10 ago. 2010

La fimosis o el santo prepucio

 
(o el pudor de las mamás de antaño)
Fimosis es una bellísima palabra que viene del griego φίμωσις y significa estrechez. Se usa (se usaba) para indicar estrechez de un istmo, de una calle. Hoy en día el término ha sobrevivido solamente en medicina para indicar la estrechez de la piel que recubre el glande. O sea la cabecita del pene: el prepucio. Hay casos cuando el “huequito” es tan estrecho, que dificulta o impide que la piel del prepucio se deslice sobre el pene. En casos extremísimos, pero hay que ser muy desafortunado para tener eso, la apertura es tan estrecha que dificulta hasta la salida de la orina.
Bueno. Esa malformación se empieza a notar con las primeras erecciones del joven. ¿Cómo se da cuenta?
Cuando un joven comienza la dulcísima época de la masturbación, sus amiguitos le dicen cómo se hace pero él no lo puede hacer. O tratan de hacerlo juntos, con buen sentido de la camaradería. Pero le duele y suda y se enoja y grita a la sempiterna hermanita que le pide a gritos el baño, donde el pobre joven está en pelea con su pene erecto y el dolor que le produce la tentativa de masturbación.
Claro, hoy en día eso no sucede. Primero de todo porque las chicas saben cien veces más que el diablo y cuando tengan su primer hijo varón, deben de haber visto ya más de un pene y saben cómo están hechos. Y si no lo saben por experiencia propia, por ser virgencitas temerosa de Dios, habrán leído libros de sexo, visto películas, hojeado revistas de todo tipo, conversado con amigas o con sus mismas mamás, así que no se va a encontrar frente a algo desconocido.
Además las mamás, siempre hoy en día, tienen la asistencia constante de costosos y casi inútiles pediatras que lo primero que hacen es jugar con el piripicho del niño, a ver si todo funciona bien.
Pero eso no fue siempre así…
Ha habido casos históricos que no me importan absolutamente nada pero de los cuales refiero solamente uno… para reírnos un poco. A ver: ¿si les dijera que uno de los motivos, una de las causas de la Revolución Francesa, quizás no la más determinante históricamente, pero cuya influencia no debería subestimarse, ha sido justamente un caso de fimosis?
Sí, señores, un caso de fimosis real. ¡Nada menos que Real!
Resulta que el Divino por Gracia de Dios, Luis XVI Rey de Francia, marido de la exuberante María Antonieta, sufría de fimosis. Y las poquísimas veces que trató de hacerle el amor a su Real Esposa con fines de Descendencia Real, su Sagrado Piripicho le dolía muchísimo. Así que lo que normalmente es un goce para el más común de los hombres, para él, Ungido de Dios, era un tormento. Y la exuberante Maria Antonieta desahogaba en lujos, fiestas, extravagancias y quizás amantes la decepción de la cama nupcial; se volvió extremadamente antipática al pueblo de París, que veía y envidiaba los derroches de ella y terminó por cortarle la cabeza. ¿Los médicos de Su Majestad sabían del inconveniente de la fimosis real? Muy probablemente.
Pero también era cierto que no se podía permitir que un Cristianísimo Rey de Francia fuera un circunciso, como cualquier mercader judío.
Bueno, se dio el caso que cuando yo, a mis quince años, probé los primeros ejercicios autodidácticos, me di cuenta de que algo iba mal.
Y no sabía lo que era. La piel del prepucio se me quedaba pegadísima al glande, no había manera de despegarla, parecía pegada con cola de carpintero. Y el pobre glande yo lo lograba descubrir solamente por milímetros con dolor y en más de una sesión. Y duré semanas, semanas… parece horrible o risible, ahora, pero duré semanas para poder por fin retirar toda la piel del prepucio.
Pero… allí estaba el otro inconveniente.
Existía la maldita fimosis, cosa desconocida para mí, para mi mamá y quizás también para mi papá. Nunca me atreví a preguntar a nadie. De esas cosas NO se hablaba.
Así que cuando, por fin despegada la piel del glande, traté de proceder a los movimientos rítmicos sugeridos por los amiguitos de experiencia, no podía absolutamente mandar atrás la piel, estando en posición erecta. Lo podía hacer solamente con el pene en estado de reposo.
Tuve que adaptarme a mi situación, y fue un proceso muy largo en mi adolescencia. Por fin, dale y dale, la piel del prepucio comenzó a ceder y podía usar mi atributo más o menos bien, sin dolor. Pero siempre con cierta precaución.
En una ocasión ocurrió algo inconcebible y quizás increíble.
No puedo decir en qué año, ni qué edad tenía yo, porque me da vergüenza admitirlo. Diré solamente que no era ya tan adolescente. Bueno. En una ocasión en una zona de Italia de cuyo lugar no quiero ni debo acordarme estaba yo viviendo en una especia de comunidad. Y no tenía muchas ocasiones de tener chicas a disposición para mantener aceitados los motores. Así que evidentemente mi prepucio comenzó a recuperar algo del terreno perdido. Y fue una desagradable sorpresa para mí, que creía ya casi resuelto el problemita.
Resulta que en ocasión de no recuerdo qué, fui invitado no recuerdo dónde. Yo estaba solo en aquel entonces lejos de Roma, lejos de la familia, lejos de amigos, lejos de todo. Así que acudí a la invitación y me presenté a ese sitio. Al poco tiempo entablé conversaciones de no recuerdo qué cosa con una chica del lugar, ni fea ni bonita. Y al rato salí con ella para dar una vuelta en la zona. La vuelta era un paseo a pie. No tenía coche, no tenía moto, no tenía plata tampoco, así que el paseo fue en la periferia de la pequeña ciudad que estaba a la orilla de un bello y romántico y conocidísimo lago del Norte de Italia. Agarraditos de las manos, ella me llevó a un sitio muy agreste, muy cerca de un restaurante cerrado ese día. Silencio, oscuridad casi absoluta y apenas unas luciérnagas con sus lucecitas a la búsqueda de la pareja.
- Como nosotros- le comenté. No me hizo caso y quise besarla. Se retiró débilmente.
- ¿Tú eres de Roma, verdad?
- Sí, soy de Roma. ¿Algo en contra de los romanos?
- No. Solo me dijeron que Uds. son largos de manos.-
- Mira las mías. ¿Como te parecen? ¿Demasiados largas?
- Tienes lindas manos. ¿Tú no trabajas con las manos, verdad?
- Depende. ¿Quieres probarlas?
Y allí comenzó el tócame y no me toques, el bésame y te beso, acaríciame y te acaricio. Y a la media hora, allí mismo, a la luz de las luciérnagas, ya emocionados, ella misma se extendió en la grama. Acepté entusiasta la invitación.
Pero no pude.
¡El bendito prepucio! Y me dolió. Y me dolía.
De alguna manera resolvimos con los recursos de los sucedáneos. Pero tenía que darle una explicación. Y le expliqué, con un poco de vergüenza pero con mucha franqueza; aunque no consideré oportuno el ejemplo de Luis XVI.
Y entonces la chica, de cuyo nombre esta vez sí, no puedo acordarme, demostró una actitud que nunca hubiera imaginado. Me dijo que ella tenía un novio. Que era su novio desde tiempo, y que posiblemente terminaría casándose con él. Pero que era casi un mes que se habían peleado por tonterías y no habían tenido relaciones. Y siendo ella, me dijo así, muy estrecha de vagina, ella iría donde el novio, harían las paces y le haría el amor lo más posible para que pudiera ensancharse lo suficiente. Y me avisaría para poder estar juntos bien, como era debido, sin que yo sintiera dolor. Fue de una gentileza exquisita
Y así fue.
Y todavía hoy al contarlo me avergüenzo del pacto convenido.
A los dos meses, casualmente, la encontré en la calle, del brazo del novio y me lo presentó. Era un tipo unos diez centímetros mas alto que yo, con unos músculos y pectorales que le salían de la remera.
Más nunca fui a buscarla.-
¿Y mi fimosis?
Tuve que llegar casi a los cuarenta. Pedí ayuda a un amigo, gran médico, magnífica persona, que sabía sumamente católico apostólico romano, cosa que no me interesaba y que ni mínimamente pensaba tuviera influencia en él como médico. Yo no conocía ese aspecto de él: su extravagante religiosidad que se me reveló en esta ocasión. Nos habíamos conocido años antes. Fue el médico partero con el cual nacieron mis hijos. Era mulato, siempre con una sonrisa dulce y comprensiva en los labios. Era también médico de monjas. Su despacho se llenaba de religiosas porque ellas a veces son mujeres y necesitan asistencia ginecológica. A las personas que se veían medio pobretonas, no les cobraba. A mis hijos no les cobraba tampoco. Y muchas veces se olvidaba de los honorarios también conmigo, que de pobre en aquel entonces tenía solamente la situación de mi cabellera. Le hice un busto en bronce, por amistad, un retrato muy bien logrado que prácticamente le regalé y que ahora está en mi página web. Cuando un día fui a pedirle consejo y ayuda sobre mi problema de la fimosis, me di cuenta que no quería recurrir a la circuncisión. Me dijo que no era necesario. Y le creí. En dos oportunidades me hizo un cortecito que, según el, debería resolver mi problema sin intervenir en los designios originarios de Dios, que sabe lo que hace. La circuncisión era un invento de los judíos. Pensé que hablaba en broma. Al segundo cortecito sin resultados definitivos por fin me di cuenta claramente que por motivos misteriosos, anatema anatema, trataba de evitar recurrir a la circuncisión. Me asombró su actitud.
Naturalmente la mente se me fue a casos donde por ignorancia, tradiciones, supersticiones, temores, la así dicha Verdad de la Fe supera a la Verdad de la Razón. El fanático religioso, de cualquiera religión, prefiere dolor y sufrimientos antes que reconocer algo que vaya contra sus supuestas verdades de fe.
Y naturalmente me sonreí al recordar la ridícula tentativa de muchos cristianos de querer esconder el origen judío del hijo de su Dios, al punto que se eclipsaron cuadros y retratos, por lo menos en Italia, donde aparecía la CIRCUNCISIÓN DE JESUCRISTO.
Y no solamente por fanatismo religioso sino también por fanatismos de razas, como en muchos sacerdotes protestantes en Alemania en las décadas de 30 al 40.
Total las ánforas contenedoras de tantos y tan santos prepucios, reliquias adoradas por los primeros cristianos, deben haberse desvanecido en el espacio.
Bueno, regresando a mi caso, a mi santo prepucio, el problema no se resolvió con ese amigo mío gran medico y gran católico y decidí buscarme otro médico que no fuera ni cristiano ni judío ni musulmán sino simplemente médico. Me mandé circuncidar, el prepucio se lo comió el gato y conseguí mi liberación masculina.
Traté de recuperar el tiempo perdido pero eso me trajo problemas de otro género.
¿Ahora?
Ahora, en Montevideo, cuando salgo de las duchas de mi club de Natación, a veces encuentro a alguien que me saluda: SHALOM…

3 comentarios:

María Luisa de Francesco dijo...

jajaja buenísimo, con tu humor tan fino siempre haciendo sonreír eh? buena combinación de ironía y conocimientos. Te sigo leyendo en la pròxima.

Carmen dijo...

Aldo que genialidad de historia,es divertidísimo decir nuestra verdad y que nadie se la crea, lamento los años que perdiste, como lamento los cientos de cosas que tenemos que desaprender....un abrzo.
Por cierto, la publicaré en mi facebook respetando tu autoría, a ver si ayudamos a alguien a desaprender mas rápido.

Anónimo dijo...

Gracias, Aldo. Ahora sé a qué carencia se debe mi virtuosismo en el descubrimiento de mi sexualidad.
Angel