
Y había dos puertas para acceder a la Iglesia en sí.
No eran puertas propiamente, sino como unos separadores en tela pesada, quizás cuero. Había que empujarlas para entrar.
-¿Ves?-, le dije-. Esto no es la iglesia todavía. Éste es el patio, es la entrada. La iglesia de verdad está dentro, con el Agua Santa. Aquí no. Aquí no hay agua santa, aquí no está sagrado.
- ¿Qué haces?- me preguntó por última vez.
Y no me preguntó más.
No sé cuánto tiempo estuvimos allá, al amparo de la Santa Madre Iglesia.
Besándonos tocándonos abrazándonos apretándonos.
Mis manos acariciaban todo su cuerpo y las suyas el mío, pero al hacerlo cerraba los ojos, porque se avergonzaba.
Pero no más. No más, como hoy en día se haría, Iglesia o no Iglesia, patio o no patio.
Era casi de mañana, se veían las primerísimas e inciertas luces del día, cuando salimos, con el pelo y la ropa revueltos, a la placita.
No estaba ni el perrito usual.
Ella se fue corriendo a su casa, que estaba muy cerca.
Se volvió una sola vez a verme. Me mandó un beso con las manos. Siguió corriendo.
Y yo me metí por el caminito que a duras penas reconocía, a lo largo del cementerio.
Y allí, en el silencio del cementerio, a la vista confusa de hileras de severas tumbas blancas reprobatorias, me asaltaron antiguos temores.
Se me levantaba el cabello (que entonces tenía), los pelos, sentía como si alguien me tirara de las orejas. Antiguos miedos del buen muchacho que hacía poco hasta servía misa en la escuela. Ya no era religioso, así decía y me decía. Nada de supersticiones. Se habían caído los Ídolos, caído el Rey, el Duce, Jesucristo: la Trinidad Divina de pocos años atrás. Me ufanaba de libre pensador, pero... ¿Por qué esta sensación de culpa? ¿Y que las almas del cementerio quisieran castigarme?
Corrí hacia mi casa.
- ¿Llegaste por fin?- me preguntó mamá.- ¿Estás bien? ¿No pasó nada, verdad?
- No, mamá. Sólo que corrí un poco porque tenía frío.
- Ve a acostarte, hijo. Tienes una carita… Aquí todos sabíamos que estabas afuera, pero quién sabe dónde. Vete a dormir.
No sé por qué quise casi explicar:
- Estaba en la Iglesia, mamá…- Y me quedé dormido.
Nunca, nunca supe lo que pensó mamá. Pero tampoco olvidaré nunca su mirada.

23 jul. 2010

Cuando podías ser padre por tocar una rodilla


Comentando con tres o cuatro personas jóvenes la historia de juventud “Déjenme por lo menos un pie” (la última publicada), que, de paso, fue absolutamente cierta, me di cuenta de que nadie ni remotamente pensó que “no habíamos hecho nada” con esa chica que, sobre una cama, voluptuosa y desafiante como Brunilda, se desabrocha el corsé, se quitaba la falda y nos decía “a fer qué safen hacer ustedes, italianitos!”, con su dulcísimo acento austriaco.
A mí inclusive, recordando ese episodio de tres generaciones atrás, me parece inconcebible que haya sucedido. O que no haya sucedido lo que ahora se supone que debería haber sucedido. Pero fue así. Eran tiempos distintos.
Primero hay que considerar que se vivía en la civilizadísima Italia, de remate en la Santísima Roma, con Papa y todo, donde el buen párroco acostumbraba visitarnos en las casas con sus turíbulos de incienso para alejar demonios. Donde el catequismo era algo que se frecuentaba en la adolescencia y en las escuelas; y las amonestaciones bastante a menudo nos embutían de temores. No con todos los párrocos sucedía eso, no con todos los jóvenes, pero sucedía.
¿Y las mamás?
Las recomendaciones eran: “Cuidado, ¿ves al señor tal y tal? ¿Ese que anda todo enfermo? Ah… las mujeres… Las enfermedades… Esas cosas se pagan”.
Quizás ese era su consuelo por los años de obligatoria fidelidad, pero "lo que decían las madres era sagrado", aunque muy a menudo y a pesar de su gran amor, ellas no sabían bien ni lo que decían.
“De ciertas cosas no se habla”.
Y lo poco que podían decirnos esas mamás, sobre las cosas que ellas creían que sabían para supuestamente enriquecernos con consejos y enseñanzas, nos era inculcado como un Ave María antes de irnos a dormir. (Así entraba también la plegaria para Mussolini: “Que Dios nos lo preserve siempre, como el hombre de la Providencia, así como ha dicho el Papa”).
Y eso que éramos los varoncitos.
¿Y las chicas? ¿Las hijitas? En el Liceo, a los 15 años, muchas compañeritas pensaban que con una sola caricia en las piernas, por encima de la falda, podían ir al infierno o quedarse en estado. Y esto sucedía en Roma, en el año 49. Por lo menos entre la burguesía de la cual formábamos parte en gran mayoría.
¿Las píldoras?
No existían, así de sencillo.
¿Los preservativos? Se consideraban cosas vulgares, reservadas para las prostitutas. Y las poquísimas que eventualmente quisieran correr el riesgo de cruzar la frontera, tenían el terror de quedar en estado.
Me gustaría ver esas afortunadas chicas de hoy si no tuvieran la seguridad de la píldora y si las paralizaras con el infierno que las espera.
Tocar la rodilla a una muchacha, tocar una rodilla, repito, era algo que merecía ser contado a los amigos al día siguiente, tomando un “Chinotto” en el barcito donde con larguísimas discusiones queríamos renovar el mundo. Y se hablaba de Sartre y del amor libre socialista. Quizás para varios de nosotros esto último era un motivo de peso para ser comunistas: mirábamos a la Unión Soviética como el paraíso del supuesto amor libre socialista. Las pocas visitas que -declarándonos de izquierda- hacíamos a una Célula Comunista del Quartiere Prati , barrio burgués de Roma, en buena parte se debían a que suponíamos que “las compañeras” eran más “liberadas”. Pero después nos dimos cuenta de que si algunas chicas proletarias frecuentaban la Célula del barrio, era para conseguir marido entre los burguesitos futuros profesionales de la zona. Y cuando algunas pocas veces salíamos con algunas de ellas, querían mostrarse más virtuosas que las degeneradas burguesas.
Así que el hambre de sexo se mantenía.
Solución: el burdel.
Existía solamente el burdel, entonces, y de diferentes categorías. Íbamos los bochincheros estudiantes muertos de hambre y los más disciplinados soldaditos, muertos de hambre también. De burdeles había una gama inmensa, de los más caros a los más discretos, donde a veces por descuido de la Madama Portera se podía entrever a un señor de mediana edad, casi siempre de aspecto melancólico. O a algún que otro religioso que tenía derecho a aquel “reservadísimo del fondo” y que a nosotros nunca nos fue dado visitar. Pero a las putitas no les gustaba mucho ir con ellos porque lo consideraban pecado, y además porque los sacerdotes les pagaban con moneditas tintineantes que recordaban la Santa Limosna del sacristán. Puta, sí, ¡pero con temor a Dios!
¿Putitas?
Hoy hay chicas bellísimas y elegantes que se dedican a la prostitución. Pero en aquel entonces eran en su grandísima mayoría pobre mujeres ex campesinas, feas, gordas, ignorantes; dialectos y olores de toda Italia, peludísimas casi todas y que quizás nosotros los estudiantes lográbamos mejorar con buena dosis de fantasía. De fantasías teníamos muchas.
Así que… así que, ¿qué? Lo que se buscaba no era tanto hacer el amor con una chica, que era tan difícil de conseguir. Ni poseerla, o verla. O tocarla o besarla. No importaba. Era secundario. Un poco de manoseo bastaba. Y lo que se buscaba ansiosamente era que durante el assolo con una muchacha, la excitación fuera tal que las explosiones se dieran a como diera lugar, aun por toccata y fuga, casi por generación espontánea.
Así el día después uno podía contestar afirmativamente, con conciencia del deber cumplido, a la pregunta curiosísima y envidiosa de los amigos: “¿Eyaculaste?"
Recuerdo vivísimamente esa pregunta del amigo futuro crítico de arte, que me tenía en estima y que había apostado con el futuro profesor de arquitectura, incrédulo de mí.
No importaba cómo, no importaba dónde. Lo importante era descargar esas enormes tensiones. Y las descargas eran múltiples y teníamos en los bolsillos docenas de pañuelitos, entonces de tela, a veces con finos bordados de alguna tía solterona. Y la muchacha de servicio, con astucia campesina, preguntaba cómo era que el señorito Aldo tenía siempre tantos resfriados.
Yo ni sabía bien si las muchachas tenían o no tenían orgasmos. Tampoco estaba planteado. Todos sabíamos que se excitaban, porque indudablemente en muchos casos se constataba y entonces se notificaba al clan. Pero no se iba más allá.
Y nunca, nunca una chica se hubiera atrevido a pedir lo que ahora te piden a gritos... y que debes cumplir o poco menos y te matan.

10 jul. 2010

¡Déjenme por lo menos un pie! (1949)



–¿Y este tipo acá, casi en la cima de la montaña, eres tú?–, me preguntó hace añísimos Leila observando una de las tantas fotografías en mi estudio de escultor. Una vieja foto, blanco y negro, amarilla ya, un paisaje nevoso alpino, en compañía de siete muchachos, todos visiblemente tiritando por el frío. Observo la vieja foto. Eran amigos y compañeros de universidad, de cuando, todos veinteañeros, vivíamos en Roma, en 1949. Hacía poco había terminado la guerra y comenzaba la Guerra Fría. Era el año cuando en Berlín se acababa de levantar el famoso muro que dividía las dos Alemanias. Cuando nació oficialmente la República Popular de China, nació la C.I.A. y asesinaron a Gandhi y a Gaitán. Éramos estudiantes de Derecho, de Letras, de Arquitectura, de Medicina.
Sigo mirando la vieja foto. Habíamos salido todos de Roma, en diciembre. Muy poca plata, coche de tren de tercera clase porque no había de cuarta. Cruzamos la frontera en el Brennero y llegamos a un Hotel cerca de Innsbruck, Austria, que nos pareció lujosísimo a nosotros, que éramos estudiantes con pocas liras y esquíes baratísimos y malos. Mi esquí derecho se había roto dos años antes cuando trataba de esquiar en Roma, en una callecita histórica en bajada, donde en la noche habían caído tres centímetros y medio de nieve, para gran emoción de los romanos. Lo había medio remendado, este esquí, ya viejo, que mi papá usaba cuando él era joven. Le había puesto una plaquita de aluminio. Las botas de esquí también eran residuos bélicos y, con sus enganches antiguos estilo años '30, bailaban alegremente con fuerte sentido del ritmo, quizás el Charlestón.
Para llevarnos hasta arriba, al hotel, el funicular subía y subía y parecía que nos llevara a la estratosfera A través de vidrios empañados se veían solamente nubes y niebla. Nos dejó casi a las puertas del hotel. Desdeñamos señorilmente el menú del restaurante y nos fuimos derechitos a nuestras habitaciones. Cuatro personas por habitación. Un buen pedazo de pan y salame que había quedado del almuerzo en el tren, agua del chorro y a dormir, exhaustos.
A la mañana siguiente, los ocho héroes, pobres turistas de pacotilla pero con energías renovadas por el milagro de la juventud, llenos de suéteres, bufandas y llevando al hombro los esquíes a la Ridolini, estábamos en el patio del Hotel. Ansiosísimos por ver la famosa bajada y esquiar en los famosos Alpes austríacos. Nos estábamos acercando emocionados al inicio de la bajada. Pero antes de llegar ahí, M., el futuro gran Profesor Universitario, arquitecto de fama y escritor, me dio un codazo y me dijo en voz baja:
–Aldo, Aldo, mira un poco atrás, las mesoneras...
–¿Cuáles mesoneras?
–Cazzo, las de anoche. ¿No te fijaste? ¿Ni tú? Las tres mesoneritas buenísimas, sexísimas, rubísimas, vestidas como tirolesas?
– Pero, M., si estamos en el Tirol, ¿cómo coño quieres que se vistan?
Tenía que estar de verdad muerto de cansancio, yo, para que mi testosterona exultante no se diera cuenta de ellas.
–Pero mira qué buenas están... –, seguía M.
Y miré. Claro. Eran de verdad muy bonitas y, justamente en aquel momento, nos estaban mirando a nosotros dos. Se asomaban a una ventana llena de geranios, del primer piso, donde había dos habitaciones sin baño para nosotros ocho.
Nos observaban, las muchachas, apoyándose con los codos en la ventana. Es una de aquellas poses que, sin duda ingenuamente, a veces las chicas toman sin darse cuenta de lo que ofrecen a la vista golosa del hombre que las mira. Nos miraban, se miraban entre ellas, se reían, parecía que nos saludaran, que se escondiesen del control de su patrón. Sí, no había duda. Nos saludaban justamente a nosotros dos.
–Muchachos–, quise avisar a los demás, que estaban preparándose para la bajada – ¡Muchachos!, miren qué tetas hay por aquí.
–¡Coño, cállate!–, me gritó M., en un susurro–. ¿Estás loco? Ellas son tres. Nosotros somos dos… Pero si les avisas a todos, se forma un bochinche de infierno y a lo mejor no conseguimos un carajo. Déjalos que bajen a esquiar y nosotros nos quedamos.
–Ah… no sé.
La verdad era que yo tenía una gran gana de esquiar. Conseguir la poca plata para esta vacación, la primera después de la guerra, y algo de equipo para esquiar, había sido una hazaña. Las chicas…. bueno, las chicas… ya llegarían.
En fin, los dos alcanzamos a los demás al inicio de la bajada.
Nos quedamos todos petrificados. Debajo de nosotros, no encima de nosotros, sino por debajo de nosotros, el cielo se veía celeste nevoso, sin nubes. Pero para llegar allá abajo, al fondo del valle, había una pendiente blanca toda de nieve, candidísima, que bajaba a 45 grados. Casi no se veía el final. Solamente se veían unas pocas casitas pequeñas, seguro de algún nibelungo que se reía a carcajadas de todos nosotros.
Todos sabíamos esquiar un poco, pero solamente en aquellos dulces Apeninos cerca de Roma, donde mis parientes norteños decían que “la nieve la llevan con los sacos". ¡Pero esta montaña era el Everest!
Fue entonces cuando oímos de repente a las dulces y confortables tirolesas riéndose de nosotros. Con sus trencitas rubias, sus vestidos rojos, sus escotes de infarto. Y nosotros éramos ocho italianos cagones, aterrados frente a la bajada.
Picado en el orgullo, le dije a M:
–¡Aquí es cuestión de patriotismo! Dos mil años de historia nos están mirando–, dije, parafraseando al Corso aquel frente a las pirámides. –No podemos permitir que a nosotros, descendientes de los Césares, vengan ahora estas tres carajitas tirolesas de mierda a jodernos, aunque tengan las más ricas tetas del mundo.
Todos convinieron muy seriamente.
–¿Y entonces?–, dijo M., que comenzaba a preocuparse. F., el futuro famosísimo crítico de arte, se soplaba la nariz. L., futuro Juez de la Suprema Corte dei Conti, decía "¡porca puttana!", pero en voz baja, porque era tímido. P., quien tendría derecho al título de Excelencia y blasfemaba siempre en manera original, salió con un inédito: “¡Dios canguro!”
Y con nuestros esquíes remendados nos tiramos por esa bajada que nos llevaría a los Ínferos, para salvar el honor de la Patria Romana Imperial. "Acthung, schlavinien!". Pensámos que era un aviso para los cazadores. Por eso seguimos.
De noche, regresamos todos sanos y salvos. Muertos de hambre, pero con el orgullo a salvo. Habíamos tenido caídas, recaídas, revolcones en la nieve, pero habíamos conquistado la meta. Doloridos en todo el cuerpo, solo faltó gritar: ¡Viva Italia!
Por la noche, a la hora de la cena, las tirolesas se ocupaban de sus clientes de acuerdo a su innato sentido teutónico del deber. Pero aprovechaban las mejores excusas para revolotear alrededor de nuestras dos mesas con aquellas falditas plisadas. Y nos preguntaban riendo si queríamos wiener schnitzel mit rost kartofeln (milanesa con papas horneadas).
–Sí, sí –le contestaba yo en italiano–, pero yo prefiero tu wiener schnitzel.
No sé si entendían pero seguían riéndose con aquellas falditas plisadas que acariciaban sus fuertes y lindas piernas en alegres giros.
Cuando llegó la hora de ir a la cama, alguien constató:
–Pero si somos cuatro por cuarto, ¿cómo haremos?
–Tres no es divisible por cuatro y tampoco por ocho.
Y comenzó una tremenda discusión sobre prioridades, precedencias, sobre quiénes deberían presentarse lanza en ristre, bien levantada, como en un torneo medieval. Si intentar un Assolo o proceder a la Singolar tenzone, en pareja. Una de las muchachas había desaparecido. Aparentemente se disponía sólo de dos damiselas, aunque desde otro punto de vista se podría decir que dos de ellas disponían de la belleza de ocho cavalieri serventi.
–Quizás sería mejor que dos de nosotros sirvan a una de las damas; y otros dos sirvan a la otra.
–¡Un momento! ¿Y los demás?–, preguntó V., futuro médico pediatra, ginecólogo y nutricionista, que sería famoso en el ambiente romano. Pero entonces era comunista y con gran sentido de la solidaridad social.
–¡Onanismo, onanismo!–, sugiere M. –Podemos permitirles que miren a través de la cerradura.
–A lo mejor podríamos dejar la puerta semi-cerrada–, propuso generosamente V, el comunista.
De repente entró a la habitación una de las chicas. La más bonita. V., M., El Fico y yo quedamos boquiabiertos. C. y P. se habían eclipsado durante la discusión. F., el futuro crítico d'arte, nos confesó luego que se había quedado con la otra muchacha, hablando de arte. Le reprochamos su poco sentido comunitario. Pero él era liberal.
–No podemos caerle encima a esta muchacha ahora, los cuatro juntos–, dijo M., siempre caballero, porque era barón y había reconocido en nosotros la más antigua de las intenciones.

–Dejemos de hacer el papel de italianos hambrientos de hembras. Ni que fuéramos marroquíes.
Pero la froilein comenzó a preparar el duchant, entre sonrisitas alegres. La camisa se le había abierto un poco sobre el seno, porque un botón se había afortunadamente soltado. Nos miró y se desabrochó otro botón. Y seguía con las risitas. Y aquellas ansiadas tetas quedaron casi libres. Luego, al tender la cama, con el duchant, ella se inclinó lo suficiente para que nosotros viéramos, embobados, aquellos pocos centímetros de piernas desnudas entre las medias blancas y las bragas rojas.
Era demasiado. M., el barón, se le acercó e, inclinando la cabeza con estilo “baronil”, le estampó un sonoro beso en la piel desnuda. La muchacha se levantó de un brinco, nos miró serísima y al segundo explotó en una risa que nos sorprendió y no supimos cómo interpretar. Se extendió con decisión sobre la cama, terminó de desabrocharse la camisa y en un relámpago desapareció la faldita. Esas braguitas rojas eran una delicia. Nos dijo algo en alemán y después pasó al italiano, hablaba bastante bien, con un acento que nos pareció dulcísimo: “Fediamo quello che sanno fare questi tre beli italiani spagueti” (lo que sonó como “Famos a fer lo que saben hacer estos lindos italianos espaguetis”).
V., el comunista, salió asqueado de la habitación. Dijo que nosotros nos estábamos aprovechando de una pobre proletaria, de siglos de sumisión, que la muchacha decía que sí, pero que en realidad quería decir no. Recuerdos antiguos del Jus Primae Noctis (el "Derecho de piernada" español). Y se fue.
Se quedó con nosotros el Fico, el amigo ocasional. No le hicimos mucho caso. M. y yo, como buenos amigos que éramos, nos dividimos toda esa gracia de dios y la valkiria reía, se movía, se reía, decía "ja"... Hasta que, de repente, M. y yo nos dimos cuenta de que nuestro amigo estaba al pie de la cama, casi de rodillas, todo alborotado. Tenía en su mano izquierda el piecito de la froilein. Había logrado quitarle la media y, con nerviosismo, le acariciaba el pie desnudo. Pero nosotros, los tres, M., la chica y yo, soltamos una carcajada cuando vimos lo que estaba haciendo con su mano derecha. La valkiria sensual se reía más que nosotros, parecía un torrente de primavera. Nos miró a los dos, con sus lindísimos ojos azules, alegrísimos, y, estremeciéndose de la risa, nos dijo algo que naturalmente nosotros no entendimos.
Y el pobre Fico, medio llorando, imploraba:
–Un pie, por favor… Por lo menos déjenme un pie.

4 jul. 2010

¿Sexo en una casa de reposo?



Los que hasta ahora han querido solazarse con este blog originalísimo necesitan ser iluminados sobre ciertos argumentos por una mente fresca y de experiencia, como solamente la de un octogenario plus-válido puede tener.

Existen las Casas de Reposo: ésta es la Primera proposición del silogismo.

Muy bien.

La existencia de esos GERIÁTRICOS, CASAS DE REPOSO, CASA DE VIVENCIAS, CONSERVATORIOS PARA LA TERCERA O CUARTA EDAD, MORIDEROS, MANICOMIOS o .como quiérase llamarlos, es relativamente nueva. En otros tiempos, los viejitos se quedaban en la casa propia o la de los hijos (ex-propia), en una linda butaca, birrete en la cabeza, quizás pipa en boca, babuchas, típicas pantuflas del nonno; en verano mirando al mar y en invierno cerca de la chimenea. Sentadito sin fastidiar a nadie, pensando en lo que aparentemente piensan los ancianos, o sea en absolutamente nada, o casi nada. Un recuerdo mío de niño es el del rincón del abuelo. Y María, la eterna sirvienta, lo atendía refunfuñando. Llevados de las orejas, los nietecitos les dábamos un besito de vez en cuando. Recuerdo que me parecía que al acercarnos le notábamos un olor raro: “Es el olor de los abuelos”, decía sabiamente mi mamá. En realidad nunca nadie se ocupaba mucho de él, que se la pasaba casi todo el tiempo sentadito y durmiendo. Hasta que un día alguien decía: “Se murió el abuelo”. Y se miraba la butaca vacía. Era viejísimo, claro: el abuelo había llegado a los sesenta.

Hoy las cosas han cambiado…

He llegado a los 84 y no me he muerto todavía. Quizás porque ya soy hombre biónico, con trasplantes, tornillos, puentes y bypass  coronarios. Además de la extirpación de no se sabe qué cosas porque son “solamente cancerígenas” y zasssss, te quitan la próstata. Podrás seguir teniendo eyaculaciones, contestan a mis ojos inquietos. Pero serán retrógradas, agregan. Tendré que eyacular por el culo, pregunto pensando en voz alta. No, no te contestan, ni en voz baja. Te miran como si hubieras pedido una chupeta, un “lecca lecca”. Te transforman así en un montón de muletas con un poco de ex­-Aldo alrededor y llegas a los 84.

Y las casas grandes ya no existen. Los hijos están casados ocasionalmente y periódicamente. Corren acá y allá, oficina, trabajo, telefonitos. La solución es la Casa de Reposo. Si enviamos a los niños a un asilo hasta mediodía, o mejor si es hasta las cuatro de la tarde, ¿por qué no íbamos a poner en un asilo también a los ancianitos? Para que jueguen a la rueda rueda. Los viejitos son como niños, otra vez. Todos lo dicen. Los pones allí, les dan asistencia, tranquilizas tu conciencia ofreciéndoles las mayores comodidades posibles. Hasta los visitas. Son visitas de reloj, las llamo yo, ya que siempre la mirada del visitante de turno va al reloj, para recordar que desgraciadamente tiene un compromiso ineludible de trabajo. Y se largan. Te dejan una cajita de bombones, que ni puedes regalar a los otros compañeros. Es justo. Es lo correcto: diabetes, colesterol, triglicéridos. Cuidamos de tu salud. De la de todos. Te dicen. Y es verdad. Total, de tantos chocolatines que los hijos te dieron a cambio de su conciencia, si te comes dos es por la complacencia de alguna enfermera que arriesga ser fusilada. Y se lleva los demas.

Y entonces ves la televisión. La ves pero no la miras. Horas. Como mirando las volutas del fuego o el agua en movimiento. Te levantas solo para ir al baño o al comedor. O te levantas para hacer las actividades sociales: ejercicio, caminar, piscina. Y hacemos los ejercicios. Los muchachos, los técnicos, las enfermeras, son pulcros, uniformados, sonrisa constante, complacientes. Y nosotros, los atendidos, somos zombis bien vestidos, bien atendidos, bien nutridos, pero zombis.

Si entonces un día alguien, revolucionario, anárquico, comunista, ateo, corruptor, te preguntara:
- ¿Te gustaría tener algo de actividad sexual?

¿Qué sucedería? ¿Qué contestaría?

Las mujeres se quedan impasibles. O no han entendido, o están a años luz de esta posibilidad. El Furor Uterinos es muy poco difundido. Catalina de Rusia o Cleopatra o Coco Chanel o Madame de Stael son las excepciones. Notables, si se quiere, pero excepciones. La mujer en general después de cierta edad lo que quiere es solamente tranquilidad, que nadie les dé órdenes, y quiere disfrutar a los nietos. Nada más.

(Recuerdo vivísimamente a mi mamá: la llamaban la viuda alegre. Enviudó a los 51. Había siempre estado enamoradísima de mi papá, aunque su úlcera fue culpa de las plurales infidelidades del marido. Cosas de hombres, sin importancia, se decía entonces, pero le dio úlcera a mamá. Y un día me dijo, a mí, ya con 50 años: “Ves, Aldo, me casé a los 18. Antes me daban órdenes mi papá, mi mamá y también mis hermanos. Después me mandó mi marido. Lo amé muchísimo a tu papá. ¡Y le fui siempre fiel a pesar de todo! Y era mi dios. Pero ahora hago lo que me da la gana. Nadie me controla”. Y viajaba, viajaba, mi mamá, agarraba uno o dos nietos y se los llevaba a Grecia. “¿Casarme otra vez? Ni pensarlo, ¿por el recuerdo de papa? No es eso, solamente. Es que no quiero servir a nadie más”.)

Para el hombre la cosa es diferente. Quizás son cromosomas, como he leído hace poco. El anciano quizás no pueda más físicamente, pero sigue deseando a una mujer. No puede pero quisiera. Sigue mirando piernas y culitos. Disimuladamente, quizás. Para que no te tilden de viejo verde.

Y a la pregunta “¿Te gustaría tener algo de actividad sexual?”, los ojitos del residente varoncito toman un brillo especial,
- ¿Sexo? Y… ¿Cómo? ¿Aquí? ¿Con quién?

- Pero ¿lo harías?

- Quien… ¿yo? ¿Yo?

- Sí, tú.

- Bueno… -y continúa el brillo en los ojos- Claro que sí… Claro… Pero… ¿Me dejarán?

Claro que sí. Se trata de una terapia. Como una medicina más. Una sexoterapia. Para mejorar el estado de ánimo del residente.

Y entonces le explicas que en Europa, en los países mas desarrollados de Europa, existen Casas de Reposo donde, ya desde hace años, la sexoterapia forma parte del sistema de “mantenimiento” del anciano. Con conferencias, explicaciones, películas ilustrativas, films eróticos, pornográficos y visitas a prostitutas. Pero no prostitutas normales, sino prostitutas especialmente entrenadas para personas mayores, que ayudan al cliente a desvestirse, a lavarse y después a volver a vestirse. Y todo eso con control del gobierno. Es una cosa seria, oficial, del Estado. Los ministerios correspondientes han constatado en años de estudios que esta nueva terapia del sexo aumenta la autoestima de los ancianos. Y mejoran hasta sus condiciones físicas en general. Porque se sienten motivados.

¿No se busca el bienestar de los Residentes de avanzada edad?

Pero claro, se necesita la autorizaron de los familiares.

- Ay… -me dice el residente- Eso sí que mis hijos no lo van a permitir.

No. A ellos les da vergüenza que su viejo tenga ganas de una mujer. A ellos, a sus esposas, a los nietos. Sí. Se avergonzarían. No debemos salir del paradigma. El abuelo es un santo varón y el viejo con ganas, un viejo verde. Y aunque sepan o admitan que esa terapia, bien administrada, podría ser provechosa (como lo demuestran en Europa), no darían su aprobación.

Y la mente se me va a Solón, uno de los siete sabios de Grecia, quien ya hace 2.500 años legisló recomendando que las Heteras o Pornai acompañaran a los ancianos, para que se sintieran menos ancianos en sus últimos tiempos de vida.

Hace 2500 años.
Pero despues se inventó el pecado.


                                                               ***

2 jul. 2010

Los dientes de Rebeca

Desayuno, Almierzo, tè y Cena en el Geriatrico. COMPAÑEROS DE MESA.

LOS DIENTES DE REBECA



No me refiero a la Rebeca bíblica, que como todos saben fue la muchacha que cuando vio por primera vez lo que sería su marido se cayó del camello, por la emoción. Me refiero a mi gran amiga Rebeca, que a veces comparte la mesa conmigo, en el Conservatorio de Cuarta Edad, y que cuando me ve a mí no se cae de ningún camello, sino que se le caen los dientes.

Yo la quiero mucho, es verdad, y esa operación de toccata y fuga que precede a cualquier comida, para asegurarse de que los dientes están en su sitio, es muy conmovedora. Y como ella es una mujer instintiva y coqueta a su manera, percibe mis emociones aunque no entiende bien cómo catalogarlas. Y repite la operación varias veces durante la comida, aparentando distracción, así como una chica en minifalda aparenta alargar la faldita sobre unas piernitas siempre alegremente descubiertas, más para atraer la atención que por pudor.

Y se toca, Rebeca, y mete un dedito, y se vuelve a tocar, y después cambia de dedo. Y cuando los dientes están bien acomodaditos, entonces es que comienza a comer. A veces me mira, a veces disimula, como buscando mi aprobación. Y cuando ella supone (supongo yo que ella supone) que yo llegué al punto justo de emoción visual, se saca con coquetería los dientecitos, los remueve, los golpea delicadamente en el plato, a veces los enjuaga en su vaso de agua.

En este punto yo casi llego al acmé, ¿se dan cuenta? Entonces, quizás, pretende confundirse y me entrega su más preciado bien: no coloca los dientes en su vaso, sino en el mío.

¿Qué hago yo?

Púdico, refugio la mirada en otras partes.

Clases de fregatura

Me ne frego: Expresión típicamente italiana, algo vulgar, aunque ahora mucho menos que hace unos años. Corresponde al “No me importa un carajo”. Y hay muchas maneras de “conyugar” la frase:
Un menú de preferencias:

Non me ne frega niente
Chi se ne frega?
Non me ne frega un cazzo o un tubo. 
Ma che ti frega?












Adesso ti frego io.
Mi hanno fregato.















Un tempo era sinónimo de “scopare”, que significa barrer pero también “conocer” a una muchacha.




Mi sono scopato quella ragazza.

Me la sono fregata io. 
Aunque ahora se dice: Me la sono fatta.


Y después, también hay: E’una fregatura (es una cagada). Mi sono fatto fregare (me dejé joder). Mi hanno fregato quegli sronzi li...

Y probablemente hay otras acepciones que no recuerdo ahora.

Pero este florilegio es para aclararle a los amigos italianos nacidos en Argentina que el ME NE FREGA lunfardo es directa derivación del italiano. Así como otra caterva de palabras llegadas de allende el Océano, como, por ejemplo: tuco y fainà, dialectal de Liguria; o focaccia (figaza) y pizza, del italiano en general. Y un montón de otras palabras que los argentinos creen haber inventado ellos.
Lo curioso es que el insulto italiano más común en toda Italia y ex colonias, como “Stronzo”, literalmente" pedazo de mierda", no haya sido fagocitada, que yo sepa. Quizás porque huele mal.
"Stronzo-Strunz" viene del Lombardo, lengua-dialecto de antigua fecha cuando en esa región norteña de Italia mandaban los Germanicos- Longobardos, en el 700 d.c. O sea hace 1300 años.

Fue un Strunz bien conservado.