9 dic. 2010

Los Santos Testículos


(Texto publicado en mi libro "Venezuela, qué vaina", Alfadil ediciones, Caracas, 2001)



En 1995 un sacerdote católico que conocía desde hacía diez años fue a visitarme a mi estudio, no en carácter de ministro sino simplemente como amigo. Yo lo estimaba por la brillantez de su inteligencia que me permitía conversaciones libres de frenos dogmáticos, cosa difícil de conseguir entre sacerdotes de cualquier religión donde el dogma es una nebulosa impenetrable.

Se detuvo frente a una escultura, un alto relieve de medianas proporciones, que había hecho no por encargo sino porque me había dado la santísima gana: un Cristo Resurgiendo. Quería que en la representación una de las piernas estuviera difuminada para darle profundidad al relieve del sujeto que salía de algo en movimiento hacia un determinado punto de perspectiva. Fue un estudio para mí, en cierto sentido una prueba de arte.

Al sacerdote le gustó mucho la escultura y le regalé un yeso.

Después de un tiempo apareció otra vez en mi estudio, en compañía de dos sacerdotes, un laico medio beato y otro laico tres cuartos de beato, para preguntarme si estaba en condiciones de reproducir ese mismo altorrelieve en mayores proporciones, de más de tres metros de altura, para el altar mayor de una iglesia. Dije que sí de inmediato.

Nos pusimos de acuerdo en el aspecto económico. El financiador era el laico tres cuartos de beato, lógicamente, con deseos de comprar una entrada segura al paraíso de los justos.

La escultura salió muy bien. Le gustó al párroco de la iglesia, a sus allegados y a los curiosos que pasaban por allí. Y se inauguró.

Una inauguración, para el caso de las imágenes religiosas o al menos de las cristianas y católicas, implica la consagración por parte del obispo. Para que la escultura se transforme en un objeto de culto es necesaria la intervención de un funcionario de la iglesia. Vino el obispo y, frente a mi escultura, los devotos comenzaron a arrodillarse, actitud que me causó cierta gracia.

Recibí felicitaciones de todas partes y volví a Caracas.

Un mes después me llamó el párroco de la Iglesia y me pidió que fuera allá para resolver un problemita de último momento.

Fui de inmediato, intrigadísimo.

El párroco me llevó al altar mayor donde mi Cristo Resurgiendo, majestuoso con sus brazos abiertos y las piernas sugiriendo movimiento, seguía resurgiendo. Aparentemente, no había nada de qué preocuparse.

El sacerdote me llevó, previa genuflexión, al fondo del altar. Pegó su cabeza contra la pared y, torciendo el cuello, me dijo:

–Verá, maestro. Yo sé que usted se va a reír, pero es que algunas de las señoras que acuden a la iglesia me dijeron que si uno se pone aquí, así, en esta postura en que estoy yo ahora, y mira hacia arriba, se pueden entrever, bajo el trapo sagrado que cubre la desnudez de Cristo, los Testículos del Salvador. Son muy abultados, además. Macor, usted tiene que solucionarnos este problema.

Yo no lo podía creer. Cuando uno hace una escultura de este tipo, de un hombre completamente desnudo con un trapo que cubre «sus vergüenzas», se acostumbra, o al menos así lo hago yo, modelar el cuerpo completamente desnudo con todos sus atributos. Y después, si debe haber vestimenta, se cubre el cuerpo con el atuendo previsto. Así me aseguro de que abajo se mantengan las formas reales.

Y, en efecto, si alguien se tomaba el trabajo de franquear el altar mayor, arrodillarse un par de veces en el camino, pegarse a la pared del fondo, inclinar la cabeza de cierta manera y no de otra y arriesgar hernias cervicales, sí, indudablemente sí se veía algo que no era un atributo despreciable.

Le dije todo esto al sacerdote. –Además, padre, si yo recorto esos atributos ¿usted sabe lo que me va a pasar el día que me muera?–, añadí.

El pobre hombre, evidentemente fastidiado por las preocupaciones de las beatas, no sabía qué decirme.

–¿Qué va a pasar, Macor?

–Va a pasar, estimado amigo, que cuando yo muera el Padre Eterno me mandará a llamar y me dirá: «¿Así que usted es el escultorcillo de morondanga que le quitó las bolas a mi hijo, a mi único hijo? ¡Pedro, despáchalo de inmediato para el Infierno!»

Mi argumento no valió gran cosa. El poder de las beatas pudo más.

Tuve que reducir el tamaño de los Santos Testículos y ocultar los modestos residuos, ya santificados, lo mejor que pude.

Y ahora vivo con el miedo a ese Futuro Encuentro.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Wow! Thank you! I always wanted to write in my site something like that. Can I take part of your post to my blog?

Aldo Macor dijo...

Of course. Do it.
Quale è il tuo blog?

Anónimo dijo...

No tengas miedo, Aldo.Con toda seguridad hay un Dios-Padre para los artisas como tú semejante a el de Guaresqui.
Amén, Angel

Marco dijo...

Qué macana, Aldo....por culpa de unas beatas onanistas corre riesgo tu vida eterna.
Muy divertido, como todas tus anécdotas.

Marco dijo...

Qué macana, Aldo!
Por culpa de unas beatas onanistas corre peligro su vida eterna.
De todos modos tu vida terrenal ha sido muy rica.
Muy divertido como todas tus anécdotas.
Felices Fiestas