7 ene. 2011

El Ring de Viena en 1949



El cataclismo de la guerra había terminado desde poco. Y con esfuerzos todo el mundo consciente trató de rehacerse a sí mismo. Habían caído ideales y entre los jóvenes se estaban abriendo horizontes nuevos. Me refiero a los nuevos intelectuales, estudiantes, jóvenes profesionales.

Cada uno buscaba su identidad. A veces se conseguía, a veces no, algunos se pararían en el camino renunciando a heroicas ansias juveniles de renovación para dedicarse a la monotonía del trabajo con solo fines de supervivencia económica. El grupito de mis amigos, último año de liceo clásico o primerísimos de universidad, estábamos todos en familias con una situación que no era en absoluto de opulencia, pero tampoco de grandes necesidades económicas. Por lo cual podíamos permitirnos el lujo de aspirar a algo nuevo, indefinido, a querer ver, querer conocer, peguntarse el porqué de las cosas, de los eventos terribles ocurridos, conocer otras ideologías, visitar diferentes países para constatar distintas realidades producidas por el mismo torbellino de más de seis años de guerra, que habían revuelto Europa expandiéndose por el planeta.

En el 45 por fin se había dado la terminación de la guerra con rendición Alemania y Japón y había iniciado el criticado Juicio de Nuremberg; en el 46 nació el gobierno socialista en Francia y mi trabajo con los Americanos en la oficina de Censura Aliada; Sartre nos emocionaba a todos y más tarde llegó el Plan Marshall que revivió a Europa; vino mi licenciatura en el Liceo Clásico, la entrada a la Universidad; y con cinco centavos y medio fuimos, el grupitos de amigos, a visitar en el Apenino central de Italia las instalaciones abandonadas de Campo Imperatore, de donde se había fugado Mussolini en una rocambolesca aventura que demostró, una vez más, la ineficacia del italiano como soldado y la eficacia del alemán, el militar superorganizado por antonomasia. Bebimos como rebecos el agua friísima de los manantiales a 2000 metros, y por el hambre hasta comimos a un pobre perro, en un trágico barbecue que tratamos inútilmente borrar de nuestra memoria. No quiero detallarme mucho en esto. Pero nos sentimos antropófagos engullendo al pobre animal que nos seguía confiado en nuestras andanzas locales. Tampoco nos sirvió de consuelo saber que para esos pastores primitivos era antigua costumbre canibalizar cualquier tipo de animal, como gatos, perros no útiles, conejos de monte, lagartos grandes, pájaros, para variar su comida que era casi solamente queso salado de cabra. Y así a veces les veíamos desahogar, frente a cualquiera de nosotros, sus deseos sexuales con ovejitas balantes, en una actitud tan normal como si estuvieran tranquilamente orinando. Sí, tampoco eso no nos sirvió de consuelo, como decía, y todavía ahora, a distancia de decenios, es uno de los recuerdos más vergonzosos de las miserias de entonces.

Después de eso vinieron las primeras noviecitas y por fin el primer viaje fuera de Italia, para conocer la realidad Austriaca y Alemana, dos países de primerísimo plano en el mundo, destrozados por el dios de la guerra. Primero conocimos Innsbruck, muy cerca al confín con Italia, ciudad de encanto, donde conocimos lo que era esquiar de verdad y la cortesía de las fräulein austriacas. No estaba destruida, Insbruck. Y aun que hay diferencias entre Austriacos y Alemanes, notamos por primera vez cierto aire de superioridad del germánico hacia el latino. Nuestros grupito de 12 personas, estaba formado por jóvenes de casi todos tipo de opiniones políticas, aun que en formación. Había entre nosotros dos comunistas, dos liberales, un par de católicos, tres ex fascistas y los demás todavía indecisos, pero todos en la búsqueda en buena fe de la supuesta verdad. Todos chicos inteligentes, claro, de buena formación cultural clásica, familias burguesas. Y con el tiempo, algunos llegaron a posiciones de primerísimo plano, en el campo político, económico, artístico, o como profesionales.

Pero a pesar de todas nuestras aspiraciones de gloria éramos al fin jóvenes muy reprimidos sexualmente por las costumbres de la época y en Innsbruck, ciudad de infinitos valores, quizás lo que nos emocionó mas fue la visita a sus burdeles tan diferentes de los italianos. Con las chicas asomadas a las ventanas llenas de geranios, sonriendo a los eventuales clientes. En Italia todo estaba cerrado, ventanas cerradas, case chiuse, (casas cerradas) se decía en voz baja en un cómplice silencio pecaminoso. Convinimos todos que en eso seguramente los alemanes eran superiores a los latinos.

Y después vino Viena y la gran emoción de entrar en la ex capital del Imperio Austrohúngaro. El Schoenbrunn. El Sacro Romano Imperatore. Los HASBURGO. ¿Como puede no emocionarse un joven o un individuo con alma joven, cuando se le presentan esos lugares por primera vez?

Nos quedamos largo ratos mirando a esa maravilla de arquitectura. Pero no tanto y solo por la arquitectura en sí, sino por lo que significaba, por la historia que conllevaba. E imaginamos el gran parque donde los Emperadores quisieron trasladar animales exóticos, ciervos, jabalíes, faisanes, pájaros de Turquía. Y saber que después, con la primera guerra Mundial, con la caída de los Habsburgos, y con la Republica, el Schoenbrunn había pasado al Estado. Y ahora, con la Segunda Guerra, pisaban sus aristocráticos jardines las botas de las tropas vencedoras; ingleses, creo recordar: por suerte, los menos dañinos.

Cuando la visitamos, la ex Sede del Imperio romano germánico estaba dividida en cuatro zonas. Un lindo melón para partir en cuatro, como dijo MaoTze: Francia, Inglaterra, USA y URSS. Con los Franceses e Ingleses, pase: pero los cowboys del Middle West, ¿que sabían ellos de los Habsburgos? Y ¿las hordas mongolas de la URSS? Visitamos también la zona Soviética. A pesar de estar todos influenciados por el izquierdismo de moda en la posguerra, al fin éramos jóvenes intelectuales europeos: ¿qué teníamos en común con aquellos mastodontes de ojos achinados? ¿Las hordas soviéticas que venían de Mongolia?

Pasamos el límite del confín, nos pidieron el pasaporte., Lo entregamos. Un “funcionario” soviético, ceñudo por el esfuerzo intelectual de la lectura, agarró el mío. Aparentó leerlo y lo tenía al revés. No me atreví a comentar nada. En ese momento cayó una gota perdida de un aguacero recién terminado. La gota cayó en mi pasaporte.

 “KUDA…!”, fue la expresión que oí del soviético estepario. Nunca supe lo que significaba aquella palabra. Quien sabe que dialecto de Asia.

Me devolvió el pasaporte.

 Y pudimos visitar el jardín del castillo de los Habsburgo. Pero los animales exóticos habían desaparecidos. D exóticos había solamente soldados.

 Al día siguiente, salidos de la zona soviética con cierto alivio fuimos a ver el famoso Ring: una zona de Viena. Y caminando, observando, viendo, comentando, llegamos sin saberlo a una pista de hielo.

 Una grande pista de hielo, para patinajes sobre hielo. Una ciudad, una Nación, en realidad, en condiciones paupérrimas, no tanto por las destrucciones cuanto por la miseria emocional en la cual había caído, dominada por cuatro ejércitos extranjeros, logró salvar su gran pista de patinaje sobre hielo. Era su bandera.

Claro, nos acercamos. Ninguno de nosotros había patinado sobre hielo.

Nos quedamos a mirar. Se escuchaba una especie de fonógrafo de esos antiguos a manivelas, discos de 45. Y tocaba un vals de Strauss! En el centro de Viena, en una pista de hielo, con su país destrozado, los vieneses patinaban sobre hielo, solos o en parejas, al compás de los valses de Strauss! Y hasta vimos a un hombre, ciertamente veterano de guerra, un joven, amputado de una pierna: con un solo pie y apoyándose a la muleta para el segundo patín, bailaba el también, al compás de Strauss.

 El revanchista deseo de mostrar mis actitudes físicas a mis compañeritos a los cuales yo me consideraba entonces superior solamente en eso, me empujó a querer alquilar unos patines de hielo, seguro que algo habría podido hacer, por lo menos mejor que ellos.

Pero mi amigo Mario me agarró del brazo:

 “Ni se te ocurra. Esto es más sagrado que una misa. Nosotros haríamos el papel de payasos. Somos advenedizos, para ellos”.


4 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo creo que tu amigo Mario nos arruinó el espectáculo. Aldo Macor dando lecciones de patinaje artístico al ritmo de Strauss en El Ring de Viena...! Siempre hay un amigo metepatas, ojalá se haya dedicado a censor de alguna institución del Estado.
Espero que continúes el relato, un abrazo de nuevo año.
Angel

Anónimo dijo...

A mí me hubiera gustado tener un amigo que hubiese patinado, sobre todo en el Ring de Viena con música de Strauss.En ese tiempo yo estaba enamorado de Sonja Henie, todavía lo estoy,
Angel

Aldo Macor dijo...

Amigo "Anonimo ma non troppo," me confiesas que en esa època estabas enamorado de las piruetas de la bellisima y virtuosa Sonia Heine. Y mi memoria antigua me reportò a cuando, en esa misma època, yo estaba enamorado y en realidad concupiendo las bellezas de la gran Gina Lollobrigida; que recordaràs fue llevada a la fama cinematografica por el gran Vittorio de Sica, quien con sus simpaticas argucias napolitanas, solicitò de los jueces ABSOLUCION ABSOLUTA para la imputada Gina, aduciendo, justamente, que si existe la completa impunidad para los minoratos fisicos, porque no deberia exitir impunidad para las mayoradas fisicas ?
Me pregunto: tu mente lubrica recuerda el episodio en Pane Amore y Fantasia?

Laura Arena. dijo...

Aldo, aquí sigo leyendo estos recuerdos, que serían una especie de memorias, geniales !!!!. Que rica vida has tenido y que interesante la relatas. Aunque voy a dejar este camino y comenzaré, en mis ratos libres por tu niñez y adolescencia. Lo primero es lo primero. La verdad, es como estar leyendo una novela. jajaj, y que pena que no patinaste, cuanto tendrías para contar al respecto. Ciao, caro.