9 jul. 2012

post N1/4 Las Mujeres de Lenin INTRODUCCION

'8 JUNIO 1912

POSTO 1/ 4  
                                                      

                                                      INTRODUCCION


VLADIMIR ILICH ULIÁNOV  
Para entender mejor las historias de las tres mujeres (o cuatro, según otros) que han sido compañeras, camaradas, esposas o amante de Lenin hay que dar un vistazo  aun que rápido a la Rusia de aquellos tiempos, de fin del siglo XIX e inicios del XX.  En la Santa Madre Rusia,  así la  llamaban,  quien   mandaba con poder absoluto era el Zar Alejandro III Romanov, osco y autócrata, que había revertidos las tímidas   concesiones “democráticas”      de su padre. 
ZAR ALEJANDRO III  ROMANOV

 Se murió casi repentinamente  y joven, a los 49   años.  La Corona  pasó, según los cánones, al hijo Nicola II, en 1894: buenísimo muchacho;  después  muy buen  hombre,  excelente esposo y padre, pero que no tenía ninguna gana y posiblemente ninguna capacidad de estadista como confesó llorando a su primo, Alejandro Michajlovic Romanov: No estoy preparado para ser el Zar. Nunca he querido serlo. No sé nada de cómo se gobierna. No tengo la más mínima  idea de cómo se habla a los ministros”.  El padre, el zar Alejandro III,  agarrado de sorpresa  por  la enfermedad  que puso fin a su vida, evidentemente pensaba  ser eterno además que ungido de Dios y no había todavía considerado el momento  para  dar una educación de gobierno al hijo querido.
FAMILIA DE  NICOLA  II  ROMANOV

 Pobre Nicola II: no le interesaban las cosas del Estado. Amaba a su esposa  y en una ocasión hasta escribió en su diario: Con Alix, (Alejandra d´Assia) mi esposa, soy inmensamente feliz. Lástima que las cosas de gobierno me ocupen tanto. Todas esas horas preferirías pasarlas con ella…”.  Magnifica declaración de amor, que enorgullecería a cualquier mujer; pero inapropiada para quien debería prepararse para ser un verdadero jefe de Estado.
Al tener conocimiento de la verdadera personalidad del zar Nicola II Romanov, sin recurrir a las propagandas soviéticas de la época, aumentó mi estima y consideración hacia él.  Pero solamente  hacia el hombre privado no al hombre público cual era; aun que  sí, como estadista, se puede afirmar que  ha tenido  destellos  sorprendentemente apreciables. Por ejemplo: cuando recibió con la tradicional  pompa la corona de Zar y el titulo de Basileus de la Iglesia Rusa,  se derrumbó aparatosamente una construcción provisional para los festejos: murieron casi 1500 personas.  El primer impulso del joven monarca, muy afectado emotivamente por esas muertes repentinas, fue  de suspender todo  tipo de festejos. Los de la Corte y sus consejeros  se opusieron  firmemente: “al fin se trataba  de poco más que siervos de la gleba.”   El joven Zar       tuvo que seguir sus consejos, casi órdenes;  pero  a pesar de haber exigido  una fuerte  compensación económica para las familias de los afectados sin embargo fue objeto de  las primeras  y crueles críticas de parte del ambiente intelectual moscovita.  Otra decisión que él tomó y que  ésta vez le granjeó las simpatías de la Corte de Moscú y San Petersburgo,  fue la de  ir a vivir con su esposa e hijos en un “pequeño” Palacio,  en las periferias de San Petersburgo, donde prefería un ambiente sobrio  y lejos de las mundanidades de las Cortes.  Pero donde el nuevo Zar tuvo de verdad destellos de estadista fue  apenas dos años después de ser coronado. Propuso a la comunidad internacional  (en realidad a los países más importantes de Europa y del mundo) el desarme y la paz mundial, haciendo referencia a las consecuencias económicas y morales de la carrera a los armamentos.  Y escogerá la ciudad de la Haya, en Holanda, para la primera conferencia y poder  llegar después a la Primera Convención de la Haya.  Obviamente los únicos países que recibieron muy fríamente esa invitación, fueron las  potencias imperialistas de la época: Inglaterra y Alemania: no tenían ningún interés al desarme.  La propuesta del  desarme mundial presentada por el Zar fue rechazada.  Pero se pudieron prever normas bélicas que, aunque nunca fueron observadas al 100%, sin embargo han  sido  de alguna utilidad: no golpear a los civiles, no destruir construcciones civiles, no usar gases, dar cierto trato humano a los prisioneros de guerra e, importantísimo, recurrir al Tribunal de  la Haya para mediaciones en conflictos de varios géneros  entre Estados. Fue algo muy importante y en cierta forma trágica y cómica  que esta iniciativa vino del más “autocrático” monarca de la Época; y quien fue, al mismo tiempo, el más caballero de los gentleman y se transformó trágicamente  en  victima  de las contradicciones de ese periodo de fuertes transiciones.  Será por eso que Lenin, el  ”despiadado” Lenin, que sabía todo eso,  parece que lloró cuando les comunicaron que toda la familia del Zar, esposa, hijos, sirvientes y hasta perros, fueron aniquilados por una facción de los Soviet de los Urales. Primero   fusilados y después ultimados con bayonetazos. Sus cuerpos, despedazados,  en parte fueron disueltos en acido sulfúrico por temor que  fuesen descubiertos por los Rusos Blancos de la Contrarrevolución.  Pero Lenin no había ordenado eso.  Será también por ese motivo que, hace poco, con la caída de la Unión Soviética, lo que quedaba de los pobres restos de la familia Romanov fueron recogidos y sepultados en la Iglesia de San Pedro y Pablo en San Petersburgo. Y,  además,   canonizados en el año 2.000: San Nicola II, San Alexey Romanov, Santa Alejandra d`Assia, Santa Olga y Santa Tatiana y Santa María   y Santa Anastasia.
 
 Quien lo hubiera dicho, ¿Míster Lenin?
Faltó que hicieran santos también a los dos peritos mascotas de las hijas,  ya que los soviéticos fusilaron  también  ellos por ser  perros burgueses. 
En fin, los acontecimientos políticos se habían sucedido y se estaban sucediendo con una cierta velocidad. La Revolución Francesa había llevado  desde poco tiempo nuevos ideales en toda Europa y  también  de reflejo a aquella sucursal de Europa que era América.  Y también  en la Santísima Madre Rusia, aun que la mayoría de la población viviera con tradiciones  y creencia medioevales,  entre las nuevas generaciones de intelectuales se había puesto de moda ser anti zaristas y  fautores de libertades, hasta ser socialistas y  hasta con simpatías anárquicas. Había máxime en Europa, en Suiza en Francia, en Alemania, en Inglaterra nuevas corrientes de pensamientos, de  filósofos, de políticos. En las Universidades se olían tiempos nuevos, los jóvenes  que iban  estudiar en Europa regresaban a sus tierras más adormecidas con las nuevas ideas de libertad que se estaban imponiendo. Son ejemplo de eso una serie de damas heroicas e inteligentes rusas, como la Balabanoba, la Kulischef, de las cuales he comentado algo en este blog.
 Justamente ese era el ambiente de Rusia, quizás el más adormecido de Europa, el del Zar Alejandro III,  donde  había nacido Vladimir Ilich Uliánov. Era un coctel de razas: tenia mezclas de sangre alemana,  mongola, rusa y judía. A los 17 años  probablemente presenció un acto que lo marcó para toda su vida: el ahorcamiento o fusilamiento  de su hermano mayor, por un fallido atentado al Zar Alejandro III. De allí nació un odio visceral de Lenin  a los Romanov; y  sin embargo es interesante observar la contradicción emotiva que sintió al aprender la noticia del exterminio de la inocente familia de Nicola II. Pero eso sucederá 30 años después. Contradicciones que se verán más de una vez en Lenin, entre su emotividad  “burguesa” y la idea revolucionaria: emotividad que a toda costa  y con sufrimientos quiso suprimir para no quitarle espacio a la racionalidad e inflexibilidad de la Causa.   En tres ocasiones se supo que Lenin había llorado y sinceramente. Mussolini una sola vez. Y Stalin, nunca. Pero de eso hablaremos más adelante.
 El mismo año, 1887, fue arrestado por primera vez, por una protesta estudiantil que le costó la expulsión de la Universidad donde cursaba  derecho. Gracias a cierta intervención de su mamá, quien lo ayudará en  otras tantas varias ocasiones, logrará graduarse en 1892. Se dedicará a dar asistencia legal a obreros y campesinos pobres. Después, para estudiar el movimiento obrero europeo, saldrá  de Rusia,  irá a Suiza, Berlín y Paris.  A su regreso  lo acogerá  su primera prisión, en San Presburgo.  Y se quedará  allí por 14 meses, en espera de condena definitiva y decisión sobre la destinación.
 Y ahora aquí hay que hacer una consideración: las prisiones de la Rusia Zarista no eran ciertamente hoteles de cinco estrellas. Ninguna prisión en cualquiera otra parte del mundo tampoco lo era ni sería justo que lo hubiera sido o que lo fuera hoy en día.  Había un sistema policial y de represión bien comentado en la Carta que  León Tolstoi  escribió al Zar Nicolás II en  1902. Pero lo que  salta a la vista  a la gente de hoy en día,  ya un poco alejada emotivamente  de esos acontecimientos, es la enorme diferencia entre las prisiones, relativamente malas de la época zarista  y las prisiones despiadadamente peores  de la futura Unión  Soviética : los tristemente famosos  Gulag.   Pero Tolstoi a esos  no los vio y pudo morir, quizás, sin decepcionarse y con  el sueño de un futuro mejor.  

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2 comentarios:

Alfa Segovia de Stanley dijo...

Otra serie de relatos que "pintas" bien con tu estupenda manera de llevar el hilo de la intriga. Buena ocasión para que expliques los usos de los nombres ruso-patronímicos y demás- porque también marcan su idiosincracia por medio de esa nomenclatura. Espero nuevas y "jugosísimas" entregas, Aldino.

Carmen Palmieri dijo...

Me encanta... como siempre!
beso