23 ago. 2010

Le stanze di Raffaello


(Capítulo de mi libro "Venezuela, ¡qué vaina!". Alfadil Ediciones, Caracas, 2001.)

En esa época, 1951-1952, en mis 23 o 24 años, yo trabajaba en Caracas todos los días hasta las siete u ocho de la noche y los sábados hasta las dos o tres de la tarde. El único día libre era el domingo, pero debía cuidarlo porque mi patrón de entonces estaba obsesionado por el trabajo probablemente porque no sabía hacer otra cosa. Uno se da cuenta que quienes trabajan mucho, obstinadamente, lo hacen porque no saben hacer nada más. No saben nadar en ese estupendo mar Caribe, no saben gozar de la playa, no saben jugar bridge, no saben jugar póker, no saben jugar tenis, no saben bailar y, para nombrar actividades más fútiles, no saben tampoco leer, no saben escribir, no saben conversar. No saben hacer otra cosa sino trabajar, pero no porque les guste hacerlo, sino únicamente con el afán de amasar un dinero que probablemente no podrán nunca disfrutar.
O quizás para huir de una mujer insípida.
Yo defendía la sacralidad de los domingos porque, si mi jefe se enteraba que el fin de semana estaba en Caracas, era capaz de llamarme para revisar algo que según él sería urgente. Me escapaba fuera de la ciudad, a Higuerote, a Los Caracas o a la Colonia Tovar, adonde se llegaba solamente en jeep. Y lo anunciaba en voz alta para que todos en la oficina se enteraran de que no me quedaría en Caracas, aunque a veces sencillamente me iba al cine de la esquina.
Costaba 5 bolívares la entrada y estaba muy cerca del edificio Terepaima, donde tenía mi apartamento de soltero, mi garçonnière.
Salía casi siempre con alguien del club de tenis donde era socio. En su mayoría se trataba de extranjeras jóvenes e infelizmente casadas, porque las muchachas solteras venezolanas tenían el problema de la chaperona en aquellos tiempos prehistóricos, así que para mí era un engorro hacer una cita con ellas: además en la prehistoria se incursionaba casi solamente con la fantasía. De modo que adquirí cierta fama de consolador de mujeres casadas.
También las consolaba verbalmente: todas tenían el terror de la palabra adulterio y yo les explicaba que para cometer adulterio, según el rito de la Santa Romana Iglesia, era imprescindible que por lo menos una de las personas fuera casada con el vínculo del matrimonio católico. Canónicamente hablando no existe adulterio entre un soltero y una casada según el rito protestante. Y menos según el rito musulmán o budista, porque el matrimonio de los no católicos no es válido según el rito católico; no existe, de modo que tampoco existe el adulterio que es un pecado contra el sacramento del matrimonio.
En definitiva, entre los distintos pecados, el más interesante es sin duda el que lato sensu se llama adulterio, sin considerar las confesiones religiosas de los adúlteros, y por cuatro motivos: primero y segundo, por el placer que le produce a las dos personas involucradas. Tercero, porque permite hacerte cierta cultura y experiencia que serviría, en otras palabras, para un eventual, posible y tradicional matrimonio al cual parece que todos estamos destinados. Y es bueno tener experiencia previa para que, una vez casados, no cometamos los mismos errores. Y el cuarto motivo es que se le hace una obra de bien a una dama en problemas.
Si una mujer no tiene problemas con su marido, decía, se da como un hecho que no cometerá adulterio. Ella es fiel por instinto, se considera reservada para un solo hombre. Así que cuando comete una infidelidad, casi siempre la culpa es del marido. Por supuesto según una versión que ellas me daban que, naturalmente, yo no podía ir a confirmar con los respectivos involucrados.
Entonces salía los domingos con alguna de esas señoras que el Hado quería que yo acompañase en sus jeremiadas, las lamentaciones del profeta aquél. Cuando salían conmigo se lamentaban de sus maridos. Eran casi todas de familia extranjera, emigrantes, o transferidas, alemanas y americanas con maridos que trabajaban como locos y las descuidaban.
Y digo lamentaciones porque cuando un hombre sale con una mujer dispuesta al adulterio, ella tiene la necesidad de aclarar que lo hace porque está obligada, pues ella es en el fondo una mujer fiel, o bien quisiera serlo, pero el marido… y allí comienzan las lamentaciones que un tipo de buen corazón debe escuchar. Forma parte del ritual. El tiempo del consuelo dura, promedio, de media hora a cuarenta y cinco minutos, justo el necesario para salir del restaurante (Le Monsegneur, que estaba allí cerca de mi casa) e invitarla a visitar mi apartamento para ver le Stanze di Raffaello.
Yo tenía y tengo todavía, traída de Italia, una magnífica colección editada por el Estado de la Cittá del Vaticano formada por unas cuarenta serigrafías muy bellas que representan le Stanze di Raffaello, frescos que decoran ciertas paredes de San Pedro. Algunas son de ambiente y sujeto religioso, pero de religiosidad romana, no fanática, la que siempre existió en la Roma de los papas del Renacimiento. Otras son de argumento pagano, como por ejemplo la de la Escuela de Atenas. Era una religiosidad cristiano-pagana. Al elegir las serigrafías quise destacar las de motivos religiosos-paganos con divinidades del Olimpo. Bien, había pegado todas estas reproducciones en las paredes y hasta en el techo. Se veían muy bien y sobre todo le daban al apartamento un aire de museo o de excentricidad con todos esos desnudos clásicos. Tenía cierta personalidad, tratándose de un apartamento en Caracas donde, cuando mucho, las familias respetuosas ostentaban insípidos bodegones o relieves en latón de Últimas Cenas. Así que yo las invitaba a ver le Stanze y ellas se aferraban a esa excusa novedosa y decían que sí, que podían subir, pero únicamente para ver le Stanze di Raffaello.
Una vez arriba les mostraba las serigrafías, se las comentaba, cuadro por cuadro, mientras también buscaba una musiquita y les ofrecía una copita de vino; todo con rapidez para que antes de que se dieran cuenta estuvieran cómodamente instaladas. Era imperativo tener siempre en la refrigeradora una botella de buen vino, o mejor de champagne.
Y como se supone que un hombre no le va a saltar encima a una mujer así como así, seguía hablando de arte. Además ellas estaban desoladas y querían contar las infelicidades de sus vidas. Había que hablarles para que se deshicieran de esa tensión que siempre siente una mujer, sobre todo si está casada, cuando entra por primera vez al apartamento de un hombre. Pero cuando se habla de arte, de Raffaello, de Miguel Angel, es otra cosa. Yo les decía, por ejemplo, y era verdad, que en Venezuela trabajaba muy prosaicamente en un taller de reparaciones de tractores, pero que en Italia frecuentaba el Circulo Artístico, la escuela del desnudo.
–¿Ah? ¿la escuela del desnudo?–, preguntaban. Y esto las intrigaba. Entonces les hablaba del ambiente de allá, del maestro, de los compañeros, de via Margutta, de la vida de artista, de las modelos. Y les seguía sirviendo champagne. En alguna ocasión recurrí al truco de querer hacerle un retrato al carboncillo. A veces realmente me provocaba hacerlo, sobre todo si el modelo era interesante. La modelo, para ser más exacto.... Y entonces sacaba mi caballete, el papel, el carboncillo y comenzaba el retrato y ella veía que sí, que era verdad, que lo sabía hacer, que yo era un artista. Y el arte es otra cosa.
De ese modo estaban contentas, no se sentían culpables. Porque la culpa, indiscutiblemente, era del marido.

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