(Un día en la vida de un chico europeo de siete años en 1935)
Y mamá me despertó.
“Su, su, Aldino! Sbrigati che devi andare a scuola!” (¡apúrate para la escuela!)
Tenía siete años. Era mi segundo año en la Primaria en Génova. En invierno siempre se iba a clases. En verano no, eran las vacaciones. Pero durante el período de las clases siempre hacía frío. Mamá me ayudó a ponerme las largas medias de lana que la noche anterior me había quitado y las había dejado más o menos dobladas al lado de la cama encima de los zapatos. Mamá decía ella cuando había que cambiarse las medias. Hacía mucho frío. Era octubre. En Génova hace frío en octubre. No es como Nápoles que es casi África, decía papá.
Fui al baño al fondo del pasillo. Ya mi papá había ido y mi mamá también. Faltaba solo yo. En Génova no había tanta agua. O era cara, no sé. Había que cuidarla un poco. Así que yo hice pipí, papá lo había hecho ya y así mamá. No se podía tirar del agua del tanque solamente por el poco pipí de una sola persona. Ya siendo tres se podía. Así que mamá vino para halar la cadenita. Y el agua bajaba del tanque, que estaba bien arriba casi en el techo. Claro, si hacia pupú, se daba agua de inmediato. Pero a veces cuando yo hacía pupú, mamá venía ella también para hacerla, después de mí. Así que se tiraba el agua una sola vez.
Después me lavé la cara y las manos. “Échate agua en las muñecas”, me decía mamá, ”así te despiertas bien”. Mamá era muy ordenada, sabía todo. Los dientes no me los lavaba tanto. Sí, ella me decía, pero no se usaba mucho, no sé por qué. Abuelita decía que los campesinos comían una manzana clavándole los dientes y así se los lavaban. Ni era necesario gastar en el tubo de pasta dentífrica. Que eso de usar tubos lo hacen “aquellas”; y nunca supe quiénes eran aquellas. Me ponía mi pantaloncito corto. Verano o invierno era siempre pantaloncito corto y a sentarse para el “caffellatte”. Mamá me llenaba la taza de leche caliente, le echaba un poco de café y de azúcar de ese de color marrón que cuesta menos y es más sano. Lo echaba mamá para que no fuera demasiado. A mí me gustaba muy dulce y a veces mamá me daba una cucharadita más de azúcar, y me sonreía… Y yo llenaba la taza de pan, eso sí, la llenaba bien con mucho pan adentro. Después agarraba mi maletín de cartón para ir a la escuela. 
“¿Pusiste el cuaderno? ¿Y la cajita de madera con lápices y la pluma y la plumilla?”
Claro, ponía todas esas cosas y también ese pañito de fieltro cosido por la abuelita, para limpiar la plumilla antes de escribir.
“Y no te ensucies mucho con el tintero. Pero si te ensucias trata de limpiarte en la escuela, allí tienen algo de jabón, para lavarte las manos, y no cuesta nada. ”
Pero el agua de la escuela era solo para lavarse las manos, no se podía beber. Había solo una fuente que decía acqua potabile.
Y luego salía corriendo y bajando por esas decenas o centenas de escaloncitos para llegar a la escuela. Casi no se usaban las calles. Todas scorciatoias, atajos, callejones. A veces me acompañaba papá y yo estaba muy orgulloso. Mi papá era el más bello de todos. Tenía un sombrero redondo, duro, muy bello, se llamaba bombeta o bombín. Papá no era un obrero; era un empleado de banco. Siempre elegante con las polainas blancas. Y a veces levaba un bastoncito. Pero no quería que yo lo usara. Y se llegaba a la escuela, que se llamaba como la mamá de Mazzini, de Giuseppe Mazzini. Había un retrato de él en la escuela. No de la mamá sino de él, y decía PENSADOR. No sabía qué significaba Pensador. Será que pensaba mucho. Pero tenía una cara un poco triste, era flaco, con los cabellos en la frente, como las chicas. La frangetta se decía. Y al lado de Giuseppe Mazzini estaba otro cuadro, o sea otra foto grande de Giuseppe Garibaldi.
Ese sí que era simpático. Un poco estrambótico, vestido raro, con los cabellos larguísimos. Y decía Héroe de los Dos Mundos. No entendía eso de los dos mundos. Yo creí que había uno solo. Le preguntaré a papá. Él sabe esas cosas. Mamá no, mamá dice que le pregunte a papá. Pero me da más besos mamá que papá. Y más azúcar. El Mazzini y el Garibaldi habían nacido los dos en Génova, como yo. Pero yo me llamo Aldo y ellos se llamaban Giuseppe, los dos. El bidello, el portero estaba siempre en el portón de la escuela con un grembiule (delantal) gris. Era un poco viejo pero tenía un silbato, y nos apuraba a entrar y todos entrabamos. Ah, y era una escuela toda de varones, menos mal, así que el portero nos encuadraba, y de a dos en dos entrábamos cada grupito en su salón. Allá estaba la maestra. Un poco gorda. Tenía los cabellos recogidos atrás en redondo como mamá Tortella, la mamá de Bibí y Bibó. Era la esposa de Capitán Coccoricó. Estaba siempre vestida de negro, la maestra. O quizás ella también tenía un grembiule negro para no ensuciarse el vestido.
Era muy buena, muy dulce. Pero una vez estábamos en el salón y yo levanté la mano con los dos dedos abiertos en “V” para indicar que tenía que ir al baño. Y ella me dijo que no, que en un rato iríamos todos. Y en realidad inmediatamente tocó la campanita y todos de pie para ir al baño. Eran las diez de la mañana. Pero yo no podía esperar. Total me apreté las piernas pero se me salió el pipí. ¡Una vergüenza!
La maestra me vio y me dijo: “Macor corre al baño ya”… Y me fui corriendo dejando gotitas y los amiguitos que se reían. Me avergoncé tanto. Pero después mamá me dijo que no me preocupara, y se reía conmigo y que me cambiaria los calzoncillos y lavaría el pantaloncito y lo pondría encima de la estufa, esa que estaba con un tubo y que cuando había mucho frío se le metía madera adentro. Y el pantaloncito se secó bien para el día siguiente. Pero me avergoncé mucho. Le rogué tanto a mamá que no se lo dijera a papá. Pero nunca supe si se lo había dicho o no.
Ah, bueno, cuando entrabamos en el salón, a las 8 de la mañana, nos poníamos todo de pie al lado del banquito.
Decíamos el Ave María. Y sí, se rezaba por mamá y papá (nunca se decía mamá y papá, siempre se decía papá y mamá, el papá primero, claro) pero también se rezaba por el Rey y por el Duce y por Jesús, arriba de los dos, aunque Jesús no necesitaba que le rezáramos pero le rezábamos también para pedirle cosas. Una vez a la semana venía el cura para explicarnos por qué debíamos rezar, pero siempre decía las mismas cosas, y ya la sabíamos. Además, todos sabemos que hay que rezar, claro, para que Dios no se olvide de nosotros.
Cuando la maestra ponía el mapa grande de África al lado de la pizarra negra era porque los italianos habíamos conquistado alguna ciudad africana en Abisinia y la maestra ponía un banderín en el mapa para indicar dónde estaba esa ciudad “liberada”. Y en la ventana de la casa también se ponía la bandera italiana. Yo estaba orgullosísimo porque un tío mío, hermano de mamá, era bersagliere, tenía las plumas en el sombrero y estaba combatiendo en Abisinia para vencer a los negros malos y dar la libertad a los negros buenos. Y yo esperaba que mi tío regresara pronto para contarme sus aventuras de guerra. Pero cuando regresó estaba a punto de casarse con la tía alemana. Sí, la tia Edwigis, yo le decía tía Titti, era más fácil. Era alemana, muy bella, rubia, pero no le gustaba mucho ni a la abuela ni a las tías. Pero a mí me gustaba porque era muy bella.
Era la más bella de todas las tías y tenía una manera de hablar muy cómica. Pero yo me quedaba mirándola. Una vez que yo estaba medio enfermo, en la cama, ella había venido a visitarme y se sentó a mi lado. Y yo le acariciaba la mano. Era muy bella su mano y no como la de la tía Irma, pobrecita, que siempre daba la cera al piso. Pero después hubo problemas con esa tía demasiado bella y diferente. Después de un poco mi tío, el bersagliere fue otra vez a la guerra. Pero esta vez no era contra los negros malos para defender a los negros buenos. Era contra de los ingleses que eran todos malos. Y fueron tan malos que lo mataron. Así que mi tía se quedó sola pero como era alemana tenía amigos alemanes. Y eso no les gustaba ni a mis tías ni a mi abuela. A mi mama sí, decía que ella tenía razón. Y a mi papá también le gustaba la tía Edwigis y a veces mi papá cantaba con ella y al piano estaba la tía Yole. También la tía Yole tenía lindas manos, pero no como la tía Edwigis. Pero cuando los alemanes en Italia comenzaron a portarse como amos, las tías decían que la tía Edwigis traicionaba la memoria del tío. Nunca entendí bien eso de traicionar la memoria del tío. Pero si sé que en esos periodos siempre teníamos hambre y ella llevaba mucha comida a la casa de abuela que la recibía y la distribuía entre las tías. Así que yo comía el pan alemán. El pan de ellos no es blanco como el nuestro. Es muy oscuro y cuadrado, se llamaba pan negro de broten, pero nosotros no lo teníamos ni negro ni blanco. Pero a las otras tías nunca les gustaba la tía alemana. Claro, ella era bella y elegante. Y tenía amigos importantes, oficiales alemanes que eran sus compatriotas.
Pero después los alemanes perdieron la guerra, vinieron los comunistas yugoslavos, le cortaron todo el cabello rubio largo y después la mataron.
Y ya por hoy no quiero recordar más cosas.