31 jul. 2010

El confesionario


                                                                                             (Ego te absolvo peccatis tuis)

1.949. No era en Roma, sino en La Vittoria, en Liguria. Era el segundo año seguido después de la guerra que veraneábamos en ese pueblito de los Alpes Marítimos. De un año a otro, pasa para los jóvenes una enormidad de tiempo. En un año las chicas se pueden hacer señoritas, a los chicos les sale algo de barba. A mi edad de ahora, a los 82, la única variante es que una buena mañana uno puede despertarse muerto.
En este verano ya no pude ver a la muchacha del año anterior. Se había casado, me dijeron.
Pero se pudo ampliar el círculo de amistades al aparecer dos chiquillas fabulosas. Una, la muy tímida Maria Luisa, tenía 17 o 18 años, era bonita y bien formadita, de incipientes atributos, de buena familia tradicional y estaba en segundo año del Liceo clásico. Yo traté de entrarle por los poetas griegos, la mitología y los eventos históricos románticos sin demostrar ningún interés particular en ella. Me escuchaba, de vez en cuando me miraba, y al poco rato se retiraba a su casa. Estas jovencitas, en sus primeras experiencias con muchachos, eran curiosas y temerosas al mismo tiempo. Casi todas tenían una fuerte educación católica y estaban muy influenciadas por las recomendaciones de las mamás y el terror al papá, que siempre era un hombre severo. Me gustaba muchísimo, Maria Luisa, por ese aire de santita, y posiblemente lo era.
Y la otra nueva veraneante era Ernestina, un poco mayor, una morenaza descomunal, con unas tetas voluptuosas y mirada de fuego. Era del Liceo Artístico y tenía ese aire de libertad, de modernidad, de extravagancia que normalmente se atribuye al artista. Muy atractiva, sensualísima, adoptaba poses para poner en evidencia sus gracias. Pero solamente para ponerlas en evidencia. En esos tiempos, pobres chicas, se contentaban con eso. Recibir la admiración de los amiguitos, percibir el deseo de ellos, era todo. Sin duda notaban algo en ellas mismas, pero con la idea del pecado siempre presente, de lo que es conveniente y lo no conveniente, del “esto no se hace”. Muchas de ellas llegaron a tener hijos sin conocer el orgasmo.
Y los machitos, revoloteando alrededor de ellas, siempre teníamos deseos que reprimíamos para explotarlos solamente en la solitaria oscuridad de las habitaciones.
Y sin embargo se pudo sobrevivir.
Bueno.
Con mi primo, un año mayor que yo, estábamos tratando de entrarles a las jovencitas. Questa o quella, per me pari sono. Así dice la Opera (“la una o la otra, es lo mismo”). No interesaba cuál chica le tocara a cada uno, siempre que fuera una chica.
Mi primo, tímido el verano anterior, se había despertado bastante con no sé qué actividad social de los estudiantes de Ingeniería. Y me reveló un plan fabuloso que me asustó y me entusiasmó:
-… deberíamos tratar de confesarlas.
-¿Confesarlas? ¿Estás loco? ¿Y como? ¿Quien?
Y mi primo, orgulloso por su maquiavelismo, me explicó.
En dos días será la fiesta del Santo. Todas las mujeres, las veraneantes y las campesinas, jóvenes o viejas, irán a confesarse el día anterior, o sea mañana, para la comunión del día siguiente. Y el párroco, que no podía llamarse sino Don Abondio, ya viejito, comenzará en la mañana y deberá atender a más de un centenar de personas… De acuerdo y siguiendo los consejos de su buena Perpetua, la sirvienta vieja y fiel en dotación a los curas en aquel entonces, se habían escalonado las visitas al confesionario de las fieles. Las primeras en acudir serían las campesinas, que siempre se levantan temprano. Después las veraneantes. Y por ultimo las muchachas; ya casi de noche.
-¿Cómo lo sabes?
-Me lo dijo mi hermana que sabe de todos estos intríngulis… Y que Maria Luisa y Ernestina irán después del Vespro.
Quizás para agarrar al viejo cura ya cansado y obtener una absolución veloz, sin demasiadas preguntas. Si el párroco les preguntara, seguro que ellas dirían en secreto de confesión si sienten una eventual simpatía por algún muchacho… Y quizás hasta le pedirían consejos. El cura les diría si pueden darles unos besitos o no, y cosas así.
-Los curas son muy preguntones, atrevidos en las peguntas y… a veces dan ideas… así que tú deberías confesarlas a las dos y preguntarles.
Lo interrumpí.
-¿Confesarlas? ¿De verdad? ¿Dices en serio?
-Sí, exactamente.
Yo había tenido experiencia como monaguillo por algún tiempo en mi escuela privada de Roma, me sabía una cantidad de cantos en latín, sabía cuándo tocar la campanita para la Elevación de la Hostia, pero… Pero en fin, mi primo me consideraba apto para fungir de cura y yo quise creerle.
El plan diabólico era que yo me metiera en un confesionario, a escondidas del viejo cura. El confesionario, que quizás algunos recuerden , era un cubículo donde entraba el sacerdote, con la estola del perdón. Se sentaba en una sillita, cerraba la puerta y abría a los dos lados del cubículo dos portezuelas con agujeritos, por donde el sacerdote podía ver la cara de la penitente, pero la penitente no podía ver la cara del sacerdote. Eso era porque la astucia sugería que la mujer se sentiría más libre de comentar sus pecados a una voz invisible. ¿O sería para que no viera las eventuales y variadas expresiones envidiosas del hombre, santo varón, que oía la descripción a veces detallada de los pecados?
Nuestro don Abondio iba a comer a las siete en punto.
Al día siguiente, el gran día de la confesión colectiva, me puse los zapatos de tenis porque don Abondio no hacía absolutamente ningún ruido cuando caminaba. Los zapatos de fieltro eran una bendición para sus pies tripulados.
Y nos dirigimos, mi primo y yo, a la Iglesia.
Entramos. No había nadie. Eran las seis y media. Espera que te espera, nadie se presentaba. No se sabía dónde estaba el sacerdote. Mi primo averiguó con Perpetua que don Abondio, muy cansado por las tantas confesiones, se había acostado ya y no se levantaría más de la cama, para poder estar bien al día siguiente y conmemorar debidamente al Santo previsto.
Bien, ¿y entonces?
¿Y nuestras candidatas?
Yo estaba ya preparado en el confesionario cuando de repente, mi primo:
-Ya. Ya. Aldo, están llegando... ya las veo en la plazoleta. Suerte… en un momento estarán acá…
Y se fue.
Miro a través del espía agujereado. No veo a nadie.
Espero y espero.
Esperé más de media hora. Cuando siento a alguien que se acerca. El ruido de tacones de una mujer.
Había poca luz, pero indudablemente la figura que se acercaba no era ni la del Maria Luisa ni la de Ernestina.
¿Quién será?
-Espero que no se meta acá- me digo.
La voz de una señora me dice:
- Buenas noches padre, disculpe si llego tarde. Yo soy la señora tal y tal, estoy veraneando aquí con mi hija… quiero confesarme.
¿Qué hace uno? Dime, dime, tú que lees este cuento que de cuento no tiene nada.
Estaba cagado de miedo.
Confesar a unas chicas me parecía una muchachada. Sin importancia. Una novela a la Boccaccio. Pero confesar a una señora, una persona adulta, me parecía poco respetuoso y peligroso.
Pero Audaces adiuvat ipsa Venus…
Me acerco a la ventanilla agujereada, me pongo una especie de estola de penitente y comienzo, según lo que había oído docenas de veces.
- In nomine patris et fili et espiritu santi, Amen.-
- Amen- me contesta la penitente.
- Dime hija - le digo - ¿Cuánto tiempo es que no te confiesas?
- Padre, usted no es don Abondio, ¿verdad? Usted tiene una voz diferente, más joven. Usted debe ser el nuevo padre que estaban esperando aquí para ayudar a Don Abondio.
- Sí, hija mía, así es, pero no te distraigas. ¿Hace cuánto tiempo no te confiesas y no te acercas al Señor?
- Ay, padre… - y allí comenzó una verborrea que no terminaba nunca. Pero que sirvió para darme cierta confianza a mí mismo. Al final, la señora no era ninguna gran pecadora, sólo se acusaba de glotonería, de que no debería comer tantos dulces que además la engordaban demasiado. Y otras tonterías.
- Ego te absolvo peccatis tuis in nomine patris et filii et espiritu sancti. Amen.
- Amen.
- Tres avemarías y cinco padrenuestros. Y dile a tu hija que se confiese ella también para que las dos puedan recibir al Señor con el alma pura y limpia.
- Mi hija no está hoy conmigo, padre, porque fue invitada por la mamá del joven estudiante de ingeniería para comer crostata di pastafrolla. Ni sé cómo se llama el muchacho, me pidió permiso en nombre de su mamá y yo se lo di porque la señora es una muy buena persona, es seria y jugamos canasta casi todos los fines de semana.
El hijo de puta de mi primo me había enchufado a la mamá de Ernestina para tener así más tiempo libre para sus vergonzosas maquinaciones.
¿Habrá saboreado la crostata de pastafrolla?
Así que por primera vez él fue el Buffalmacco y yo el Calandrino.

6 comentarios:

María dijo...

Muy divertido! pero qué tremendos! jajaa

Aldo Macor dijo...

Eso fue verdad, Maria,sabes?
Pero otro dia te contarè lo que me pasó, tambien a mi., muchisimos años mas tarde,cuan do estaba haciendo una filmacion con mi Sony, luz de noche, dentro de una Iglesia,muy conocida,de Italia... y el el blog contarè lo que vi filamdo, justamente con Lux para Noche un rincon poco iluminado de la Iglesia... jajajaja Ciao Maria...
cual de las Tres Marias seras tu?

Anónimo dijo...

Es un texto bien logrado, muy bien escrito. Ya veo de donde le viene la veta de Leila; como dice el adagio latino "de tal palus tal astillus"...
Jaime Senra

Leila dijo...

jajaja, nada de eso, Jaime! reclamo mi derecho a la autonomía narrativa. Pero papá es muy buen contador de cuentos, eso sí, seguro. Besos

Anónimo dijo...

Aldo tu capacidad narrativa es extraordinaria, deleitas de principio a fin, FELICIDADES, sigue escribiendo,seguiremos buscando en tu blog para continuar leyéndote.

Anónimo dijo...

Excelente relato.Magistral!!
Felicitaciones, Aldo
Angel