4 nov. 2010

Experiencias homosexuales (que no llegué a tener) durante la Guerra




Después de profundas consideraciones, fui a escudriñar entre los recuerdos, en la memoria más antigua. A ver si podía yo también vanagloriarme de algún pasado gay o semigay o de un amigo gay para ponerme a la par con los tiempos que corren. Y busqué, busqué y el más lejano recuerdo fue de cuando yo tenía 14 o 15 años. Durante la Segunda Guerra Mundial.


 
 
Después de profundas consideraciones, fui a escudriñar entre los recuerdos, en la memoria más antigua. A ver si podía yo también vanagloriarme de algún pasado gay o semigay o de un amigo gay para ponerme a la par con los tiempos que corren. Y busqué, busqué y el más lejano recuerdo fue de cuando yo tenía 14 o 15 años. Durante la Segunda Guerra Mundial.

Credere, obbedire, combattere



Guerino, la ordenanza.  Años 1941/42 en Roma. Apartamento en el último piso, que no se llamaba pent-house porque en esa época se decía ático y se hablaba italiano, heroico descendiente directo del glorioso Latino Romano. Estaban prohibidas las expresiones, las palabras, los francesismos, los anglicismos. No se decía sweater ni pulóver, se decía “maglione”. Y si no se conseguía la palabra en italiano para un deporte, no se hacia el deporte . Y no se jugaban tenis ni golf. No se decía tenis, no se decía golf. Prohibidísimo también el OK, que además era notoriamente una degeneración de la mezcla interracial de las ex colonias inglesas, cuyos jefe en aquella  época, era  nada menos que por un pobre hombre paralítico: todo lo contrario del vigoroso viril hombre itálico que nos mandaba a nosotros.
 Bueno, ese el cuadro a mis 14-15 años, el periodo de las Leyes Raciales, de cuya existencia solamente supe y fragmentariamente al buscar los supuestos cuernos del demonio en la frente de los “judíos romanos”, después de haber visto la  película tremenda, "Sus, el Hebreo", de nuestros aliados arios, los alemanes. Bueno. En nuestro Palazzo, en el segundo piso, piso noble, se decía, vivía un general; quizás del ejercito, porque aviación había poquita, si es que la había; y la marina estaba casi reservada a los nobles que vivían en barrios elegantes. En este segundo piso, el general retirado tenía su ordenanza: un soldadito pequeñito, flaquito, sin ningún tipo de barba, que hacía lo que un ordenanza no debería hacer: en lugar de dedicarse a abrillantar las botas del General y en atenderlo en lo que tenía que atenderlo, iba haciendo siempre labores de casa, labores donnescos, se decía, o sea, trabajos de mujer: iba al mercado y regresaba con los brócoli. Y tenía todo menos el aspecto marciano del soldado que defiende la patria. Bueno. Un día, el tipo ese que, por ironía de la suerte,  se llamaba Guerino, como el célebre paladino de Carlo Magno, me invitó a visitarlo en su habitación, en el apartamento del general. Nadie estaba en la casa, excepto él y yo, el inocente.

Yo era obediente. CREDERE OBBEDIRE e COMBATTERE, decía Mussolini en uno de sus tantos admirados slogans en las calles de  Italia. Y me esforzaba yo en Creer y Obedecer, mientras tanto, porque lo de Combatir sería para más adelante al cumplir los 18 años.

Me invitó a su habitación, el Guerino ese y me mostró unas fotos que yo consideré sumamente eróticas, libidinosas, pecaminosas, infernales, tremendamente excitantes. Eran de una tipilla que debía de ser una campesinita de la campiña romana, semidesnuda, con varias extensiones de pelo entre el excitantísimo y abundante vello público, el de las piernas y de las axilas. Hasta recuerdo todavía, larguísimos pelos negros que nacían en los pezones y me excitó. En aquel entonces yo era todavía novato  en erecciones, que había descubierto con orgullo en esos días. Claro que me emocioné. El pobre Guerino debe de haberse considerado el “hombre” más feliz de la tierra y con un gesto inesperado para mí…dio una pirueta, se bajo en un relámpago los pantalones y me mostró un culo blanquísimo con unos pelos larguísimos y negros.

Ese espectáculo me produjo sencillamente  nausea.  Y me asusté. Me aparecieron imágenes todavía vivas en la memoria infantil de diablos y demonios, sentí un asco tremendo para esas nalgas que el trataba de abrir, invitándome al banquete que ni siquiera entendía bien en que podría consistir. ¡Pobre Guerino!  Sed sic  fuit voluntas Dei!

Así como estaba yo,  asustado, alterado y en erección, con sentido de culpa y de pecado, me fui corriendo, me escapé de su habitación y del apartamento del general y, para ser más rápido, ni esperé el ascensor para que me llevara al piso once. Subí corriendo de a dos o de a tres los escalones hasta el pent-house-ático.
Y fue la primera “experiencia”.


Los pantalones zuavos: otra experiencia
Era poco antes de la caída del Gobierno Mussolini. Año 43. En la Juvenil Jerarquía Fascista yo había llegado a ser jefe de “manipulo”… (40 hombres paramilitares ). Había jurado: “En el nombre de Dios y de Italia, juro de ejecutar las órdenes del Duce Mussolini y de servir con todas mis fuerzas las causas de la Revolución Fascista.” Formaba parte como todos los muchachos de esa edad, de la G.I.L. Juventud Italiana del Littorio, la que después fue copiada por Hitler , fundando su Hitlerjugend. Todos éramos jóvenes de 15 hasta los 18 años, más o menos. Y los sábados en la tarde, lo que se llamaba Sábado Fascista, teníamos marchas, desfiles, himnos patrios.

Ya no éramos “Balillas”. Los Balillas eran muchachitos de 8 hasta 14 años. Tenían camisa negra, un medallón con el retrato del Duce Mussolini y el pañuelo azul que quizás recordaba el azul de la Casa Saboya, entonces felizmente reinando en Italia. El Rey, Víctor Emanuel III de Saboya, era el Jefe del Estado y Mussolini era el Jefe del Gobierno. Nosotros estábamos ya grandecitos: éramos “vanguardistas”.

Teníamos pantalones “a la zuavo”, un puñal bellísimo, que era de aluminio porque “Italia producía mucho aluminio en el Monte Amiata, en Toscana.” El acero era para los soldados de verdad y ¡la panza del enemigo! Armados con ese puñal, un sweater (perdón) un maglione negro y los pantalones a la zuavo, nos sentíamos heroicos y poderosos. Y viriles. La varonil juventud de Italia, se decía.  Y yo qué? “ se quejaba mi hermanita. Pero era  mujer y no se le hacía mucho caso.

Una tarde, después de las ejercitaciones para-militares y “voluntarias” (obligatorias) del Sábado Fascista para la Juventud Italiana del Littorio, me fui con mi amigo Ciotti para ver una película en el cine Esmeraldo de Roma, donde daban LA CORONA DE HIERRO, la historia de la primera corona de los primeros reyes de Italia, después del colapso del Imperio Romano de Occidente. Y en la película se contaba de la Corona de Hierro hecha con un clavo de la Cruz de Cristo, y se contaba de la heroica Teodolinda, de Berengario, de los Ostrogodos y demás fulgurantes per, que la propaganda fascista indicaba claramente en Mussolini. En fin, estábamos esperando sentados en una banquita que llegara el tiempo para entrar al cine. Allí, en esa banquita, ambos estábamos vestidos con el uniforme paramilitar fascista de Vanguardista, mirada fiera, orgullosa, puñal de aluminio y maglione negro como la muerte. Espera que te espera, no sé cómo fue, el amigo Ciotti comenzó a hablarme de muchachas, indicándome a dos que paseaban en este momento cerca de nosotros, también ellas con su uniforme paramilitar de Jóvenes Italianas Fascistas, una faldita plisé negra que coqueteaba con sus piernitas de quinceañeras… ¿Tendría  yo 15 años? En fin, entre lo que me insinuaba el camarada Ciotti (se decía camarada, no se decía compañero…compañero era un termino comunisto-anarcoide- bolchevique) y el revolotear de las falditas que miraba yo con ojitos entusiasmados, mi señorito, mi hermanito menor, mi  camarada-compañero tuvo su tradicional erección, muy común en aquello tiempos y en aquella edad cuando, si pasaba una monja aparentemente joven me la imaginaba irrespetuosamente sin el Manto Sagrado.
“Mira lo que te ha sucedido!”, me dice Ciotti. “¿Puedo tocarlo?”
Sentados ambos en esa banquita con las piernas extendidas, yo recuerdo que me quedé incierto; mi erección se notaba bien marcada con la tela “sintética”, se decía, y de mala calidad de los uniformes paramilitares. Recuerdo muy bien la sensación de poder y cierto placer al constatar por primera vez que poseía algo de notable volumen. Si, era más grande de lo que pensaba. La verdad que no recuerdo como fue. ¿Le di permiso? ¿No le dije nada? Yo era tontísimo y tímido en aquella edad. Mi mamá siempre me defendía de no sé qué peligros de la calle, para impedir, inclusive, que aprendiera groserías. Las malas palabras no se decían. Las decían solamente la gente “baja”, los obreros, los campesinos, una sirvienta. Pero no nosotros.
El amigo camarada Ciotti seguía con su agarra y aprieta. Por encima de los pantalones, por supuesto. Pero, a un cierto punto, no recuerdo de verdad, quizás estaba trastornado, se me presentaron las imágenes que en aquella época todavía fluctuaban en mi mente: demonios, condenados, pecadores. Estaba haciendo algo que no debía hacer. El poder de las prohibiciones, el poder de la Iglesia, del párroco don Ettore. Qué sé yo. Pero lo que me impresionó más que todo fue la idea de Mussolini. Como si con su mirada fulminante masculina reprobara que nos dedicáramos a esas prácticas de la “plutocracia anglo Judea masónica decadente”.
Y me fui corriendo… ¿adónde? A buscar el tranvía para ir donde mi mamá…

La maleta de porotos

 Habían llegado las tropas aliadas a Roma. Fue el periodo que se llamó el periodo de la Liberación, cuando las tropas del general Clark entraron alegres en Roma; yo las vi, a las cinco de la mañana, y los alemanes habían salido la noche anterior: Roma, ciudad abierta.

Bueno, a pesar de los aliados y de los caramelos y chocolates de los primerísimos días de euforia, el hambre seguía en Roma. Mi mama me mandó a buscar comida con una valija a Cesano, un paisito cerca de Roma, donde conocíamos ciertos campesinos.
”Aldo, hijo, llénala con lo que sea…!”



La Abadia de Montecassino, del año 800, destruida en la segunda guerra




Llego al pueblito, busco al campesino conocido, consigo llenar mi valija con porotos, pago un precio exorbitante. Inicio el regreso a pie por una caminito de tierra que en dos kilómetros me llevaría a la parada del tranvía para Roma. Completamente solitario, el camino. La gente andaba lo menos posible. Había riesgos de toda clase. En ese caminito, quizás a la media hora, se me acerca un jeep militar. A.M.G. Allied Military Government. Adentro cuatro militare, ingleses. Eran los únicos, ellos, como los australianos y los pocos canadienses, que no vestían uniformes americanos. Los Estados Unidos tenían tela e industrias en plena producción para vestir a todo el mundo. La nacionalidad distinguía a la caterva de aliados únicamente por un rectangulito de unos 10 centímetros por cinco, cosido en la manga izquierda, con el símbolo de la nacionalidad. Bueno. Los ingleses se pararon a mi lado y me ofrecieron gentilmente un aventón para llegar hasta Roma.

Imagínense mi felicidad. Con mi maleta de porotos que pesaba cada vez más me subí agradeciéndole a los cuatro. Me dijeron que me sentara atrás, en medio de dos de ellos. Traté de entablar algo de conversación en el escolástico inglés aprendido en mi Instituto Británico, pero me di cuenta de que los soldaditos no tenían ningún interés en hablarme y además su inglés era muy diferente al de mis profesores: no entendía una sola palabra. De repente los dos súbditos del rey George que estaban a mi lado comenzaron a acariciar mis piernas desnudas; ya era verano y usaba pantaloncitos cortos.

Ay de mí… ¿Qué hacer?

Estaba sumamente incomodo. Traté de decir algo, pero por la emoción no logré farfullar sino frases desordenadas y probablemente incomprensibles para ellos por mi tremendo acento italiano. Pero evidentemente se dieron cuenta de que yo no estaba de acuerdo con lo que ellos esperaban y, en fin, me soltaron. “You may leave any time… fuck you!” Esa frase no la olvidaré nunca

Y abrieron la puerta del Jeep. Yo, cargando mi valija de porotos, aliviado y cansadísimo, caminé por 10 kilómetros para llegar hasta Roma, porque los malditos se habían desviado de la ruta del tranvía. Y cada vez que en el camino me encontraba  con alguien, tenía no solamente la preocupación que se repitiera el susto de los ingleses… sino que estando solo, algún tipo que también buscara comida podía robarme mi maleta de porotos!

Los marroquíes goumiers

Según se confirmó en años posteriores pero que los romanos sabíamos desde el verificarse mismo de los eventos, un acuerdo entre Norteamericanos, Alemanes y el Papa Pío XII había convenido  en la salida pacífica de los Tropas del Reich y la entrada igualmente pacifica de las Fuerzas Aliadas en Roma, la Ciudad Eterna:  para preservarla así de los desmanes de la guerra. 



 




Los alemanes comenzaron a dejar Roma desde las siete de la tarde del día convenido. Yo los vi, personalmente: caminaban arrastrando casi los pies, tenían solamente algún que otro burro para llevar cargas más pesadas, iban en fila India, a los dos lados de la Viale Angelico, que llegaba al histórico Puente Milvio, el de Constantino, el del IN HOC SIGNO VINCES. Jovencísimos, lucían también cansadísimos. Estábamos acostumbrados a ver a los alemanes fuertes, orgullosos, arrogantes. Y ahora exhaustos, vencidos, en retirada, rodeados del silencio de los romanos. Mi papá, a mi lado, tuvo un gesto inesperado: les ofreció cigarrillos
“Tú, papá? No me dijiste siempre que  tú tenías una gran antipatía para los alemanes? ¿Que invadieron tu Friuli natal en 1915 y esparcieron tu familia por toda Italia?”
“Sí, Aldo”, me contestó. “Pero estos son chicos de 16 años cuando mucho. De tu edad. No saben nada de la vida. Saben sólo que van a morir”.
Y en la mirada de papá se veía la decepción profunda de alguien que desde su 19 años, , como me había contado una vez,  en 1918,  había creído fervientemente y participado en el primer fascismo, que se le había presentado en sus inicios para rescatar los valores nacionales de los italianos contra el internacionalismo apátrida del socialismo, para defender la religión y el orden contra la anarquía bolchevique proveniente de las estepas rusas. Y que todo ese sentimiento se le había esfumado a partir del 1938, en años de locuras, fanatismos y sumisión trágica al nazismo.
Clark y sus aliados entraron a las cinco de la mañana del día siguiente. No hubo un solo disparo. Nada en absoluto de hostilidad contra los enemigos de ayer. Todo lo contrario. Solamente caramelos, chocolates, chicas exuberantes que se subían a los camiones y a los imponentes tanques Sherman para besar a los libertadores-vencedores y celebrar lo que se suponía que era el fin de la guerra.
Bueno, junto con las tropas aliadas de verdad, las auténticas, o sea los americanos de Estados Unidos, los Ingleses de Inglaterra y los Franceses de Francia, en el sagrado plurimilenario suelo de la Patria de los Cesares llegaron también un montón de colonias, marroquíes y argelinos de Francia, indios y paquistaníes del Commonwealth, un sinfín de razas y pueblos, cumpliendo la profética promesa-amenaza de Churchill cuando iniciaba la guerra: “Reuniré en contra de ustedes (los alemanes) a todo el mundo hasta que los destrocemos”. Y todas esas hordas desembarcaron en Italia. Incluyendo a los Marroquíes Goumiers. Supimos de inmediato detalles de las atrocidades semi caníbales y de violencia sexual de esos feroces guerreros primitivos.
Por misteriosos casos de la vida, mi papá que era fascista era también muy amigo de un general francés. Habían estudiado juntos no sé dónde. Al llegar a Roma, ese general buscó a mi papa, pensando ayudar eventualmente al viejo compañero de escuela, si fuera necesario. Se vieron. El general vino a nuestra casa, vestido de paisano, por respeto, se abrazó con mi papá. Tomamos todos un poco de champagne para festejar no se sabía bien que: fue la primera vez que probé el Dom Perignon: traído por él, obviamente. Después de los “Te acuerdas cuando…” le comentó a mi papá, en una conversación que no estaba destinada a mí, pero que yo escuche:

“Amigo Titute, a esta gente no se le puede hablar de pelear por la libertad y menos que menos por la democracia. Ellos no saben lo que es. Ni les importa. Se les puede hablar solamente de ‘botín’. Si vencemos, el botín será de ustedes y las mujeres también, según las más antiguas tradiciones guerreras. Son primitivos, pero muy buenos guerreros, audaces y feroces. Los utilizamos en las carnicerías de Montecassino. Es inútil decirles ahora que respeten a las mismas mujeres que ayer eran las mujeres del enemigo. No lo entenderían  Lo considerarían falta de palabra. Pero yo sé: tendremos que sacarlos de acá y llevarlos a Grecia, probablemente”.
Más o menos eso es lo que recuerdo de esas conversaciones entre mi papá y el general francés. Una película italiana, “La Ciociara”, con Sofía Loren, habla vagamente de esos episodios. Raro que se hablara tan poco, porque el impacto de esas tropas en Europa fue tremendo. Pueblitos enteros del sur de Italia fueron asolados por las tropas coloniales francesas. Violaron a todos, a todos, absolutamente a todos, mujeres de cualquier edad, jóvenes o viejas, monjas, muchachos, niños, niñas, hombres y adolescentes. Todos.

Hubo dos pueblos donde nadie, absolutamente nadie se salvó de la violencia sexual. Eso se supo, se sabía y de eso conversábamos en un caminito de Cesano a Roma. Mis padres me decían que estábamos en Cesano de “veraneo”. En realidad estábamos refugiados en una casa de campesinos agricultores amigos nuestros donde había comida abundante. Habíamos salido a pie de Cesano para ir a buscar huevos en los alrededores. Y en el camino de regreso, ya al final de la tarde, nos alcanzaron dos jeeps cargados de marroquíes, distinguibles por el turbante árabe. Estábamos yo, mi mamá de unos 38 años, todavía joven y apetecible, mi hermanita de 10 años, y la chica de servicio campesina, de unos 18 años.

Los dos jeep frenaron a nuestro lado. Miradas sonrientes, ojos negrísimos que brillaban. Sonrisas. Mi mamá aparentaba indiferencia mirando el ocaso anaranjado del sol.
 “Lei no paura? Usted no miedo?”, preguntó uno de ellos.
Mi mamá fue de un valor y coraje extraordinarios.
Paura? Miedo? Por qué? Lei due mani… Io due mani… Io no paura”.
Los tipos se fueron riéndose. Supimos después que habían ya violado a no sé cuantas mujeres poco antes, en la misma Cesano.
También los marroquíes llegan a un tope.
Años después, recordando este episodio, mi mamá me comentó:
 “Mi preocupación no era tanto por mí ni por tu hermanitaAldo, te miraban a ti!”

El judío amigo

Al llegar los americanos, con su aire de bienestar y opulencia, todos bien vestidos, bien nutridos, generosos y sonrientes, llegó para los civiles la esperanza… y en la espera que la esperanza se concretara, mi papá consiguió a través de un querido amigo de él, también compañero de escuela, judío genovés, de apellido Colombo, consiguió que yo entrara a trabajar en la ALLIED CENSOR SERVICE. Este Servicio de Censura Aliada se suponía que controlara y censurara una cantidad enorme de cartas, postales, fotos,  revistas, periódicos, etc. Había que tachar, eliminar, cortar el papel, borrar o, en los casos más sospechosos; y  proceder a un exhaustivo estudio a la Sherlock Holmes, relativo a cualquier dato que pudiera parecer como información de carácter socio-político-militar útil para los alemanes o, en forma más discreta, para los soviéticos ya que se trataba de aliados… todavía. La Censura trabajaba día y noche. Había no sé cuantos turnos. A mí me dieron el turno de 8 de la mañana a la una de la tarde. Así que a las tres podía frecuentar hasta las siete mí segundo años de Liceo Clásico Mamiani, en Roma, en ese horario vespertino, debido a que el Edificio del Liceo estaba requisado en horarios de la mañana para otras escuelas destruidas por la guerra.

Allí, en el Servicio de Censura Aliado (A.C.S.) se ganaba muy bien. Nos pagaban en liras, claro, pero la base era el sueldo en dólares de un trabajo correspondiente en USA: algo casi astronómico para los empobrecidos europeos. No había muchos italianos que trabajaran con los americanos. Indudablemente yo y los demás italianos éramos unos privilegiados y los aliados empleaban solamente personal de comprobada fe filo americana. Muchos, de los pocos, eran judíos. Yo no era judío, ni mamá ni mi papá tampoco, ni muy filo americanos; mi papá había sido fascista y en ese momento estaba inclusive suspendido del trabajo y sueldo del banco donde trabajaba desde hacía veinte años por presiones del Gobierno Provisional Aliado, que lo sometió a Depuración para averiguar si había sido criminal de guerra: a los dos años fue reintegrado en el trabajo con pago de los sueldos retenidos. Pudimos comer e reintegrarnos a la normalidad. En la zona éramos conocidos como fascistas: no fanáticos, pero fasicstas.
Había sido fascista papá, cierto siempre lo fue y nunca lo denegó. Pero también había ayudado a muchos hebreos golpeados por las Leyes Raciales del 38 que papá consideraba ridículas e injustas. Y con ciertos riesgos, porque los alemanes no bromeaban mucho en cuestiones de hebreos. Y los hebreos saben agradecer. Total, cuando a su vez mi papá estuvo en las malas, con la caída del fascismo, los hebreos lo ayudaron a salir del paso. Una de las maneras indirectas fue que yo entré a trabajar con los americanos, con sueldo muy bueno.

Obvio que un muchacho del segundo Liceo Clásico, chico de buena familia burguesa, no tenía absoluta experiencia ni de vida ni de nada y mucho menos de censura epistolar. Me hice amigo de algunos de los “colegas”, todos algo mayores que yo y con uno especialmente me sentía muy bien. Se llamaba Anticoli, típico apellido judío de Roma. Hacía más o menos un año que trabajábamos juntos para los americanos y yo, de paso, había perdido un año de Liceo. Pero una tarde, Anticoli y yo nos vimos, para ir no recuerdo donde, a una conmemoración de algo cultural o pseudo cultural. Y allí, de repente, en ese ambiente de avanzada, cine literario artístico, el amigo se me reveló: con mucha franqueza, muy directamente y en ingles, idioma que no usábamos nunca entre nosotros: IF YOU WANT ME, now, we may go…”. No recuerdo absolutamente como terminó la frase, pero seguramente me propuso ir a su casa. Me quedé tan mal, tan entristecido y diría hasta decepcionado, porque me di cuenta de que las atenciones y muestras de gentileza para conmigo tenían un fin bien determinado. No eran para hacerme un favor a mí. Sino para que yo las contracambiara con un favor a él.    
Después de ese episodio, dejamos de vernos. Se terminaron las conversaciones y supongo se terminó la amistad. ¿Por qué? No lo sé. Nunca lo supe exactamente. Miedo, ¿quizás? Teníamos varios intereses en común. Era inteligente. Éramos amigos. De hecho, éramos muy buenos amigos. Pero... Después de esa proposición, me producía malestar, incomodidad, la idea que él me mirara con ojos diferentes de otros amigos míos, donde la amistad la sentía pura, sincera, sin segundos fines. En su mirada me parecía siempre adivinar el segundo fin. Una mirada interesada. Sensaciones, claro, como tendré un poco más adelante en la vida e inclusive por muchísimos años. Sensaciones, claro. No estoy seguro si vale la comparación. Pero nunca pude entablar una amistad pura, sincera, sin segundos fines con una mujer, si es que tenía algo de femenilmente atractivo. Me perdía en su mirada, casi hipnotizado. Nunca he podido ver unos ojos bellos sin que se me esfumara todo el entorno. Y ¿cómo se puede hablar sin mirar a los ojos la otra persona? Ha sido difícil tratar, en mis años de media edad, las esposas o hermanas o hijas de amigos míos. Ha sido casi un constante esfuerzo sobre mí mismo. Y todavía ahora, a mis 80 pasados, todavía ahora, y casi me avergüenza decirlo, la conversación con una mujer bella, atractiva, aunque sea una conversación inteligente e interesante, se me hace difícil, al punto que debo distraer la mirada porque se me sobrepone, como cruel recordatorio, la imagen patética, asquerosa, lubrica, del viejo verde baboso que espero no ser, no quiero ser ni parecer ser.





 

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Es un extraordinario testimonio de un tiempo histórico excepcional.
En cuanto a la homosexualidad lo único malo que tiene es la catástrofe económica que produce.
Dicen que la crisis económica mundial es culpa de la banca, no es cierto: la tienen "ellos".
Si yo hubiera sucumbido me habría ahorrado cuatro colegios, cuatro carreras universitarias, mis hijas no me estarían gritando todo el tiempo y mis nietos no se reirían de mi inglés.
¡Mira que trastada me ha echo la genética!
Salud,camarada
Angel

Anónimo dijo...

Aldo, me saco el sombrero. Graciosas las historias y además muy interesante el contexto! Definitivamente tienes que seguir contándonos de esa etapa! Gracias por compartirlo.
Leo de Murcia

Aldo Macor dijo...

Queridos amigos blogueros.
En realidad tenía yo cierto miedo que se me dijera: " Basta ya con hablar de eso!! Uds. los viejos siempre están con esa manía de hablar de la guerra!
Y en realidad me asombra un poco que por lo menos algunos de Uds. me inviten a continuar sobre este argumento, o sea sobre mis recuerdos que son recuerdos de épocas pasadas, de los terribles periodos de las guerras cuando hasta las ovejas, las pacificas, dulces y tontitas ovejas creen y quieren transformarse en lobos por un insignificante distintivo en sus uniformes militares y pueden cometer las atrocidades mas impensables. Es quizás la venganza del mediocre que por una vez en la vida, y nunca más lo será, se siente importante. Y cree que la mirada aterrada y suplicante del amenazado sea dirigida a él, mientras se dirige al uniforme del vencedor.
Y no es solamente la guerra, amigos blogueros. Es el tremendo, tremendísimo cambio de mentalidad en el mundo entero. Han pasado tres generaciones, amigos. Y los cambios son abismales. Yo personalmente los recibo con aquella antigua consideración que irremediablemente todo se cambia y se modifica. El PANTA REI..... de Heráclito. Pero yo he sido una persona privilegiada por donde nací y donde viví y donde me eduqué. No fue merito mío, fue casi solamente suerte. Pero no es nada fácil a una persona mayor no privilegiada entender tantos cambios: lo aturden. Los desorientan. Y no lo comprenden. Lo que yo modestamente trato, en el ciclo de charlas-conferencias semanales que tengo con mis “colegas residentes” en el Residence donde por ahora vivo, es tratar de enfocar las diferencias culturas-religiones- costumbres de los diferentes grupos étnicos, para que sean más o menos aceptadas. Para tratar de no ser acérrimo enemigo del otro y solamente porque es aparentemente diferente.
Las consideraciones de Uds., amigos blogueros, que son casi todos jóvenes o con la mitad de mi edad, me animan. Les agradezco infinitamente. Déjeme que hable con libertad. Sin miedo a parecer de manera que no sea aceptada según los cánones de hoy. También los cánones se modifican. Saludos.

Anónimo dijo...

Querido maestro, debido a una rebelión de mi Laptop, donde dice "Mira qué trastada me ha echo..." debe decir "me ha hecho la genética" o me ha echado la genética. ¿Puedes cambiarlo sin tener que pedir ayuda a Billy Gates?.
Por otra parte, en tu magnífico texto "Experiencias homosexuales..." donde dice "vello público" quítale la "l" para que no digan que esos viejos facistas maricones no saben escribir.

CREDERE,OBBEDIRE,COMBATTERE

Anónimo dijo...

Dr.Aldo Macor B.: Sus múltiples experiencias y conocimientos en todos aspectos son muy valiosos para todos los que lo leemos, pero sus relatos hitóricos que ha narrado me han impresionado, le pido por favor continúe escribiendo sobre este tema,
Saludos

Su Fan No.1

Laura Arena. dijo...

Aldo: de todo lo que hay para leer por aquí, me llamó la atención este titulo y estuve husmeando un poco. Impresionante, tus historias, como las cuentas y como describes el contexto. Definitivamente, de a poco me iré leyendo todo lo que has escrito. Tus experiencias "homosexuales" podrían ser guión de una película . Y yo, que había creído que cuando llegaron los americanos, era que habían llegado los "buenos". jajaj, es una broma. Saludos.