12 sept. 2010

La señora del piso de abajo



En Roma. Quizás año 1948. Mis 20 años y el primero de Universidad. Yo estaba solo en la casa. Probablemente estudiando. Tocan a la puerta. Voy a abrir:

--¿No está tu mamá, Aldo?-- me pregunta la señora Russo, la señora que vive en el piso de abajo. Marido y tres hijos. La mayor, Ana, de 25 años, me gustaba muchísimo, era inalcanzable, demasiado bella, culta, elegante, mayor que yo, y mujer de verdad; tenía una hermanita, Simona, de cabello largo lacio rojo, adolescente. Un hermano, Alberto, más joven que yo, alto, delgado, medio enfermizo, no hacía nada. El marido, rechoncho, bajito, era el señor Russo. Cabello peinado pegado con brillantina a la Valentino, negrísimo, onduladísimo de volutas pequeñas como los etíopes. Comerciante no se sabía de qué, siempre en un mar de problemas económicos, de letras de cambios, de huidas de la casa, de esconderse de los acreedores. Cortejaba a mi papá, director de Banco, para que le concediera descuentos de dudosos títulos de crédito y pagarés. Sabía que a mi papá le gustaba su mujer. A mi papá le gustaban un poco todas.

-¿No está? -repregunta.

-No están, salieron los dos, papá y mamá... Estoy solo. Mi hermanita está en la escuela.

-Es que…- dudó-. Quería mostrarle estas dos fotos a tu papá… A tus padres-, corrigió.

-Quieres verlas tú, Aldo? Son de una muchacha de Etiopía -siguió más segura.

La guerra de Etiopía de Mussolini, del 1935, para dar otro Imperio a Roma. Por lo menos habían quedados algunas fotos.

Dos fotos grandes, en blanco y negro probablemente de cierto valor artístico, pero yo veía solamente la mirada dulce de animalito obediente y las tetas y nalgas de la esclava etíope en espera de la liberación italiana. Faccetta Nera. Y las vi, impactado, las líneas suavísimas, ébano, con el furor de los 20 años. Reacción inmediata. Vi la señora Russo con otros ojos. Quizás por primera vez. Su mirada muy astuta, brillante, de pícara. Muy escotada. Siempre muy escotada. Su bata familiar se transformó en el manto de la Reina de Saba, seductora. Su cuerpo voluptuoso. El instinto del sexo me empujó: la levanté en mis brazos.

-Ma cosa fai, Aldo, che ti sucede?-, se reía, los ojos brillaban, teniéndola en brazos, mi cuerpo se frotaba con el suyo.

La llevé al santa sanctorum de todas casas: la habitación de mis padres. Irreverente, la tiré en la cama.

Sus ojos eran brillantísimos, ahora.

--No. aquí no, no estamos tranquilos… Vamos a otra parte.

Y no recuerdo absolutamente nada más.

Me quedó la imagen. De Makeda, la Reina de Saba. Pero al día siguiente busqué a la señora Russo. Salimos. Ahora todo está confuso en mi mente. Sé que la llevé a Villa Borghese, el Parque, donde íbamos los estudiantes a estudiar con las compañeritas y a robarles algún besito. La señora Russo quería algo más que besitos. Yo no lograba dominar mi excitación: eso sí, lo recuerdo muy bien. Todo el tiempo con ella, casi siempre en ese estado. Muy incomodo para mí, entonces. Ojalá tuviera esa incomodidad, ahora. Fuimos entonces al Teatro Adriano: cine teatro Emperador Adriano. Viejo Teatro transformado en cine. Pagué la entrada a un palco. Los había para seis, cuatro o dos personas. Pagué el de cuatro, costaba menos porque se compartía. La señora Russo quiso que entráramos en el de dos. Los palcos estaban todos a oscuras. La Sala casi oscura y película en blanco y negro, más oscura todavía. El Cine Teatro Emperador Adriano compraba las más baratas. Mejicanas me parece. María Félix, Pedro Armendáriz. Recuerdo sólo cactus. Nadie veía las películas. No existía aire acondicionado, entonces. Era verano, un calor insoportable, como en la tierra de los cactus: pero se soportaba. Se sudaba, olor a sudor y a todos los demás contornos. Si yo lo percibía, entonces, debía de ser asfixiante. Las manos, sumergidas en los quehaceres del caso, mantenían el olor de los quehaceres, por largo rato. Claro. Todo era manual, obviamente. No podía ser diferente.

Y vino el día del paseo romántico a través de casi toda Roma, hasta la Plaza de España.

Éramos cinco amigos. Michele, Mario, Peppino, Giovannino y yo. Había tres muchachas amigas entre ellas: dos hermanas de Michele y otra amiga. Podíamos llevar a Michele, con él se podía, porque era miopísimo. Faltaban dos, para Giovannino y para mí. Había que buscarlas.

Era relativamente temprano. Había luz, en Roma, a esa hora. Fuimos a mi casa. Al piso de abajo. El señor Russo no estaba. Giovannino buscó a Elide, la flaquita, intelectual, dulce, casi viejita de 28 años, la hija del almirante, dos pisos más abajo. Yo quería que viniera Anna, la hija mayor de la señora Russo. Nunca supe si habría aceptado; pero la mamá le prohibió, tajante:

-Tú no puedes salir ni siquiera con Aldo y sus amigos, ni para un paseo inocente. Es de noche. No, imposible. Tú estás de novia. Olvídate. Prefiero ir yo con ellos para comer un helado en la plaza España.

Y vino ella, la señora Russo. Fuimos todos primero a comer pizza y supplí en una Trattoria allí cerca. Tomamos alguito del vinito dei Castelli Romani. Todos éramos jóvenes, alegres. Después, más alegres todavía, todos, dándonos de brazos en calles ya casi desiertas, caminamos a pie por kilómetros, desde Piazza Mazzini hasta Plaza de España.

Y la señora Russo, que estaba a mi brazo, metió su mano materna dentro de mi bolsillo izquierdo.

Y así caminamos un rato. Al paso de la conga que estaba de moda.

-Rompe el bolsillo, Aldo— me susurró al rato la señora Russo.

Lo rompí y así caminamos. Entre conga y samba, al rato me di cuenta de que todos, menos Michele, bailábamos la conga en parejas. Como la Russo y yo. Hasta que por fin llegamos hasta la Plaza de España. Nos acercamos al bar, para pedir la famosa cassata alla Siciliana. No pudimos. Demasiada luz. Y con la demasiada luz nos dimos cuenta todos, contemporáneamente, menos Michele, de que nuestros pantalones livianos estivales estaban mojados, unos más y otros menos. Pero todos en el lado izquierdo. Menos el de Michele. Estaba impecable. Le dimos la plata y fue a comprar al bar iluminado las cassatas para todos.

-Menos mal que tú no te manchaste con el vino dei Castelli-. Le comentó alguien, cruelmente.

Y comimos los helados sentados en los históricos y artísticos escalones de la Plaza de España que, a pesar de la historia y del arte, estaban a oscuras de todo y las manchas no se notaban.

A las seis de la mañana las dos campanas de Trinitá dei Monti tocaron los Maitines, como siempre.

Imperturbables.

Y el Tiber fluía, como siempre.

Imperturbable.

1 comentario:

María Luisa de Francesco dijo...

Como son los recuerdos, uno incluso recuerda tactos, sabores, olores...están ahí, parece que ni doblamos la esquina. Te esperamos siempre en nuestro sitio también, entre recuerdos y memorias.
Malu