5 dic. 2010

El ambulatorio de Vincenzo



Doctor, me duele el pie…
Desvístase, señorita

Roma. 1954. Me había graduado en Derecho, algo que ni amaba ni anhelaba. Con mi grande sorpresa poco después gané brillantemente un Concurso Público que me daría una carrera segura en la Administración como alto Directivo. Pero al año preferí dejar la segura monotonía por la venturosa y romántica búsqueda de no se sabe que en el voluptuoso Caribe. Tenía 25 años. Poquísimo antes de cruzar por primera vez el Mar Tenebroso, se dio por obra del suscrito una broma que casi acabó con una fuerte amistad.

Vincenzo y otros tres amigos comunes, graduados ellos en Medicina hace un año, con el poco dinero de los cuatro y con la mucha contribución de los respectivos orgullosos padres, alquilaron un viejo garaje en una zona popular de Roma. Lo limpiaron, lo arreglaron, lo pintaron de blanco hospital y yo mismo participé por amistad en las operaciones de renovación. Se logró transformar este oleoso y sucio Garaje en un lindo, nuevo flamante ambulatorio. Con nuevos muebles, escritorios, saloncito de espera con butacas y sofá y utensilios literas instrumentos algodones y todo lo que se suponía serviría para visitas ambulatorias.

Vincenzo era comunista clavado, filosoviético, admirador de Stalin y, en aquel entonces, con un alto sentido del deber social.

¿Y yo?

Yo recién salido de la decepción del fascismo que me dejó anonado como a la mayoría de los italianos, me autodefinía en un limbo cultural con tendencias socialistoides. Mezclas de todos: Marx, Croce, Sastre, Hitler, Labriola, Lenin, Marcuse. En la época estaba en auge el socialismo, en la literatura, en el arte plástica, en el cine, en el teatro. Y hasta en los burdeles, donde a la tarifa mínima se le llamaba la proletaria.

Bueno, una vez terminado de ordenar el Ambulatorio, había que inaugurarlo. Se barajaron varias propuestas. Desde una orgía colectiva como saludos a la pasada época de estudiante, a fiesta de baile con las familias.

Prevaleció la propuesta de Vincenzo, el comunista con sentido social.

Se puso un aviso en el portón del Garaje.

Próxima apertura del Ambulatorios Los Cuatro Grandes día tal y tal. En ocasión se harán visitas ambulatorias gratis para todas y todos los que la pidan. Firmado: Los Cuatro Médicos.

Refrendado: El Legal (mi firma).

El día de la inauguración fue un éxito total. En este barrio popular nunca se había visto un ambulatorio tan bien concebido, limpio elegante, con aire acondicionado! La Célula Comunista, en la cual Vincenzo tenias algunos correligionarios, intervino casi completa orgullosa de que los Doctores fueran Compañeros Doctores. Algunos hasta vinieron con el pañuelo rojo, pero Vincenzo, sabio, les pidió que se lo quitaran porque dijo que el médico es médico para todos y también para los hijos de puta y a las putas mismas ¡! Y esta clara alusión a la burguesía produjo una hilaridad extraordinaria y una franca simpatía de parte de esos reales proletarios para con nosotros, y rompió el hielo de cierta timidez de varios de ellos.

Bueno. El Ambulatorio funcionaba, los amigos médicos se alternaban, hacían caja común y yo a veces pasaba por allí, en la tardecita, para ir a comer una pizza con “ la foyetta “ en alguna parte allí cerca.

Y una buena tarde, ya casi oscuro, cuando llego al Ambulatorio veo que Vincenzo estaba solo. Me dice, aliviado:

Aldo, por favor, quédate tú aquí. No es hora de cierre todavía. Pero me llamaron de urgencia de la casa de alguien, debo ir a ver de qué se trata. A las eventuales personas que vengan acá, diles la verdad, que estoy con un paciente, que regresaré pero no se a qué hora.

Y se fue volando con su pequeño Fiat.

Me quedé ojeando las revistas y al poco rato tocan a la puerta.

Miro por el espía del portón y noto a una muchacha evidentemente de la zona, sencilla, pero bonita, generosa de seno, con unos ojos a la Gina Lollobrigida…del tipo apetitosa, como la Lollobrigida.

No sé que me pasó. Francamente no sé. Ni a distancia de años puedo explicarme que fue lo que me pasó.

Total agarro un camisón blanco de médico, me pongo al cuello el estetoscopio y abro la puerta.

La chica entró, nada tímida.

- Estaba buscando al Compañero Doctor Vincenzo, pero me supongo que UD es lo mismo, verdad?

- Bueno, si, somos amigo, pero….

- Y UD es compañero también?

. Qué carajo le iba a decir?

- Si…claro… También….

- Puedo pasar? UD me puede atender? Esta UD ocupado?

¿Qué carajo le iba a decir?

- No, no estoy ocupado. Pase, pase… Entre, en que puedo…

- Y sin esperar nada de mí, se pone en la camilla, hace como para desvestirse, y me pregunta: Debo desvestirme, verdad, Doctor?

- Bueno…bueno, depende…depende…de lo que tiene UD…que es lo que siente? Y donde?

- Comienzo a enredarme.

- Ay, me duele algo por aquí, en el vientre. Ve UD? Ve? Hay como algo duro, aquí, estoy asustada… pero…toque, toque doctor… no siente UD algo duro?

¿Qué carajo iba a hacer? ¿Algo duro? Claro que iba a formarse algo duro…

Y en este momento se abre la puerta. Vincenzo estaba entrando.

La chica se medio levanta, de lo más tranquila, se cubre el seno con no sé qué…

- Usted es el compañero Vincenzo?-

- Si, lo soy, soy yo…-

Y Vincenzo me miró. Nunca olvidaré su rostro. Los músculos de la cara completamente en tensión. Los maseteros vueltos una pelota como si estuviera mordiendo a su peor enemigo…

Mira a la chica.

Sin mirarme me espeta:

- Gracias, colega, me encargo yo de la paciente.

No podía quedarme en el Ambulatorio. Así que salí, con la cola entre las piernas. No nos vimos más, y al poco, como ya previsto, crucé el Mar Tenebroso para América.

Pero en tantos años fuera de Italia, cada fin de años nos enviábamos una cartita de saludos y felicitaciones.

Lo volví a ver, a Vincenzo, solamente hace poco, en uno de mis viajes desde América.

Fui a buscarlo a su casa. Apartamento elegantísimo, no le pregunté si seguía siendo comunista. Me presentó su esposa, una gentil señora de edad, quien nos ofreció un Martini y fuimos los dos, en una rosticería en Roma, como en los tiempos pasados.

-Vayan Uds. Solos. Tendrán tantas cosas que contarse…

Se retiró con una sonrisa encantadora. Fuimos a la vieja rosticería cuando una pizza valía cien liras. Recordamos cosas pasadas, viejas travesuras, sueños, decepciones, logros, amores.

No sé cómo fue que me atreví a preguntarle:

- Y con la chica esa, como te fue?

- Me miró un largo rato.

- Me preguntas como si hubiese sido hace tres años. Y pasaron más de treinta, Aldo.

- Por fin dijo que por una payasada así podrían haberlo radiado del Colegio de Médicos-

Me siguió mirando, ya los dos de más de setenta años, seguíamos comiendo supplí, (croquetas de arroz rellenas de mozzarella) porque la pizza era demasiado dura para nuestros dientes.

Aldo… Cuando viniste a mi casa a buscarme ahora, no la reconociste?

3 comentarios:

Monica Nehr dijo...

buenisimo cuento
y estate seguro que ella te reconoció

Aldo Macor dijo...

Monica...puede que me haya reconocido porque mi amigo le habló de mi visita- Imposible que el no le haya comentado nada a la que ahora era su esposa desde decenios...Y por lo tanto posible que me haya podido reconocerme con cierto esfuerzo.. y tratado de ver algo de la antigua luz de la juvetud en mis ojos.
En esos casos el volver a ver personas queridas a distancia de años, me recuerda una vieja pelicula. CARNET DU BAL, de Renè Clair, creo, donde se habla justamente de un señor ya ancianito que consigue entre sus papeles telarañados, un viejo Carnet de Baile: Donde las chikas, en aquellas epocas anotaban el nombre del muchacho caballero que la invitaban a bailar. Total, el tipo se conmuebe, piensa en la chica ( la ex chica) va a buscarla en la direccion anotada, ella vive todavia alla, toca a la puerta, le abre...es bellisima todavia. Se emociona sobre manera...y.... era la hija! Casi el retrato de la mamá. Y la mamá, la ex-enamorada, era una señora semicociente en una silla de ruedas.Conclusion y moral de la pelicula: mantener el recuerdo de juventud.No estropearlo. Imposible que me haya reconocido,Ni yo a ella...

Alfa Segovia de Stanley dijo...

¡Muy buen cuento! La verdad es que cuando pasan los años, es como dice Neruda en su célebre poema 20: "Nosotros los de entonces, ya no somos los mismos". Mejor mantener el recuerdo.
Saludos
Alfa