21 mar. 2015

2ª EDIC.ESP. 6/100 JOSÈ Y LOS HERMANITOS MALOS

/100       JOSÉ Y LOS HERMANITOS MALOS


Las doce tribus de Israel son los descendientes de los hijos de Jacob-Israel con Rachel y Lea y con sus esclavas para servicios variados y múltiples. Sí, los hermanos eran hermanos por parte de padre, pero con cuatro madres carnales diferentes. Hermanastros se decía en mi prehistoria. Sólo Levi y José no tenían tribus, pero por  razones que quizás digamos más adelante, si nos recordamos. Aquí divirtámonos ahora a ver otras escenas tipo  Comédie , como competencia entre las dos esposas y sus respectivas esclavas donde ciertos intérpretes modernos de las leyes divinas ven  una clara reprimenda a la poligamia.
Como ya se ha mencionado, el Jacob-Israel tenía dos esposas legítimas. Las dos hermanas, Lea y Raquel,  hijas del tramposo Leban, tío de Jacobo y padre   de las chicas: Lea, la más feúcha  y Rachel, el gran amor de Jacobo,  gran amor al punto  que éste  aceptó  trabajo durante 14 años para conseguirla. Pero tenemos que decir las cosas como son.
 Aunque Lea no fuera  tan bella, lo cierto es que,   como Jacob se la había encontrado,  perfumada   y disponible en la cama,  tampoco la desdeñaba.
 Y  le prestaba atención.  Se la prestó y bien prestada con la generosidad que caracteriza  a nosotros los hombres, al punto que  en un primer round Jacobo y Lea,  tendrán la belleza de cuatro hijos varones;  si  tuvieron alguna hija de contorno, eso sabemos que no alteraba el valor del producto. Y los cuatro hijos varones fueron: Rubén, Simeón, Levi y Judá. A la vista de la cual cosa, la dulce Rachel, que no lograba  tener hijos,   imitará a la suegra Sara  permitiendo  el   merecumbé de su marido con su criada Bilma y poder así tener el bendito  hijo varón;  porque, como ya dicho,  aun  que  el hijo no era carnalmente  parido por ella era igualmente válido a todos los efectos legales como hijo de ella, ya que las esclavas no tenían ningún tipo de derecho tampoco  sobre   los hijos paridos por  ellas mismas.  Y como producto del merecumbé aparecieron en este mundo Dan  y Neftalí. Entonces Lea, celosa a su vez -- allí veo la Comedìe  --  también utilizó el usual  merecumbé de su esposo Jacob, de uso común,  con la esclava  Zilpa.  Jacob, comprensivo de sus deberes, como todo hombre de  bien, aceptó otra vez someterse a la tradición y  nacieron Gad y Aser. Los buenos jefes de tribus   eran todos muy obsequiosos y obedecían las tradiciones.  Nunca nadie se quejó de esta antigua costumbre del merecumbé autorizado.  Pero un día el incansable Jacobo logró por fin, insistiendo e insistiendo con Raquel,  que  ella lograse  tener   no uno sino dos  hijos varones: José, que será el súper-favorecido y después a Benjamín , el más jovencito de todos, y siempre será  bien tratado, porque si no fuera asi no sería   el  benjamín de todos. 
Serán los dos hijos de José, Efraín y Manasés, que nacerán más tarde en Egipto, los  que completarán el número mágico de 12 para las tribus de Israel y que fueron bendecidos y aceptados por las temblorosas manos del viejo abuelo Jacob-Israel que aún no se había muerto, pero poco le faltaba.

 Sin embargo, hay un pero. Los primeros hijos de Jacob-Israel eran  los hijos de Lea. Y sabemos que el gran amor de juventud de Jacob-Israel había sido Rachel. Así que cuando finalmente nacieron José y luego Benjamín,  el anciano padre comenzó a  demostrar claramente que tenía preferencia por  los dos últimos,  especialmente para José.  Se notaba en muchas cosas pequeñas,  y  eso   producía los casi inviables celos de los hijos de Lea, incluyendo  Simeón, el primogénito, quien veía peligrar  su primogenitura.  Un poco de celos es tolerable y hoy en día los psicólogos nos enseñan cómo evitar los riesgos que, en memoria del acto infame de Simeón & Co,  ellos mismos llaman  Complejo de los Beduinos del Desierto.  Pero los hijos de Lea, los hermanos de José, exageraron.  Nada mas decidieron matarle, y  ¡problema resuelto! Pero, quizás, tal vez por un sentido atávico del dinero, pensaron que era  mejor vender al hermano y ganar algo en la venta.
Y así  hicieron.  Lo vendieron a unos mercaderes beduinos que pasaban por allí  y ellos a su vez  los revendieron después  en Egipto a Putifar, hombre  muy famoso por su poder,  por la bella esposa  y los consiguientes casi inevitables cuernos a decoración invisible pero notoria de su frente de calvo.  Y al servicio de ese Putifar nuestro José se quedó la belleza  de 10 años. Durante ese largo período José aprendió mucho,  aprendió a administrar los bienes ajenos y poder ganar alguito también para él  mismo, así como todos los buenos administradores hacen con los de sus administrados.
José  era un tipo inteligente y agradable.    Pero ¿qué sucede a un cierto momento? ¿Un cierto día?
 ¡Cherchez la femme!  La esposa de Putifar, las hermosa y poderosa  egipcia se antojó de José, bello, inteligente, joven y potente…  en todos los sentidos. Se le insinuó mucho, con esas diabólicas y divinas  artes  de seducción  de las mujeres cuando les gusta alguien.   Pero José hacia  oídos sordos.  No quería. No se sabe si por respeto a Putifar, al cual tanto debía; o por respeto a su Dios; o porque la bella esposa seguía siendo bella pero también un poco menos joven y fresca  de cuando  era más joven y más fresca.
 Imposible saberlo.
 La bella esposa  como casi toda bella mujer que se siente rechazada, se ofende,  se pone furiosa,  quiere la más feroz venganza,  y denuncia falsamente a su marido que José quería seducirla.  Y lo denunció con tanta furia que Putifar,  mas ella se enfurecía, menos él le creía.  Y no le creyó. Sabía que su mujer  era de robustos apetitos y que el mismo tenía demasiada panza...y varios cuernitos asomándose por allá arriba. Pero  también tenia que salvar su reputación. Lo mandó de inmediato a la cárcel, reservándose para después el tipo de castigo apropiado.
Pasa un poco de tiempo e inclusive  en la  prisión José mostró gran habilidad y astucia. Se convirtió en un amigo del jefe de la cárcel, quien  comenzó a apreciarlo  y terminó nombrándole carcelero adjunto.
 Fue en aquella época que José se convirtió  también en experto  en la interpretación de sueños, una especialidad muy cotizada en la corte de Egipto.  Como Freud, su correligionario algunos siglos más adelante, se dedicó a estudiar e interpretar ese mundo misterioso e interesante de  los sueños, con  o  sin Bola Mágica  y  en poco tiempo se hizo amigo de todos y tuvo ese momento de suerte que solamente los grandes saben aprovechar. Resulta que un prisionero, que había sido secretario del Faraón, por algún motivo fue perdonado de su delito y regresó a su antiguo oficio de secretario del Faraón, quien evidentemente  lo estimaba.  Y un día ese secretario reintegrado tuvo la oportunidad de hablar al Faraón en persona de ese José hebreo cautivo,  gran precursor del psicoanálisis e interpretaciones oníricas.   Por coincidencia y  suerte de José, el Faraón había tenido recientemente  pesadillas con sueños terroríficos. Inmediatamente mandó llamar a José.  Y naturalmente José  fue doblemente astuto en interpretar los sueños del Faraón de manera que su figura resaltase como gran gobernante.
Y así fue que José salió de la cárcel y entró en las buenas gracias del Faraón. El cual Faraón,  en poco tiempo, vistas y conocidas las capacidades de José en varios campos,  sin las palabrerías de nuestros tiempos, ¡decidió nombrar de inmediato a José  nada menos que  su Primer Ministro! Le regaló un anillo de oro, símbolo del poder,  piedras preciosas, ropa elegante, un coche especial tirado por cuatro caballos, una especie de Ferrari de la época  y ordenó que delante de él todos tenían que "doblar la rodilla"  en muestra de respeto y obediencia y...llamarlo Excelencia.
Nada  mal para un ex pobre judío en la esclavitud.
Después de un breve período de tiempo el ahora primer ministro José se casará con una bella egipcia, Asenat,  hija de un sacerdote de alto nivel y, finalmente, llegó a la èlite  de la  sociedad egipcia. Nacieron dos hijos, Efraín y Manasés. Eran mitad egipcios y mitad judíos.
Y llegó el momento que José, aunque muy bien integrado en la nueva tierra, casi un segundo hogar, sintió la llamada de la antigua familia en Palestina. Y  quería llevar a sus dos hijos a visitar a su vejo padre Jacob-Israel,  con la esperanza que aún estuviera con vida. 
 Y así fue. Los dos egipcios-hebreos llegaron donde el abuelo Jacobo-Israel, y de sus manos temblorosas  por la edad ya muy avanzada, los dos jóvenes  Efraín y Manasés, aun sin ser de raza judía pura, pudieron ser  transformados, por la bendición recibida del abuelo, en los  precursores de dos de los famosos 12 tribus de Israel.

 Ahora me gustaría hacer algunas consideraciones que medio me pasan por la mente. ¿No es una coincidencia interesante observar  que los dos hijos de Abraham con Sara y Agar,  o sea Jacob-Israel e Ismael, los dos antepasados míticos de los dos grupos de  semitas, los judíos y los árabes, fueron cada uno de ellos los antepasados de las doce tribus de cada uno? ¿Doce  tribus de judíos y doce tribus de árabes? No sólo eso, sino que los dos hermanos habrían tenido,   y  cada uno de ellos ¿una sola hermana? ¿Muchos niños y una niña? Mucha coincidencia, ¿verdad? ¿O será que las niñas las  ahogaban como los chinos? ¿O que le dieran tan  poca importancia a las niñas  que ni reportaban sus nombres?  Así, ¿como si fueran ovejas?  Se hablaba  de número pero ¿no se le concedía el honor de un nombre?
 Evidentemente, el número 12 tenía que tener un significado mágico: doce los meses del año, doce las horas del día,  y más tarde serán también doce los Apóstoles de Jesús Cristo.  La apoteosis de  la docena. Y hoy en día nuestras queridas amas de casa van a comprar una docena de huevos. Nunca les oí pedir una oncena  de huevos.

Después de estas profundas consideraciones, regresemos a José.  Interpretando otro  sueño complicado del Faraón, José le había anunciado la llegada de  siete años de opulencia y siete años de hambre;  siete años de vacas gordas y siete años de vacas flacas.     Entonces el Faraón siempre  mas favorablemente impresionado por las capacidades de José,  lo nombró Ministro de Alimentación  para todo  Egipto.
Y poco después de esos hechos,   vendrán  los siete años de abundancia y todos  a llenarse la barriga  felices y contentos.  Luego vendrán los  siete años de hambruna,  y todos a quejarse. Pero José había mandado a llenar los depósitos de alimentos y inclusive  los aumentó.
 Y con la hambruna llegaran también desde Palestina los viejos hermanos de José a pedir ayuda y alimentos al Faraón.  Los refugiados judíos, cansados, maltratadas, con hambre, no podían reconocer en el elegante Ministro del Faraón a su pequeño hermano vendido  por ellos hace tantos años.  Y También José, por el momento, tampoco quería que lo reconociesen.
Pero al poco rato  no pudo resistir el deseo de un abrazo afectuoso con el anciano padre  y su  pequeño hermano Benjamín, ya que él sabía muy bien  que ellos ni eran cómplices ni estaban enterados de la venta vergonzosa.
 Así que por fin se dejó reconocer y hubo la explosión de emociones.
 Besos, abrazos, lágrimas, esperanzas, miedos... todo esto debe de haber ocurrido.
 Al poco rato también con los otros hermanos hubo la misma emoción: porque por una conversación  misteriosamente escuchada, José se dio cuenta de que los hermanos se habían realmente arrepentido del trato que le habían dado a su hermano, hace tantos años, vendiéndolo a los mercaderes.
Y fue que por eso que José se dejo reconocer por fin también por los otros hermanos.  Y todos se abrazaron.
Todos decidieron quedarse en Egipto, en Goshen, a la espera de volver un día, dentro de unos meses, a su amada Tierra  Prometida.

Pero lo que nadie sabía ni podía saber  era que los pocos meses de espera para el regreso se transformarían en años, y los años en siglos.

Porque los Judíos de los famosos doce tribus, los descendientes de Jacob-Israel, permanecerán en  Egipto la bicoca de  600 años. Los primeros 300 años como unos  privilegiados, probablemente debido a que en ese periodo momento dominaban la zona  los Hycsos, pueblo semita de Asia, bien armado, y casi familiares de los judíos.  Pero los 300 años posteriores a la caída de la dominación de los Hicsos, los judíos comenzaron el famoso y tristemente recordado período  de la esclavitud en Egipto, con todos los sufrimientos que produce la esclavitud.
Hasta que un buen día una cestita de mimbres dejada suelta en el rio Nilo, con un bebé  adentro llorando de hambre, y las manos delicadas de una hija de un Faraón, cambiarán el curso de la historia.
 Y así lo  ilustrarán  los norteamericanos siempre malos pero que todo lo saben, y que si no existieran ellos, no lo sabríamos. 
Ese niño será muy bienvenido,  criado y educado por la familia del Faraón. Se llamará Moisés,  el Salvado de las Aguas.

Y con Moisés y su osada aventura comienza el retorno del Pueblo Elegido a la Tierra Prometida, donde  los antiguos Judíos que se habían quedado a pesar de la hambruna,  se habían olvidado de ser judíos y se habían mezclados con otras  varias poblaciones;  ciertamente ninguno de ellos  estaba esperando con los brazos abiertos  a  desconocidas que venían  agresivas escapándose  de Egipto y que pretendían recuperar las tierras que habían dejado hace  seiscientos años. Obviamente habrá mucha leyenda en todo esto, pero algo de verdad tiene que existir  y con una cierta base histórica.
Ha habido mucha especulación sobre la figura de José y de su tiempo. Por ejemplo, que en la famosa cueva de Macpellà en Hebrón, no serían enterrados sólo los patriarcas y matriarcas Judíos, sino también  Adán y Eva, lo cual es obviamente  un lindo cuento de hadas.  También se dijo, como ya asomado antes,  que  el patriarca Isaac tendría la sagrada real sangre del Faraón en sus venas.  Y que por lo tanto nuestro José, nieto de Isaac y bisnieto de Faraón, tendría también parte de la sagrada sangre azul faraónica en las venas.  Y que por eso podrá  ser  nombrado ministro de Estado en Egipto.
En fin, muchas suposiciones, fantasías mezcladas  con cuentos de adulterio autorizado para salvar el pellejo.
Pero a quién le importa básicamente distinguir la realidad de la  historia, lo real de la leyenda o la fantasía, ¿si esta realidad de ficción fomenta la fuerza de la idea?  José,  verdadero o falso, de raza judía pura o mezclado con la faraónica egipcia,  siempre será un gran guía espiritual y recordado  por muchos Judíos de la diáspora, diseminados y sufriendo arrastrados  por el mundo desde hace más de dos mil años. Y Moisés, el gran personaje que cierra el círculo histórico de la esclavitud en Egipto, siempre será el líder  que animará el corazón a los que anhelan la libertad. A pesar de que habrá meticulosos  piojosos que dirán que algunas reglas las copió del  Código de Hammurabi, Moisés siempre será el gran Legislador,  que truena sus leyes, incluyendo las primeras leyes de la humanidad y que se esparcieron por el mundo.
 Un gran carácter.
¿Un mito?
¡Un coloso!  


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