27 nov. 2010

Giuseppina la quinceañera hebrea y Mussolini el escapista


En junio-julio del 43 yo tenía 15 años. La guerra había comenzado desde hacía tres años: en junio del 40. Pero era una guerra que el Eje Roma-Berlín estaba peleando lejos, muy lejos de nosotros, y que seguramente ganaríamos. Se peleaba allá arriba en Rusia y allá abajo, en África. No nos afectaba directamente; eso creía yo que a esa edad no me interesaban todavía eventos nacionales y menos internacionales. Con mi familia, papá y mamá estábamos veraneando en Ventimiglia, ciudad casi costera con Francia, en la casa de mis abuelos maternos, donde el abuelo, que se consideraba la persona importante en la familia, era ingeniero y “construía” el ferrocarril o la estación de Ventimiglia, ciudad de confín con Francia.

En el azul mar Tirreno, en constante espumoso acoso amoroso con sus olas envolventes las abruptas rocas de los Alpes Marítimos, la costa azul italiana, de paisajes estupendos, con el sol fulgurante y mis quince años, miraba con nuevos ojos por primera vez a las chicas, todavía acerbas sirenitas. Me sentía importante porque aparentemente yo era codiciado, a mis quince años, nada menos que por tres de las muchachitas de la playa. Recuerdo con ternura que hasta competían entre ellas a ver quién me seduciría primero. Seguramente mi supuesta fuerza de atracción se debía simplemente a que yo era de Roma, de la Capital, hablaba con diferente acento y se sabe, las chicas siempre son atraídas por la persona diferente, por quien “aroma d `altri lidi ha nei capegli”, según el antiquísimo instinto que quiere la mezcla para mejorarse. La guerra era algo que no nos afectaba. Vivíamos tranquilos y yo tuve mi primer amor con Giuseppina Lenghi, la ganadora de la apuesta, linda quinceañera también, con unas tetas que absorbían mi vista. Y esa chiquilla, cuya foto de entonces todavía tengo conmigo, me asombró un día mientras siempre mas emocionados estábamos besándonos detrás de una roca cómplice en la playa. Me preguntó, de repente:

“¿A ti no te importa que yo sea hebrea?”

La pregunta me asombró. No tenía la menor idea de lo que ella quisiera decir.

Lo que me interesaba de ella eran esas tetas divinas que por primera vez veía en mi vida, que mis manos inexpertas y temblorosas acariciaban y producían estupendas sensaciones que alteraban mi cuerpo llenándome de vergüenza.

“¿Hebrea?”. Y sin esperar respuesta, le dije: “No, no me importa...”

Así le contesté, alborotado y sorprendido como si me hubiese preguntado si me importaba que tuviera un tío odontólogo. Y no se habló más de eso. Y seguimos besándonos. Claro, sabía que Jesús Cristo era hebreo. Pero eso formaba parte de algo teórico, como la Biblia, la religión. Claro que no me importaba. ¿Que tenía eso que ver con las tetas?

Aun que sí, un par de años antes, en la escuela, 13 años, estuve involucrado con algo relativo a hebreos sin saber de qué se trataba. Y estuve a punto de pelearme por eso en un “duelo” con un compañero del salón; conversando de no sé que, en la escuela, él se había salido con esa frase:

“Y ¿Mussolini? Que le han hecho de mal esos pobres hebreos, que se ensaña en contra de ellos?”.

Claro. Eran las Leyes Raciales del 1938. ¿Que sabe un niño de 10 años de Leyes Raciales? Pero Siniscalchi si sabía. Así se llamaba el compañerito sabiondo, muy buen alumno, seguro mejor que yo. Y era siempre elegante y peinadito Quizás fue algo de envidia, quizás me picó que él supieras y yo no. Pero cuando yo oí su frase solamente intuí que era algo de reprobatorio contra Mussolini. Podía vengarme.

“Y quien eres tú para atreverte a decir que Mussolini ha hecho mal una cosa?”

Mussolini era un dios en aquella época. Por lo menos para mí. En el salón de la escuela, en todas las escuelas, en la pared de fondo, donde está el pupitre del maestro o profesor, estaban colgados tres cuatros: al centro, un poco más alto, el cuadro con Jesús Cristo, a su derecha el retrato del Rey Víctor Emanuel III de Savoya y a su izquierda el retrato de su Excelencia Benito Mussolini. Una especie de Trinidad, que cada mañana saludábamos, firmes y con saludo romano, saludo fascista, la mano en alto, y decíamos unas palabritas de oración. AVE MARIA, AVE CESAR, AVE DUCE: el saludo romano-latino-fascista.

Sí, claro, hasta el Papa había dicho que había de agradecer a Dios por haber enviado a Italia el Hombre de la Providencia. Los Pactos del Vaticano entre Italia y La santa Sede, firmados en el 1929 por Mussolini pusieron fin a un contencioso entre Italia y el Vaticano que venía desde 1860. Así que para mi mentalidad de entonces mi compañerito, al ofender nuestro DUCE, rozaba la blasfemia.

No había otro remedio: un duelo. Y nos desafiamos a duelo.

“¿Sabes de florete? “

“No”

“¿Sabes de pistola?”

“No “

“¿A puñetazos?”

“¡A puñetazos!”

Y nos desafiamos a puñetazos. Con padrinos y todo.

Nadie ganó porque un profesor lo supo e intervino regañándonos a los dos.

Pero eso fue dos años antes. Ahora, con mis 15 años, estando en este sitio de veraneo y con la emoción de las tetas de Giuseppina, nos cae de golpe la noticia: han arrestado a Mussolini. Era algo inconcebible. Mi papá y mi abuelo se quedaron sin palabras, asombrados, supongo. Nos pareció imposible que el Rey pudiera haber pedido las dimisiones de Mussolini como primer ministro y jefe de gobierno. Mussolini era intocable! Mussolini era todo! Mussolini valía más que el Rey, en el folklore político de Italia.

“Duce, tu sei tutti noi! Mussolini ha sempre ragione!” (Mussolini tú eres todos nosotros! Mussolini siempre tiene razón!) eran algunos de los slogan conocidos en toda Italia. Recuerdo por radio la voz del viejo Mariscal Badoglio, fiel al Rey, quien sustituyó a Mussolini: “La guerra sigue al lado del aliado germánico….”

¿Por qué dijo eso? ¿Quién lo iba a dudar? Pero mi papá y mi abuelo estaban llenos de dudas. E de inmediato se supo que las cosas en la guerra iban muy mal. Que se había perdido África, que los enemigos habían desembarcado en Sicilia! Todos empezaron a escuchar Radio Londres. Y los ingleses de Radio Londres nos contaban, claro con su propaganda, pero nos contaban de los desastres en las tropas italianas. No había gran difusión de radios como lo habría poco después, pero de repente se supo que se podía escuchar Radio Londres. Estaba prohibido escucharlas esas transmisiones, por extranjeras, enemigas y mentirosas, se decía. Pero todos las escuchaban. Menos yo, claro. Yo seguía pensando en las tetas de Giuseppina. Regresamos a Roma de inmediato, en tren. Por motivos que nunca se saben y aprovechando las noticias de grandes cambios y las incertidumbres de días excepcionales de terremotos políticos, los delincuentes de siempre se mezclaron a la gente de buena fe y hubo desmanes. Las cosas más impensadas: se robaron vagones enteros de mercancías; se asaltaron estaciones de ferrocarril robando en los depósitos; se tumbaron fotos y estatuas de Mussolini. Euforias, entusiasmos, delincuencias, buena y mala fe, un poco de todos. Se pensaba que la guerra era terminada. Reaparecieron, y para mi aparecieron por primera vez, los pañuelos rojos de los comunistas; esos comunistas eran los vende patria que nos habían dicho que eran delincuentes bolcheviques y que gracias a Mussolini no existían más. Llegamos a Roma.

Aturdidos. Mis amigos, compañeros de escuelas, aturdidos, como yo. Se estaban desmoronando nuestros ideales, nuestras creencias. Y el enemigo seguía avanzando en Sicilia. El Rey, nuestro Rey la figura sagrada de nuestro Rey, por Gracias de Dios Rey de Italia y de Albania e Emperador de Etiopia, se había escapado de Roma. El ejército quedó desbandado, sin jefes sin órdenes. Los alemanes, sospechosos de los italianos y oliendo la traición, se adueñaron de Roma y toda Italia. Había voces contradictorias. No se sabía quién era el enemigo. ¿Los Aliados? (USA. Inglaterra, Francia, Rusia) o ahora eran los Alemanes? Cuando Hitler supo que habían hecho preso a Mussolini, quiso ayudar a su antiguo maestro. Mandó a Skorzeny, un habilísimo comando, con una docena de paracaidistas para liberar a Mussolini. Y lo consiguió con una rocambolesca operación que si no le dio infarto a Mussolini hombre ya de 60 años, significa que tenía un corazón fuertísimo! Esos comandos llegaron al altiplano en centro Italia, Campo Imperatore, algo más de a 2000 metros, donde Mussolini estaba preso y vigilado por 200 carabineros. Sometieron por sorpresa a los vigilantes italianos. El Piloto, el mismo Skorzeny y Mussolini se montaron sobre un avioncito de juguete, la Cigüeña, que podía llevar solamente dos personas. No recuerdo si era mono o bimotor. Prendieron el motor. No había pista para despegue. Habían colocado la Cigüeña al borde del precipicio donde en tiempo de paz subía el teleférico. Le dieron el máximo de gas mientras los otros alemanes lo mantenían frenado con sus manos. Llegado al punto, lo soltaron; el avioncito dio un brinco en adelante y se tiró en el barranco, desapareciendo a la vista. A los pocos segundos de tremenda angustia se vio el avioncito subirse al azul del cielo y llevó Mussolini a encontrarse con Hitler. Yo estuve en ese altiplano, pero dos años más tarde.

Y ¿entonces? ¿Qué hacer? A los pocos días de haberse encontrado con Hitler, Mussolini constituyó la Republica Sociale Italiana, en el Norte de Italia, el Nuevo Estado Italiano con principios fascistas republicanos y socialistas de los orígenes del ya lejano 1919.

¿Qué hacer? Esa era la gran pregunta. Nada fácil de contestar. Familias enteras se dividieron por eso.

Estar con el Rey, legitimo monarca que había pedido armisticio y auxilio a los americanos y llegó a declarar guerra a los alemanes, aliados del día de ayer? O estar con Mussolini, que insistía en la alianza Italia-Alemania, máxime por una cuestión de honor, a sabiendas de que la guerra ya estaba perdida? Se tenía la muy vaga idea acerca de ciertas “armas secretas” por las cuales Hitler llegó a decir, lo recuerdo muy bien: Dios me perdonará los últimos diez minutos de guerra. Se especuló después, y puede con algo de acierto, que se refería al conseguimiento de la primera bomba atómica. Pero eso no se dio. Y los científicos alemanes fueron fagocitados algunos por la Union Sovietica pero la mayoría por Estados Unidos. De no ser así, la primera bomba atómica no habría explotado en la lejanísima Nagasaki sino en Londres, París o New York.

De todos modos, y aparte las “armas secretas”, la decisión de estar con el rey o con el duce, como se decía entonces, era una difícil decisión. Media Italia estaba con uno, media Italia con otro.

Y ¿yo? Yo había nacido y crecido con la veneración para Mussolini. Me habían lavado el cerebro.Yo no dudé.

6 comentarios:

Elettra dijo...

Sono rimasta affascinata per come hai raccontato un pezzo della tua vita, complimenti

Elettra dijo...

Sono rimasta affascinata per come hai raccontato un pezzo della tua vita, complimenti,ciao Marco

Aldo Macor dijo...

Cara Elettra, adesso mi sono reso conto che mi hai s critto in italiano!!
No me habia fijado. Evidentemente tu español es excelente. He dado un vistazo a tu blog. Muy muy interesante. Pero quiero leerlo con mas calma. Supongo que el "marco" al final de tu comentario, està por Macor, verdad? Ciao, querida. Yo soy muy nuevo al blog. Por lo demas, soy todo muy viejo. jajaja

Anónimo dijo...

Estas memorias claman por una continuación. Además no puedo dormir pensando en las tetas de Giuseppina.
¿Qué pasó despues, rey del suspenso?
Angel

monica dijo...

la mejor descripción de un gran duelo
buenas Don Aldo
nos vemos por aquí

Aldo Macor dijo...

Monica...a Final de Año, por lo menos en Italia,,,se costumbraban fuegos artificiales, y los mas audaces disparaban al aire, al Año Viejo. Y un tio mio,oficial de Policia,me dejó disparar una vez nada menos que dos tiros con una Beretta.Me senti un gran pistolero. Y por lo del florete, habia tomado tres clase de florete, y tambien me creia El Zorro, el Noble De las Vegas...
Total, con mi charlataneria, lo desfié a pistola y florete, Jajaja
Rcurrir a la plebeya pelea a puñetazos no era ni elegante ni heroico. Y habria perdido porque él era mas grade que yo...jaja La buena suerte me salvó.