10 jul. 2010

¡Déjenme por lo menos un pie! (1949)



–¿Y este tipo acá, casi en la cima de la montaña, eres tú?–, me preguntó hace añísimos Leila observando una de las tantas fotografías en mi estudio de escultor. Una vieja foto, blanco y negro, amarilla ya, un paisaje nevoso alpino, en compañía de siete muchachos, todos visiblemente tiritando por el frío. Observo la vieja foto. Eran amigos y compañeros de universidad, de cuando, todos veinteañeros, vivíamos en Roma, en 1949. Hacía poco había terminado la guerra y comenzaba la Guerra Fría. Era el año cuando en Berlín se acababa de levantar el famoso muro que dividía las dos Alemanias. Cuando nació oficialmente la República Popular de China, nació la C.I.A. y asesinaron a Gandhi y a Gaitán. Éramos estudiantes de Derecho, de Letras, de Arquitectura, de Medicina.
Sigo mirando la vieja foto. Habíamos salido todos de Roma, en diciembre. Muy poca plata, coche de tren de tercera clase porque no había de cuarta. Cruzamos la frontera en el Brennero y llegamos a un Hotel cerca de Innsbruck, Austria, que nos pareció lujosísimo a nosotros, que éramos estudiantes con pocas liras y esquíes baratísimos y malos. Mi esquí derecho se había roto dos años antes cuando trataba de esquiar en Roma, en una callecita histórica en bajada, donde en la noche habían caído tres centímetros y medio de nieve, para gran emoción de los romanos. Lo había medio remendado, este esquí, ya viejo, que mi papá usaba cuando él era joven. Le había puesto una plaquita de aluminio. Las botas de esquí también eran residuos bélicos y, con sus enganches antiguos estilo años '30, bailaban alegremente con fuerte sentido del ritmo, quizás el Charlestón.
Para llevarnos hasta arriba, al hotel, el funicular subía y subía y parecía que nos llevara a la estratosfera A través de vidrios empañados se veían solamente nubes y niebla. Nos dejó casi a las puertas del hotel. Desdeñamos señorilmente el menú del restaurante y nos fuimos derechitos a nuestras habitaciones. Cuatro personas por habitación. Un buen pedazo de pan y salame que había quedado del almuerzo en el tren, agua del chorro y a dormir, exhaustos.
A la mañana siguiente, los ocho héroes, pobres turistas de pacotilla pero con energías renovadas por el milagro de la juventud, llenos de suéteres, bufandas y llevando al hombro los esquíes a la Ridolini, estábamos en el patio del Hotel. Ansiosísimos por ver la famosa bajada y esquiar en los famosos Alpes austríacos. Nos estábamos acercando emocionados al inicio de la bajada. Pero antes de llegar ahí, M., el futuro gran Profesor Universitario, arquitecto de fama y escritor, me dio un codazo y me dijo en voz baja:
–Aldo, Aldo, mira un poco atrás, las mesoneras...
–¿Cuáles mesoneras?
–Cazzo, las de anoche. ¿No te fijaste? ¿Ni tú? Las tres mesoneritas buenísimas, sexísimas, rubísimas, vestidas como tirolesas?
– Pero, M., si estamos en el Tirol, ¿cómo coño quieres que se vistan?
Tenía que estar de verdad muerto de cansancio, yo, para que mi testosterona exultante no se diera cuenta de ellas.
–Pero mira qué buenas están... –, seguía M.
Y miré. Claro. Eran de verdad muy bonitas y, justamente en aquel momento, nos estaban mirando a nosotros dos. Se asomaban a una ventana llena de geranios, del primer piso, donde había dos habitaciones sin baño para nosotros ocho.
Nos observaban, las muchachas, apoyándose con los codos en la ventana. Es una de aquellas poses que, sin duda ingenuamente, a veces las chicas toman sin darse cuenta de lo que ofrecen a la vista golosa del hombre que las mira. Nos miraban, se miraban entre ellas, se reían, parecía que nos saludaran, que se escondiesen del control de su patrón. Sí, no había duda. Nos saludaban justamente a nosotros dos.
–Muchachos–, quise avisar a los demás, que estaban preparándose para la bajada – ¡Muchachos!, miren qué tetas hay por aquí.
–¡Coño, cállate!–, me gritó M., en un susurro–. ¿Estás loco? Ellas son tres. Nosotros somos dos… Pero si les avisas a todos, se forma un bochinche de infierno y a lo mejor no conseguimos un carajo. Déjalos que bajen a esquiar y nosotros nos quedamos.
–Ah… no sé.
La verdad era que yo tenía una gran gana de esquiar. Conseguir la poca plata para esta vacación, la primera después de la guerra, y algo de equipo para esquiar, había sido una hazaña. Las chicas…. bueno, las chicas… ya llegarían.
En fin, los dos alcanzamos a los demás al inicio de la bajada.
Nos quedamos todos petrificados. Debajo de nosotros, no encima de nosotros, sino por debajo de nosotros, el cielo se veía celeste nevoso, sin nubes. Pero para llegar allá abajo, al fondo del valle, había una pendiente blanca toda de nieve, candidísima, que bajaba a 45 grados. Casi no se veía el final. Solamente se veían unas pocas casitas pequeñas, seguro de algún nibelungo que se reía a carcajadas de todos nosotros.
Todos sabíamos esquiar un poco, pero solamente en aquellos dulces Apeninos cerca de Roma, donde mis parientes norteños decían que “la nieve la llevan con los sacos". ¡Pero esta montaña era el Everest!
Fue entonces cuando oímos de repente a las dulces y confortables tirolesas riéndose de nosotros. Con sus trencitas rubias, sus vestidos rojos, sus escotes de infarto. Y nosotros éramos ocho italianos cagones, aterrados frente a la bajada.
Picado en el orgullo, le dije a M:
–¡Aquí es cuestión de patriotismo! Dos mil años de historia nos están mirando–, dije, parafraseando al Corso aquel frente a las pirámides. –No podemos permitir que a nosotros, descendientes de los Césares, vengan ahora estas tres carajitas tirolesas de mierda a jodernos, aunque tengan las más ricas tetas del mundo.
Todos convinieron muy seriamente.
–¿Y entonces?–, dijo M., que comenzaba a preocuparse. F., el futuro famosísimo crítico de arte, se soplaba la nariz. L., futuro Juez de la Suprema Corte dei Conti, decía "¡porca puttana!", pero en voz baja, porque era tímido. P., quien tendría derecho al título de Excelencia y blasfemaba siempre en manera original, salió con un inédito: “¡Dios canguro!”
Y con nuestros esquíes remendados nos tiramos por esa bajada que nos llevaría a los Ínferos, para salvar el honor de la Patria Romana Imperial. "Acthung, schlavinien!". Pensámos que era un aviso para los cazadores. Por eso seguimos.
De noche, regresamos todos sanos y salvos. Muertos de hambre, pero con el orgullo a salvo. Habíamos tenido caídas, recaídas, revolcones en la nieve, pero habíamos conquistado la meta. Doloridos en todo el cuerpo, solo faltó gritar: ¡Viva Italia!
Por la noche, a la hora de la cena, las tirolesas se ocupaban de sus clientes de acuerdo a su innato sentido teutónico del deber. Pero aprovechaban las mejores excusas para revolotear alrededor de nuestras dos mesas con aquellas falditas plisadas. Y nos preguntaban riendo si queríamos wiener schnitzel mit rost kartofeln (milanesa con papas horneadas).
–Sí, sí –le contestaba yo en italiano–, pero yo prefiero tu wiener schnitzel.
No sé si entendían pero seguían riéndose con aquellas falditas plisadas que acariciaban sus fuertes y lindas piernas en alegres giros.
Cuando llegó la hora de ir a la cama, alguien constató:
–Pero si somos cuatro por cuarto, ¿cómo haremos?
–Tres no es divisible por cuatro y tampoco por ocho.
Y comenzó una tremenda discusión sobre prioridades, precedencias, sobre quiénes deberían presentarse lanza en ristre, bien levantada, como en un torneo medieval. Si intentar un Assolo o proceder a la Singolar tenzone, en pareja. Una de las muchachas había desaparecido. Aparentemente se disponía sólo de dos damiselas, aunque desde otro punto de vista se podría decir que dos de ellas disponían de la belleza de ocho cavalieri serventi.
–Quizás sería mejor que dos de nosotros sirvan a una de las damas; y otros dos sirvan a la otra.
–¡Un momento! ¿Y los demás?–, preguntó V., futuro médico pediatra, ginecólogo y nutricionista, que sería famoso en el ambiente romano. Pero entonces era comunista y con gran sentido de la solidaridad social.
–¡Onanismo, onanismo!–, sugiere M. –Podemos permitirles que miren a través de la cerradura.
–A lo mejor podríamos dejar la puerta semi-cerrada–, propuso generosamente V, el comunista.
De repente entró a la habitación una de las chicas. La más bonita. V., M., El Fico y yo quedamos boquiabiertos. C. y P. se habían eclipsado durante la discusión. F., el futuro crítico d'arte, nos confesó luego que se había quedado con la otra muchacha, hablando de arte. Le reprochamos su poco sentido comunitario. Pero él era liberal.
–No podemos caerle encima a esta muchacha ahora, los cuatro juntos–, dijo M., siempre caballero, porque era barón y había reconocido en nosotros la más antigua de las intenciones.

–Dejemos de hacer el papel de italianos hambrientos de hembras. Ni que fuéramos marroquíes.
Pero la froilein comenzó a preparar el duchant, entre sonrisitas alegres. La camisa se le había abierto un poco sobre el seno, porque un botón se había afortunadamente soltado. Nos miró y se desabrochó otro botón. Y seguía con las risitas. Y aquellas ansiadas tetas quedaron casi libres. Luego, al tender la cama, con el duchant, ella se inclinó lo suficiente para que nosotros viéramos, embobados, aquellos pocos centímetros de piernas desnudas entre las medias blancas y las bragas rojas.
Era demasiado. M., el barón, se le acercó e, inclinando la cabeza con estilo “baronil”, le estampó un sonoro beso en la piel desnuda. La muchacha se levantó de un brinco, nos miró serísima y al segundo explotó en una risa que nos sorprendió y no supimos cómo interpretar. Se extendió con decisión sobre la cama, terminó de desabrocharse la camisa y en un relámpago desapareció la faldita. Esas braguitas rojas eran una delicia. Nos dijo algo en alemán y después pasó al italiano, hablaba bastante bien, con un acento que nos pareció dulcísimo: “Fediamo quello che sanno fare questi tre beli italiani spagueti” (lo que sonó como “Famos a fer lo que saben hacer estos lindos italianos espaguetis”).
V., el comunista, salió asqueado de la habitación. Dijo que nosotros nos estábamos aprovechando de una pobre proletaria, de siglos de sumisión, que la muchacha decía que sí, pero que en realidad quería decir no. Recuerdos antiguos del Jus Primae Noctis (el "Derecho de piernada" español). Y se fue.
Se quedó con nosotros el Fico, el amigo ocasional. No le hicimos mucho caso. M. y yo, como buenos amigos que éramos, nos dividimos toda esa gracia de dios y la valkiria reía, se movía, se reía, decía "ja"... Hasta que, de repente, M. y yo nos dimos cuenta de que nuestro amigo estaba al pie de la cama, casi de rodillas, todo alborotado. Tenía en su mano izquierda el piecito de la froilein. Había logrado quitarle la media y, con nerviosismo, le acariciaba el pie desnudo. Pero nosotros, los tres, M., la chica y yo, soltamos una carcajada cuando vimos lo que estaba haciendo con su mano derecha. La valkiria sensual se reía más que nosotros, parecía un torrente de primavera. Nos miró a los dos, con sus lindísimos ojos azules, alegrísimos, y, estremeciéndose de la risa, nos dijo algo que naturalmente nosotros no entendimos.
Y el pobre Fico, medio llorando, imploraba:
–Un pie, por favor… Por lo menos déjenme un pie.

7 comentarios:

Thomas dijo...

sencillamente glorioso

Lebowski dijo...

Espectacular. Pero la abstención del comunista, y su fundamento, TIENEN que ser 100% ficción.
De lo contrario, ese tipo pasa a ser mi ídolo, al lado de Dovlátov.

Gracias por compartir estas historias con nosotros, don Aldo.

Un abrazo

Aldo Macor dijo...

Lebowski:La verdad es que ni se quien es ni creo haber oido hablar nunca de Dovlátov, lo cual no es indicio de nada especial. Pero sí, Vincenzo era asi! Era comunista puro, fue muy gran amigo, aprendí muchisimo de él,era algo mas inteligente que yo, me invitó a frecuentar con él la Asociacion para las relaciones culturales con la Union Sovietica, en Roma. No fuè ficción. Y me diste la idea de escribir algo sobre una travesura de juventud, alguito más tarde, cuando él era ya medico y yo todavia estudiante de derechos. Ja ja ja fue la única vez que se enojó fuertisimamente conmigo !

Lebowski dijo...

Qué genial. La realidad supera la ficción, dicen.

Me muero de ganas de leer esa historia del enojo de V.

Ah, Dovlátov es este:

http://es.wikipedia.org/wiki/Serg%C3%A9i_Dovl%C3%A1tov

Se lo recomiendo vivamente. Sobre todo, "Los nuestros". Aunque acá, en Uruguay, difícil que lo encuentre.

sagos dijo...

Ameno. Hace parecer fácil el proceso de la escritura don Aldo, muy natural.

Roberto dijo...

eh allora non posso non commentare con "Viva l'Italia!"

Anónimo dijo...

Aldo, simplemente maravilloso