11 may 2011

Mañana por la mañana lo mato yo…







EN VENEZUELA.-  En mi período de escultor
 Era por allí a mitad de los 80.
Yo me estaba dedicando con mucho entusiasmo a mis esculturas, empezaba a tener cierto éxito de crítica pero también de público y de público solvente, que era lo que me interesaba mucho en aquellos tiempos. Me llegaban ordenes y hasta me llamaban Maestro.
Bueno, en esa época Gabriella y yo conocimos a una pareja de casi italianos, de mediana edad con dos niñas de 8 o diez años cada una. Eran un poco saltapasti, se dice en una cariñosa jerga dialectal italiana, para indicar que estaban bien, sí, pero non troppo e non sempre. En fin, ella era una mujer relativamente inteligente, industriosa y él un tipo sin mucha personalidad: buena gente, como aprendería a definir a falta de mejor definición. Pero lo importante a los efectos míos, siempre egoísta e interesado, era que la señora, nuestra gran amiga Anamery, a la cual yo decía la Buenísima cuando estaba yo  de buen humor y ella se lo creía, sabia preparar unos espaguetis a la salsa de tomate que eran una verdadera joya para el paladar de un refinado como pretendía ser yo. Bueno.
Me invitan un día a su casa. En la mesa, en la espera de la famosa salsa de Tomate súper exquisita, conozco a las niñas a las cuales es imprescindible decir que son muy lindas, muy bellas, que seguramente tendrán una luminosa carrera que las espera, que menos mal que agarraron de su mamá y no del papá… y otras idioteces que las damitas siempre esperan que un hombre les diga. De repente le pregunté:
“¿Y de qué te ocupas tu ahora?”
“¿Yo? ¡Cría de perros! “
Y lo dijo como la cosa más natural del mundo como si lo estuviese haciendo desde antes de nacer.
Siempre me habían gustado los perros. Desde la adolescencia, como a todo muchacho. Y nunca pude tener uno, como casi todo muchacho. Así que después de la tremenda comilona de espaguetis con salsa especialísima de tomates, la rogué que me mostrara su zona de trabajo.
Y me llevó a la terraza, una terraza muy amplia, en realidad, donde al momento tenía una perra con sus seis cachorritos recién nacidos. Todos pastores alemanes. Con fabuloso pedigree, o pied de grulle, que le remontaban a Carlo Magno, el alemán rey de los Francos: así me aseguró Anamery, convencida.
Y a mí se me ocurrió:
“Anamery, hacemos una cosa: un cambalache, una permuta, un do ut des, un canje, un cambio, un trueque, un intercambio o, como dicen los napolitanos siempre folklóricos y de doble sentido: yo te doy una cosa a ti y tú me das una cosa a mí. Yo te hago el retrato en yeso con las cabecitas de tus dos hijitas y te lo entrego. Y tú me escoges el mas pedigreeudo de los perritos pastorcitos alemancitos que veo por aquí. Ese amor-odio mío para con los germánicos, hasta en lo del perro estaba bien asimilado.
Así que me lleve a mi casa el pastorcito alemancito llorón y simpaticón. Durante toda la noche el pobre perrito lloró buscando a su mamá.
Sobrevivió el trauma y creció. Su pedigree habría hecho feliz a una alma gentil amante de los perros como Adolfo Hitler. Le conseguí un profesor de perros para que le enseñara las artes marciales caninas. Órdenes en alemán, por supuesto. Nada de español o de inglés o de italiano. El idioma más adecuado para los perros es el alemán. Ladrando. Mandando. ¡Ordenando! Me compré un libro sobre perros, para aprender la manera de tratar adecuadamente al rey de los perros, el pastor alemán. 
 



Al cumplir el año, Anamery lo vio. “
Ten cuidado con él. No le enseñe el ataque. El ataque lo tiene por instinto” Y me di cuenta de eso un día que por descuido había dejado abierta la puerta del jardín. En la acera de enfrente pasaba tranquilo un repartidor de correo, un muchacho inofensivo de unos 30 años. Al verlo y al olerlo, mi perro, el pastor alemán, que yo había bautizado Kaiser, se abalanzó encima de él. Pero no fue suficientemente rápido. El cartero me dio una contundente demostración que el hombre es cercano pariente del mono: en un brinco se subió al árbol que por suerte estaba cerca, hasta que yo ordené a Kaiser que regresara a su guarida: “¡Káiser! Platzzzzzz”
Y pedí disculpas al repartidor de correos.
En otras oportunidades lo llevé a participar en Concursos. Con cierta preocupación. Pero vi que no se interesaba en lo más mínimo en los demás perros aun que le ladraran a él. Ganó varias medallas. Fue descalificado una sola vez. Se trataba de… no recuerdo que prueba, y al final los jueces tenían que hacerle un examen físico. El cual consistía en averiguar algo sobre los testículos del perro.
Le avisé al juez:
”Tenga cuidado al apretarle las bolas a ese perro.”
“No se preocupe, tengo experiencia. Su perro no se va a asustar.”
Y Kaiser no se asustó, pero quien se asustó fue el pobre y cretino del juez que a mala pena pudo zafarse de las mandíbulas del perro. Y se vengó, descalificándolo.
“¿Motivo?” Le pregunte al juez.
“¡El perro debe saber que no puede morder a un juez!”
Lógico.
Así que nunca más levé a Kaiser a ningún concurso. Pero sí, era muy cotizado y solicitado como padrote. Y Kaiser, como buen pastor alemán, obedecía siempre respetuoso las órdenes de su amo. Seguramente eran las que obedecía con el mayor gusto.
Pero, los años pasan. Se puso viejo. Ya no tenía la misma energía que antes. Y, cosa que no sabía, comenzaron a salirle gusanos. Una cosa verdaderamente asquerosa.
¿Mi perro?
¿Mi Kaiser?
¿Carcomido por gusanos? ¿Por gusanos? ¿Los parias de la naturaleza? ¿Los intocables? No podía aceptar eso.
Así que una tarde, al verlo así desmejorado y con una mirada que me pedía ayuda, le comenté a Juancito, el muchacho que me ayudaba con los trabajos pesados de esculturas:
“Juancito, mañana mandamos a Kaiser al Wahalla de los perros.”
Juancito no entendió pero intuyó.
A la mañana siguiente le di una pala par que excavara un hueco en la huerta del jardín.
Pero, doctor, ¿no lo llevamos al veterinario para que lo duerma con una inyección?”
No sé qué tipo de mirada tuve, pero Juancito no comentó nada y siguió excavando. Fui a mi habitación, en la casa, agarré mi pistola. Me acerqué a Juancito. No sé si lo comenté a él, o a mí mismo, pero lo que dije fue:
“No voy a permitir que un idiota cualquiera mate a mi Káiser. A Káiser lo mato yo.”
Y los dos, Juancito y yo, fuimos en la parte de atrás donde normalmente estaba Kaiser. Y si, Kaiser estaba. Pero estaba tendido con las fauces abiertas, la lengua afuera y miles de gusanitos que se salían de su cuerpo.
“Caro data verminibus.” ( CARO DATA VERMINIBUS= cadaver)
Lo agarré, en mis brazos… y fui a depositarlo allí donde Juancito había escavado, en la huerta.
Pero…la cosa no terminó así. Yo había agarrado a mi Káiser en los brazos, lo tenía apretado a mi pecho, para entregarlo a las Valkirias perrunas. Y mi pecho, hace treinta años, era pecho bien peludito y casi desnudo por el calorcito tropical.
“¡Los gusanos!”, me gritó Juancito. No le hice caso. Seguí con el ritual.
“Échale tierra” le ordené.
Desatendiéndome Juancito me miraba, indicándome con el dedo:
“¡Los gusanos! ¡Se llenó usted de gusanos!”
Efectivamente. Esos animalitos asquerosos habían dejado el cuerpo del perro sin vida, para pegarse a un cuerpo con vida y casi igual de peludo.
“Keroseneee…”, le grité a Juancito. Y me desnudé por completo. Me vacié el botellón de seis litros de kerosene en todo mi cuerpo, a comenzar de los cabellos, que entonces tenía.
Maté así  a los gusanitos asquerosos, en un baño de kerosene. Y casi maté de risa a mi esposa, que había acudido al oír la confusión y el griterío.
“¿Quieres un fósforo?”

Es que hace pocos días, justamente, habíamos comentado del suicidio, años antes,  del bonzo ese que se había inmolado  con fuego, en  una calle  en Saigón













19 abr 2011

E QUINDI USCIMMO A RIVEDER LE STELLE.

   Dante: El ultimo verso del ultimo cantico del Infierno.








Más de una vez estuve ya escribiendo  con insistencia sobre el mismo tema;  como comentario a los comentarios de gentiles comentaristas de mis comentarios : la salida de un Geriátrico, o sea “mi” salida del MAGNA Residencial para el Adulto Mayor, spa, Cinco Estrellas, en Carrasco, Uruguay.
¿Por qué tanta insistencia casi patológica en escribir? Porque escribir, para mí, son varias cosas juntas, corresponde a diferentes exigencias  entre las cuales existe  la que los psicólogos creo llamarían “descargar las emociones”.
Me impactó enormemente todo el entourage de esos dos últimos años   transcurrido allí,  en ese Residencial, siendo yo uno de los veinte y tantos Residentes: uno más del montón, como quiso aclarar irónicamente un empleado de allá a mis inevitables e instintivas pretensiones de trato especial.
 Claro que en mi vida  ha habido  eventos  impactantes, de los que marcan;  superados ya, por suerte.
¿No ha sido impactante el último examen cuando por fin “se salía”  licenciado del Liceo Clásico (Humanidades)  en Italia? En mi época, cuando Italia era un poco más seria que ahora y con el examen ultimo de licenciatura  dejábamos  la pesadilla de 8 años de estudio de latín y cinco de griego. Y, ¿no era algo impactante cuando la chica nos decía, aliviados ambos, que…había sido solamente un fuerte retardo?
Pero el último evento impactante hoy en día, a mis 83 años,  fue  la salida del Geriátrico.  Me sentí como A RIVEDER LE STELLE,  como he dicho ya, parafraseando al poeta sublime. Y llevado de la mano no de Virgilio sino de  mi hija Leila que se confió en que superara el test  por mi recuperada libertad.   Me dio la llave de su apartamento en Montevideo, me lo ofreció sin reservas exactamente al cumplir los dos años de con-vivencia con los viejitos.  Preparé mis maletas. Un grupito reducido entre enfermeras, auxiliares y un par de profesionales me sorprendieron  con una íntima y tierna despedida casi a escondidita y que aprecié muchísimo. La cocinera se había esmerado con una torta al chocolate que por suerte la nutricionista no logró  prohibir porque no la vio. Y el brindis a la coca cola fue más efervescente y sincero  que con un Don Perignón.
Había entrado en el Residencial dos años antes, para una solución provisional o definitiva, emotivamente golpeado por una situación familiar de la cual me he considerado  responsable. Pero con el tiempo logré superar una depresión que hubiera podido afectar  una personalidad más débil y pude vencer la casi normal apatía que afecta a casi todos los ancianos.
Los propietarios habían mostrado  casi al unísono una especial consideración y simpatía para ese italiano que veían  casi solo, viejo, sin conocer a nadie y aceptaron ciertas pretensiones mías  que a cierta edad y condiciones  solo colindan con lo patético. Y me encargaron actividades culturales  para teórica distracción de los demás residentes y que en realidad fueron de utilidad solamente para mí. En fin pasaron los dos años. Entre  charlas-conferencias semanales,  algo de piscina, algo de paseos en bicicletas, los 54 retratos al carboncillo que hice a residentes, familiares de residentes, enfermeros y demás empleados, algún que otro partido de ajedrez o de bridge, una especie de muestra fotográfica de eventos de los últimos cien años y otras iniciativas mías, pasaron los dos años. Y aprendí.
Claro que aprendí.  De cada evento en la vida se puede aprender algo. Y lo que aprendí es la confirmación de lo que desde tiempo ya me había supuesto: no hay que llegar al punto de ser un viejo semidemente resignado.  Hacer lo que sea, alfanje en la mano, si necesario, pero nunca llegar ni nunca dejarse llevar a esa situación ignominiosa.
Bueno, por ahora salí...Salí  a riveder le stelle… Como dijo otro italianito.
Estoy ahora en mi nueva residencia. Decoré el pequeño apartamento con el entusiasmo de mi garçonnière  hace 60 años y espero ansioso las visitas de amigos y amigas a los cuales deleitar  con los cuentos de mi fabulosa vida, con unos quesos que sean quesos y vino que sea vino.












28 feb 2011

Mussolini el Malo, Mussolini el Bueno





 
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Hay dos cosas contra las que uno no puede luchar: 
contra la Iglesia y contra las modas de las mujeres".  
En Bordighera, dirigiéndose a F. Franco (1941)

"No presumo de que Adolf Hitler  haya hecho una revolución según 
el modelo de la mía.  Los alemanes acabarán por estropear nuestra idea"

"No es que los italianos sean ingobernables, es que es inútil el tratar de hacerlo".

"¡Dispárame en el pecho!"
1945, antes de ser fusilado con Claretta Petacci


Desde la primaria, desde 1934, he crecido como casi todos los italianos de mi edad: con la idea inicial, dicha, redicha y repetida, del trato injusto hacia Italia de parte de los aliados al terminarse la primera guerra mundial (Francia e Inglaterra). Oí hablar constantemente de las abominaciones soviético-comunistas; de la tragedia de la España con su millón de muertos y del despanzurramiento de santos sacerdotes a mano de hordas de ateos anárquicos; un poco mas tarde viví en parte las tremendas experiencias y de varios tipos, de la segunda guerra mundial, del Pacto de Acero Roma-Berlín con el auge y caída del Tercer Reich, del auge   y ( aun que bastante mas tarde)   caída de la Unión Soviética; y he vivido la propaganda antisemita antes y la filosemita después; he asistido a la caída del Imperio Británico, a la emancipación de la colonias, al desmoronamiento de las religiones tradicionales. Esas experiencias las hemos vivido más o menos todos los europeos de mi generación y a todos nos ha enormemente afectado.

 De mi generación ya quedamos poquitos para recordar esos eventos. Y ese periodo ha sido  importantísimo de preparación  al actual. Recordar,¿ para qué?
Pero hace un par de años, aca en Montevideo, en ocasion de una fiesta familiar,   tuve  una invitacion donde habia muchos jóvenes.  Los jóvenes son como he sido yo. Vemos el momento, somos entusiastas y superficiales.  Somos extremistas y con deseos  muy  intensos de renovación que en la gran mayoría de los casos se extinguirán  miserablemente con el pasar de pocos años. Cantamos unas canciones de protesta de autores que se han hecho millonarios protestando,   agarramos unas tijeras y nos hacemos huecos en los blue jeans y nos creemos revolucionarios por eso.
En esa simpática reunión con jóvenes de Uruguay, decía,  de parte de alguien se había utilizado el término “fascista” como sinónimo de delincuente, corrupto, autoritario, violento,  según se acostumbre  utilizar el término hoy en día. Y allí yo, que hasta el momento me había limitado a cantar para esos jóvenes algunas canciones de la Resistencia Italiana (que también forman parte de mi experiencia), quise intervenir con algunas consideraciones.  Remarcar que “hoy en día“ el término fascista tiene indudablemente este significado peyorativo. Pero que no siempre había sido así. Porque hace años, en los de mi lejana juventud, esos mismos calificativos cariñosos se referían a los soviéticos-comunistas. Y para los fascistas, todo lo contrario: aceptados por un montón de gente respetable. eran los Enviados de Dios, según el papa Pío XI.

Sin entrar en el mérito de la cuestión de si dios, en su infinita sabiduría, tenía de verdad esos tipos de enviados, quise comentar  eso con la idea de hacer notar cómo con el tiempo  también  el significado de las palabras cambia.
 ¡Se armó la de Caín! Los jóvenes, en su mayoría de izquierda, no querían aceptar la idea que en otros tiempos los valores fueran diferentes. Fue inútil cada tentativa de disuasión. No logré hacer notar que normalmente el juicio de observadores superficiales considera solamente a los últimos años de un personaje de cierta importancia. O sea que, mutatis mutandis, como si para mostrar a los nietos quién era Sofía Loren, les presentaras solamente una foto de ella a sus 77 años, en su decadencia, con arrugas y lifting, y no cuando tenía el esplendor físico de sus años de auge. O como cuando de Nerón, por facilismo hollywoodiano, se recuerdan solamente las extravagancias de la quema de Roma y sus manías de músico y no los enormes trabajos hechos y códigos de leyes promulgadas; y nadie se pone a pensar cómo fue posible que el Imperio Romano durara tantos siglos si era gobernado por locos, chiflados y delincuentes. O como cuando de Napoleón la gente recuerda, máxime los ingleses, solamente los delirios del Imperio, la Corona, la sangre en tantas batallas, sin saber ni querer saber nada de sus grandes méritos administrativos y legales con su Código, que por cierto se llamará Código Napoleónico y que sirvió de paradigma para muchos países.  De Stalin recordamos los últimos años de terror, olvidando que, a pesar de los muchísimos excesos, fue el forjador de su patria. Rusia era un país muy marginal, lo  era desde siempre, a parte el Ermitage, pero con él llego a ser una potencia de primerísimo plano, al punto de ser considerado el único valido antagonista de los Estados Unidos de América. Lo mismo dígase para Mao Tse Tung. Así como no queremos recordar los  méritos económicos de Hitler en sus primeros años de Gobierno en una Alemania con una inflación galáctica. Y así, seguía sosteniendo yo, como ahora se recuerdan los 10 últimos trágicos años de gobierno de Mussolini, pero ni se habla de los  primeros 10, que lo llevaron a la fama y casi total aprobación internacional.

¡Me tacharon de fascista con el significado actual del término!
“El fascismo ha sido siempre una organización de delincuentes”
Esa fue su afirmación, su Verdad Bíblica. Es un herético: a la hoguera. 
Y con eso se terminó la reunión.

Bueno, me quedé mal. Claro, yo pensaba que las opiniones de una persona que no solamente había leído sobre esos años sino que los había vivido, fueran aceptadas con cierto respeto y consideración, o por lo menos escuchadas aunque fuera por pura curiosidad. Pero no. Prevaleció el fanatismo. No querían oír razones.
Así que ahora, a mis 80 años pasados, cuando ya no me importa un carajo de si me tildan de pro Napoleón, o pro Stalin, o pro Mao Tse Tung o pro Mussolini, quiero reportar, antes de que me vaya para el Hades profundo, las impresiones que tuve en aquellos primeros diez años y de los cuales parece que esté prohibido hablar.

Bueno, todos los muchachitos de Italia, en 1935 y 1936 (yo soy del 1928, así que eso sucedía a mis 7, 8 años de edad), todos los que íbamos a la escuela teníamos en el salón, en el fondo, en la pared de fondo, donde estaba la maestra, tres cuadros-fotos sagradas: una del Rey, una del Duce Mussolini y la otra el Crucifijo. Todos, al iniciar las clases, hacíamos un Rezo a María Virgen pidiéndole, además de que la Señora Maestra no nos interrogara, que ayudara a nuestro Duce Benito Mussolini. Era lo normal. Al lado del escritorio de la maestra, estaba un mapa de Etiopía, y allí se marcaban con una banderita italiana las ciudades conquistadas. Era el año 1935, el de la Guerra Colonial Contra Etiopía. Pero no se decía ciudades “conquistadas”, sino “liberadas”. Liberadas de la esclavitud y del paganismo tribal. O sea, nos enseñaban que los italianos llegábamos allí a darles libertad y civilización a los pobres negritos de África. Y los etíopes nos estaban agradecidos. Ese era el ambiente y recuerdo muy bien el patriotismo que nos empujaba a todos los ciudadanos a exponer banderas de Italia en las ventanas, a la noticia de cada victoria en África Oriental. En esos años el entusiasmo para Mussolini estaba alcanzando su apogeo. Quizás el evento mas indicativo de ese clima de adhesión a Mussolini y al fascismo, y lo recuerdo personalmente muy bien todavía por haberlo vivido, fue el grandísimo entusiasmo que nos empujó a casi todos los italianos a dar ORO A LA PATRIA. En el 1935, si no recuerdo mal (pero un año más o menos es lo mismo, para mí que no soy historiador serio), el día 18 de noviembre, la Sociedad de las Naciones (la antigua ONU) condenó con sanciones económicas la acción de Guerra de Italia contra Abisinia, o sea contra Etiopía y el Emperador de Abisinia, el Negus Neghesti, Aile Selassie. Inmediatamente, al enterarnos de que el 18 de noviembre la belleza de 52 naciones nos habían aplicado sanciones económicas, un sagrado furor de Patria nos entusiasmó alrededor de Mussolini y seguimos felices sus órdenes de ofrecer Oro a la Patria, para compensar las restricciones de las sanciones, que naturalmente eran injustas e impuestas por las naciones ricas. Recuerdo muy bien el dije, con el número 18 bien a la vista, que casi todas las mujeres italianas, incluyendo mi mamá y mis tías, ostentaban en sus vestidos, para recordar el día de la infamia y que encendió nuestro entusiasmo patriótico. Todo, obviamente, bien orquestado con la publicidad y propaganda que siempre ha existido y existirá para lavar cerebros. Se estableció el día de la “Alianza”, o sea el día en que los italianos de verdad donaron su alianza de matrimonio a la Patria. La ceremonia  oficial más importante se dio en el Altar de la Patria, o sea muy cerca del antiguo y verdadero Capitolio Romano, en un entusiasmo que contaba sin duda con el apoyo de las estatuas de los Antiguos Emperadores en el Foro Romano,quizs recordando el ORO A LA PATRIA en los tiempos de Brenno, el Gallo. Todo eso en la Plaza Venecia, donde Mussolini tenía sus Oficinas de Gobierno y el famoso Balcón de los Discursos. Muchísimas personalidades hicieron esa misma oferta del Oro para la Patria. La más espectacular fue quizás la de la Reina Helena de Saboya, quien se quitó el anillo de boda y lo colocó en los cascos de guerra donde se recogían todos los demás anillos. Y también el Rey, con menos simbolismos y más sustancia, donó lingotes de oro, así como el Príncipe Heredero Humberto, demostrando la gran adhesión de la Casa Real a la Causa del Fascismo. Y otros personajes importantísimos de la época, como Guillermo Marconi, el gran físico; y Luigi Pirandello, el gran taumaturgo; y Gabriele D`Annunzio, el gran Poeta-Héroe, fueron envueltos en el entusiasmo de la adhesión. Se recogieron casi 40 toneladas de oro y casi el doble de plata que ingresaron en el Banco de Italia. Fue un entusiasmo general. Y hasta donaron algunos personajes extranjeros. Sí, el consentimiento para con Mussolini, en aquella época, era de muy amplia mayoría. Sea en Italia como en el extranjero.
¿Que había conseguido, en realidad? ¿A qué se debía esta aceptación que llegó hasta a declararlo el más grande estadista del siglo?
Al inicio, en los años ´20, desde su aparecer en la escena política italiana, había logrado que se superara, sea en Italia como en el resto del Mundo, el miedo a la infiltración ateo-soviético-comunista, y fue considerado mundialmente como paladín contra las nefastas teorías de Lenin.
Con el Vaticano, logró terminar oficialmente las hostilidades que habían comenzado con los celebérrimos Bersaglieri, desde 1861 cuando   el tricolor  de Italia flameó en Roma consiguiendo por fin la tan ansiada unificación de Italia después de 1.500 años de divisiones y dominios extranjeros. Con Mussolini se llegó al Concordato, Acuerdo Italia-Vaticano, para tranquilidad de la gran mayoría de los Católicos Apostólicos Romanos de Italia.
Mussolini tuvo también varias iniciativas de carácter social. Recordemos aquí que provenía de una familia de socialistas. Su nombre Benito fue un homenaje a Benito Juárez, el héroe presidente de México, él  que  tuvo que fusilar como cabro expiatorioa aquel gentilhombre  que fue Maximiliano de Habsburgo. Y sus iniciativas de carácter social eran en su época una absoluta novedad. Institucionalizó la Maternidad e Infancia: en ningún otro país de la época había forma de asistencia a la mamá y al hijo. La chica que se quedaba en estado, prácticamente era echada de la sociedad y tenía que arreglárselas ella sola y muy a menudo terminaba en un prostíbulo. Él quiso que se le diera asistencia, fuera o no fuera casada, fuera o no fuera católica.
Y siempre a favor de los jóvenes, fundó Colonias Marinas. El quería que todos los niños de Italia, máxime los más pobres, pudiesen tener por lo menos un mes de vacaciones al mar en verano. Y lo consiguió. Claro, en las Colonias, que yo conocí porque en una de ella estaba mi primita Carla, mi primer amor de los cinco años, había la inevitable propagada: por la mañana había la ceremonia de Izar Bandera y se recordaban los destinos nuevos de la Patria Fascista. ¿Qué pretenden mis amigos jóvenes de Montevideo? ¿Que se cantaran himnos de agradecimiento a Lenin?
A las grandes empresas les pidió que dedicaran un amplio espacio como Club para los Obreros, donde pudieran concurrir después de las horas de trabajo o en los días de fiesta. Creó el Dopo Lavoro ( El Después del Trabajo). Hasta la Unión Soviética, el gran paradigma a seguir, copió la iniciativa italiana.
Creó Cinecittà, la ciudad del Cinema, en los alrededores de Roma.
Hizo la campaña para recuperar grandes terrenos palúdicos y de malaria que desde siempre infestaban la zona al sur de Roma, y los transformó en aéreas agrícolas; y su sistema fue  copiado en varios países del mundo, máxime suramericanos, entre los cuales Venezuela que mandó sus “técnicos” para estudiarlo y aplicarlo  a  América.
Eliminó los sindicatos, sea los patronales como los de obreros.  Su teoría era que el nuevo estado no debía ser económicamente ni socialista ni capitalista, sino tener lo bueno de ambos sistemas, y creó el sistema Corporativo, que me parece fue imitado hasta por la Argentina de Perón y emocionó a Roosevelt. Y, casi casi, diría que  el Socialismo de Mercado de la nueva China tiene algo o mucho de ese “Corporativismo”. El Partido Fascista tenía un rol de juez y control, para dirimir las eventuales y casi inevitables asperezas entre las empresas y sus obreros. Mi papá, además de alto Directivo de Banco, fue también alto funcionario de ese sistema de las Corporaciones.
Se fundaron Partidos Fascistas en casi todo el mundo: en Canadá, en USA, en Inglaterra, en Francia, en España, en Hungría, en Austria, en Alemania y no sé si también otros estados menos importantes. No sé lo que pasó en Uruguay, pero sé a ciencia cierta que Uruguay recibió con entusiasmo las muestras acrobáticas de la Escuela de Aviación Fascista, en su época, en esa época inicial; tengo yo un video de eso. Y pude constatar que ninguno de los amigos uruguayos presentes en la reunión, nunca había oído hablar del argumento. Se habían puesto de moda las Camisas Negras de los Fascistas de Mussolini, las Pardas de los alemanes, las Azules de los falangistas en España, las Grises de Sudáfrica, las Plateadas de USA y así cada nación que tenía su variante de partido fascista, usaba camisas de colores según la nacionalidad. Recuerdo que en aquella oportunidad en México, considerada entonces tierra de las eternas revoluciones, los fascistas locales tenían camisas doradas, muy llamativas. Hubo una cantidad de personajes políticos que aceptaron a Mussolini. A partir del Papa que lo llamó el hombre de la Providencia Divina, hasta Roosevelt que trató de imitarlo en algo de política social, como ya dicho. Con Churchill tuvo una amistad que duró años, basada en profunda estima recíproca: se parecían mucho en varios aspectos de sus actuaciones políticas y Churchill llegó a declarar públicamente que si él fuera italiano, sería fascista. Y el mismo Gandhi, el pacifico y exótico Mahatma Gandhi, lo estimaba mucho y aceptó la invitación de comer muy privadamente en la casa de Benito Mussolini, en Roma, a la mesa con sus hijos, donde Donna Raquele servía los platos. Y en esta ocasión recordaré que Mussolini regañó a sus hijos, entonces muchachos, porque le tomaban el pelo a ese personaje que ellos veían solamente como un extravagante: “Este señor, semidesnudo y con sandalias, está haciendo temblar al Imperio Británico, ¡así que respétenlo mucho!”.
Pero hay otro aspecto de Mussolini, del cual quiero hablar, y que abarca sea el primer periodo como el segundo: o sea el periodo del Mussolini “bueno” como el del Mussolini “malo”. Y no tiene nada a que ver con el hombre de estado: fue su actitud con las mujeres.
Mussolini era hombre de otros tiempos y en aquellas épocas la mujer era considerada poco más que objeto de lujo; o amante, fija, semifija u ocasional, o la santa madre que sigue los tres deberes: Iglesia, Hijos y Casa. Cuando queremos justificar actitudes “caídas en desuso”, decimos que el personaje en cuestión era hombre de su tiempo. Indudablemente Mussolini lo era y podríamos decir lo mismo de él. Pero….

Pero… Mussolini exageró, tenía carácter impetuoso y hasta violento a veces. E indudablemente no tenía muchos escrúpulos con el fin de conseguir sus metas en todos los campos y en eso fue muy similar a todos los políticos de todos los tiempos. Stalin, Hitler, Mao, el Papa: prepotencia, vanidad, egocentrismo.  El histrionismo  perfecto.  Pero a mí personalmente nunca me gustaron sus acrobacias más sexuales que amorosas. Se sabía que Mussolini era machista. Sumamente machista. Todo el fascismo era machista. El Nazismo también. Y las Valkirias, aunque se llamaban guerreras, en realidad no peleaban: eran mujeres y se limitaban a retirar los cuerpos y las almas de los héroes caídos en batalla y los llevaban al Walhalla. El héroe ha sido casi siempre  el varón, el macho.
Se le han atribuido a Mussolini la belleza de 500 amantes. Más que Giacomo Casanova. Puede ser cierto o puede que no. La verdad es que era de notables apetitos sexuales. Pero las mujeres que él consideró algo más que objeto, no fueron muchas: quizás la primera fue  la Babanoff ( Balavanova),de origen hebreo y ucraniana. Después vino otra, Ida Dalser, me parece recordar que  casi austriaca, y que fue madre de su hijo, Benito Albino, y que a pesar del marido tanto ayudó inclusive  económicamente al joven Mussolini. Pero Mussolini se portó en manera vergonzosa con esta pobre mujer y con el hijo. Para no complicarse, llegó al cinismo de mandarlos a recluir en un manicomio. Y se casó con Raquel, que fue su esposa y víctima durante toda su vida. Y después vino el amor, en la medida que Mussolini sabia amar y con la hebrea italiana Margarita Scarfatti, mujer inteligentísima, bellísima, riquísima, elegante, culta, conocidísima en el ambiente internacional, amiga de los Roosevelt. Fueron amantes varios años;  Mussolini la estimaba mucho y tuvo la cara de bronce de deshacerse de ella cuando promulgó las leyes raciales en 1938, regalándole a ella, hebrea, el pasaporte para refugiarse fuera de la zona de persecución. Esa mujer, que probablemente nunca dejó de amar a su Benito, pasó los últimos años de su vida olvidada entre Uruguay y Argentina. Y de último apareció la joven aristocrática romana Claretta Petacci, enamoradísima de su Ben, que podía ser casi su abuelo. Lo amó tanto, que ofreció su cuerpo como inútil defensa contra la metralla del comunista  (¿o del inglés?) que la aniquiló a ella y su Benito. Fue un gesto de amor sublime que seguramente Mussolini no merecía.
Después de la gran aprobación que tuvo entre 1935 y 1936, la parábola de Mussolini comenzó a bajar vertiginosamente. Y eso es lo que más o menos sabe todo el mundo y no quiero entretenerme mucho con eso. Ese fue el periodo del Mussolini “malo”, como me dijo una vez, hace años, el historiador venezolano Guillermo Morón.
Fue un desastre. Un completo desastre. No supo liberarse de los aduladores, se formó la Estatua Benito Mussolini, se creó el Mito. El culto a la personalidad. El mismo que denuncio Krushchev referido a otro corderito de dios. Y Mussolini creyó  en su mito. La muerte de su hermano Arnaldo le quitó a Benito  la presencia y el consejo de una persona muy inteligente, sabia, culta, que sabía frenar las imprudencias del hermano y el único a quien Benito escuchaba.
Y además apareció Hitler. Y con la ayuda que dio la Alemania nazi a la Italia de la guerra de Etiopía, comenzó la trágica dependencia de Mussolini para con Hitler. Al principio, cuando el Duce era todavía el hombre del Destino, Mussolini no lo soportaba;  y quizás no lo soportó nunca. Se había negado a dedicarle una foto con su autógrafo al Hitler que todavía era poco conocido y al que calificaba de “monaco chiacchierone”, monje hablador de tonterías. Pero Mussolini logró frenar a Hitler. Pocos recuerdan eso. Pero eso fue ocasionalmente y al principio, con Austria en juego. Mandó dos divisiones Italianas al confín, para disuadir Hitler de ocupar con la fuerza a Austria. Y Hitler se retiró. Pero la maquinaria alemana estaba ya preparada para la guerra.
Estaban retumbando los tambores. La antigua sangre de las fuertes y belicosas tribus germánicas quiso vengarse de la humillación de Versalles. Y animadas y catequizadas por la magnífica propaganda de Goebbels, con la Teoría de la Raza Ariana, el odio al extranjero y al judío, deificado el Führer, los alemanes en su grande mayoría apoyaron a Hitler. En dos semanas las Panzer Divisionen acabaron con la “invencible” Línea Maginot, con Francia, con Bélgica, Holanda, Luxemburgo y arrinconaron a los ingleses en Dunquerque.
Mussolini no quería entrar en guerra, porque a pesar de las adulaciones, él sabía que su Ejército, el Ejército italiano, no estaba preparado. Ni la Marina, siempre algo antifascista, ni la Aviación.
Pero el avance alemán fue tan contundente al punto que nadie, en aquel momento, creía en una derrota de Alemania. Solamente aquel león de Winston Churchill supo animar a los ingleses. Y supo cortejar a los americanos.  Y tejer  su astuta policía. En el momento mas desesperante  para Inglaterra, declaró que llamaría a todo el mundo, a todos los continentes a participar y que aplastaría la esvástica alemana. Y así fue.
Imagínate, joven amigo de Uruguay de la reunión de aquella noche: ¿Qué hubieras hecho tú como estadista al ver que la mancha de aceite de Alemania se extendía tan velozmente por Europa?
Alemania se daba por vencedora 9,5 a 1.
Si Italia se mantiene neutral, ¿quién puede impedir a las divisiones alemanas que hagan un lindo paseo por el Bel Paese? ¿La sola y pura admiración de Hitler para con Mussolini cuánto tiempo puede durar? ¿Y el interés de Patria? Los alemanes también tienen intereses de patria. Y seguro más que cualquiera. Y el Mediterráneo es un lindo sitio para veranear. Así que Mussolini decidió entrar en la guerra, aun con su armada Brancaleone. Era mejor que quedarse neutral.
Se declaró la guerra; lo recuerdo perfectamente,  yo era muchacho, pero no se ha ido de mi cabeza la voz metálica y decidida de Mussolini, en esa fatal tarde de verano en Roma, diciendo que se había entregado a los Embajadores de Francia e Inglaterra la Declaración de Guerra.
Recuerdo muy bien la cara muy preocupada de mi papá. Y el entusiasmo que teníamos los muchachos, idiotas como siempre.
Y el ejército de Brancaleone demostró ser ejército de Brancaleone: desorganización en todos los frentes. Actos de sublimes heroísmos individuales, pero absoluta incapacidad organizativa. Y cuando el Dios de la Guerra volvió la espalda a Alemania, se desmoronó el sueño de Mussolini.  Y todos los italianos se volcaron en contra de él. Y siguió la decadencia de Mussolini, su vil arresto, su liberación rocambolesca por parte de las SS, la formación patético-patriótica de la Nueva República Sociale Italiana, fascista  y dependiente de la Alemania Nazi. Todas tragedias que Mussolini ya no podía evitar. Así como no podía no fusilar al Conde Ciano, marido de su amadísima hija Edda y padre de sus nietos. Fue irrevocable decisión de Hitler.
Fue un trágico error haber entrado en guerra y hubiera sido quizás más trágico aun si no hubiera entrado y hubiera sometido a Italia a los caprichos del Teutón vencedor.
Quizás todo eso fue resumido amargamente por Mussolini en pocas palabras:
“Yo soy un estadista de primera en un pueblo de segunda. Y Hitler es un estadista de segunda en un pueblo de primera.”
* * *
No debería hacer comparaciones que seguramente me serían muy criticadas y absolutamente incomprendidas. Pero faltaría a mi realidad: a la realidad de mis memorias, si no refiriera lo que me vino a la mente al ver la imagen nauseabunda del cuerpo ultrajado y sanguinolento de Mussolini, desfigurado hasta en la cara, colgado como un ternero. Me sobrevino la imagen de César,  el grande  Cayo Julio Cesar, cuando casi dos mil años antes fue asesinado con 45 puñaladas y quedó moribundo en un baño de sangre a los pies de la estatua de Pompeyo, en el Senado Romano.  El también era un dictador. Y la tremenda decepción en aquella última trágica frase: TU QVOQVE, BRVTE, FILI MI?


































































































24 feb 2011

CORTESIAS DE UN VIEJO GENTIL HOMBRE





 
Fue el año pasado.
 En un viaje de Madrid a Montevideo, clase turística. Hace ya tiempo dejé de viajar en primera clase, o ejecutiva como me parece se llama ahora. La primera clase, la segunda  o  la tercera son expresiones demasiado elitistas  que han sido borradas  del vocabulario  de estos tiempos democratoides y socialistoides que pretenden horrorizarse  por expresiones casi racistas. 
En mi época de primera clase las hostess eran bellísimas y gentilísimas pero yo no me fijaba mucho en ellas por formar parte del normal contorno. Ayudaban al señor pasajero con sus pertenencias, colocaban ellas mismas las valijas en el maletero de arriba, regalándonos  inocentemente  una  generosa visión de sus  bien torneadas piernas hasta, en algunos casos, esos coquetos sujetadores a la Moulin Rouge.  Ofrecían  multicolores tapaojos de seda para permitirnos  un sueño más placentero;  y todavía me queda uno del primer viaje que hice a las Américas con Alitalia en el 54.  Después de la muy refinada cena acompañada de vinos de primera y cognac final, bajaban unas especies de cuccetas, bastante cómodas para dormir tranquilamente extendido. El viaje era de  la durada de 24 horas  y  no puedo no pensar a mi viaje en Concorde de Caracas a París en cuatro horas solamente  25 años mas tarde. Pero entonces el viaje era de 24 horas, como dije, aun que las horas de vuelo eran algo menos. El avión era un Super Constellation, de hélice, cuatro motores. Saliendo de Roma, Ciampino, la primera parada era en Lisboa, el extremo occidental de Europa.  La segunda en la Isla del Sal, en las  Cabo Verde, todavía  cercanas a África, y a llenar los tanques para la gran travesía del Mar Tenebroso, como se llamaba  el Atlántico en los tiempos de Colon; allí  subieron en el avión unos negros mastodónticos  para desinfectar: no se sabía bien si a nosotros de ellos, o a ellos de nosotros.  Después se inició  la gran travesía y  con las primeras luces del alba, nos apareció de lejos Trinidad, que me  recordaba historias  de Piratas del Caribe y de la “Filibusta”;  y con Tobago, que sobrevolamos, la aventura de Robinson   Crusoe  con su “ negrito” Viernes”, como lo llamaba Emilio Sálgari.  Y por fin Maiquetía, el aeropuerto de Caracas, el primer encuentro  con los Trópicos  que me seducirán de por vida.
Eran otros tiempos.
Y yo también era otra persona, con 50 años menos.
Y eso más o menos iba yo pensando y recordando en el barullo  del  viaje en económica, entre codazos, empujones, y carreras  para tratar de ocupar los puestos de  arriba para las maletas que ahora me costaba un poco mas subir porque los bíceps y tríceps braquiales ya no eran los mismos de hace 50  años.
Pero quizás era la misma  la obsoleta costumbre de ser gentil con las damas.  Y me fijé en una señora a mi lado, de discreta figura, que entre codazos y empujones trataba de colocar su valija en el compartimiento de arriba. La señora no era ya una chica de 25 años, sino una delicada y más o menos elegante señora con por lo menos treinta años menos que yo; una joven mujer, podría yo decir a mis ochenta y pasa años. Al verla preocupada por no poder subir su maleta y soportando a su lado los empujones de algún fiambrero que con su irracional apuro  la ponía más nerviosa, yo , el viejo gentil hombre , con o sin el yelmo de Mambrino, quizás por un no todavía apagado sentido de  galantería; o quizás por antipatía clasista o envidia de los musculosos brazos del fiambrero, yo, decía, mirando a la señora  y sin decirle palabra, agarré su maleta. En realidad pesaba bastante más de lo que me suponía , pero a la guerre  comme a la guerre, y una vez recogido el guante tenía que aceptar  la tenzón. Así que mano derecha en la manopla, mano izquierda en el fondo de la maleta, las piernas ya no tan ágiles ni tan musculosas para treparme   en el asiento, hago esfuerzos que trato de simular.  La señora está detrás de mí, no la veo pero siento su mirada seguramente entre agradecida y preocupada.  Sigo con el esfuerzo y al momento de soltar la maleta en su maldito espacio …en este preciso momento siento que por el alivio de mis glúteos,  de mis pobres abdominales, de las  piernas en semi temblor, sin yo quererlo, no logro soltar solamente la maleta, sino un exhausto desafinado  vulgar  ruidoso y prolongado  pedo de alivio. Un pedo  que después de haber explotado con virulencia irreverente  en la cara de  la gentil señora,  llenará el avión desde la Cabina de mando hasta los extremos de la cola.
Estos son los justificados momentos en que el Homo Sapiens quisiera ser avestruz.
Me quedé paralizado. ¿Cuanto tiempo? ¿Fracciones de segundos? ¿Una eternidad?
Y oí la voz de un ángel:
“No se preocupe, señor. Son cosas que pasan. Pero lo que no pasa es que Ud. es un caballero. Le estoy muy muy agradecida…”
Y cuando bajé del Everest donde me había encaramado para mi acción heroica, ella se me acercó; pero ya no era una señora cualquiera. Ella era una dama. Quizás se llamaba Dulcinea.
 Me miró,  se me acercó más y me dio un beso en la mejilla.
“No piense mas en eso. ¿Que lo lleva a Ud. a Montevideo…? “
Quiso distraerme con su conversación.





























 

23 feb 2011

Cuando era un muchachito puro, regalaba Rosas Blancas a la Virgen Maria. Con el pasar del tiempo, las rosas se transformaron en pasionales Rosas Rojas, para otras Marias que quizas ya no eran tan virgenes. Y ahora, llegado a mi veneranda edad, ya no son ni Blancas ni Rojas, sino Azules. Pero siemre bellisimas. STAT ROSA PRISTINA NOMINE. NOMINA NUDA TENEMOS

Contestando a algunos comentarios cariñosos y preocupados de personas muy gentiles conmigo:



 




 
Quizás mi situación  en el Residencial  sea  un poco particular.

 Había llegado yo a los 81 años. Italianos mi esposa y yo, desde tres años ambos en Montevideo después de 50 en Venezuela, con un hijo en Inglaterra, el otro entre Italia, Venezuela y Chile; y la hija en Montevideo viviendo por su cuenta. Y una buena mañana me agarró casi de sorpresa, aun que previsible, la decisión de mi esposa de separarse de mí.
Tenía razón.

 Absolutamente y completamente razón.
No voy a hablar de eso porque son cosas mías y de ella y no considero muy elegante hablar de desavenencias y decisiones personales en un escrito público. Con ella muy civilmente se convino que yo no sabría vivir completamente solo por no estar acostumbrado a eso. Que había tenido siempre personas que se habían hecho cargo de algunas de mis necesidades; las  menudas, que yo, con facilismo machista heredado, definía tonterías de la casa:
los hombres no se ocupan de eso. Pero la frase-sentencia “Los hombres solos en casa y a cierta edad son un desastre”, podría resumir la opinión de mi esposa, coincidiendo con la mía y la de mi hija. Entre algunas pocas opciones se escogió probar un Residence para la tercera edad, frecuentado por personas todavía mentalmente válidas. Habíamos visto años anteriores algo de eso en Italia y en Usa; y la película CACOON, de hace un tiempo, daría exactamente la idea del tipo de residencial que estábamos imaginando y buscando. Pero Uruguay no es Europa ni mucho menos Estados Unidos; sin embargo mi hija consiguió en Montevideo algo que nos pareció bastante adecuado. Construcción nueva, operante desde pocos meses, aire abierto, jardines, luz y alegre disposiciones de los ambientes sociales. Muy pocos residentes todavía, iniciativas encomiables y los entusiasmos iníciales casi idílicos de los jóvenes propietarios que aspiraban a algo especial. De casualidad en mi primera visita vi a un solo residente, un señor distinguido, bien vestido, quizás un poco solitario y las poquísimas palabras de saludos fueron entre personas “normales”.
No vi nada del aspecto deprimente del demente o semidemente con las consecuencias del deterioro. De todas maneras era tan fuerte en mí el shock emocional por la decisión de la separación, que acepté prácticamente de inmediato lo que me pareció una casi óptima solución, dadas las circunstancias.

Pero con el tiempo todo cambia. Y al año yo había logrado superar casi totalmente la semidepresión que al principio trató de alargar sus tentáculos hacia mí;
 y lo logré sin necesidad de ningún psicólogo. Hay personas que, cayendo, no se levantan más, a pesar de grúas y eventual ayuda pseudo-psicologica. Y otras que saben recuperar fuerzas, y solas, sin recurrir a nadie, sino al propio raciocinio y voluntad.  Me dediqué mucho más al diseño: siempre me ha gustado diseñar desde los tiempos de la escuela y también ahora,  retratar la sonrisa de una bella mujer es siempre una magnifica medicina y el personal de la Residencia y familiares de residentes me han obsequiado decenas de modelos. Aun que  haya sido pagado nada más que con un beso en la mejilla, esos besos han tranquilizado mi alma. Además de dedicarme al retrato, terminé de escribir mi librito “Personajes”, donde en forma jocosa, irónica e irreverente me divertí a hablar de los fanatismos de los “grandes héroes” de la historia, tomando el pelo indistintamente a hebreos, cristianos y musulmanes. De muchísima ayuda para mi han sido también las refrescantes conversaciones con una doctora y una psicóloga del Residence. Y gracias al propietario del Residence pero máxime a mi hijita Leila descubrí el mundo del BLOG, donde me  estoy divirtiendo al volcar los recuerdos de más de ochenta años de experiencias de vida “ folklórica y variopinta” , hablando de todo, prácticamente sin reservas pudorosas y de ambientes muy diferentes según las épocas y lo que me viene en mente.
Forzosamente y casi inevitablemente esa recuperada energía anímica me llevó a morder siempre más los frenos y soportar siempre menos la necesaria disciplina de una institución colectiva.

Esto por un lado.

Y por otro lado, constaté y percibí que por obvias necesidades económicas el Residencial tenía y tuvo que ser menos selectivo en las exigencias a los nuevos aspirantes residentes. La consecuencia fue que en el lapso de poco más de un año el residencial logró funcionar casi al 100%, pero la calidad “psicosomática” de los Residentes empeoró. Aparecieron muchas sillas de ruedas y, máximamente, muchos ancianos que si no son dementes poco les falta, dicho con franqueza y sin
  rodeos.
Claro que se visitan
 familiares  que vivan en esas condiciones, con amor, como deber y con cierta  resignación: todo mesclado.
 Los empleados trabajan sus horas. ¡Pero nunca es por todo el día! Las visitas se terminan y con comprensible alivio, casi diría,  de ambas partes.  Pero yo tenía que quedarme, claro, como todos los demás residentes.
¿Qué hacer con el montón de tiempo disponible?  
 A parte el dibujar que es innato en mi y el escribir sobre personajes que es una forma de conversación  muy parecida al monologo,   tuve varias iniciativas, animados y ayudado por el joven  simpático e inteligente propietario.
 Ninguna funcionó  muy muy bien, bien.  A partir de una mesa de poing pong que llevé  al residencial y  casi nunca se usó porque los residentes son demasiados viejito para un juego tan dinámico;  los empleados tienen sus obligaciones de trabajo  y cuando toca el pito de  salida  se transforman en cohetes  y ni  mínimamente  pensar en jugar con el residente aun que haya sido campeón.  Hubo una  simpática  iniciativa de una representación teatral sencillísima, que contó con el entusiasmo inicial de casi todos y  no concluyó en nada. Y  otra  iniciativa, una serie de conferencias-charlas semanales semi jocosas sobre eventos y  personajes como   Garibaldi, las Hadas, los Cruzados, los Gitanos, Casanova,  las amantes de Mussolini etc.  Pero el interés fue decreciendo y eran más los residentes que dormían en sus butacas de los que me escuchaban. Para mí, personalmente, fue divertida experiencia y se había trasformado en una especie de dueto de conocimiento con la joven psicóloga que “dirigía” las charlas.   La única iniciativa que de verdad yo vi  funcionar    fue  una donde yo no participé en absoluto, y era  la que  eufemísticamente se llamaba plástica, arte plástica  y eran juguitos de cortar papeles o colorear algo; lo que me recordaba, en las expresiones atentas  de los residentes y en  la sonrisas tiernas de la Profesora ,  a los entusiasmos de mis hijitos en sus  kindergarten.

Pero no hay nada que entristezca o  irrite tanto como desayunar, almorzar. merendar, cenar en la misma mesa con personas mentalmente deterioradas que se han vuelto niños en muchos casos. Y uno se siente con culpa y se avergüenza del rechazo que instintivamente tiene.

Así que decidí irme del Residencial. Y probar a vivir solo, o sea sin pareja (muy patética seria una pareja a los 80 años pasados) pero recurriendo a la ayuda de algunas personas para determinados tipo de servicio. Limpieza, lavar, planchar, preparar comidas, ocuparse del pago de eventuales facturas de servicios como luz teléfono impuestos etc.;  compra y suministro de los millones de medicamentos que indicará un médico o darse cuenta si un día yo pudiese despertarme muerto.  En eso la organización de mi hija y la “
longa manus” de mi esposa han sido y serán de enorme ayuda y todo es el producto del cariño de ambas:  sea de mi hija como de mi esposa que, a pesar de todo, sigue ayudándome y, espero, queriéndome un poco. Probar a vivir solo, he dicho, pero no encerrado como un anacoreta en su celda, sino en un apartamento  de donde salga cuando quiera para frecuentar  un interesante club social  con piscinas de verdad, con salas de ejercicio físicos de verdad , donde pueda renovar mis  antiguos intereses por el ajedrez y el bridge  y conversar de algo que  no sea solamente el futbol.
Esta  estadía  mía de más de un año en un residencial, viviéndolo dia a dia desde adentro, me ha sido muy útil,  y me ha dado otra experiencia formidable de vida. Y me ha confirmado lo que más o menos teóricamente yo supuse hace años:
Debemos salvar nuestra dignidad, superando barreras de tradiciones, costumbres y religiones. Debemos salvar nuestra dignidad y saber poner heroicamente fin a esta bella aventura que es nuestra “
brevis lux”, como le decía  Catullo cuando comencemos a sentir la progresiva degeneración del espíritu, de la mente y del cuerpo, sin esperar que se debilite nuestra voluntad y nos transforme en zombi.

Así haremos un gran favor a nuestros familiares. Y eso sí, será demostración de gran amor para con ello y sabiduría para nosotros.
Y la Parca Átropos nos comprenderá.
18 de febrero de 2011 19:16















27 ene 2011

Apoteosis del Cianuro






 H C N  En muchísimos lugares del mundo veo y leo avisos y recomendaciones de cómo prepararse para le tercera o cuarta edad. Todo es paradisiaco. Figuras de hombres y mujeres de abundantes cabellos blancos, un toque de bronceado a la Cote Azul que hace resaltar la belleza cautivante de una sonrisa satisfecha. Ojos que todavía tienen destellos de amor al mirar la misma pareja desde hace mas de 45 años; personas felices por compartir esa fase que promete ser la mejor de la vida. Un poco atrás aparece la figura discreta de una linda joven con su atuendo de enfermera, sonriente también y que lleva de las manos esas estupendas criaturas que son los nietos de uno, felices de renunciar a los pasatiempos habituales con sus amiguitos para dedicarse a los súper amados abuelitos. Y más lejos se ve al hijo, feliz también de haber renunciado a su partido de futbol para dedicarle un tiempo a los padres en su Residencia; naturalmente acompañado por su amorosa joven esposa, feliz también de haber renunciado a sus amigas y a los habituales chismes o juegos de cartas para acompañar al marido en la espontánea visita a los padres-suegros.
Y en la conversación todo es: abuelitos, amiguitos, heladitos, comidita, sopita, la camita, el sueñito… todos son dulces diminutivos como en la casita de los siete enanitos.
Y los abuelitos y los hijitos y los nietitos todos sonríen entre si y todos son bellos y todos se aman. Un montoncito.
Ahora bien, queridos lectores, me gustaría preguntar: quien de Uds. ha estado en un residencial por más de tres horas? Es una infinidad de tiempo, claro: los niños tienes que estudiar, el hijo debe hacer no se sabe que, la esposa debe preparar la cena. Así que deben irse. Pero Uds., claro, los padres, pueden quedarse un ratito más a ver su televisión, la enfermera consiente con un gesto de amabilidad y después de la cena a la camita y que tengan dulces sueñitos. En media hora la enfermerita terminará su turno, irá a su casita para darles comidita a los hijitos habidos con el primer marido y para verse, después y por fin, con su noviecito actual.
Los padres, en el Residencial, se pondrán frente al televisor, pantalla anchísima, butacas comodísimas. Pero ellos aun que miren al televisor, no ven al televisor. Ven a sus hijos cuando tenían la edad de sus nietos. Para ellos, para sus hijitos de hace 30 o 40 años, los padres eran héroes. Y los ven, ahora y muy bien, en su memoria antigua que no se ha debilitado demasiado todavía. La naturaleza es sabia: para que la memoria cercana? Para que recordar lo de ayer cuando fue igual a lo de anteayer? Mejor recordar las cosas de hace muchísimos años. Cuando uno contabas mucho para ellos. Los ves jugando entre ellos, entre hermanitos, en escenitas de hace 40 años, todavía vividas, cabellos sueltos, risitas, corriendo hacia ti y diciéndote: Mira papá, mírame, lo que estoy haciendo. Y se tiraban a la piscina como renacuajos. Para que tú los vieras y admiraras. Ahora ya no. Ahora ya no les interesa que tú los mires. Ni a los nietos. Ni a nadie, ya. Somos solamente unos viejitos en sillas de ruedas o con andar inseguro que hay que ayudar, disimulando, si se quiere cruzar un escaloncito poco visible. Y después a la camita, ayudado por la enfermera que delicadamente te apura, porque la esperan sus hijitos y el novio actual y no puede perder el turno del Ómnibus.
Hay que aprender a saber vivir la vejez. Cada etapa de la vida tiene sus ventajas. Saberlas vivir y aprovecharlas es de sabios. Con eso nos martillean las jóvenes psico- sociólogas. Quizás tengan razón. Mejor dicho, estoy seguro que teóricamente tengan razón. Pero no dejo de preguntarme: porque carajo entonces se aterran cuando descubren las primeras canitas o las primeras arruguitas?
Tengo más de un año yo en este residencial para el adulto mayor, como dicen ellos. Semantica. No es geriátrico. No es asilo para ancianos. Es Residencia para el adulto mayor, con bronceado a la Cote d´Azul. He visitado y visto muchos residenciales para el adulto mayor. En todo el mundo. Italia, España, USA y hasta en China. Hasta formé parte por unos años de la junta directiva de uno, muy bueno, en Caracas Teóricamente era para todos, en la práctica, el de Caracas, reservado a italianos. Estaba yo en mis cincuenta y ni remotamente pensaba que podría formar parte de uno de ellos; pero no como Directivo como era entonces, sino como Residente. Había visitado ese residencial porque me habían encomendado unas esculturas de carácter religioso. La sociedad y dirección era laica, sin fines de lucro, aun que el manejo de los “ residentes” dependía en su cotidianeidad de una orden religiosa; y de una orden religiosa principalmente porque el “ servicio” era casi completamente grati; y porque la orden era casi completamente europea, de italianas y españolas.
 Las monjitas, eran muy temerosas de Dios y me miraban con cierto recelo y preocupación para tratarse en mi caso de un artista laico con fama de pecador. Pero la dirección se impuso:
“No nos importa como piense Macor en tema de religión ni como actúe en su vida privada. Lo que importa es que en estos momentos es el mejor escultor de Caracas.”
Pero yo sabía que las buenas monjitas se escandalizaban cuando yo no hacia las tradicionales genuflexiones frente a la Sagrada Imagen del Cristo que yo mismo había modelado, con cuerpo atlético , casi desnudo y con cara y  cuerpo  de buen mozo.
“ ¡Qué bello! “ Le oí comentar a una monjita joven, de inmediato fulminada por la mirada de la Madre Superiora. Para mí, el hacedor, la imagen del Cristo no era nada de sagrado sino una expresión de arte y sentía “fuera de contexto” que me arrodillara frente a una escultura mía.
Bueno. Pero eso fue hace muchísimos años. Ahora sí, soy residente en un geriátrico. No para alabar a los propietarios, pero de verdad este residencial es muy bueno, comparado con muchos otros que he visto en éste y otros países. Pero, coño, ¿cuál es el remedio contra la vejez? Puedes tener rosas en el jardín de tu residencial, pero, ¿como hacer para tenerlas en tu corazón?
Como es posible que algunos ilustres sostengan que la vejez es la mejor época del hombre? Y sin embargo así también sostenía nada menos que el queridísimo y apreciadísimo Marco Tullio Ciceron, en su De Senectute.
Siento muchísimo que ya no pueda citar literalmente algunas frases de él, ya que el librito ese, escrito en latín y que yo tenía prestado a la biblioteca de mi actual Residencia, se desapreció. No hay nadie en mi Residencia que pueda leer latín. No entiendo el motivo por el cual pueda haber desaparecido, pero desapareció. De todas maneras, por lo que recuerdo de ese libro, leído hace millones de años, puedo decir que el buen Cicerón a la sazón hombre de 60 años, una hazaña para sus tiempos, razonaba más o menos así:

”Ah, qué bello ser viejo! Cuando hablas todos te escuchan con deferencia y puedes dedicarte a tus labores preferidas, a escribir, a pensar, filosofar, a estudiar sin que el superficial placer del sexo esté constantemente al acecho y no te deje tranquilo. Porque de joven, si, puedes ser estudioso, pero es suficiente oír la risa alegre de una linda doncella, para que tus pensamientos, por graves y serios que sean, se disuelvan en visiones y deseos de placer. Y ya dejará el polvoriento volumen y la mirada severa del maestro y con la vista seguirás ávido el revoleteo alegre y tonto de unas chicas que juegan entre ellas y ríen y coquetean. Pero ahora no…Cuando por fin llega la sabia “senectute”  -  seguía Cicerón, supongo en buena fe, es lo grave - tu podrás seguir dedicándote a tus estudios, sin interferencias y distracciones superficiales ya que tus sentidos ya no morderán tu cuerpo y serás feliz, en la quietud de la sabiduría…”
Y así seguía Cicerón, el grande Marco Tulio Cicerón, en sus desvaríos senescentes.
No, estimado Marco Tulio, lo siento, pero podrás haber sido uno o quizás el más grande de los oradores, pero en eso del elogio de la vejez, nunca, nunca jamás encontraras mi aprobación.
Vayamos a revivir y recordar, amigos todos, lo que la poesía del mundo nos ha enseñado en miles de años en todos los continentes. Esta quintaesencia del alma humana que solamente unos prometeos privilegiados logran robar a los dioses,  o sea la  poesía y el arte en general, no son sino himnos al amor, a la juventud, a la belleza y a la vida. Lo demás no cuenta. El dinero y el poder de cualquier tipo no son sino medios. No hay nada en el mundo que valga un beso de amor: lo dice la canción celebre con algo de cursilería, pero es cierto.
Qué función tiene, entonces, el Asilo de Ancianos?
Primero consideramos que hay ancianos y ancianos.
Hay ancianos y son en número muy reducido, muy pocos, pero que fueron “algo” en la vida y que dejaron huellas según les permitió su inteligencia, su cultura, su suerte, su ambiente, su carácter; llamémoslos ancianos Alfa, en honor de Aldous Huxley.
Hay ancianos que fueron la aurea mediocritas como decía Horacio, grupo bastante numeroso, que nunca llegaron a la cúspide pero que tampoco se arrastraron en el suelo; llamémoslos ancianos Beta.
Y después vienen los demás, todos los demás, la gran caterva de ancianos, la mayoría de personas que nunca fueron nada de especial en la vida, ni de jóvenes ni de viejos y su departida no dejará absolutamente ninguna huella: los ancianos Gamma.
Y ahora consideramos a los familiares, hijos y nietos de los ancianos. Esos sí, son más homogéneos, aparte las diferencias económicas y eventualmente culturales. Son más homogéneos porque todos están acomunados por el mismo deseo-necesidad de deshacerse del anciano. Así de plano y dicho sin hipocresías. Deshacerse del anciano, porque ya no habitamos en grandes casas de sociedades semi rurales donde convivían dos o tres generaciones de la misma familia y había puesto para todos.
Los apartamentos de hoy en día son apartamentitos para una pareja y para sus dos niños hasta que sean niños y después que tomen el vuelo ellos también. Imaginarse si sería posible dedicar una habitación entera al viejo abuelo. ¿Quién lo atendería, ya que todos corremos como maratonistas?
Así que, amigos míos, el Asilo de Ancianos o sus variantes semánticas, en realidad no está hecho para los ancianitos sino para ofrecer soluciones de gran utilidad para los familiares de los ancianos de hoy en día.
La pregunta ahora es otra: para que tipo de anciano seria de verdad útil el Asilo, o el Residencial para el adulto mayor, o come se quiera llamar?
¿Para el anciano Alfa? Para el hombre que en sus 40 y 50, el periodo de oro, era un hombre de poder, en cualquiera de las ramas del intelecto humano?
¿O para el anciano Beta, el hombre normal, el hombre en gris, que mas o menos conscientemente siguió adelante en la vida sin ponerse grandes problemas y viviendo en una tradicional amorfa familia sin muchos destellos? Un Monsieur Travet, al fin?
¿O para el anciano Gamma, seguramente muy poco intenso, de bajo perfil, quizás algo de timidez, poca seguridad en sí mismo; pero al mismo tiempo de esos tipos de personas que si por circunstancias de la vida son llamadas ocasionalmente a funciones superiores a sus capacidades se portan colmo el ratón que se venga de su pequeñez mordiendo heroicamente al león herido y moribundo.
La vejez acomuna a todos : dolores artríticos, poca visión, faltas de memoria, disminución de audición, piernas inseguras, perdida de cabellos y de dientes, disminución de la capacidad de concentración, degeneración del aspecto físico en general son las hojas que una tras una caen de las ramas
¿Quién sufrirá más?
Sufrirá más ¿el que habrá obedecido toda su vida o él que estaba acostumbrado a mandar? ¿Para quién será más fuerte el contraste?
El que fue más grande sufrirá más. Las caídas golpean más a quien cae desde más alto.
En fin, para tener una aceptable vejez que no se aparte demasiado de los parámetros de la así llamada vida útil, es preferible provenir del montón y ser del montón. No hay ningún sentido de arrogancia intelectual en ésta afirmación. El hombre superior, debe morir al  iniciarse su inevitable degeneración, ponerse viejo o tercer dependiente. Estará  siempre más aislado e inclusive puede objeto de burlas. Ha habido varios casos de eso en la historia. Recientemente tenemos a Margareth Tacher, un cerebro de primera, agobiado por la demencia senil. Casos similares son los de  Caldera, Carlos Andrés Pérez, para hablar de personajes que de manera u otra he conocido en mi vida. En época pasada, no se salvó ni el gran Napoleón, rodeado de hormiguitas que le roían el hígado. En otro campo muy diferente pero un hombre genial, el hombre más famoso del Setecientos, Gian Giacomo Casanova, objeto de burlas atroces por parte de los lacayos del noble Alemán que quiso protegerlo de la miseria en su triste y frio Castillo del Centro Europa.
Aun que se tenga la gran suerte de ser rodeado del más sincero cariño, se será  solamente uno de los tantos viejos babosos en un rincón de la habitación.
 Llegado a ese punto, es más digno y heroico decidir su proprio destino.

10 ene 2011

¡Chupen, chupen, hijos míos!


INICIOS DEL 1944. Eran los tiempos de los alemanes en Roma. Mussolini había sido liberado del Hotel-Cárcel donde el rey creía haberlo neutralizado. El Feldmariscal Kesserling era el comandante de las tropas germánicas en Italia. E Italia, ex amiga y aliada de los alemanes, se había transforma do: mitad Italia era amiga y aliada de los alemanes. Y la otra mitad era amiga y aliada de los Aliados, en contra de los ex aliados del día anterior.
Situación cómica, trágica y vergonzosa de la tierra de Macchiavelli, o de Polichinela, según los puntos de vista.
De todas maneras, filo Aliados o filo Alemanes, en Roma había hambre. De vez en cuando llegaban misteriosas ayudas alimentarias a través del Vaticano y que provenían en su gran mayoría de U.S.A., pero también de Perón; todavía admirador de Mussolini, por ahora, y que en parte creía y quería imitar. Llegaban trigos y harinas y azúcar con los barcos Liberty americanos, de bandera neutral y sin ser molestados por nadie, y mucho menos por los alemanes. Descargaban toneladas de “cargas” en el puerto italiano de Ostia para ser entregados al neutral Estado de la Ciudad del Vaticano. Nunca se sabía, ni se supo ni se sabrá exactamente cuántos eran los ciudadanos vaticanos en sentido amplio, o sea las bocas por alimentar, incluyendo a los nunca admitidos personajes, familiares, allegados de políticos, hebreos, y otros perseguidos en general que el Vaticano abrigaba y alimentaba. Pero las cargas de los Liberty superaban en varias ocasiones las necesidades del Vaticano y mucha de esa ayuda se filtraba, a través de conductos más o menos legales, a los ciudadanos de la Ciudad Eterna, incluyendo al barrio Judío, cerca de San Pedro. Y naturalmente con la prudente y discreta aprobación por el príncipe Eugenio Pacelli, Papa Pio XII.
Y también llegaban a Roma, a través de otros canales, ciertas ayudas a funcionarios, empleados y obreros de alguna que otra grande organización con sede en el norte de Italia y que ayudaban a las mal pertrechadas sucursales de Roma y Sur. En el caso de nuestra familia a veces nos avisaban del banco donde mi papá trabajaba, para que fuéramos a retirar algo de comida. Y se formaba el corre corre. No había automóviles, porque la gasolina estaba muy racionada y se iba en tranvía o con bicicleta. En cierta ocasión apareció una especie de triciclo, admitido por los alemanes. No recuerdo de dónde salió, quizás mi mamá lo alquiló. Las dos ruedas delanteras estaban bastante distanciadas para permitir la colocación muy rústica de una especie de cajón, más o menos de un metro cúbico.
“Aldo, ve con el triciclo alla Banca Commerciale, a recibir lo que te darán. Pero no te olvides el carnet de estudiante ¿sabes? Es muy importante.”
¿Qué era este Carnet de Estudiante? Durante esa ocupación de facto de Roma por parte de los alemanes, en las escuelas, por lo menos en mi liceo, nos dieron un carnet que nos acreditaba como estudiantes de raza aria. Estaba muy bien subrayado eso de la RAZA ARIA. Era un carnet bilingüe italiano-alemán, y tenía el sello de la Repubblica Sociale Italiana y del Ejército Alemán. El motivo era que los alemanes habían comenzado ciertas razias para llevar desocupados (o presos, o hebreos, o comunistas) a trabajar, supuestamente, en las fábricas de Alemania. Y ese carnet, que todavía conservo, era para salvaguardarnos de eventuales razias y también -se supo después- de la eventual cámaras de gas.
Bueno. Con ese triciclo, decía, mi hermanita de 10 años y yo salimos de nuestra casa y costeando el “rubio” Tiber llegamos hasta el centro de Roma, donde imperaba la Sede Romana de la dignitosa e imponente Banca Commerciale Italiana.
Entramos por un salón-depósito de servicio, con entrada por atrás del elegante edificio del banco. En esa época se respetaban mucho las jerarquías. Si eras persona de manga de camisa, entrabas por la puerta de servicio. Y por allí entramos. Había otras personas, una veintena, como nosotros, con bici-triciclos o con carritos, en espera de que los empleados distribuyeran lo que nos tocaría. ¿Comida? ¿Cobijas de lana para el invierno? ¿Carbón para las estufas?
Al llegar mi turno:
“ ¿Te gustan las uvas pasas?“, me preguntó un empleado-obrero- cargador, en romanesco colorido.
“ Mbe, ¡sí, me gustan...!
“Entonces agarra esto!”, y cargó en mi triciclo un saco de 45 kilos de uvas pasas. Nos quedamos mirando el saco, mi hermana y yo. ¡Era de verdad un montonón de uvas pasas.
Después, dirigiéndose a mi hermanita:
“Linda señorita, ¿quieres algo de dulce... especial?”
Y nos invitó a seguirlo. Lo seguimos. Llegamos donde estaban vaciando algo desde unos recipientes mucho más grandes, de metal, supongo, en unos botellones de vidrio de unos dos litros.
“¿Y eso qué es?”, pregunté.
“Miel”, dijo. “Pero de la buena de los Alpes. ¿Quieren un par de botellas?”
“Vabbé…”
Y comenzó a llenar dos botellas. Pero, al llenarla hasta el tope, parte de la miel se salió, o no podía entrar más, total se vertió en parte en el cuello de las botellas. Yo hice como para limpiar el derrame de miel con un pañuelo. Pero el tipo, escandalizado, me regañó.
“¡Que noooooo! ¿Vas a tirar así esa gracia de Dios? Leccate, leccate, fiji mii, que tutto é bono! (“chupen, chupen, hijos míos, que todo es bueno!”)
Y sí, mi hermanita y yo, obedientes, lamimos al principio con timidez y después con cierta codicia, la miel que bajaba por el cuello de la botella.
Entre la miel y las uvas pasas nos alimentaríamos por más de un mes. Pero es también cierto que después de tantos días de comerlas, y solamente eso, uno se cansa, y le dije a mamá:
“Mamá. Te juro que si salimos de eso, nunca más en la vida voy a comer uvas pasas“.
… El tiempo pasa…


Hace cuatro días falté a mi propósito-juramento. En el Residencial donde resido, una muy gentil señora quizás en agradecimiento a un carboncillo que le hice con mucho cariño y que le regalé, me obsequió un lindo sobrecito con lacito rojo. Me conmovió. Abrí el sobrecito. Y al abrirlo me conseguí un paquetito de uvas pasas.


Habían pasado 55 años.