23 jul. 2010

Cuando podías ser padre por tocar una rodilla


Comentando con tres o cuatro personas jóvenes la historia de juventud “Déjenme por lo menos un pie” (la última publicada), que, de paso, fue absolutamente cierta, me di cuenta de que nadie ni remotamente pensó que “no habíamos hecho nada” con esa chica que, sobre una cama, voluptuosa y desafiante como Brunilda, se desabrocha el corsé, se quitaba la falda y nos decía “a fer qué safen hacer ustedes, italianitos!”, con su dulcísimo acento austriaco.
A mí inclusive, recordando ese episodio de tres generaciones atrás, me parece inconcebible que haya sucedido. O que no haya sucedido lo que ahora se supone que debería haber sucedido. Pero fue así. Eran tiempos distintos.
Primero hay que considerar que se vivía en la civilizadísima Italia, de remate en la Santísima Roma, con Papa y todo, donde el buen párroco acostumbraba visitarnos en las casas con sus turíbulos de incienso para alejar demonios. Donde el catequismo era algo que se frecuentaba en la adolescencia y en las escuelas; y las amonestaciones bastante a menudo nos embutían de temores. No con todos los párrocos sucedía eso, no con todos los jóvenes, pero sucedía.
¿Y las mamás?
Las recomendaciones eran: “Cuidado, ¿ves al señor tal y tal? ¿Ese que anda todo enfermo? Ah… las mujeres… Las enfermedades… Esas cosas se pagan”.
Quizás ese era su consuelo por los años de obligatoria fidelidad, pero "lo que decían las madres era sagrado", aunque muy a menudo y a pesar de su gran amor, ellas no sabían bien ni lo que decían.
“De ciertas cosas no se habla”.
Y lo poco que podían decirnos esas mamás, sobre las cosas que ellas creían que sabían para supuestamente enriquecernos con consejos y enseñanzas, nos era inculcado como un Ave María antes de irnos a dormir. (Así entraba también la plegaria para Mussolini: “Que Dios nos lo preserve siempre, como el hombre de la Providencia, así como ha dicho el Papa”).
Y eso que éramos los varoncitos.
¿Y las chicas? ¿Las hijitas? En el Liceo, a los 15 años, muchas compañeritas pensaban que con una sola caricia en las piernas, por encima de la falda, podían ir al infierno o quedarse en estado. Y esto sucedía en Roma, en el año 49. Por lo menos entre la burguesía de la cual formábamos parte en gran mayoría.
¿Las píldoras?
No existían, así de sencillo.
¿Los preservativos? Se consideraban cosas vulgares, reservadas para las prostitutas. Y las poquísimas que eventualmente quisieran correr el riesgo de cruzar la frontera, tenían el terror de quedar en estado.
Me gustaría ver esas afortunadas chicas de hoy si no tuvieran la seguridad de la píldora y si las paralizaras con el infierno que las espera.
Tocar la rodilla a una muchacha, tocar una rodilla, repito, era algo que merecía ser contado a los amigos al día siguiente, tomando un “Chinotto” en el barcito donde con larguísimas discusiones queríamos renovar el mundo. Y se hablaba de Sartre y del amor libre socialista. Quizás para varios de nosotros esto último era un motivo de peso para ser comunistas: mirábamos a la Unión Soviética como el paraíso del supuesto amor libre socialista. Las pocas visitas que -declarándonos de izquierda- hacíamos a una Célula Comunista del Quartiere Prati , barrio burgués de Roma, en buena parte se debían a que suponíamos que “las compañeras” eran más “liberadas”. Pero después nos dimos cuenta de que si algunas chicas proletarias frecuentaban la Célula del barrio, era para conseguir marido entre los burguesitos futuros profesionales de la zona. Y cuando algunas pocas veces salíamos con algunas de ellas, querían mostrarse más virtuosas que las degeneradas burguesas.
Así que el hambre de sexo se mantenía.
Solución: el burdel.
Existía solamente el burdel, entonces, y de diferentes categorías. Íbamos los bochincheros estudiantes muertos de hambre y los más disciplinados soldaditos, muertos de hambre también. De burdeles había una gama inmensa, de los más caros a los más discretos, donde a veces por descuido de la Madama Portera se podía entrever a un señor de mediana edad, casi siempre de aspecto melancólico. O a algún que otro religioso que tenía derecho a aquel “reservadísimo del fondo” y que a nosotros nunca nos fue dado visitar. Pero a las putitas no les gustaba mucho ir con ellos porque lo consideraban pecado, y además porque los sacerdotes les pagaban con moneditas tintineantes que recordaban la Santa Limosna del sacristán. Puta, sí, ¡pero con temor a Dios!
¿Putitas?
Hoy hay chicas bellísimas y elegantes que se dedican a la prostitución. Pero en aquel entonces eran en su grandísima mayoría pobre mujeres ex campesinas, feas, gordas, ignorantes; dialectos y olores de toda Italia, peludísimas casi todas y que quizás nosotros los estudiantes lográbamos mejorar con buena dosis de fantasía. De fantasías teníamos muchas.
Así que… así que, ¿qué? Lo que se buscaba no era tanto hacer el amor con una chica, que era tan difícil de conseguir. Ni poseerla, o verla. O tocarla o besarla. No importaba. Era secundario. Un poco de manoseo bastaba. Y lo que se buscaba ansiosamente era que durante el assolo con una muchacha, la excitación fuera tal que las explosiones se dieran a como diera lugar, aun por toccata y fuga, casi por generación espontánea.
Así el día después uno podía contestar afirmativamente, con conciencia del deber cumplido, a la pregunta curiosísima y envidiosa de los amigos: “¿Eyaculaste?"
Recuerdo vivísimamente esa pregunta del amigo futuro crítico de arte, que me tenía en estima y que había apostado con el futuro profesor de arquitectura, incrédulo de mí.
No importaba cómo, no importaba dónde. Lo importante era descargar esas enormes tensiones. Y las descargas eran múltiples y teníamos en los bolsillos docenas de pañuelitos, entonces de tela, a veces con finos bordados de alguna tía solterona. Y la muchacha de servicio, con astucia campesina, preguntaba cómo era que el señorito Aldo tenía siempre tantos resfriados.
Yo ni sabía bien si las muchachas tenían o no tenían orgasmos. Tampoco estaba planteado. Todos sabíamos que se excitaban, porque indudablemente en muchos casos se constataba y entonces se notificaba al clan. Pero no se iba más allá.
Y nunca, nunca una chica se hubiera atrevido a pedir lo que ahora te piden a gritos... y que debes cumplir o poco menos y te matan.

5 comentarios:

Carla dijo...

jajaja, yo también pensaba que habían ido a mayores! se ve que en esos tiempos había que conformarse con menos... muy interesante texto! Saludos

Nara dijo...

JAJAJAJA!!! yo tambien pense con la mente de "hoy"....parece mentira en que poco tiempo se cambio tanto en ese tema!!!Supongo que el detonante fue "la pildora"...
Me gusta muchisimo leer sus recuerdos!!!Gracias por compartirlos!!!

CHC dijo...

Pcas lecturas me atrapan mi atención y curiosidad desde la primera línea. Gracias por estos escritos, una forma diferente de conocer y analizar esas partes de la historia, que pocos consideran conveniente escribir.

Un abrazo.

Alfa Segovia de Stanley dijo...

SR. Aldo. Usted estará en un geriátrico pero sus textos irradian una luz increíble.
No sé cómo se puede traducir "Me ne frego" en español, pero entiendo perfectamente el sentido.
Seguiré leyendo sus recuerdos con muchísimo gusto

Anónimo dijo...

Muy didactico, sobretodo la capacidad de descargar tensiones y la utilizacion de pañuelos. Gracias por compartirlo.