27 ago. 2012

L.- PERSONAJES --- Marozia


                                                 

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A ALGUNOS ESPECIALES DE MIS QUERIDOS LECTORES: 
 PARA DARLES A UDS. UN POCO DE RESPIRO  Y VARIEDAD  EN EL MEDIO DE LAS AMANTES HEROICAS DE  HEROICOS HEROES DE LA HUMANIDAD, HE  PENSADO “COLAR” ,  DE VEZ EN CUANDO, ALGUN ARGUMENTO DIFERENTE, QUE  FORMARÁ PARTE DE MI LIBRO, TODAVIA EN MANUSCRITO, QUE  SE  LLAMARÁ     “PERSONAJES”,  Y  QUE  ESTÁ A LA ESPERA DE EDITOR.  COMO EN ÈSTE CASO, ¿COMO LE PARECE?  ¿ESTÀ BIEN ALTERNAR?


   De:                                                    ***  
"P E R S O N A J E S"





                              M A R O Z I A     O    M A R O C I A
                                Y    L A   P A P I S A    J U A N A  


   

Hablaremos ahora de Marocia, bellísima, rubísima e intrigante  noble dama de la aristocracia romana. Estamos alrededor  del año 900.
Y aquí debemos hacer un par de consideraciones  para entender mejor al personaje.
Primera consideración.
Los pueblos mediterráneos desde tiempísimo han tenido una atracción muy especial por los rubios. Mejor si dijera  por las rubias.  También el poeta cascarrabias   ese que a menudo suelo citar y que según dicen es el mayor poeta italiano, el Dante famoso, también ese escribió, a propósito de un cierto personaje: “Rubio, era, y bello y de gentil apariencia…. “ Por qué ese complejo para con los cabellos de oro?  Indudablemente no porque las rubias sean objetivamente más atractivas  de  aquellas maravillosas  “razas “mezcladas que son las mulatas  con ojos verdes y cuerpos ondulantes, como en el sensualísimo Caribe.  No, no es por eso.
Se debe sencillamente a que desde la caída del Imperio Romano y por muchísimos siglos,  las nuevas  clases dominantes eran los nobles, de origen germánico. Germánicos en el sentido más amplio, naturalmente: Érulos, Godos, Ostrogodos, Visigodos, Longobardos, Francos, Suabos , Vándalos.  Gente del Norte, en fin, y por lo tantos rubios. Los italianos, los españoles, los mediterráneos, pues, en los tiempos de los Romanos, eran de cabellos oscuros, de ojos  oscuros, cabello ondulado y casi rizado.  De cuerpos relativamente bajos,   consideraban casi gigantes a los altos Celtas y a los Germánicos. Y vemos  esos tipos mediterráneos muy bien representados  hoy en día  en ciertas pinturas o frescos antiguos, de Pompeya, por ejemplo, donde las caras de los personajes no tenían nada  que ver   con los rubios del Norte de Europa que llegaron más tarde. Lo mismo sucedió en Grecia, a propósito de los Pelásgicos, anteriores a las invasiones de los germanicos Aqueos y  Dorios:   los Rubios Aqueos, los llamaría Homero. Los héroes de la Ilíada y de la Odisea eran  rubios.   Los dioses del Olimpo  eran rubios. Afrodita, Atenas, Febo, Ares,  todos rubios. El único de cabello oscuro era el pobre Héfeso , cornudo marido de Afrodita y fundidor en las entrañas del Volcán Etna.
¿De dónde vienen los  rubios? Del norte, obviamente, donde la melanina se combina  para producir reacciones adaptadas a la menor fuerza de los rayos del sol.
Por designios inescrutables, que harían la felicidad del  Adolfito de buena memoria, esos pueblos del Norte siempre han dominado con las armas a los pueblos del sur. Los así llamados Arios invadieron los países que hoy en día son la India. Los rubios Aqueos invadieron a Grecia. Los alemanes de varias familias  invadieron el Imperio Romano. Los rubios Visigodos dominaron a España y sus poblaciones ibero – romanas. Los conquistadores rubios son  entonces los que  comienzan a mandar. Fueron ellos que en la Europa medieval se transforman en condes, marqueses, duques, príncipes, reyes. Así que en la cotidianeidad medieval, el rubio comienza a ser sinónimo del  Señor, del Noble, del Amo, del Poderoso y por ende del  Bello.  Al cual hay que obedecer.
Y Marocia, nuestra  querida Marocia  era noble dama romana, sin duda: pero en su sangre corría la sangre de los Longobardos, de los rubios  amos. Y por lo tanto ella era de cabellos de oro. Y el pueblo  de Roma, el pueblillo de cabellos oscuros, ya había perdido en siglos de dominación extranjeras las características típicas de los aristocráticos Senadores Romanos, de antigua fuerte estirpe: el otrora orgulloso Populus Romanus se había transformado en plebe romana; y obedecía al rubio.  La historia nos enseña que  al extranjero dominante se le odia, pero también se le admira y  se le quiere  imitar. Así como ahora, en la mestiza América casi todas  las mamás están contentas si le nace una hija “blanca”: cuántas  señoras suramericanas conozco yo que llaman a sus hijitas  “Blanca o Blanquita”!  Y ninguna, que yo sepa, que la haya llamado “Negra o Negrita”.
Segunda consideración: los tiempos en que vivió Marocia.
En aquella época no existía Amnistía Internacional  ni el Tribunal Internacional de La Haya. Y cada uno hacía lo que más le venía en gana. Más que ahora.  Las necesarísimas e importantes leyes de Roma no existían más,  se estaban formando las nuevas leyes, mesclas de las germánicas con las latinas.
¿Cómo era Roma en aquel entonces? ¿En el año 9oo después de Cristo?
 Roma era una vergüenza. 
Vergüenza el pueblo que  se había reducido a vivir de limosnas; vergüenza los curas, siempre  demasiado numerosos  en Roma y  que se engordaban con los testamentos; vergüenza los Papas, quienes se enriquecían con las donaciones; vergüenza los nobles que vivían de rentas y  cuyas pocas gotas de sangre romana  ya envilecida lograba  envilecer también a la nueva vigorosa sangre germánica.
 Roma era toda una gran vergüenza. Nunca, en la historia, se había envilecido tanto ni se envilecerá, y nunca el Papado había sido tan soez ni había caído en tan vergonzosas infamias como en aquel período infeliz.  ¿Queremos dar un vistazo a aquella Roma papal, clerical, facciosa, corrupta y  holgazana de alrededor del año 900?  Este fue el periodo  “feliz” del Papado que el Cardenal César Baronio,  del siglo XVI, llamó el  siglo de la pornocracia romana.
Los que mandaban en Roma eran las nobles familias romanas – longobardas:   los Túscolo y de los Crescenzi. Se casaban entre ellos y se peleaban entre ellos y en la silla de Pedro colocaban a quien les daba la gana.  Es de aquel periodo el proceso más ignominioso de la historia. Peor que los procesos a las brujas, en siglos siguientes, peor que los procesos de Stalin: se llegó al extremo de procesar a un muerto.
 Agarraron el cadáver del imputado, lo pusieron a sentarse en un banquillo de Tribunal y debido a que ya estaba muerto, no pudiendo matarlo más. Se limitaron a cortarles tres dedos, y a decapitarlo.  Y después la plebe de Roma, naturalmente  azuzada, lo tiró al  histórico río Tiber.
Bueno, hasta acá era una infamia, pero solamente una infamia.    Lo que fue más grave, gravísimo, era que el procesado era un Papa: Papa Formoso. Por macabra ironía, al momento del proceso  el cadáver  exhumado  y  maloliente  fue  vestido con todos los paramentos sagrados, sentado en una silla que imitaba el Trono de San Pedro. Le cortaron  los tres dedos  que usan los Papas para impartir su Apostólica Bendición.
La facción política en el poder en aquel momento  quiso  ese proceso   y para  procesar al cadáver del  ex Papa Formoso se dirigieron al hijo de otro sacerdote católico. Este hijo de  cura católico  era nada menos  que el sucesor de Papa Formoso, otro sucesor de Pedro: el obediente Papa Esteban VI quien también terminó sus días felizmente asesinado.  Sucesivamente vino  otro Papa, Juan IX nacido en Tívoli, pero de sangre completamente germánica y que, con  agudeza jurídica, declaró nulo el anterior proceso  a un muerto.  Papa Formoso fue por lo tanto rehabilitado y los pobres huesos, esparcidos en la orilla del río Tiber,  fueron más o menos  recogidos y regresaron otra vez al Vaticano.  A su paso, en medio de las letanías de rigor, las estatuas de los Santos doblaron  sus cabezas, en signo de reverencia y respeto. Esto, según los Libros Pontificales. Y aquí, en aquel berenjenal de intrigas y  confabulaciones, siempre a la sombra de la Cruz, aparece Marocia.                                                                                                                                        
Esta joven aristocrática  y bellísima  romana de origen germánico, en un momento determinado se casa   con Alberico,  noble romano  y a los reglamentarios meses tuvo un hijo.   Pero el hijo no  era  del recién casado marido, siguiendo las tradiciones, sino de otro tipo que se llamaba Sergio.Bueno. Al fin era solamente un caso de adulterio.
Pero resulta que el tal Sergio ese no era un Sergio cualquiera sino era Papa Sergio III,  de la familia Túscolo.
Este Papa Sergio indudablemente se cubrió de gloria por su victoria contra los Sarracenos que infestaban  las cercanías de la Sagrada Roma; pero se cubrió de otra tanta gloria, una especie de primado Guinnes, porque fue el único Papa que fue papá de otro Papa, o sea del hijo que tuvo con Marocia y que bautizaron Juan: chico excepcional porque   con el tiempo se transformará en Papa, Papa Juan XI. Y será elegido Papa a la veneranda edad de once años. Otro primado Guinnes por una carrera fulminante.
Regresamos a Marocia.
Su primer marido, el cornudo Alberico, de repente se muere. Y entonces Marocia, que bien sabía cómo administrar sus más íntimos encantos, decide casarse con cierto Guido de Toscana que era el hermano – bastardo , me parece recordar -  de aquel  Hugo de Provenza que se transformará en Rey de Italia, con  ceremonia en Pavía, coronado con la Corona de Hierro de Teodolinda, hecha, la corona, con un clavo de la Cruz de Cristo.
Mientras tanto  llega a la escena Papa Juan X, nombrado por Teodora, enamoradísima de él. Y ¿quién era esa Teodora? Nada menos que la sensual madre de la sensualísima Marocia.
 Madre e hija amantes de Papas: linda familia cristiana.
 Pero  el hecho que este Señor Papa  fuera amante de su madre no impidió a Marocia   en un momento determinado  de meterlo en la cárcel. ¿Motivos? Rivalidades políticas.
 Pero Marocia era una dama de la alta aristocracia  y no hubiera sido elegante mandarlo a matar.
No hizo nada ni en contra ni a favor del Santo Papa.
 Absolutamente nada. Tampoco le dio de comer y dejó que tranquilamente se muriera de hambre. 
Así que en Roma Santa, como se decía entonces,  se acrecentó el poder de Marocia quien, ya sin oposiciones, ni dentro ni fuera de la Curia, era prácticamente una Papisa. Y con o sin la ayuda del Espíritu Santo fue ella quien en los sucesivos Cónclaves de los Cardenales eligió la bicoca  de tres Papas: León VI, Esteban VII y naturalmente  su hijo  con todavía acné juvenil en su carita de adolescente, con el nombre de Papa  Juan XI. Y siendo  puro de alma, la mamá lo nombró su confesor personal.
Pero no se termina aquí  la historia. La telenovela continúa. Pasan unos meses y se muere también Guido de Toscana, el segundo marido de Marocia. De qué, no se sabe.
Entonces la  impredecible Marocia dirige la mirada  ávida a su cuñado, al hermano del marido muerto;  hacia  aquel  Hugo de Provenza que había conocido y casi seducido años atrás y quién mientras tanto había hecho una linda carrera en Pavía, coronándose Rey de Italia con la Santísima Corona de Hierro de Teodolinda como hemos dicho antes. Siendo  una mujer decidida, Marocia le propuso matrimonio sin  muchos rodeos, ofreciéndole en dote la ciudad de Roma, la Iglesia de San Pedro, los Muros Vaticanos, la Curia Romana y los futuros papas.
Hugo dijo que sí.
 Y se fue a Roma, para contraer las Santas Nupcias. 
 Hugo encontró  a Marocia vestida como una reina, llena de gemas y de sedas. Pero  le había llegado la menopausia, pobre Marocia; y Hugo de Provenza, quien no tenía espejos para mirarse a sí mismo, la encontró  envejecida y gordita. La belleza fulgurante de la juventud de Marocia se había desvanecido completamente a pesar de las bendiciones de tantos Papas. Así que Hugo, patán al fin, comenzó a tratarla mal y a tratar mal también al hijo de Marocia;  el que ella había tenido,  "oficialmente", con su primer marido Alberico y que se llamaba Alberico también, para confundirnos mas las ideas.
 Y un buen  día Hugo de Provenza, con o sin la Corona de Hierro y con o sin razón, le dio una terrible bofetada a ese joven Alberico.
¡Imaginarse!  Alberico tenía su carácter. ¿Lo heredó de su padre oficial el noble Alberico? o de su padre natural, el Papa Sergio? Sea como fuera,  se consideró sumamente  ultrajado, él,  el pimpollo romano de ascendencia germánica, por ese  Provenzal, francés,  advenedizo.  Se olvidó de ofrecer la otra mejilla, juró vengarse, azuzó la plebe romana hablándole con el más convincente acento romanesco.
 "Fuera el extranjero. Li mortacci tua”. 
 El pobre Hugo valientemente se fugó.  Nunca se supo qué le pasó a mamá  Marocia. 
 Alberico proclamó  la República.
Sí, el resentido Alberico, por una mansalva a su bello rostro,  exilió a los Papas. Y fundó la República Romana. La primera  República Romana después de tantos siglos.
Sin embargo no terminaron las vicisitudes de Marocia,  que de la historia pasó a la leyenda.  Después de algún tiempo se comenzó a decir que  en Solio de San Pedro se había sentado una mujer: la Papisa Juana. 
Algunos historiadores confirmaron la existencia de este Papa – Mujer, la Papisa Juana,  quien  parió en una calle romana y  terminó lapidada por la plebe enfurecida por el sacrilegio.  Enea Silvio Piccolómini, un gran hombre, estudioso y verdaderamente un gran Papa, Pío II,  demostró que lo de la Papisa Juana era toda fantasía popular. 
Pero los Protestantes, afectos siempre por la libido de las protestas como ciertas  izquierdas trasnochadas  de hoy en día,  los Protestantes, decía, siempre   confabulándose con tal de denigrar a los Romanos, antiguos, medioevales o contemporáneos, exhumaron  este fábula, en mala fe, sabiendo que no era cierta.
 Sin embargo  quizás y en cierto sentido algo de verdad había.
  En  realidad nuestra Marocia tuvo  el poder de una Papisa y el nombre de Papisa Juana, nacido en la fábula, probablemente viene   del hijo de doce años, el Papa Juan XI, porque el verdadero Papa era ella: la Papisa Juana.

De acuerdo a la Leyenda de Marocia, se dijo que la Iglesia Católica, para estar segura de que el elegido al Solio de San Pedro fuera un hombre, varón, macho, con todos los atributos de Adán, antes de confirmar  la elección del Papa, había que recurrir a una Inspección” in corpore”;  o sea el Candidato tenía que sentarse en una silla perforada ad hoc.   Un eclesiástico era el encargado de verificar a la vista y al tacto los atributos viriles del elegido, no importando la edad. Se metía por debajo de la silla, miraba para arriba y después de verificada y palpada  la existencia de ese detalle, de esos dos detalles, pardon,  tenía que exclamar, en voz alta, clara,  que oyeran todos los prelados presentes: DUOS HABET ET BENE PENDIENTES. Después de lo cual la Paloma del Espíritu Santo descendía tranquilizada sobre el Santo Padre.
Y desde entonces parece  que nació el dicho: ¡…y que tiene las bolas bien puestas!   


                                                      ***

4 comentarios:

Carmen Palmieri dijo...

Uno de mis personajes favoritos de la historia, ficticios o no. Ahora ya tengo claro el panorama! Gracias, como siempre, me encantó la charla. Besos

Aldo Macor dijo...

Mi amiga Azuzena me esribió:

Querido Aldo: como siempre interesantísimo tu art. Me gustó muchísimo. Sigue escribiendo.

Afectos
Azucena.-


Gracias Azuzena...Saludame e Teodoro,a ver si se acuerda de mi!

Alfa Segovia de Stanley dijo...

Me encantaron las consideraciones sobre "la rubiez". Realmente en nuestra América mestiza aunque "los caballeros las prefieran rubias" la mayoría de las mujeres son morenas "mezcladas" aunque sus parientes juren y perjuren que NUNCA hubo ningún negro ni indio en la familia...... Yo - en cambio- fui rubia contra la absoluta naturaleza de mi familia cercana. Mi madre decía:- de alguna manera tenía que defenderse la pobre- que mi abuela materna era rubia. La vi en una foto que perdí y efectivamente así lo parecía. Ahora me encanta saber que puedo haber sido "noble, germana, aria" y ¿ pero quién me borra la negritud familiar????? ¿Ehhhhh? En cambio parece que la tal Marozia fue rubia y vivísima para todo. Y eso que era del 900 .... Espero más personajes y me encanta la idea de que los condenses en un libro.

Aldo Macor dijo...

Alfa me hiciste reir mucho con tu comentario sobre Marocia. La Nobleza Germanica Aria y la " negritud!."

Gracias por tus palabras y por tus consejos sobre el Cuzco. Ciao, bella...ciao...