10 ene. 2011

¡Chupen, chupen, hijos míos!


INICIOS DEL 1944. Eran los tiempos de los alemanes en Roma. Mussolini había sido liberado del Hotel-Cárcel donde el rey creía haberlo neutralizado. El Feldmariscal Kesserling era el comandante de las tropas germánicas en Italia. E Italia, ex amiga y aliada de los alemanes, se había transforma do: mitad Italia era amiga y aliada de los alemanes. Y la otra mitad era amiga y aliada de los Aliados, en contra de los ex aliados del día anterior.
Situación cómica, trágica y vergonzosa de la tierra de Macchiavelli, o de Polichinela, según los puntos de vista.
De todas maneras, filo Aliados o filo Alemanes, en Roma había hambre. De vez en cuando llegaban misteriosas ayudas alimentarias a través del Vaticano y que provenían en su gran mayoría de U.S.A., pero también de Perón; todavía admirador de Mussolini, por ahora, y que en parte creía y quería imitar. Llegaban trigos y harinas y azúcar con los barcos Liberty americanos, de bandera neutral y sin ser molestados por nadie, y mucho menos por los alemanes. Descargaban toneladas de “cargas” en el puerto italiano de Ostia para ser entregados al neutral Estado de la Ciudad del Vaticano. Nunca se sabía, ni se supo ni se sabrá exactamente cuántos eran los ciudadanos vaticanos en sentido amplio, o sea las bocas por alimentar, incluyendo a los nunca admitidos personajes, familiares, allegados de políticos, hebreos, y otros perseguidos en general que el Vaticano abrigaba y alimentaba. Pero las cargas de los Liberty superaban en varias ocasiones las necesidades del Vaticano y mucha de esa ayuda se filtraba, a través de conductos más o menos legales, a los ciudadanos de la Ciudad Eterna, incluyendo al barrio Judío, cerca de San Pedro. Y naturalmente con la prudente y discreta aprobación por el príncipe Eugenio Pacelli, Papa Pio XII.
Y también llegaban a Roma, a través de otros canales, ciertas ayudas a funcionarios, empleados y obreros de alguna que otra grande organización con sede en el norte de Italia y que ayudaban a las mal pertrechadas sucursales de Roma y Sur. En el caso de nuestra familia a veces nos avisaban del banco donde mi papá trabajaba, para que fuéramos a retirar algo de comida. Y se formaba el corre corre. No había automóviles, porque la gasolina estaba muy racionada y se iba en tranvía o con bicicleta. En cierta ocasión apareció una especie de triciclo, admitido por los alemanes. No recuerdo de dónde salió, quizás mi mamá lo alquiló. Las dos ruedas delanteras estaban bastante distanciadas para permitir la colocación muy rústica de una especie de cajón, más o menos de un metro cúbico.
“Aldo, ve con el triciclo alla Banca Commerciale, a recibir lo que te darán. Pero no te olvides el carnet de estudiante ¿sabes? Es muy importante.”
¿Qué era este Carnet de Estudiante? Durante esa ocupación de facto de Roma por parte de los alemanes, en las escuelas, por lo menos en mi liceo, nos dieron un carnet que nos acreditaba como estudiantes de raza aria. Estaba muy bien subrayado eso de la RAZA ARIA. Era un carnet bilingüe italiano-alemán, y tenía el sello de la Repubblica Sociale Italiana y del Ejército Alemán. El motivo era que los alemanes habían comenzado ciertas razias para llevar desocupados (o presos, o hebreos, o comunistas) a trabajar, supuestamente, en las fábricas de Alemania. Y ese carnet, que todavía conservo, era para salvaguardarnos de eventuales razias y también -se supo después- de la eventual cámaras de gas.
Bueno. Con ese triciclo, decía, mi hermanita de 10 años y yo salimos de nuestra casa y costeando el “rubio” Tiber llegamos hasta el centro de Roma, donde imperaba la Sede Romana de la dignitosa e imponente Banca Commerciale Italiana.
Entramos por un salón-depósito de servicio, con entrada por atrás del elegante edificio del banco. En esa época se respetaban mucho las jerarquías. Si eras persona de manga de camisa, entrabas por la puerta de servicio. Y por allí entramos. Había otras personas, una veintena, como nosotros, con bici-triciclos o con carritos, en espera de que los empleados distribuyeran lo que nos tocaría. ¿Comida? ¿Cobijas de lana para el invierno? ¿Carbón para las estufas?
Al llegar mi turno:
“ ¿Te gustan las uvas pasas?“, me preguntó un empleado-obrero- cargador, en romanesco colorido.
“ Mbe, ¡sí, me gustan...!
“Entonces agarra esto!”, y cargó en mi triciclo un saco de 45 kilos de uvas pasas. Nos quedamos mirando el saco, mi hermana y yo. ¡Era de verdad un montonón de uvas pasas.
Después, dirigiéndose a mi hermanita:
“Linda señorita, ¿quieres algo de dulce... especial?”
Y nos invitó a seguirlo. Lo seguimos. Llegamos donde estaban vaciando algo desde unos recipientes mucho más grandes, de metal, supongo, en unos botellones de vidrio de unos dos litros.
“¿Y eso qué es?”, pregunté.
“Miel”, dijo. “Pero de la buena de los Alpes. ¿Quieren un par de botellas?”
“Vabbé…”
Y comenzó a llenar dos botellas. Pero, al llenarla hasta el tope, parte de la miel se salió, o no podía entrar más, total se vertió en parte en el cuello de las botellas. Yo hice como para limpiar el derrame de miel con un pañuelo. Pero el tipo, escandalizado, me regañó.
“¡Que noooooo! ¿Vas a tirar así esa gracia de Dios? Leccate, leccate, fiji mii, que tutto é bono! (“chupen, chupen, hijos míos, que todo es bueno!”)
Y sí, mi hermanita y yo, obedientes, lamimos al principio con timidez y después con cierta codicia, la miel que bajaba por el cuello de la botella.
Entre la miel y las uvas pasas nos alimentaríamos por más de un mes. Pero es también cierto que después de tantos días de comerlas, y solamente eso, uno se cansa, y le dije a mamá:
“Mamá. Te juro que si salimos de eso, nunca más en la vida voy a comer uvas pasas“.
… El tiempo pasa…


Hace cuatro días falté a mi propósito-juramento. En el Residencial donde resido, una muy gentil señora quizás en agradecimiento a un carboncillo que le hice con mucho cariño y que le regalé, me obsequió un lindo sobrecito con lacito rojo. Me conmovió. Abrí el sobrecito. Y al abrirlo me conseguí un paquetito de uvas pasas.


Habían pasado 55 años.

1 comentario:

karo e.j dijo...

Hola!
100% interesante!
me imagino eso de comer pasas y miel por un buen rato.. pero bueno despues de 55 años... un poco de uvas pasas no pasa nada :)
es más, eso inspiró la entrada ¿no?
saludos!!!