27 jun. 2011

La tía Edwigis

(Un día en la vida de un chico europeo de siete años en 1935)




Y mamá me despertó.
“Su, su, Aldino! Sbrigati che devi andare a scuola!” (¡apúrate para la escuela!)
Tenía siete años. Era mi segundo año en la Primaria en Génova. En invierno siempre se iba a clases. En verano no, eran las vacaciones. Pero durante el período de las clases siempre hacía frío. Mamá me ayudó a ponerme las largas medias de lana que la noche anterior me había quitado y las había dejado más o menos dobladas al lado de la cama encima de los zapatos. Mamá decía ella cuando había que cambiarse las medias. Hacía mucho frío. Era octubre. En Génova hace frío en octubre. No es como Nápoles que es casi África, decía papá.
Fui al baño al fondo del pasillo. Ya mi papá había ido y mi mamá también. Faltaba solo yo. En Génova no había tanta agua. O era cara, no sé. Había que cuidarla un poco. Así que yo hice pipí, papá lo había hecho ya y así mamá. No se podía tirar del agua del tanque solamente por el poco pipí de una sola persona. Ya siendo tres se podía. Así que mamá vino para halar la cadenita. Y el agua bajaba del tanque, que estaba bien arriba casi en el techo. Claro, si hacia pupú, se daba agua de inmediato. Pero a veces cuando yo hacía pupú, mamá venía ella también para hacerla, después de mí. Así que se tiraba el agua una sola vez.
Después me lavé la cara y las manos. “Échate agua en las muñecas”, me decía mamá, ”así te despiertas bien”. Mamá era muy ordenada, sabía todo. Los dientes no me los lavaba tanto. Sí, ella me decía, pero no se usaba mucho, no sé por qué. Abuelita decía que los campesinos comían una manzana clavándole los dientes y así se los lavaban. Ni era necesario gastar en el tubo de pasta dentífrica. Que eso de usar tubos lo hacen “aquellas”; y nunca supe quiénes eran aquellas. Me ponía mi pantaloncito corto. Verano o invierno era siempre pantaloncito corto y a sentarse para el “caffellatte”. Mamá me llenaba la taza de leche caliente, le echaba un poco de café y de azúcar de ese de color marrón que cuesta menos y es más sano. Lo echaba mamá para que no fuera demasiado. A mí me gustaba muy dulce y a veces mamá me daba una cucharadita más de azúcar, y me sonreía… Y yo llenaba la taza de pan, eso sí, la llenaba bien con mucho pan adentro. Después agarraba mi maletín de cartón para ir a la escuela.

“¿Pusiste el cuaderno? ¿Y la cajita de madera con lápices y la pluma y la plumilla?”
Claro, ponía todas esas cosas y también ese pañito de fieltro cosido por la abuelita, para limpiar la plumilla antes de escribir.
“Y no te ensucies mucho con el tintero. Pero si te ensucias trata de limpiarte en la escuela, allí tienen algo de jabón, para lavarte las manos, y no cuesta nada. ”
Pero el agua de la escuela era solo para lavarse las manos, no se podía beber. Había solo una fuente que decía acqua potabile.
Y luego salía corriendo y bajando por esas decenas o centenas de escaloncitos para llegar a la escuela. Casi no se usaban las calles. Todas scorciatoias, atajos, callejones. A veces me acompañaba papá y yo estaba muy orgulloso. Mi papá era el más bello de todos. Tenía un sombrero redondo, duro, muy bello, se llamaba bombeta o bombín. Papá no era un obrero; era un empleado de banco. Siempre elegante con las polainas blancas. Y a veces levaba un bastoncito. Pero no quería que yo lo usara. Y se llegaba a la escuela, que se llamaba como la mamá de Mazzini, de Giuseppe Mazzini. Había un retrato de él en la escuela. No de la mamá sino de él, y decía PENSADOR. No sabía qué significaba Pensador. Será que pensaba mucho. Pero tenía una cara un poco triste, era flaco, con los cabellos en la frente, como las chicas. La frangetta se decía. Y al lado de Giuseppe Mazzini estaba otro cuadro, o sea otra foto grande de Giuseppe Garibaldi.
Ese sí que era simpático. Un poco estrambótico, vestido raro, con los cabellos larguísimos. Y decía Héroe de los Dos Mundos. No entendía eso de los dos mundos. Yo creí que había uno solo. Le preguntaré a papá. Él sabe esas cosas. Mamá no, mamá dice que le pregunte a papá. Pero me da más besos mamá que papá. Y más azúcar. El Mazzini y el Garibaldi habían nacido los dos en Génova, como yo. Pero yo me llamo Aldo y ellos se llamaban Giuseppe, los dos. El bidello, el portero estaba siempre en el portón de la escuela con un grembiule (delantal) gris. Era un poco viejo pero tenía un silbato, y nos apuraba a entrar y todos entrabamos. Ah, y era una escuela toda de varones, menos mal, así que el portero nos encuadraba, y de a dos en dos entrábamos cada grupito en su salón. Allá estaba la maestra. Un poco gorda. Tenía los cabellos recogidos atrás en redondo como mamá Tortella, la mamá de Bibí y Bibó. Era la esposa de Capitán Coccoricó. Estaba siempre vestida de negro, la maestra. O quizás ella también tenía un grembiule negro para no ensuciarse el vestido.
Era muy buena, muy dulce. Pero una vez estábamos en el salón y yo levanté la mano con los dos dedos abiertos en “V” para indicar que tenía que ir al baño. Y ella me dijo que no, que en un rato iríamos todos. Y en realidad inmediatamente tocó la campanita y todos de pie para ir al baño. Eran las diez de la mañana. Pero yo no podía esperar. Total me apreté las piernas pero se me salió el pipí. ¡Una vergüenza!
La maestra me vio y me dijo: “Macor corre al baño ya”… Y me fui corriendo dejando gotitas y los amiguitos que se reían. Me avergoncé tanto. Pero después mamá me dijo que no me preocupara, y se reía conmigo y que me cambiaria los calzoncillos y lavaría el pantaloncito y lo pondría encima de la estufa, esa que estaba con un tubo y que cuando había mucho frío se le metía madera adentro. Y el pantaloncito se secó bien para el día siguiente. Pero me avergoncé mucho. Le rogué tanto a mamá que no se lo dijera a papá. Pero nunca supe si se lo había dicho o no.
Ah, bueno, cuando entrabamos en el salón, a las 8 de la mañana, nos poníamos todo de pie al lado del banquito.
Decíamos el Ave María. Y sí, se rezaba por mamá y papá (nunca se decía mamá y papá, siempre se decía papá y mamá, el papá primero, claro) pero también se rezaba por el Rey y por el Duce y por Jesús, arriba de los dos, aunque Jesús no necesitaba que le rezáramos pero le rezábamos también para pedirle cosas. Una vez a la semana venía el cura para explicarnos por qué debíamos rezar, pero siempre decía las mismas cosas, y ya la sabíamos. Además, todos sabemos que hay que rezar, claro, para que Dios no se olvide de nosotros.
Cuando la maestra ponía el mapa grande de África al lado de la pizarra negra era porque los italianos habíamos conquistado alguna ciudad africana en Abisinia y la maestra ponía un banderín en el mapa para indicar dónde estaba esa ciudad “liberada”. Y en la ventana de la casa también se ponía la bandera italiana. Yo estaba orgullosísimo porque un tío mío, hermano de mamá, era bersagliere, tenía las plumas en el sombrero y estaba combatiendo en Abisinia para vencer a los negros malos y dar la libertad a los negros buenos. Y yo esperaba que mi tío regresara pronto para contarme sus aventuras de guerra. Pero cuando regresó estaba a punto de casarse con la tía alemana. Sí, la tia Edwigis, yo le decía tía Titti, era más fácil. Era alemana, muy bella, rubia, pero no le gustaba mucho ni a la abuela ni a las tías. Pero a mí me gustaba porque era muy bella.

Era la más bella de todas las tías y tenía una manera de hablar muy cómica. Pero yo me quedaba mirándola. Una vez que yo estaba medio enfermo, en la cama, ella había venido a visitarme y se sentó a mi lado. Y yo le acariciaba la mano. Era muy bella su mano y no como la de la tía Irma, pobrecita, que siempre daba la cera al piso. Pero después hubo problemas con esa tía demasiado bella y diferente. Después de un poco mi tío, el bersagliere fue otra vez a la guerra. Pero esta vez no era contra los negros malos para defender a los negros buenos. Era contra de los ingleses que eran todos malos. Y fueron tan malos que lo mataron. Así que mi tía se quedó sola pero como era alemana tenía amigos alemanes. Y eso no les gustaba ni a mis tías ni a mi abuela. A mi mama sí, decía que ella tenía razón. Y a mi papá también le gustaba la tía Edwigis y a veces mi papá cantaba con ella y al piano estaba la tía Yole. También la tía Yole tenía lindas manos, pero no como la tía Edwigis. Pero cuando los alemanes en Italia comenzaron a portarse como amos, las tías decían que la tía Edwigis traicionaba la memoria del tío. Nunca entendí bien eso de traicionar la memoria del tío. Pero si sé que en esos periodos siempre teníamos hambre y ella llevaba mucha comida a la casa de abuela que la recibía y la distribuía entre las tías. Así que yo comía el pan alemán. El pan de ellos no es blanco como el nuestro. Es muy oscuro y cuadrado, se llamaba pan negro de broten, pero nosotros no lo teníamos ni negro ni blanco. Pero a las otras tías nunca les gustaba la tía alemana. Claro, ella era bella y elegante. Y tenía amigos importantes, oficiales alemanes que eran sus compatriotas.
Pero después los alemanes perdieron la guerra, vinieron los comunistas yugoslavos, le cortaron todo el cabello rubio largo y después la mataron.
Y ya por hoy no quiero recordar más cosas.



8 comentarios:

Alfa Segovia de Stanley dijo...

Estupendamente contados estos recuerdos del niño Aldino sobre la tía Edwigis-alemana "distinta" y hermosa- y las costumbres de la época. (Italia, Génova, papá, mamá, la maestra, la abuela, los parientes, los "buenos" y los "malos",la guerra, el frío, el hambre y las estrategias para sobrevivir y sobrellevar.) Hermosa línea de recuerdos para seguir.

Leila dijo...

Bravo!!!

Aldo Macor dijo...

Querida Alfa Segovia, eres siempre tan gentil en leer mis elucubraciones y en comentarlas... Gracias. Me siento y estoy muy solo. Mi hija, la única, aunque esporádica, compañía, se va por su profesión de periodista y escritora. Mis amigos italianos, los sobrevivientes... sobran los dedos de una mano para contarlos! Y tampoco pueden escribir mucho... Y acá, yo, en Uruguay, casi no tuve tiempo o no supe hacerme nuevos amigos. Solamente algunas contadísimas excepciones. Ni quiero ni debo mencionarlas. Como has leído, mi ultimo post ha sido escrito suponiendo que lo escribiría un chico de siete años, con sus expresiones y su mentalidad. No sé si logré algo. Por lo menos me conmovió muchísimo. Tengo preparado ya el siguiente post, "mi primita Carla", la primera chica de la cual me enamoré. Era de esa edad. Siempre he sido enamoradizo.
Pero no creo poder seguir en ese tono. No del enamoradizo... me refiero a contar en primera persona teniendo siete u ocho años. Los posts los estoy traduciendo al italiano para mandarlos a los "sobrevivientes" de allá, en Italia, en Génova. Seguramente me reprocharán ciertas descripciones donde no pueden no aflorar la miseria y las estrecheces económicas y de varios tipos de la época que ahora los italianos quieren olvidar. De cuando nosotros los italianos pobres, emigrantes, pequeños, casi todos sureños, malolientes, piojosos hablando dialectos, superticiosos, ignorantísimos, encima católicos y muchas veces deshonestos, aparecieron en las tierras de América. Pero tenían una chispita en la cabeza. Quizás la chispita producida por la mezcla de tantas razas con las cuales está formada la "raza" italiana. Siempre he sostenido que los italianos somos el pueblo más mestizo de la historia. Bueno. Y ahora ese pueblo con chispita y poca memoria, mira con desprecio a los nuevos emigrantes, los pobres desgraciados que llegan a Europa escapándose desde África, en su mayoría. Bueno querida, antes de que esa carta de agradecimiento a ti tome otra dirección, me voy. Besos.

Alfa Segovia de Stanley dijo...

Estimado Aldo:
Es una pena que se sienta tan solo; lógicamente nuestros amigos a medida que envejecemos se nos van yendo- y cuando se enferman y se van sabemos que nos queda "poca cuerda" también a nosotros. Sin embargo, como se dice que "mientras hay vida hay esperanza" es conveniente tratar de seguir adelante.
No es fácil, pero usted tiene un montón enorme de virtudes: sabe dibujar, sabe pintar, sabe esculpir, sabe escribir y expresarse maravillosamente bien en varios idiomas. ¡No es poca cosa! Siga recordando y escribiendo sus recuerdos, arme un libro-uno más- con sus "historias de vida" Escriba sobre esa Italia que recuerda aunque las memorias no sean del todo gratas porque su infancia fue época de guerra. Sus relatos son lecciones para dar a más de uno que vive bobaliconamente sin saber que tiene la felicidad de vivir en un país democrático-que no siempre lo fue y que Dios nos libre de volver a las andadas. Vamos, don Aldino, arriba esa ánimo. Lo leo con mucho gusto.

Aldo Macor dijo...

Alfa... te dire' solamente una cosa,aqui, sin comentar con palabras innecesarias: al leer tu comentario, se me aguaron los ojos.

Alfa Segovia de Stanley dijo...

Querido Aldo: Me alegra saber que mis palabras lo emocionaron.
Yo viví mi infancia oyendo relatos como los suyos- mi "familia postiza" constituida por mis padrinos y sus parientes, que fueron viniendo convocados por unos y otros, eran italianos de su época-Vinieron "con una mano atrás y otra adelante" -como decían ellos- a "hacer la América" porque en Italia había guerra, hambre y.... terremotos. Eran campesinos pobres. Todo lo que tenían en sus graneros se lo robaban los ejércitos de cualquier signo- el hambre era para todos, no únicamente para los italianos- Al fin y al cabo, es en la guerra que se cultivan las mil y una formas para aprender sobrevivir. En el blog "Memoriosymemorias" evoqué a la nona Lucía- que crió y casó a todas sus "muchachas" como Dios manda en base a una férrea disciplina-, pero ninguno de la parentela tana tuvo habilidad para escribir esos relatos como usted lo hace. Usted tiene el don de la expresión artística que es un bien inigualable. Así que sáquele jugo a esos recuerdos; que "el niño Aldino" siga contando. Sus lectores estaremos de parabienes.
Cariños
Alfa

Anónimo dijo...

Maestro Aldo este tipo de relato de etapas de su infancia me parecen maravillosamente escritas, yo diría BRAVO BRAVISIMO, seguiré leyéndolo

Anónimo dijo...

Este delicado relato tiene la virtud de ser contado con la ingenuidad y ternura del niño y no del adulto hablando por él.
Inevitablemente me haces recordar lo cortos que llevábamos los niños europeos los pantalones y el frío zaragozano. Un día que había amanecido helado, no pudiéndo abrir la puerta de madera del edificio porque se había "soldado", y prometiéndomelas muy felices, subí y le dije a mi madre que no podía ir a la escuela porque no se podía abrir la puerta. Mi madre que tenía brazos como Popeye y podía abrir cualquier puerta con vano incluido, bajó conmigo y me mandó a la escuela con la primera bofetada del día.
Me gustaría leer más de ese niño genovés.
Angel.