27 dic. 2010

Frustraciones de paracaidista

ITALIA. Octubre-Noviembre, 1943

En mi mentalidad del 1943, de mis 15 años, con la gran confusión creada por los eventos políticos y de guerra, la noticia de la constitución de la República Social Italiana de Mussolini fue para mí motivo de alivio y casi recuperada fe. Entonces no todos los italianos éramos payasos, polichinelas, que cambian de bandera según cambia el viento. Y poco de fiar. Me había quemado el orgullo la famosa frase de Napoleón sobre los italianos, y que ahora los alemanes estaban usando con fines bien definidos de reproche y desprecio:

“No se puede confiar en los italianos. Italia nunca termina una guerra del mismo lado en que la empieza.”

Y Napoleone Buonaparte era legalmente francés por un incidente de pocos meses, pero de sangre italiana 100%, padre italiano, madre italiana, hermanos italianos, hablaba italiano, decía groserías en italiano; para el débil y asustado Rey Luis XVI, cuando cobardemente se puso él mismo el Birrete de Revolucionario Francés, comentó: “Che coglione!” (¡Qué huevón!). Y lo dijo en puro italiano folklórico que le salió del corazón.

Yo estaba muy picado en el orgullo; no quería seguir el ejemplo de las marionetas cambia-estandarte, de aquel rey enano de cuerpo y de espíritu que para salvar su pellejo y el de su ya degenerada familia fue a mendigar ayuda a la orgullosa Corona de Inglaterra. Esos ejemplos yo no lo seguiría. Aunque la guerra estuviera ya medio perdida, preferiría la bandera del honor y la lealtad. Mejor morir con dignidad que vivir como chacales.
Y esa era, en buena fe, la mentalidad mía “heroica “de la época. De casi todos los jóvenes fanatizados de la época. Justa o errada que fuera, eso era lo que sentía. Y no era, lo juro, no era por simpatía especial para los alemanes o antipatía especial para los americanos. Si acaso era todo lo contrario: era duro soportar la arrogancia germánica. Pero se trataba de un principio moral. De mantener el honor de la palabra. Y una vez regresado a Roma, fui a inscribirme al Partido Fascista Republicano. En la plaza Bainsizza, cerca de mi casa. Me aceptaron. Pero cuando pedí que me aceptaran también como voluntario en las tropas de paracaidistas (quería ir en la Folgore) para ir a pelear a Sicilia invadida por el enemigo, me mandaron a hablar con el Teniente Anciano. Se dice “anciano” cuando el oficial está a punto de ser promovido “por ancianidad” al grado superior. Este teniente anciano lo recuerdo todavía muy bien. De anciano no tenía mucho. Era un joven de 25 años, quizás. Pero, claro, para chicos de 15, era un anciano.

“¿Para qué quieres ir con los paracaidistas a combatir contra los americanos?"

“Porque no quiero que el sagrado suelo de la patria sea contaminado por comerciantes, hebreos y negros y además por lealtad al aliado germánico.”

(No debería ser necesario aclarar que cada evento, frase u opinión, como ésta, debe ser considerada en su contexto y no ser vista con “il senno di poi”, o sea con los ojos de hoy en día. Claro que estaba fanatizado. ¿Y no lo estábamos todos? ¿Cuándo escuchábamos las clases de religión? ¿O los cuentos bellísimos y falsos de las abuelas? ¿O las seductoras fantasías marxistas, fascistas, nazistas y racistas? ¿Cuándo nos enseñaron que al que te golpea hay que ofrecerle la otra mejilla?)

“Ah”, el teniente me miró. Y siguió mirándome un buen rato más, quizás evaluándome. Claro, repito, una frase así como la dicha por mí es tremendamente cursi, hoy Cursi a decir poco. Pero en esos tiempos yo creía en eso con el entusiasmo del muchacho enamorado de una idea; el teniente me miraba y siguió: “¿Tú sabes, camarada, que cuando habrás terminado tu entrenamiento, ya Sicilia habrá caído completamente en manos del enemigo? Y ¿sabes por qué lo harán tan rápido? No solamente porque tienen industrias que nosotros ni soñamos, sino porque, además, liberaron a todos los mafiosos que Mussolini había encarcelado y les mandan a pagar indemnizaciones por considerarlos Victimas del Fascismo. ¡Los compran! Les pagan. Así que los mafiosos se han transformado de delincuentes en héroes, y han aumentado su poder en Sicilia.”

Se quedó pensativo y luego continuó más o menos en esos términos: “Tú eres estudiante, inteligente, serás de los que deberán levantar nuestra Italia. Ciertas cosas debes saberlas. La C.I.A. norteamericana hizo un pacto de “honor” con Lucky Luciano, el mafioso siciliano más importante encarcelado en U.S.A. Le suspendieron ya la pena del ergástulo,  y le darían su libertad completa si logra en Sicilia que sus colegas mafiosos ayuden a las tropas aliadas en la invasión de la isla. Y eso es lo que está sucediendo. Nadie se opone a la entrada de los aliados en Sicilia.”

Claro, el teniente decía lo que sabía, pero no decía toda la verdad. Y no podía porque no sabía todavía que, con mafia o sin mafia, las industrias de Estados Unidos conquistarían en poco tiempo a toda Sicilia, a toda Italia, a toda Francia, a toda Alemania, a toda Europa.

El teniente me siguió mirando. Me preguntó: 

“¿Cuántos años tienes tú?”

“Quince, señor Teniente… pero dentro de poco voy a tener 16”

El teniente siguió mirándome, esbozando una leve sonrisa:

“Claro, después de los 15 vienen los 16… Y ¿no crees tú que a los 15 años la Patria tú la sirves mejor en los bancos de la escuela? ¿Qué haces tú ahora?”

“El año que viene entraré al primer año de Liceo Clásico al Mamiani, señor teniente”

“Entrarás… si es que no vas a Sicilia. Mejor que vayas al primer año de Liceo. No puedo aceptarte. Eres demasiado joven todavía.”

Y no me aceptó. Regresé a casa, humillado. Mi mamá me abrazó, creo que llorando. 

“Menos mal, que Dios bendiga a aquel teniente.”

Y mi papá, mirándome con una expresión indescifrable:

“Todas excusas para no estudiar”.



























20 dic. 2010

Lilit o Lillit o Lilith


(Año de la Creación 5.872...
o del Pitecántropo, hace millones de años)





¿Quién era esta señora o señorita Lilith o Lillit o Lilith ? Antes que nada hay que aclarar que no se puede, absolutamente, ponerle una fecha de nacimiento.

Quizás en el 4004 a. C., quizás en el 4.700 o quizás, más bien, en el 5.872. Los expertos están en desacuerdo. La cosa es que estamos en el momento de la creación del hombre y, de refilón, también de la mujer. Así que esos expertísimos expertos tienen, cada uno de ellos, su precisa fecha sobre la cual juran y perjuran: el Pentateuco Hebreo dice una cosa, el Pentateuco Samaritano dice otra  y la Biblia de los Setenta requetejura sobre otra fecha más; es mejor no considerar los cálculos de los siempre presentes Babilonios - que de cálculos saben - de los Sumerios y de los Vedas, para no complicarnos la vida.

Quizás un día conseguiremos un bellísimo cadáver bien conservado, a lo mejor el del proprio Adán; le haremos el ADN, clonaremos otro Adán  y le preguntaremos su fecha de nacimiento. Y habiendo notoriamente comido del árbol del conocimiento y sabiendo todos los idiomas, nos contestará a nuestras preguntas ansiosas y de este modo todas nuestras dudas desaparecerán.

De todas maneras, sea que se conozca o no la fecha de la Creación, centenas de milenios más o centenas de milenios menos, la querida Lilit o Lillit o Lilith ha sido la primera mujer de Adán.

" Como va a ser ? " me preguntará el siempre querido lector.

" No era Eva la mujer de Adán? "

Bueno, lo siento. Tengo que decirle que no.

En realidad cierta literatura rabínica habla de Lilith como primera mujer de Adán.

Las cosas fueron así: parece que Yevohá creó primero a Adán y después a Lilith, casi al mismo tiempo, y con el mismo material, el polvo; y con la idea que viviesen juntos felices y contentos en paridad de derechos y deberes. (Aunque por precisión histórica habría que aclarar que el "polvo" reservado para Lilith no era exactamente de la misma calidad del de Adán, sino un poquitín contaminado; ve tu a saber el porqué; quizás el usual machismo aún en el Máximo Factor  y que aparece desde los orígenes.

Lilith, por lo tanto, no sería la mujer nacida de la célebre costilla y por lo tanto parte de Adán y por ende sometida a él, sino una mujer con los mismos derechos del hombre; mujer emancipada, una feminista ante literam, una especie de suffragette. Y estos derechos ella los pretendía hasta en las relaciones maritales. Así que nuestra querida Lilith, o Lilit o Lillit, siempre según cierta literatura rabínica, no aceptaba la sumisión física al hombre ni en el momento del coito. Nada de incubus, nada de succubus, sino los dos iguales, una vez yo, otra vez tú, turnados. Nada de puras posiciones a la " misionera" como milenios después ridiculizarán también las chicas de la Melanesia. Y no quería tampoco que Adán le diera órdenes con su supuesta autoridad de macho, porque ella también era a imagen y semejanza de Dios. “Dios nos hizo iguales, al mismo tiempo, con el mismo material y no veo porqué yo debo estarte sometida "

Quizás no le faltaban razones.

Pero Adán consideró estas pretensiones una ofensa imperdonable, una insoportable falta de respeto a sus atributos de varón y macho!

Los sagrados textos rabínicos no entran en el detalle de si Adán llegó a pegarle a su mujer como quizás se hubiese merecido por su insolencia. Pero lo que es cierto es que los dos se separaron. Unos dicen que Lilith se fue tirando de la puerta, otros que Adán la botó de la casa.

“Déjame tranquilo, prefiero estar solo."

Sea como fuese, Lilith o Lillit o Lilit comenzó a dar vuelta, parece, en la península Arábiga.

Pero, claro, una mujer sola, emancipada, bella mujer, en el desierto de Arabia, ¿qué podía hacer ? "Conoció", en sentido bíblico, una infinidad de demonios, del género machos y con estos comenzó alegremente a procrear hijos, que se conocen como "lilim". Se dice, según otra literatura rabínica, que Yevohá mandó tres ángeles, Senoi, Sansenoi y Semangelof, para tratar de convencerla de que regresara a su casa: no pudieron. Y Lilith siguió pariendo lilim sobre lilim, a razón de más de cien por día.

Y ¿Adán ?

Y Adán, el pobre Adán, sabemos cómo somos nosotros los hombres: a veces les regañamos, a veces les gritamos, a veces hasta le pegamos a nuestras mujeres, pero no podemos vivir sin ellas.

Así que Adán estaba solo, solito, sin compañía. Claro, existía el perro, el fiel amigo del hombre que lo miraba compasivo. Existían también las perritas, y las hembras de las demás parejas de animales. Adán, pobrecito y desesperado, probó hasta con ellas (siempre según cierta literatura rabínica), más no le gustó mucho.

Entonces se dirigió a Yevohá: " Yo también quiero a una compañera que sea del mismo tipo que yo. Me he cansado ya de hacerle el amor a las cabrillas, por bonitas que sean"

Entonces Dios comprendió, por fin, que Adán tenía razón, que tenía necesidad de una compañera, de una verdadera compañera, de una verdadera mujer y que el sistema de la paridad de derechos no había funcionado. Así que El Infalible, El Misericordioso, dice el Corán, comprendió haber cometido un error. Y, aprovechando del famoso sueño de Adán, le quitó la costilla, no sabemos si con o sin anestesia  e hizo a Eva. Pero aclarando ( y en este caso la literatura rabínica, la cristiana y la coránica coinciden plenamente), pero aclarando, repetimos, que en este caso quien mandaba era él, el Hombre, hecho a Su Imagen y Semejanza.

Todo lo expuesto hasta ahora lo es según cierta literatura rabínica.

Pero si damos una ojeada a la literatura coránica, entonces encontramos otras cosas interesantes. Que están en parte en contradicción con las rabínicas y las cristianas, pero no importa: se sabe que el misterio envuelve siempre a los Libros Sagrados. Vamos a ver lo que dice la literatura coránica.

Dice que después de la famosa comilona  de manzanas, una vez botados del Paraíso Terrenal, Adán cayó en Sarandib ( o Ceylon o Sri Lanka o como se le llame ahora) y Eva cayó en Jidda, en Arabia. Un poquitín distantes uno de la otra y en efecto pudieron reencontrarse solamente después de la bicoca de 200 años. Entonces comenzaron a hacer hijos, según las viejas órdenes del Misericordioso: mejor tarde que nunca. Y de allí nacieron los primerísimos con ombligo, los famosos Caín y Abel. Los cuales Caín y Abel, primero el uno y después el otro, nacieron cada uno con su hermanita gemela y así se explica la población del mundo y también que el incesto está en los inicios de las civilizaciones. Por fin nació Set, pero sin hermanita gemela así que se dedicó al onanismo y a la vida espiritual. Eva, después de estos primeros tres partos, tuvo otros veinte partos gemelos y Adán, imagínese qué primado, dejó 40.000 entre hijos e hijas y por fin se murió a la fenomenal edad de 930 años. Pero de Lilith, o Lilit o Lillit el Corán no habla. Y ni en la literatura rabínica como en la coránica, aunque aparezcan muchísimos nombres de los hijos de Adán y Eva, hay silencio absoluto sobre el nombre de las hembrillas, con la salvedad de muy contadas excepciones.

Así que las injusticias contra las pobres damitas datan desde antigua fecha.












15 dic. 2010

El corte de corbata


(Texto publicado en mi libro "Venezuela, qué vaina", Alfadil ediciones, Caracas, 2001)




 
 VENEZUELA .-   En 1967 conseguí con el Ministerio de Obras Públicas el trabajo más fácil de ejecutar de toda mi carrera de contratista y el que, además, mejor me rindió económicamente; quizás porque en esa época yo tenía un socio director de campo honesto y trabajador o, quizás, porque no había llegado todavía a mi límite de incompetencia.

(Que es la teoría de un estudioso norteamericano, un tal Peter, quien sostiene que todos estamos gobernados, dirigidos, administrados y manejados por incompetentes. Dice que el hombre siempre desea llegar un poco más allá de sus capacidades y, cuando lo hace, es cuando queda demostrada su incapacidad o incompetencia, de modo que se mantiene en ese nivel. Un escalón más abajo y sería competente. )

Nuestro contrato consistía en la deforestación del vaso de almacenamiento del río Tulé, en el Zulia. A mí me correspondía deforestar  4.000 hectáreas y había otras 4.000, del mismo vaso de almacenamiento, que el Ministerio le había otorgado a otra empresa. El Ministerio suponía que, durante un verano, una sola compañía no podría deforestar 8.000 hectáreas, de modo que otorgó una mitad de la superficie a una empresa y la otra, a la mía; sin contar con que ambos contratistas éramos grandes amigos. El italiano dueño de la otra empresa me preguntó si yo estaba en condiciones de deforestar las 8.000 hectáreas por mi cuenta, a lo que respondí afirmativamente para concretar un acuerdo, entre nosotros, donde yo ejecutaría también su contrato y le dejaría un 10% de comisión. Esto  lo explico, aunque sea un poco aburrido, para que uno se vaya  haciendo un poco de cultura sobre los procesos de contratación de los asuntos ministeriales.

Mi amigo y socio Valerio, italiano también, se quedó en el campo como director de obras y dio inicio a los trabajos. Yo regresé a la oficina de Caracas. Una semana después Valerio me mandó a avisar que había muchos problemas en la zona, que si acaso no era posible rescindir el contrato… que había suspendido las obras y que él no se quedaría allí un día más. Estaba alarmadísimo.

Me precipité a Maracaibo.

–Doctor, doctor–, me dijo. –Aquí hay gente mala. Peligrosa. Estos no son como los venezolanos que conocí hasta ahora, qué va.

–¿Qué pasó, Valerio?

–¡Qué pasó, qué pasó! Hasta ahora, nada. Pero imagínese usted que yo, claro, llevo todos los días a los obreros a la obra; porque si no los llevo yo personalmente me llegan tarde, así que siempre los llevo con dos camionetas… Y desde la casa donde estamos vamos hasta el campo, hasta la presa, y la carreterita, que naturalmente es de tierra, pasa por un caserío. Y entonces resulta, resulta… –Valerio estaba cada vez más nervioso, se acaloraba, sudaba. –Resulta, doctor, que tengo que pasar con las dos camionetas frente a la casa de un tipo que vive allá, que es todo un guapo, un cacique. Porque aquí hay caciques, ¿sabe? Y este cacique salió de su casa y se plantó en medio de la carretera, cortándonos el paso, y me dijo: «mira, musiú: ya pasaste demasiadas veces frente a mi casa y me estás levantando mucho polvo... y eso me está molestando. Si me vuelves a levantar polvo una sola vez más te va a caer el corte'e corbata».

Valerio se interrumpió y me miró atentamente, para estar seguro de que yo hubiera entendido bien.

–Entiendo, sí, lo amenazaron. ¿Y qué es eso del corte de corbata, es muy grave?

–Ah, ¿ve? ¿Ve que no sabe? Claro, porque usted está en la oficina de Caracas, con aire acondicionado; yo sé que su trabajo es importante, doctor, pero aquí, coño, aquí, con esta gente, tengo que estar yo. Y usted no sabe lo que es el corte de corbata.

–¡Pero dígame qué es este bendito corte de corbata!–. Yo comenzaba a reírme porque Valerio estaba tan nervioso que parecía un niño descubierto en medio de una travesura.

–El corte de corbata consiste en que te agarran, te cortan la garganta por aquí, ¿ve?, por debajo y te sacan la lengua… y la hacen colgar por afuera de la garganta como si uno tuviera una corbata. Sí, una corbata con tu propia lengua. ¡No, qué va! Yo aquí no me quedo, doctor. Búsquese a otro, lo siento mucho, pero ¿yo, aquí? ¡No! Con ese corte de corbata, el corte de corbata… imagínese, el corte de corbata… –y Valerio se alejó de mí, retrocediendo hasta llegar a formar un grupo con los obreros que estaban allí, escuchando la conversación, con las mismas expresiones de susto. Fue emotivo  y hasta cómico verlos haciendo un frente unido contra mí, el capitalist bastard.

Al día siguiente fuimos juntos al campo. El gran macho de la zona había dicho que quería hablar con los jefes de la Compañía, de cacique a cacique. En un primer momento pensé en llevar con nosotros a algún ingeniero del Ministerio para que el trato fuera más oficial, pero mi intuición me decía que era mejor ir solo con Valerio, a ver si podíamos llegar a algún acuerdo «a la italiana».

Y así fue.

El cacique nos recibió en sus predios con su cara enfurruñada de pocos amigos. Despotricaba diciendo que, para ellos, el gobierno nunca hacía nada. Que la presa era para llevar agua a Maracaibo, que a nadie le importaba un caserío de indios y que, por eso, tenían que defenderse como podían.

–Bueno, ¿qué es lo que quiere que hagamos, jefe?–, le interrumpí, cortando el río de quejas–. Si es posible, lo haremos.

Lo miré fijamente a los ojos y traté de darle a mi expresión la mirada más dura de un «hombre-que-se-respeta».

Para decirlo brevemente, el pobre hombre quería que le echáramos un poco de RC2, es decir de asfalto, a un trecho de quinientos metros de la carreterita de tierra que pasaba frente a su casa, para que no se levantara tanto polvo.

–Usted pide  mucho… –le mentí, aliviado porque era una exigencia insignificante. –Pero se lo voy a hacer. Y se lo voy a hacer porque usted se lo merece, porque es un hombre valiente que defiende a su gente.

El cacique quedó muy satisfecho porque le dije eso frente a tres o cuatro compadres.

Unas semanas después volví a la zona y me ofreció una india «para que me calentara la cama en las frías noches zulianas».

Tal vez tuve una expresión incierta cuando escuché su ofrecimiento, porque consideró oportuno agregar:

–Usted puede estar seguro de ella, ¿sabe? Porque la que le ofrezco es… ¿Ve a esa mujer de allá? –y me indicó con los labios, en ese típico gesto venezolano que es señalar con la boca, una india medio viejona que estaba entre un grupo de mujeres de mediana edad. –¿La ve? Bueno, la que le ofrezco es hija de ella, una que tuve yo con ella–. Y entonces me señaló, otra vez con los labios, a una linda muchacha de ojos asustados.

Debo de haber puesto cara de alivio. En esta situación tan nueva para mí, había supuesto que me quería ofrecer a su mujer, a la viejona esa. ¿Derecho de hospitalidad india? ¿Estaba yo obligado a aceptarla?

Mi expresión de alivio fue lógicamente interpretada como una aceptación, así que el cacique concluyó:

–Cuando Usted termine su trabajo aquí, si le gusta la muchacha y se la quiere quedar, puede llevársela, ¿sabe? Pero si se me la lleva pa' Caracas, me la tiene que pagar. Con cien bolívares se la lleva pa'donde sea. ( Bs 100 eran $ 30 en la época)

Cuando regresamos a nuestra oficina, mi amigo Valerio, ya tranquilizado por el problema del corte de corbata que tanto lo había angustiado, comenzó a reírse y reírse como un condenado:

–Ahora quiero ver cómo sale usted de esta vaina… ¿Y si le daba la vieja? –Y se reía, aliviado porque ahora el problema era mío–, pero la indiecita es linda, doctor, ¡tiene unas tetas…! ¿Qué va a decir su señora esposa cuando se la lleve para Caracas? ¡Ah, pero usted y yo somos socios, doctor! Adelante, que si usted no quiere a la indiecita –y se partía en dos de la risa–, pues yo me encargo de ella.

9 dic. 2010

Los Santos Testículos


(Texto publicado en mi libro "Venezuela, qué vaina", Alfadil ediciones, Caracas, 2001)



En 1995 un sacerdote católico que conocía desde hacía diez años fue a visitarme a mi estudio, no en carácter de ministro sino simplemente como amigo. Yo lo estimaba por la brillantez de su inteligencia que me permitía conversaciones libres de frenos dogmáticos, cosa difícil de conseguir entre sacerdotes de cualquier religión donde el dogma es una nebulosa impenetrable.

Se detuvo frente a una escultura, un alto relieve de medianas proporciones, que había hecho no por encargo sino porque me había dado la santísima gana: un Cristo Resurgiendo. Quería que en la representación una de las piernas estuviera difuminada para darle profundidad al relieve del sujeto que salía de algo en movimiento hacia un determinado punto de perspectiva. Fue un estudio para mí, en cierto sentido una prueba de arte.

Al sacerdote le gustó mucho la escultura y le regalé un yeso.

Después de un tiempo apareció otra vez en mi estudio, en compañía de dos sacerdotes, un laico medio beato y otro laico tres cuartos de beato, para preguntarme si estaba en condiciones de reproducir ese mismo altorrelieve en mayores proporciones, de más de tres metros de altura, para el altar mayor de una iglesia. Dije que sí de inmediato.

Nos pusimos de acuerdo en el aspecto económico. El financiador era el laico tres cuartos de beato, lógicamente, con deseos de comprar una entrada segura al paraíso de los justos.

La escultura salió muy bien. Le gustó al párroco de la iglesia, a sus allegados y a los curiosos que pasaban por allí. Y se inauguró.

Una inauguración, para el caso de las imágenes religiosas o al menos de las cristianas y católicas, implica la consagración por parte del obispo. Para que la escultura se transforme en un objeto de culto es necesaria la intervención de un funcionario de la iglesia. Vino el obispo y, frente a mi escultura, los devotos comenzaron a arrodillarse, actitud que me causó cierta gracia.

Recibí felicitaciones de todas partes y volví a Caracas.

Un mes después me llamó el párroco de la Iglesia y me pidió que fuera allá para resolver un problemita de último momento.

Fui de inmediato, intrigadísimo.

El párroco me llevó al altar mayor donde mi Cristo Resurgiendo, majestuoso con sus brazos abiertos y las piernas sugiriendo movimiento, seguía resurgiendo. Aparentemente, no había nada de qué preocuparse.

El sacerdote me llevó, previa genuflexión, al fondo del altar. Pegó su cabeza contra la pared y, torciendo el cuello, me dijo:

–Verá, maestro. Yo sé que usted se va a reír, pero es que algunas de las señoras que acuden a la iglesia me dijeron que si uno se pone aquí, así, en esta postura en que estoy yo ahora, y mira hacia arriba, se pueden entrever, bajo el trapo sagrado que cubre la desnudez de Cristo, los Testículos del Salvador. Son muy abultados, además. Macor, usted tiene que solucionarnos este problema.

Yo no lo podía creer. Cuando uno hace una escultura de este tipo, de un hombre completamente desnudo con un trapo que cubre «sus vergüenzas», se acostumbra, o al menos así lo hago yo, modelar el cuerpo completamente desnudo con todos sus atributos. Y después, si debe haber vestimenta, se cubre el cuerpo con el atuendo previsto. Así me aseguro de que abajo se mantengan las formas reales.

Y, en efecto, si alguien se tomaba el trabajo de franquear el altar mayor, arrodillarse un par de veces en el camino, pegarse a la pared del fondo, inclinar la cabeza de cierta manera y no de otra y arriesgar hernias cervicales, sí, indudablemente sí se veía algo que no era un atributo despreciable.

Le dije todo esto al sacerdote. –Además, padre, si yo recorto esos atributos ¿usted sabe lo que me va a pasar el día que me muera?–, añadí.

El pobre hombre, evidentemente fastidiado por las preocupaciones de las beatas, no sabía qué decirme.

–¿Qué va a pasar, Macor?

–Va a pasar, estimado amigo, que cuando yo muera el Padre Eterno me mandará a llamar y me dirá: «¿Así que usted es el escultorcillo de morondanga que le quitó las bolas a mi hijo, a mi único hijo? ¡Pedro, despáchalo de inmediato para el Infierno!»

Mi argumento no valió gran cosa. El poder de las beatas pudo más.

Tuve que reducir el tamaño de los Santos Testículos y ocultar los modestos residuos, ya santificados, lo mejor que pude.

Y ahora vivo con el miedo a ese Futuro Encuentro.

5 dic. 2010

El ambulatorio de Vincenzo



Doctor, me duele el pie…
Desvístase, señorita

Roma. 1954. Me había graduado en Derecho, algo que ni amaba ni anhelaba. Con mi grande sorpresa poco después gané brillantemente un Concurso Público que me daría una carrera segura en la Administración como alto Directivo. Pero al año preferí dejar la segura monotonía por la venturosa y romántica búsqueda de no se sabe que en el voluptuoso Caribe. Tenía 25 años. Poquísimo antes de cruzar por primera vez el Mar Tenebroso, se dio por obra del suscrito una broma que casi acabó con una fuerte amistad.

Vincenzo y otros tres amigos comunes, graduados ellos en Medicina hace un año, con el poco dinero de los cuatro y con la mucha contribución de los respectivos orgullosos padres, alquilaron un viejo garaje en una zona popular de Roma. Lo limpiaron, lo arreglaron, lo pintaron de blanco hospital y yo mismo participé por amistad en las operaciones de renovación. Se logró transformar este oleoso y sucio Garaje en un lindo, nuevo flamante ambulatorio. Con nuevos muebles, escritorios, saloncito de espera con butacas y sofá y utensilios literas instrumentos algodones y todo lo que se suponía serviría para visitas ambulatorias.

Vincenzo era comunista clavado, filosoviético, admirador de Stalin y, en aquel entonces, con un alto sentido del deber social.

¿Y yo?

Yo recién salido de la decepción del fascismo que me dejó anonado como a la mayoría de los italianos, me autodefinía en un limbo cultural con tendencias socialistoides. Mezclas de todos: Marx, Croce, Sastre, Hitler, Labriola, Lenin, Marcuse. En la época estaba en auge el socialismo, en la literatura, en el arte plástica, en el cine, en el teatro. Y hasta en los burdeles, donde a la tarifa mínima se le llamaba la proletaria.

Bueno, una vez terminado de ordenar el Ambulatorio, había que inaugurarlo. Se barajaron varias propuestas. Desde una orgía colectiva como saludos a la pasada época de estudiante, a fiesta de baile con las familias.

Prevaleció la propuesta de Vincenzo, el comunista con sentido social.

Se puso un aviso en el portón del Garaje.

Próxima apertura del Ambulatorios Los Cuatro Grandes día tal y tal. En ocasión se harán visitas ambulatorias gratis para todas y todos los que la pidan. Firmado: Los Cuatro Médicos.

Refrendado: El Legal (mi firma).

El día de la inauguración fue un éxito total. En este barrio popular nunca se había visto un ambulatorio tan bien concebido, limpio elegante, con aire acondicionado! La Célula Comunista, en la cual Vincenzo tenias algunos correligionarios, intervino casi completa orgullosa de que los Doctores fueran Compañeros Doctores. Algunos hasta vinieron con el pañuelo rojo, pero Vincenzo, sabio, les pidió que se lo quitaran porque dijo que el médico es médico para todos y también para los hijos de puta y a las putas mismas ¡! Y esta clara alusión a la burguesía produjo una hilaridad extraordinaria y una franca simpatía de parte de esos reales proletarios para con nosotros, y rompió el hielo de cierta timidez de varios de ellos.

Bueno. El Ambulatorio funcionaba, los amigos médicos se alternaban, hacían caja común y yo a veces pasaba por allí, en la tardecita, para ir a comer una pizza con “ la foyetta “ en alguna parte allí cerca.

Y una buena tarde, ya casi oscuro, cuando llego al Ambulatorio veo que Vincenzo estaba solo. Me dice, aliviado:

Aldo, por favor, quédate tú aquí. No es hora de cierre todavía. Pero me llamaron de urgencia de la casa de alguien, debo ir a ver de qué se trata. A las eventuales personas que vengan acá, diles la verdad, que estoy con un paciente, que regresaré pero no se a qué hora.

Y se fue volando con su pequeño Fiat.

Me quedé ojeando las revistas y al poco rato tocan a la puerta.

Miro por el espía del portón y noto a una muchacha evidentemente de la zona, sencilla, pero bonita, generosa de seno, con unos ojos a la Gina Lollobrigida…del tipo apetitosa, como la Lollobrigida.

No sé que me pasó. Francamente no sé. Ni a distancia de años puedo explicarme que fue lo que me pasó.

Total agarro un camisón blanco de médico, me pongo al cuello el estetoscopio y abro la puerta.

La chica entró, nada tímida.

- Estaba buscando al Compañero Doctor Vincenzo, pero me supongo que UD es lo mismo, verdad?

- Bueno, si, somos amigo, pero….

- Y UD es compañero también?

. Qué carajo le iba a decir?

- Si…claro… También….

- Puedo pasar? UD me puede atender? Esta UD ocupado?

¿Qué carajo le iba a decir?

- No, no estoy ocupado. Pase, pase… Entre, en que puedo…

- Y sin esperar nada de mí, se pone en la camilla, hace como para desvestirse, y me pregunta: Debo desvestirme, verdad, Doctor?

- Bueno…bueno, depende…depende…de lo que tiene UD…que es lo que siente? Y donde?

- Comienzo a enredarme.

- Ay, me duele algo por aquí, en el vientre. Ve UD? Ve? Hay como algo duro, aquí, estoy asustada… pero…toque, toque doctor… no siente UD algo duro?

¿Qué carajo iba a hacer? ¿Algo duro? Claro que iba a formarse algo duro…

Y en este momento se abre la puerta. Vincenzo estaba entrando.

La chica se medio levanta, de lo más tranquila, se cubre el seno con no sé qué…

- Usted es el compañero Vincenzo?-

- Si, lo soy, soy yo…-

Y Vincenzo me miró. Nunca olvidaré su rostro. Los músculos de la cara completamente en tensión. Los maseteros vueltos una pelota como si estuviera mordiendo a su peor enemigo…

Mira a la chica.

Sin mirarme me espeta:

- Gracias, colega, me encargo yo de la paciente.

No podía quedarme en el Ambulatorio. Así que salí, con la cola entre las piernas. No nos vimos más, y al poco, como ya previsto, crucé el Mar Tenebroso para América.

Pero en tantos años fuera de Italia, cada fin de años nos enviábamos una cartita de saludos y felicitaciones.

Lo volví a ver, a Vincenzo, solamente hace poco, en uno de mis viajes desde América.

Fui a buscarlo a su casa. Apartamento elegantísimo, no le pregunté si seguía siendo comunista. Me presentó su esposa, una gentil señora de edad, quien nos ofreció un Martini y fuimos los dos, en una rosticería en Roma, como en los tiempos pasados.

-Vayan Uds. Solos. Tendrán tantas cosas que contarse…

Se retiró con una sonrisa encantadora. Fuimos a la vieja rosticería cuando una pizza valía cien liras. Recordamos cosas pasadas, viejas travesuras, sueños, decepciones, logros, amores.

No sé cómo fue que me atreví a preguntarle:

- Y con la chica esa, como te fue?

- Me miró un largo rato.

- Me preguntas como si hubiese sido hace tres años. Y pasaron más de treinta, Aldo.

- Por fin dijo que por una payasada así podrían haberlo radiado del Colegio de Médicos-

Me siguió mirando, ya los dos de más de setenta años, seguíamos comiendo supplí, (croquetas de arroz rellenas de mozzarella) porque la pizza era demasiado dura para nuestros dientes.

Aldo… Cuando viniste a mi casa a buscarme ahora, no la reconociste?