7 ago. 2010

La filmadora con night shot


En dialecto de Roma se dice: “Fatte li cazzi tua” (Piensa en tus cosas)

No fue hace mucho tiempo. Solamente entre diez o quince años atrás. Anteayer para mí. Mi esposa y yo estábamos en uno de nuestros periódicos viajecitos de primavera-verano a Italia, para saludar parientes, amigos, comprar los que nos serviría de vestuario por dos o tras años, hasta el próximo viaje.
A veces nos sumergíamos en visitas turísticas pseudo-culturales. Tenía yo una nueva handycam, Sony, con visión nocturna. Y dábamos vueltas y vueltas, filmando, comiendo, tomando sol, comprando, turisteando, en fin, como dos buenos burgueses de mediana edad… y un poco mas. Una tarde, no recuerdo en qué ciudad de Italia, entramos a una iglesia para ver un cuadro del Pinturicchio que no conocía sino en fotos.
Y comenzamos a dar vueltas en el interior de la Iglesia, fotografiando y filmando inclusive un altar con fieles cantores. Y justamente estaba comentando con Gabriella que en España había sido problemático a veces fotografiar o filmar dentro de las Iglesias. Recordamos inclusive cuando, pocos años antes, tuve un altercado con un curita español de la Inquisición que muy autoritariamente me había puesto su ruda mano de campesino gallego ante mi objetivo, escupiéndome que en la Iglesia no se podía filmar. Sabía bien que en España las iglesias estaban llenas de fieles y en Italia de turistas. Pero eso no me impidió fastidiarme enormemente por esa actitud arrogante y comentarle, furioso y en voz alta: “¿Por qué el santísimo apóstol Pedro en Roma permite fotos y filmaciones y este tipo de Santiago (ah… estábamos en Santiago de Compostela…) osaba oponerse al Principal de los Apóstoles?”. Pero Gabriella me había agarrado ya del brazo, no hubo consecuencias y fuimos ido a comer un buen Pata Negra.
Eso fue unos años antes. Esta vez seguimos viendo y filmando el famoso Pinturicchio. Yo con mi handycam con luz para noche comencé a curiosear en los recovecos oscuros o semioscuros de los altares, a la búsqueda de algún detalle que no se distinguiera a ojo normal. Y de repente… zasssssssss… ¡Coño! En un rinconcito bien oscuro vi a dos tipos, supongo un chico con una chica, en plena faena fantasiosa. “¡Fellatio Fellatio!”, habría gritado con horror el curita gallego si hubiera sabido latín. Yo me limité a retirarme, fastidiado, pero le comenté a Gabriella:
- ¿Ves? Tú sabes que yo soy agnóstico, no es por eso, pero, cáspita, eso de “exuberarse” así en una iglesia, ¡es solamente debido a que esos jóvenes ignorantes y malcriados de hoy en día, no les importa nada de nada y se cagan encima de nosotros y de nuestras tradiciones!
Y me quedé como petrificado, preguntándome: ¿Qué se supone que debería hacer yo? ¿Agarrarlos a patadas? ¿Denunciarlos?
Mi esposa me miraba con su mirada siempre dulce y un poco irónica.
Al momento me tranquilicé y poco después le comenté:
- Si Dios padre les da cobijo a esos dos jóvenes, ¿quien soy yo para oponerme a esos designios divinos?
Gabriella me sonrió.
Y con esa extravagante consideración apagué la handycam visión nocturna y seguimos nuestra gira como si nada.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Y no sabemos quiénes eran los de la "acción" y si en realidad eran jóvenes... ¿no estaba el cura por ahí cerca? mmmm... sospechoso.
Simpática historia, Aldo, me gustó el detalle de la mirada dulce de Gabriella. Sigue deleitándonos!
Joselo, desde México