10 sept. 2011

Encuentros en Montevideo - 3/3 l Amigo del Raton Perez

Encuentros en Montevideo.
…a los 83 años puede suceder de todo…

Escribir sobre aventuras eróticas-amorosas-sexuales de edades juveniles o relativamente juveniles es algo normal y lo he hecho en más de una oportunidad. Lo divertido es cuando la supuesta “aventura se da en edad ya avanzada.
Los 83 años, y sus eras próximas, son un magnifico momento en la vida, máxime en la mía, por supuesto, donde confluyen experiencias decenales, las más variadas y puede suceder de todo. Si se tiene un mínimo de capacidad de observación, y el “don de la abuela “, el lector puede pasar un rato ameno.
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3º episodio:  3/3
PLAUTO. El amigo del Ratón Pérez.

El nombre es ficticio, pero se acerca y da la idea.

Había salido de la Imprenta después de haber  retirado mis tarjetas de visitas con la dirección de mi nueva residencia en Montevideo. Les había  mandado agregar también la pagina web con la propaganda-recuerdo de mis esculturas, la dirección del blog,   los teléfonos  y demás datos a los cuales recurren las personas que nadie sabe quiénes son; y me estaba dirigiendo a pie a la parada del ómnibus. Estoy a pie porque  mi hija y mi esposa han decidido que ya no puedo manejar mi automóvil, a pesar de la licencia de conducir.  Muy probablemente tengan razón. Así que ahora corro solamente el riesgo de ser atropellado pero no también el de atropellar: hay  cierta lógica en eso. Estadísticamente hablando, existe una disminución del riesgo al 50%.  Son útiles, las estadísticas, ¿verdad? Bien, pensaba en eso, porque justamente  una hora antes,  al acercarme a pie a la imprenta, por poco me atropella un coche, estando yo en la zona de cruce delimitada para  los   peatones. El peatón que cruza es la nueva plebe ciudadana para el  automovilista, nuevo caballero al cual hay que abrir el paso rápidamente. “Leyes las hay. Pero¿ quién pon mano a ellas?”: me vienen a la mente Cervantes y Manzoni.  Y en eso pensaba, distraído como siempre, al llegar al mismo pase peatonal de una hora antes. A mi lado camina un señor, una persona cualquiera, otro peatón que nunca he visto antes en mi vida. Según mi costumbre de conversar  con todos,  sin ningún preámbulo le pregunto si él piensa que en ese cruce marcado como paso peatonal, yo, o él, u otro  peatón cualquiera, tengamos derecho de precedencia sobre un eventual coche que quiera pasar por allí mismo. El señor me mira: “Bueno, si...no… bueno, en realidad si, el peatón tiene precedencia. Pero Ud. sabe, es mejor dejarle paso al coche.”
 Le pregunto: “Señor, si pasa un coche aquí y me embiste dentro de la zona demarcada y me mata… legalmente, ¿tiene razón él o yo?
“No, el coche no tiene razón. Pero Ud. está muerto!”
Contundente respuesta. Y así, conversando sobre el argumento,  le cuento del episodio de hace una hora cuando un coche estuvo al punto de atropellarme y se paró a pocos centímetros de mi pierna.  Y camina  y conversando, el señor me acompaña hasta la parada de mi  democrático ómnibus. Al saludarnos, me da su nombre. Se llamaba Plauto.
 Ah, Plauto, digo yo. “El nombre del  célebre comediógrafo”
“Si.” me dice. Pero es un “si” tan convencional, que pienso  que posiblemente el único Plauto que conoce es el nombre del perro de Micky Mouse. Se lo digo.
Como el amigo del Ratón Pérez?”
“No, ese se llama Pluto” me corrige.
Me doy cuenta,  recuerdo, es verdad, acepto la corrección. Claro Pluto, Horacio, Clarabella, Minnie, los amigos de Micky Mouse.  Debe ser un hombre de cultura. Le doy mi tarjeta de visita, las gracias por la conversación y subo al ómnibus.Democràticamente.
Al día siguiente, el también como la muchacha  veterinaria,  me llama por teléfono, asombrado por haber encontrado tantas referencias a mi nombre en Google. Bueno, vanidad es vanidad y afecta más cuando uno es viejo. De joven los meritos  se consideran un natural atributo.  Así que yo, conmovido por eso y por la ya endémica necesidad de compañía, le digo que si quiere visitarme a mi apartamento podemos conversar de algo, de lo que quiera, y tomarnos una copa de vino. El tipo acepta, aparentemente con entusiasmo.
 Y  pasa el día. En la noche, casi a las diez de la noche, repica el teléfono:
Soy Plauto”, me dice.
Le digo: “Si Ud. ahora está  sin compromiso y, si quiere, acérquese a mi casa, vengase ya, yo  estoy levantado normalmente hasta las dos o tres de la mañana. Escribo y prefiero trabajar de noche”,
 Total, el tipo viene a mi casa. Le abro. Conversamos, le ofrezco vino, no toma, lo tomo yo solo.  Hablamos un poco de todo,
 Pero su conversación es mas o menos limitada. Pero no importa tanto, para mi: es conversar. Al fin, mejor un monologo con alguien que te escucha aun que no te entienda, a  un monologo a solas, sin nadie que te escuche, aun que te entienda.  Así estaré yo hambriento de conversaciones y compañía.
Bueno al final, como después de una hora, el tipo me dice que se va.  En la puerta de mi apartamento, de repente, siguiendo no se  qué impulso, le pregunto así,  directo:
“¿Ud. es gay?”
Bien directo y sin preámbulos.
 El tipo me mira.  Se pone colorado. Me dice:
“Señor Aldo,  desde que lo vi a Ud. cerca de aquella imprenta, sentí una atracción muy fuerte hacia Ud...”
 Carajo.
 Si, le había hecho yo la pregunta. No sé porque le pregunté eso. Quizás noté algo,  con mi sexto o séptimo sentido. La pregunta me salió sola, instintiva.  Pero con la respuesta  me quedé algo asombrado.
Mira” le dije  Plauto, Ud. es una persona que me cayó muy ben. Conversamos bien,  fue un rato agradable.  Pero considere,  Ud. está viendo  todos  esos  dibujos  al carboncillo mios. Están en todas  partes aquí,  en este apartamento. La casi totalidad son mujeres. Esto es parte de mi   trabajo. Ud. sabe que soy artista o  lo que sea.  Pero, al tratarse de culos, yo prefiero los de esas chicas, lindísimas, que de una manera  u otra han posado para mí.   Y las prefiero a ellas, es mi debilidad. Lo siento.
 Y le dije eso seriamente, sin sobresaltos, sin reproches,  como la constatación de un hecho. El pobre Plauto  seguía mas  colorado, Me miró: “¿Se nota?”
“No” le dije “no se nota, no se preocupes;  es que quizás  como artista yo tenga cierto feeling” le dije para tranquilizarlo.
 Él se puso el pulgar y en índice  en la boca en el gesto típico uruguayo de coserse los labios en el silencio.  Le prometí que sí,  que no se preocupara.

 “Así que ¿ves, amigo Plauto? Hasta te cambié de nombre. Nadie  te puede reconocer. Y te agradezco por la compañía de la otra noche. Que te vaya bien y buena suerte.”

3 comentarios:

Alfa Segovia de Stanley dijo...

¡Aldino! ¡Es peligrosísimo invitar a extraños a charlar en tu apartamento! ¿ No te enseñaron eso cuando eras picolino?
Bueno, quizás como eras varón, y a los varones se les permitía todo, no te lo enseñaron. A mí sí. Desde pequeñita yo sabía que no debía aceptar invitaciones de extraños, mucho menos comer bombones ni galletitas por más ricas que parecieran, y muchísimo menos tomar alguna copeja que quién sabe qué contenía. Ahora, con este mundo moderno los peligros se han hecho más variados. ¿No te parece? Take care, darling! o traducido como en los doblajes: !Cuidate,querido!

Anónimo dijo...

Hablemos claro. La orientación sexual es un asunto de ìntima naturaleza personal. Otra cosa es que "ellos" sean una desgracia para la sociedad de consumo del capitalismo Occidental.En efecto: no derrochan, no adquieren ruinosas hipotecas, no celebran costosos aniversarios, no se endeudan con las bodas de sus hijos; ni siquiera tienen que mantener a los maridos de sus hijas. Suelen vivir con sus madres a las que cuidan de por vida con verdadera ternura.
Por lo demás, hazle caso a la Sra. Stanley.
Angel.

Aldo Macor dijo...

MARGIT MARGOT muy gentilmente escribió:

Querido amigo, usted no se ofenda, yo pienso que mientras despierta pasiones no hay de que preocuparse. Los gay son gente como todos y los tenemos que aceptar y no juzgar. Es parte de la libertad. Saludos Margarita