30 ago. 2010

La piel de leopardo o el baño en la plaza

A chi vo' faaaa'?
(¿Quién quiere hacer?)




 Eva es una querida y dulce señora de algo más de setenta años que yo veo todos los días, al desayuno, almuerzo y cena en la casa de reposo donde la bondad divina quiso que yo, de 82 años, me internara voluntariamente para pasar los últimos decenios de mi vida. La entreveo cuando a veces paso por el salón de televisión y siempre asiste a mis conferencias semanales, de los viernes, donde hablo de las cosas que no le interesan a nadie, sobre las que todos aparentan interés y que consiguen un aplauso final, probablemente sincero, por haber llegado a su fin después de hora y media de monologo mío. ¿De qué hablo? De varios argumentos, de Garibaldi a Casanova, de Gandhi a Rasputín, coloreando la presentación AD USUM DELPHINI (para el hijo del Rey), tratando de mantener, con ciertas anécdotas caricaturizadas, algo de interés en un público donde los intereses son limitados a sus achaques y a sus nietos.

Esta señora Eva, menuda, tímida, frágil, con sonrisa siempre desdibujada, delicada, con mirada vagamente nublada y unos susurros por voz, ahora, con el frío agosto de Montevideo, se ha concedido el lujo de usar una bellísima piel de leopardo, donde el toque de desteñido es el toque de gracia de una elegancia demodé.

Y la miro… mis ojos fijos en ella, en su piel de leopardo, pero ya de repente mi mente se fuga muy lejos de aquí, muy lejos en el tiempo.

Y revivo épocas atrás, poco más que niño, en la dulce Campania de mi abuelo materno, en la placita de un pueblo del Napolitano donde al terminar las tardes de verano, se solía pasear (los hombres solían pasear) casi siempre en pareja, conversando y hablando, inclinándose en un saludo deferente al cruzarse con otra pareja, intercambiando conversaciones, saludos y deferencias. El ancestral instinto imitaba el antiguo uso de la plaza y del conversar en ella que el poderoso idioma de Homero había verbalizado en una sola palabra: Agorázein, donde Agorá era la plaza y Agorázein era el pasear conversando en la plaza.

Los hombres se tenían del brazo, discutían de las mil cosas profundísimas de las que hablan los hombres; el que tenía la battuta se paraba de golpe, como a remarcar la importancia de la última frase, seguían caminando, seguían parándose, remarcando con la expresividad de la cara y del gesto el antiguo teatro mímico y pantomímico de las tierras de la Magna Grecia.

Las mujeres no paseaban. Ni en Grecia ni en este pueblito de la ex Magna Grecia. Ella tenían siempre cosas fútiles de que ocuparse, como la cena, la administración de la casa, atender a los niños y a los niños mayores que conversaban de temas sublimes.

La plaza era casi todo un sottovoce, un brusio uniforme de conversaciones que a veces se oía ultrajado por la voz estentórea del Hombre de Servicios que pregonaba:

“A chi vo faaaa? A chi vo faaaa ?” (¿Quién quiere hacer? ¿Quién quiere hacer?

Había un hombrecillo, se le llamaba el Hombre del Servicios. Servicios no en el sentido de siervo sino en el más digno del hombre que sirve, que es necesario, que es útil para algo importante. En realidad se trataba nada menos que del servicio higiénico, dirigido máxime a la burguesía semicampesina que por algún motivo se encontraba lejos de su casa, de su mansión, que habían almorzado opíparamente en la casa de algún amigo, y que en la tarde salían a pasear con fines conversativos pero también digestivos. Ese hombrecillo de Servicios, él no lo sabía, pero representaba la continuidad de una antigua tradición Romana instaurada por el grande y Divino Emperador Vespasiano. Que amenazó con penas severas a toda persona reincidente que fuera encontrada en el acto de la íntima defecatio en el sagrado suelo del Urbe. Pero Vespasiano, siendo además de Divus también humanus, conocía las necesidades de intimidad de la gente y ordenó construir centenas de Vespasianos (como los llamarán desde entonces), que eran cubículos donde los paseantes en Roma, que eran 3.000.000 de personas en aquel tiempo, podían satisfacer sus necesidades biológicas.

Y este Hombrecillo de Servicios que yo recuerdo, cargado de historia, se ponía en un rinconcito de la plaza, pero alejado un poco de la Iglesia, por respeto. Tenía una sombrilla tipo parasol pero de un diámetro cuatro veces el de un parasol común y corriente.

Encajaba el palo en un fuerte tubo y éste en un hueco en el terreno, en la profundidad hasta que se sostuviera el peso del parasol abierto. Lo abría entonces y todo alrededor colocaba una tela que la fantasía del Hombre de Servicios había ya decorado con dibujos, caricaturas, frases celebres, noticias de prensa, o chismes cortos para reírse. Más o menos como se da hoy en día en los quioscos de periódicos, aparte de las revistas porno que no existían sino en la mente de los libertinos y en los prostíbulos de la Suburra (donde la meretrix exhibía en la puerta un dibujo ilustrativo sobre su especialidad y su precio). Esta tela naturalmente corría a lo largo de la sombrilla, llegaba hasta el piso, así que se formaba como una cabina, una tienda de excursiones, pues. Alguien podía entrar en la cabina, sentarse en un taburete especial y nadie de los de afuera podría ver en absoluto lo que el tipo hacía.

“A chi vo’ faaaa?! A chi vo’ faaaa?!”, pregonaba el Hombre de Servicios.

Y dentro de la cabina, escondido de los ojos indiscretos de eventuales indiscretos, el Don cliente o la Doña clienta, previa operación de desnudo de sus nalgas, se sentaba con alivio en el taburete que no era tan taburete sino más bien un recipiente.

¿Recipiente? Sí, claro, para recipere la defecatio que el cliente o clienta depositaba con dignidad. Una persona bien nunca haría ese tipo de depósitos en la calle.

Y la experta voz del Hombre de Servicios seguía pregonando sus servicios aumentando los decibeles de su voz para cubrir los decibeles producidos en el eventual esfuerzo sonoro de la defecatio.

Al terminarse la función, el cliente-clienta recurría al refinamiento ofrecido por el Hombre de Servicios, usando una especial tela colocada ad hoc, normalmente colgada a algún gancho y de notables dimensiones, para permitir servicios múltiples. O sea, para ser más claro: para que la gran tela sirviera a más de una persona. Sí, la tela de delicada factura para el uso de les nalges más delicadas, se compartía, usando cada uno de los clientes-clientas solamente una parte para su uso personal.

Así, después de haber sido usada y reusada por las sapientes manos de clientes y clientas, la delicada tela ya tenía unas cuantas manchitas color sepia, como dicen los pintores que de colores sí saben. Y así fue como la fantasía napolitana calificó la tela de los Servicios como “la pelle di Leopardo” (o piel de leopardo).

A chi vo’ faaaa! A chi vo´ faaaa! ¿Quién quiere haceeer?!

-¿Yo? Nada, Señora- le digo a la mujer, recobrando mi presente -Es que me sonreía porque viendo esa linda piel de leopardo que usted está usando, la mente me llevó a antiguos recuerdos de la Magna Grecia.

La señora me sonrió, con su sonrisa dulce, interpretando lo que le dije como un cumplido, y me dio un “muchas gracias” con una delicadeza exquisita.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Esta magnífica historia puede acercarnos a una sorprendente revelación: la vigorosa organización del Imperio Romano se debió a la utilización de las vespasianas.
Actualmente se usa la televisión.
Angel

Aldo Macor dijo...

de la misma esencia intrinseca de la defecatio merdosa

María Luisa de Francesco dijo...

Como siempre bella historia, te invito a visitar la locura de nuestro blog donde también andamos memorizando cosas: http://memoriosymemorias.blogspot.com
Tu blog lo hemos recomendado, un abrazo.

Anónimo dijo...

Efectívamente, glorioso anciano!
Es un juego de contrarios:la vespasiana nos desocupa, nos libera en un acto eminentemente individual.
La televisión nos invade, nos ocupa, nos esclaviza en una ceremonia colectiva. En cristiano: la televisión nos caga a todos.
Salud, hombre sagaz.
Angel

Anónimo dijo...

maravilloso , no me canso de leer su blog ,,siga escribiendo por que yo prometo seguir leyendole y entrando en su blog por si hay algo nuevo ,,es usted un señor muy inteligente y sagaz de eso no hay duda .

Por eso siga escribiendo y deleiteandonos con su arte interminable ,,se ve que es un gran artista con una gran sensibilidad .

GRACIAS ALDO POR ESTOS MOMENTOS MARAVILLOSOS .

Aldo Macor dijo...

ANONIMO DEL 8 DE DICIEMBRE:

GRACIAS POR SUS PALABRAS, LAS SIENTO SINCERAS AUN QUE SE BIEN QUE SON MUY EXAGERADAS. DE TODAS MANERAS SIGO ESCRIBIENDO PORQUE JUNTO CON LOS DIBUJOS- RETRATOS ES UNA DE LAS POCAS COSAS QUE TODAVIA PUEDO HACER. PERO, PORQUE UNA NOTA ANONIMA?
ME GUSTARIA CONOCER A LAS PERSONAS QUE ME LEEN. ANIMATE.
QUIEN ERES TU?

Anónimo dijo...

hi, new to the site, thanks.