15 nov. 2011

Recuerdos de Venezuela :Gas a domicilio

Recuerdos de Venezuela:

GAS A DOMICILIO

Concetto arrancó el motor y nos fuimos río abajo. Nos acompañaban un fiscal del ministerio y el baquiano de la zona, Rafael, que tenía un ojo malo y se aferraba, nervioso, del borde de la lancha.
–¿No sabes nadar?
–Sí, claro que sé, pero no donde no hago pié.
Llegar en canoa nos tomaría casi dos horas. Los pájaros gritaban sus improperios por nuestra ruidosa intromisión. Los chigüires se limitaban a mirarnos de lejos, demasiado indolentes para protestar. El río fluía lentamente, perezoso en una zona donde no hay sino río ladeado por selva. A veces aparecía un claro, con algún ranchito aislado.
–¿Así que el Ministerio no les ha pagado las bienhechurías a los ribereños?–, le pregunté a Rafael.
–¡Qué va! Cuando vienen en comisión dicen que van a pagá, pero después… de repente sí pagan, pero pagan lo que les da la gana, quién sabe cuándo y, al final, uno trabaja pa'nada.
–Las cosas de palacio van despacio–, sentenció el fiscal para participar de algún modo.
Los ribereños del Río Catatumbo o pisatarios, como les llamaban en el Ministerio, no eran propietarios de la tierra sino que la pisaban para construir sus viviendas. Estaban allí porque habían ido sin molestar a nadie y sin importarle a nadie. Tenían algunos sembradíos; los «ricos» a veces algo de ganado. Las expropiaciones de esas tierras eran en realidad el pago de las bienhechurías: cincuenta matas de plátano, siete matas de eso, cuatro metros cuadrados de aquello. Pero esos pagos a los pisatarios tardaban, como siempre tarda todo por la folklórica imprecisión administrativa del gobierno. Así pues, mientras los conuqueros no recibieran el dinero, el contratista debía resolver a su modo el problema. «Tú sabes, chico, tírales algo para que te dejen trabajar, después el Ministerio te reembolsará». Durante mis primeros años de actividad como contratista, estas imprecisiones o «mas-o-menismos» me irritaban. Sin embargo el acta de comienzo de la obra del Ministerio comenzaba a correr y el hecho de que no se hubieran completado las expropiaciones no era una excusa válida para no ejecutar el contrato. De modo que, siempre, «más o menos» algo se «arreglaba». «Más o menos» y «arreglarse» fueron dos expresiones que, con el tiempo, en Venezuela aprendí a conocer con todas sus implicaciones y consecuencias. Nada que hacer. Imposibles de cambiar. Si no te gustaba, era mejor desarrollar otra profesión o meterse a sacristán.
–Dotol–, me sugirió Rafael–, si usté quiere que le den paso a su maquinaria, tiene que pagarles algo. Eso es lo que esperan. «Ahora cuando venga la gente de la Compañía le pedimos», es lo que dicen. Pero usté dice que quiere hablar con el mandamás. Bueno, allá vamos, yo los acompaño. Pero mire que ellos no creen en pajaritos preñaos. O usté afloja el cobre y se baja de la mula, o no le dan paso.
Llegamos al estuario; donde el Catatumbo desagua en el Lago de Maracaibo. Había palafitos. Pequeñas chozas construidas sobre una base sostenida a medio metro sobre el nivel de las aguas y asentada al fondo con palos, según una tradición de hace diez mil años. Pero nunca había visto uno en uso. Nos desviamos un poco de la ruta para curiosear cómo vivían estos venecianos del Zulia. Altamira y Lescoux, pensé, pero sin pinturas rupestres.
–Así que hay gente que todavía vive en palafitos–, le comenté a Concetto, el topógrafo italiano que funcionaba también como jefe de personal.
Los habitantes no eran indios puros como yo suponía, sino una mezcla de indio, negro, mulato y quién sabe qué. Y pequeños. Los muchachitos andaban desnudos, naturalmente o, si no, harapientos. Tenían ojitos vivaces que seguramente ya serían apagados por la caña. Hijos de padres desconocidos, pertenecían más a comunidades que a individuos. Todos ellos eran los más pobres de la zona y siguen siéndolo. Los más hábiles habían emigrado. El más hábil y el más inquieto es siempre el que emigra, así como inicialmente emigró el ser humano de África, hace cientos de miles de años. Algunos de estos «palafiteños» habían emigrado a pocos kilómetros, río arriba, para asentarse a lo largo de las orillas del Catatumbo, tomando porciones de tierras anegadizas por las crecidas y sembrando lo que siempre siembran los conuqueros. Algunas semillas y a esperar a ver si crece algo.
Volvimos río arriba para buscar al famoso mandamás que no le quería dar paso a la maquinaria. Nos atendió una mujer. Era una casucha miserable, pero en tierra firme. «Firme», por supuesto, es una forma de decir, pues comparada con los palafitos la casa resultaba bastante estable, aunque eran tierras susceptibles de inundaciones periódicas.
–Pero es difícil que el agua suba hasta acá–, nos dijo la mujer.
–¿Y si sube?
–Si sube nos jodemos.
–¿Y su marido, doña?
–¿Quién? ¿Juan?
–Sí, Juan. –Confirmó Rafael, el baquiano.
–Se fue pa' Encontrados, pa' comprá no sé qué.
–¿Será caña?–, preguntó Rafael pícaramente.
–¿Y con qué va a comprá caña? Él no trabaja. Es más flojo que la mandíbula de arriba. Se la echa de jefe y la que trabaja soy yo, ¿sabe? Pero mire, dotol–, dijo, dirigiéndose hacia mí–, ¿usté es de la Compañía, no?
–Él ES la Compañía–, precisó Concetto.
–Bueno, dotol, no es que nos queramos aprovechar de usté, ¿no?, pero si me tumban mi conuquito ¿qué vamos a comé? Ellos dicen que pagan–, y señaló con los labios al fiscal del Ministerio, que sostuvo altivamente las miradas de todos–, pero mientras no nos paguen, ¿qué les doy de comé a los pelaos?


gas a domicilio

Hizo una pausa y continuó: –Si usté es un pesao, dotol, y usté entiende, entonces págueme algo a mí y que después el Ministerio se lo devuelva a usté. Pero yo no puedo darle paso si no veo los riales, billete sobre billete. ¿Qué le doy de comé a los pelaos mientras el Ministerio se tarda en pagá? ¿Ah? Su familia no se va a morí de hambre si usté no tiene esa plata por un año, pero la mía sí. Menos mal que no está Juan. Él hubiera aceptado cualquier limosna pa' su agualdiente.
La petición era razonable. Era una mujer fuerte en una civilización matriarcal donde el hombre parece fallar endémicamente.
–¿Quieren un cafecito? –entendió que yo le daba la razón.
Todos asentimos. La mujer agarró una perolita de peltre, la llenó de agua de río y se alejó de la casa. « ¿Dónde tiene las hornillas?», me pregunté. La seguimos con la mirada y la vimos agacharse a diez metros del ranchito, en un recuadro de tierra compactada y limpia de vegetación, para poner la olla sobre el suelo.
– ¿Qué hace?–, le susurré a Rafael–. ¿Calienta el agua al sol?
–No, es que de allí sale gas.
– ¿Cómo?–, me acerqué con curiosidad a la mujer. «Sale gas», me repitió Rafael desde adentro de la casa. Me agaché y, efectivamente, en esa plazoleta de tierra compactada había tres huequitos de donde salían tres llamitas azules: el escape de algún depósito de gas de las entrañas de la tierra. «Quizás es gas metano», pensé, «que sale al aire libre. Claro, una vez prendido, no se apaga nunca».
–Gas a domicilio y gratis–, se reía Rafael.

Los Indios que yo veía por alla, en Venezuela
Concetto tenía una expresión preocupada. ¿Estábamos encima de…? ¿De qué? ¿Y si eso explotaba de repente?
– ¿Hace tiempo que usted tiene ese gas, doñita?–, pregunté, no menos preocupado.
– ¡Uuuuf!–, respondió–. Hace añales, desde que nos vinimos pa'cá. Cuando vi la llama decidí que nos quedábamos aquí. Por lo menos así tenía fuego en la casa, ¿no, dotol? Bueno, tómese el café pero consígame los cobres pa' mi conuco y yo le doy paso. Si no, nanay nanay.


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nota: Alguien me dijo que la viñeta gas a domicilio son manchas indecifrables. Trataré de decifrarlas:
1) A la izquierda tres palitos en forma de tripode. En el medio, colgado, un cazo con cafe; abajo las llamas del gas a domicilio. Detras del tripode, la   india con trenzas y vestido indio largo. Al lado, un poco alejado en actitud de escaparse, un tipo con sombrero(YO). Encima de mi unos pajaros gavilanes, mirando a las gallinas y sus pollitos. Al lado un perro.  Todo a la  derecha los pies del marido en la hamaca. Ahora ¿se entiende?

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Es un mundo surrealista, casi un paraíso hasta donde el hombre lo permite.
Angel

Carmen Palmieri dijo...

Ciertamente, una lógica impecable. Con qué le doy de comer a los pelaos? Justito. Y me encantó la viñeta.
La historia, MUY interesante, Aldo.
Besos.