6 jun 2013

L.- Personajes.- 33/ 54 MAROCIA Y LA PAPISA JUANA


            M A R O Z I A     O    M A R O C I A
                      Y    L A   P A P I S A    J U A N A     

                  Hablaremos ahora de Marocia, bellísima, rubísima e intrigante  noble dama de la aristocracia romana. Estamos alrededor  del año 900.
Y aquí debemos hacer un par de consideraciones  para entender mejor al personaje.
Primera consideración.
Los pueblos mediterráneos desde tiempísimo han tenido una atracción muy especial por los rubios. Mejor si dijera  por las rubias.  También el poeta cascarrabias   ese que a menudo suelo citar y que según dicen es el mayor poeta italiano, el Dante famoso, también ese escribió, a propósito de un cierto personaje: “Rubio, era, y bello y de gentil apariencia…. “ Por qué ese complejo para con los cabellos de oro?  Indudablemente no porque las rubias sean objetivamente más atractivas  de  aquellas maravillosas  “razas “mezcladas que son las mulatas  con ojos verdes y cuerpos ondulantes, como en el sensualísimo Caribe.  No, no es por eso.
Se debe sencillamente a que desde la caída del Imperio Romano y por muchísimos siglos,  los nobles, de origen germánico, eran las nuevas  clases dominantes. Eran todos pueblos o tribus germánicas en el sentido más amplio, naturalmente: Érulos, Godos, Ostrogodos, Visigodos, Longobardos, Francos, Suabos , Vándalos.  Gente del Norte, en fin, y por lo tantos rubios. Los italianos, los españoles, los mediterráneos, pues, en los tiempos de los Romanos, eran de cabellos oscuros, de ojos  oscuros, cabello ondulado y casi rizado.  De cuerpos relativamente bajos,   consideraban casi gigantes a los altos Celtas y a los Germánicos. Y vemos  esos tipos mediterráneos muy bien representados  hoy en día  en ciertas pinturas o frescos antiguos, de Pompeya, por ejemplo, donde las caras de los personajes no tenían nada  que ver   con los rubios del Norte de Europa que llegaron más tarde. Lo mismo sucedió en Grecia, a propósito de los Pelásgicos, anteriores a las invasiones de Aqueos y  Dorios:   los Rubios Aqueos, los llamaría Homero. Los héroes de la Ilíada y de la Odisea eran  rubios.   Los dioses del Olimpo  eran rubios. Afrodita, Atenas, Febo, Ares,  todos rubios. El único de cabello oscuro era el pobre Héfeso , cornudo marido de Afrodita y fundidor en las entrañas del Volcán Etna.
¿De dónde vienen los  rubios? Del norte, obviamente, donde la melanina se combina  para producir reacciones adaptadas a la menor fuerza de los rayos del sol.
Por designios inescrutables, que harían la felicidad del  Adolfito de buena memoria, esos pueblos del Norte siempre han dominado con las armas a los pueblos del sur. Los así llamados Arios invadieron los países que hoy en día son la India. Los rubios Aqueos invadieron a Grecia. Los alemanes de varias familias  invadieron el Imperio Romano. Los rubios Visigodos dominaron a España y sus poblaciones ibero – romanas. Los conquistadores rubios son  entonces los que  comienzan a mandar. Fueron ellos que en la Europa medieval se transforman en condes, marqueses, duques, príncipes, reyes. Así que en la cotidianeidad medieval, el rubio comienza a ser sinónimo del  Señor, del Noble, del Amo, del Poderoso y por ende del  Bello.  Al cual hay que obedecer.
Y Marocia, nuestra  querida Marocia  era noble dama romana, sin duda: pero en su sangre corría la sangre de los Longobardos, de los rubios  amos. Y por lo tanto ella era de cabellos de oro. Y el pueblo  de Roma, el pueblillo de cabellos oscuros, ya había perdido en siglos de dominación extranjeras las características típicas de los aristocráticos Senadores Romanos, de antigua estirpe: el otrora orgulloso Populus Romanus se había transformado en plebe romana; y   deferente  con  el rubio.  La historia nos enseña que  al extranjero dominante se le odia, pero también se le quiere  imitar y se le admira.  Así como ahora, en la mestiza América casi todas  las mamás están contentas si le nace una hija “blanca”: cuántas  señoras suramericanas conozco yo que llaman a sus hijitas  “Blanca o Blanquita” !  Y ninguna, que yo sepa, que la haya llamado “Negra o Negrita”.
Segunda consideración: los tiempos en que vivió Marocia.
En aquella época no existía Amnistía Internacional  ni el Tribunal Internacional de La Haya. Y cada uno hacía lo que más le venía en gana. Mas que ahora.  Las necesarísimas e importantes leyes de Roma no existían mas,  se estaban formando las nuevas leyes, mezclas de las germánicas con las latinas.
¿Cómo era Roma en aquel entonces? ¿En el año 9oo después de Cristo?
 Roma era una vergüenza. 
Vergüenza el pueblo que  se había reducido a vivir de limosnas; vergüenza los curas, siempre  demasiado numerosos  en Roma y  que se engordaban con los testamentos; vergüenza los Papas, quienes se enriquecían con las donaciones; vergüenza los nobles que vivían de rentas y  cuyas pocas gotas de sangre romana  ya envilecida lograba  envilecer también a la nueva vigorosa sangre germánica.
 Roma era toda una gran vergüenza. Nunca, en la historia, se había envilecido tanto ni se envilecerá, y nunca el Papado había sido tan soez ni había caído en tan vergonzosas infamias como en aquel período infeliz.  ¿Queremos dar un vistazo a aquella Roma papal, clerical, facciosa, corrupta y  holgazana de alrededor del año 900 ?  Este fue el periodo  “feliz” del Papado que el Cardenal César Baronio,  del siglo XVI, llamó el  siglo de la pornocracia romana.
Los que mandaban en Roma eran las nobles familias romanas – longobardas:   los Túscolo y de los Crescenzi. Se casaban entre ellos y se peleaban entre ellos y en la silla de Pedro colocaban a quien les daba la gana.  Es de aquel periodo el proceso más ignominioso de la historia. Peor que los procesos a las brujas, en siglos siguientes, peor que los procesos de Stalín:
Se llegó al extremo de procesar a un muerto.
 Agarraron el cadáver del imputado, lo pusieron a sentarse en un banquillo de Tribunal y debido a que ya estaba muerto, no pudiendo matarlo mas. Se limitaron a cortarles tres dedos, y a decapitarlo.  Y después la plebe de Roma, naturalmente  azuzada, lo tiró al  histórico río Tiber.
Bueno, hasta acá era una infamia, pero solamente una infamia.    Lo que fue mas grave, gravísimo, era que el procesado era un Papa: Papa Formoso. Por macabra ironía, al momento del proceso  el cadáver  exhumado  y  maloliente  fue  vestido con todos los paramentos sagrados , sentado en una silla que imitaba el Trono de San Pedro. Le cortaron  los tres dedos  que usan los Papas para impartir su Apostólica Bendición.
La facción política en el poder en aquel momento  quiso  ese proceso   y para  procesar al cadáver del  ex Papa Formoso se dirigieron al hijo de otro sacerdote católico. Este hijo de  cura católico  era nada menos  que el sucesor de Papa Formoso, otro sucesor de Pedro: el obediente Papa Esteban VI quien también terminó sus días felizmente asesinado.  Sucesivamente vino  otro Papa, Juan IX nacido en Tívoli, pero de sangre completamente germánica y que, con  agudeza jurídica, declaró nulo el anterior proceso  a un muerto.  Papa Formoso fue por lo tanto rehabilitado y los pobres huesos, esparcidos en la orilla del río Tiber,  fueron más o menos  recogidos y regresaron otra vez al Vaticano.  A su paso, en medio de las letanías de rigor, las estatuas de los Santos doblaron  sus cabezas, en signo de reverencia y respeto. Esto, según los Libros Pontificales.
Y aquí, en aquel berengenal de intrigas y de confabulaciones  siempre a la sombra de la Cruz, aparece Marocia. 
Esta joven aristocrática  y bellísima  romana de origen germánico, en un momento determinado se casa   con Alberico,  noble romano  y a los reglamentarios  nueve meses tuvo un hijo.   Pero el hijo no  era  del recién casado marido, siguiendo las tradiciones, sino de otro tipo que se llamaba Sergio.
Bueno. Al fin era solamente un caso de adulterio.
Pero resulta que el tal Sergio ese no era un Sergio cualquiera sino era Papa Sergio III,  de la familia Túscolo.
Este Papa Sergio indudablemente se cubrió de gloria por su victoria contra los Sarracenos que infestaban  las cercanías de la Sagrada Roma; pero se cubrió de otra tanta gloria, una especie de primado Guinnes, porque fue el único Papa que fue papá de otro Papa, o sea del hijo que tuvo con Marocia y que bautizaron Juan  : chico excepcional porque   con el tiempo se transformará en Papa, Papa Juan XI. Y será elegido Papa a la veneranda edad de once años. Otro primado Guinnes por una carrera fulminante.
Regresamos a Marocia.

Su primer marido, el cornudo Alberico, de repente se muere. Y entonces Marocia, que bien sabía cómo administrar sus más íntimos encantos, decide casarse con cierto Guido de Toscana que era el hermano – bastardo , me parece recordar -  de aquel  Hugo de Provenza que se transformará en Rey de Italia, con  ceremonia en Pavía, coronado con la Corona de Hierro de Teodolinda, hecha, la corona, con un clavo de la Cruz de Cristo.
Mientras tanto  llega a la escena Papa Juan X, nombrado por Teodora, enamoradísima de él. Y ¿quién era esa Teodora ? Nada menos que la sensual madre de la sensualísima Marocia.
 Madre e hija amantes de Papas: linda familia cristiana.
 Pero  el hecho que este Señor Papa  fuera amante de su madre no impidió a Marocia   en un momento determinado  de meterlo en la cárcel. ¿Motivos? Rivalidades políticas.
 Pero Marocia era una dama de la alta aristocracia  y no hubiera sido elegante mandarlo a matar.
No hizo nada ni en contra ni a favor del Santo Papa.
 Tampoco le dio de comer y dejó que tranquilamente se muriera de hambre. 
Así que en Roma Santa, como se decía entonces,  se acrecentó el poder de Marocia quien, ya sin oposiciones, ni dentro ni fuera de la Curia, era prácticamente una Papisa. Y con o sin la ayuda del Espíritu Santo fue ella quien en los sucesivos Cónclaves de los Cardenales eligió la bicoca  de tres Papas: León VI, Esteban VII y naturalmente  su hijo  con todavía acné juvenil en su carita de adolescente, con el nombre de Papa  Juan XI. Y siendo  puro de alma, la mamá lo nombró su confesor personal.
Pero no se termina aquí  la historia. La telenovela continúa. Pasan unos meses y se muere también Guido de Toscana, el segundo marido de Marocia. De qué, no se sabe.
Entonces la  impredecible Marocia dirige la mirada  ávida a su cuñado, al hermano del marido muerto;  hacia  aquel  Hugo de Provenza que había conocido y casi seducido años atrás y quién mientras tanto había hecho una linda carrera en Pavía, coronándose Rey de Italia con la Santísima Corona de Hierro de Teodolinda como hemos dicho antes. Siendo  una mujer decidida, Marocia le propuso matrimonio sin  muchos rodeos, ofreciéndole en dote la ciudad de Roma, la Iglesia de San Pedro, los Muros Vaticanos, la Curia Romana y los futuros papas.
Hugo dijo que sí.
 Y se fue a Roma, para contraer las Santas Nupcias. 
 Hugo encontró  a Marocia vestida como una reina, llena de gemas y de sedas. Pero  le había llegado la menopausia, pobre Marocia; y Hugo de Provenza, quien no tenía espejos para mirarse a sí mismo, la encontró  envejecida y gordita. La belleza fulgurante de la juventud de Marocia se había desvanecido completamente a pesar de las bendiciones de tantos Papas. Así que Hugo, patán al fin, comenzó a tratarla mal y a tratar mal también al hijo de Marocia;  el que ella había tenido,  "oficialmente" , con su primer marido Alberico y que se llamaba Alberico también, para confundirnos mas las ideas.
 Y un buen  día Hugo de Provenza, con o sin la Corona de Hierro y con o sin razón, le dio una terrible bofetada a ese joven Alberico.
¡Imaginarse!
 Alberico tenía su carácter. ¿Lo heredó de su padre oficial el noble Alberico? o de su padre natural, el Papa Sergio? Sea como fuera,  se consideró sumamente  ultrajado, él,  el pimpollo romano de ascendencia germánica, por ese  Provenzal, francés,  advenedizo.  Se olvidó de ofrecer la otra mejilla, juró vengarse, azuzó la plebe romana hablándole con el más convincente acento romanesco.
 "Fuera el extranjero. Yankee go home." 
 El pobre Hugo valientemente se fugó.  Nunca se supo qué le pasó a mamá  Marocia. 
 Alberico proclamó  la República.
Sí, el resentido Alberico, por una mansalva a su bello rostro,  exilió a los Papas. Y fundó la República Romana. La primera  República Romana después de tantos siglos.
Sin embargo no terminaron las vicisitudes de Marocia,  que de la historia pasó a la leyenda.  Después de algún tiempo se comenzó a decir que  en Solio de San Pedro se había sentado una mujer: la Papisa Juana 
Algunos historiadores confirmaron la existencia de este Papa – Mujer, la Papisa Juana,  quien  parió en una calle romana y  terminó lapidada por la plebe enfurecida por el sacrilegio.  Enea Silvio Piccolómini, una gran hombre, estudioso y verdaderamente un gran Papa, Pío II,  demostró que lo de la Papisa Juana era toda fantasía popular. 
Pero los Protestantes, afectos siempre por la libido de las protestas como ciertas  izquierdas trasnochadas  de hoy en día,  los Protestantes, decía, siempre   confabulándose con tal de denigrar a los Romanos, antiguos, medioevales o contemporáneos, exhumaron  este fábula, en mala fe, sabiendo que no era cierta.
 Sin embargo  quizás y en cierto sentido algo de verdad había.
  En  realidad nuestra Marocia tuvo  el poder de una Papisa y el nombre de Papisa Juana, nacido en la fábula, probablemente viene   del hijo de doce años, el Papa Juan XI, porque el verdadero Papa era ella: la Papisa Juana.

De acuerdo a la Leyenda de Marocia, se dijo que la Iglesia Católica, para estar segura de que el elegido al Solio de San Pedro fuera un hombre, varón, macho, con todos los atributos de Adán, antes de confirmar  la elección del Papa, había que recurrir a una Inspección” in corpore”;  o sea el Candidato tenía que sentarse en una silla perforada ad hoc.   Un eclesiástico era el encargado de verificar a la vista y al tacto los atributos viriles del elegido, no importando la edad. Se metía por debajo de la silla, miraba para arriba y después de verificada y palpada  la existencia de ese detalle, de esos dos detalles, pardon,  tenía que exclamar, en voz alta, clara,  que oyeran todos los prelados presentes: DUOS HABET ET BENE PENDIENTES. Después de lo cual la Paloma del Espíritu Santo descendía tranquilizada sobre el Santo Padre.
Y desde entonces parece  que nació el dicho: ¡…y que tiene las bolas bien puestas!  





26 may 2013

L.- Personajes.- 32 / 54 CARLOMAGNO


                       CARLOMAGNO      

                                      742—814


Carlos, apodado después El Magno, es una demostración más de cómo a menudo los hijos no quieren parecerse a los padres.  Resulta que su papá era Pipino  de Héristal, conocido mas como Pipino el Breve, el Cortito, el “Pepinillo, “el Chiquito”; y  su hijo, Carlos, quiso ser El  Magno, El Grande .  No por referencias a sus  conquistas futuras, que difícilmente podría conocer, sino porque ese muchachote nunca dejaba de crecer: su madre Bertrada, apodada la de los pies largos, comenzó a temer que el marido la repudiara por adulterio, cuando el joven Carlos llegó a los casi dos metros de estatura.           Y era alto, fuerte, bien proporcionado, de bella cabellera negra.  ¡Cabellera negra! Imaginarse las suspicacias de las amigas francas, rubias y   envidiosas de algún desliz de Bertrada con un apasionado sureño europeo.  Sea como fuera, el joven era extroverso, carismático, sumamente parlanchín, comía con buenísimo apetito,  y bebía mucho pero sin nunca llegar a la embriaguez.   Despreciaba los elegantes vestidos de sedas y telas costosas, aunque en los últimos tiempos de  su vida aceptó vestirse como un sátrapa oriental, de acuerdo a su condición de Emperador. Pero eso será más adelante en el tiempo.  Era un gran deportista, de joven,  le encantaba la natación y su fiel biógrafo Eginardo nos dice que escogió Aquisgrán como sede el Imperio porque tenía aguas termales calientes donde nadaba a sus anchas  durante todo el año.   Quizás por eso fue el único franco alemán que no hediera  tanto. Aquisgrán había sido un asentamiento Celta antes de que los Romanos la utilizaran con fines medicamentosos y para descanso de sus legionarios; y la llamaron justamente Aquisgrán, Aguas  del Dios Granum, la divinidad pagana local que cuidaba a los enfermos.
  El padre de Carlos Magno, Pipino  el Breve, a pesar de ser pequeñito de estatura fue un valeroso rey. Considerando los tiempos tampoco fue un ignorante completo.  Fue el tipo de la famosa astuta pregunta  al Papa Zacarías: Es rey él quien tiene el título de Rey, o es Rey el que de facto gobierna su pueblo? Naturalmente obtuvo la respuesta  que esperaba y que lo legitimó  en destronar  al  último rey Merovingio y  fundar su propia dinastía, la Carolingia. Sabía hacer bien sus preguntas y tenia visión de lo que importaba en aquellos días. La cultura  era cosa secundaria, de sacerdotes. Para salir de la mediocridad en aquella época había solamente dos caminos: el sacerdocio, con su bagaje de cultura y superstición correspondiente;  o las armas. Y Pipino escogió para su hijo Carlos la vía de las armas. Así que el muchachote Carlos  creció como militar perfecto y siguió siendo un ignorante perfecto, por varios años, sin saber ni leer ni escribir; al punto que de adolescente lo apodarán El Palurdo, el Ignorante. Pero Carlos era también hombre de inteligencia superior así que  pronto entenderá el valor de la cultura inclusive para aplicarla en administrar sus  reinos que él, ignorantemente pero constantemente, ampliaba. Desde  relativamente temprano comenzó a apreciar a las personas ilustradas y para combatir la ignorancia en su Corte, cuando llegó al poder, abrió en Aquisgrán la primera escuela del Reino Franco. Contrató a profesores famosos, a comenzar de Alcuino de York y  dio forma a lo que se llamó el Renacimiento Carolingio queriendo que el Imperio Franco  se transformara en la nueva Atenas o la nueva Roma; un plan bien ambicioso, para un casi analfabeto. Así que se recomenzó a hablar y escribir en latín, lengua que  estaba  casi olvidada por las poblaciones de Europa.  Y la figura de Carlos Magno entrará como un gigante y defensor del cristianismo en la literatura y en las leyendas de toda Europa, en las Chanson de Geste y Poemas de Caballeros como la Chanson de Roland.

Con su coronación en el 800,  Carlos fundó el Imperio Carolingio. El Imperio Romano de Occidente,  junto con el Imperio Romano de Oriente en Constantinopla,  se considerarán los dos herederos del Gran Imperio de Roma.
Murió a los 12 años de su  Coronación, a la edad de 67, en el 814.
Su hijo Luis el Piadoso, (Ludovico Pio)  heredó un  gran Imperio muy bien organizado y fue un bueno e inteligente soberano;  pero no había heredado las  capacidades geniales de su padre, una de las figuras más importantes de la historia, ni su carisma ni su mano de hierro. Tras la muerte de Ludovico el Imperio se dividió entre sus tres hijos, según las tradiciones alemanas de reparticiones igualitarias. Ninguno de los tres hijos fue sobresaliente. Ni supieron oponerse a las invasiones de otros pueblos, como los normandos y los húngaros.   
Y asi el Imperio de Carlos Magno se deshizo. 
Si, se deshizo. Pero  se siguió hablando de él, del Emperador: mucho de lo que él dijo y mucho más de lo que él hizo, en la vida y  en la leyenda. Había  guerreado  enfrentando  a germanos, a bizantinos y a musulmanes, húngaros y sajones.  La cúspide del poder la alcanzó la noche de Navidad del año 800, cuando las campanas de San Pedro en Roma resonaron los augurios al recién nombrado:  “ Para Carlos Augusto, Emperador de los Romanos, vida y victoria” y el Papa Leone lo coronó.
Aquí hay que dar un paso atrás,  regresando al inicio del poder de Carlos Magno. A la  muerte de Pipino  de Héristal,  el Breve, padre de Carlos Magno, el Imperio se había dividido entre  los dos hijos: Carloman y Carlos (él que sería Carlos Magno).  Y Carlos Magno se casará con Ermengarda, la hija del Rey Longobardo Desiderio, para confirmar alianzas entre Longobardos y Francos, ambos pueblos de raza germánica. Al poco rato fallece el hermanito Carloman y Carlos Magno se apoderará de los poderes de él. Pero, ¿qué sucede en Roma? Sigue el culebrón a la Macchiavelli: el Papa Adriano I,  en Roma, estaba  prácticamente rodeado de Longobardos y comenzó a temer la probable constante agresividad de ellos con posible consiguiente unificación de la pobre península italiana bajo un solo reinado y la probable desaparición de los Estados Pontificales. Desde el punto de vista de la Nación Italiana se hubiera conseguido la unidad de Italia sin esperar mil años más, en el   1860 con Garibaldi y sus audacias patrióticas y bochincheras.  Y probablemente la amalgama  del elemento  germánico-longobardo y el latino hubiera evitado tantas otras dominaciones que salpicaron a los italianos, máxime en el sur, debilitando su temple. Los italianos hubieran  tenido más homogeneidad como nación. Pero también es cierto que renunciando al predominio del Papado y a la existencia de  Príncipes magníficos y corruptos y amantes de las artes  quizás no hubiese existido el fulgor del Renacimiento Italiano.
El Papa, temeroso de perder protagonismo   desempolvó el antiguo lema DIVIDE ET IMPERA y pidió ayuda a los Francos, contra los Longobardos: porque ellos, los Francos, por lo menos  no lo estaban merodeando  en  el  patio de su casa, en Italia: estaban bien lejos de Roma. Los Francos, o sea Carlos Magno, fue  feliz de poder ser declarado por el Papa como “Protector de Roma” y meter su naricita  en tierra italiana. Naturalmente aprovechó la situación para  repudiar  la alianza con  los Longobardos  y  a su enamorada esposa Longobarda la “pía” Ermengarda quien, “ sparsa le trecce morbide sull`affanoso petto” , según el Manzoni , muere mirando al Cielo.  Carlos, impávido,  se casa con una la jovencita de 13 años. Pero siempre pragmático y consecuente, el Cristianísimo Rey  peleará contra los Longobardos, los vencerá, los borrará del mapa y se instala en el lugar de ellos;  siempre con la bendición del Papa. Y lleno de sagrado furor y con la joven esposa,   va a  pelear contra sajones para  conquistarlos o cristianizarlos,  o matarlos según el punto de vista y las circunstancias.   Y como eran muchos, los que iba a matar, decidió en un acto genial, de acuerdo a los tiempos, de  decapitar a cuatro mil quinientos prisioneros  sajones, pero  a la orilla del Rió Aller, para poder lavarse más fácilmente la sangre del enemigo: la sangre de los furiosos bárbaros paganos que no querían aceptar el Cristianismo en versión Franca.  
Después de eso, Carlos Mango se dirige a la Península  Ibérica. Pero los árabes, aun que infieles, son fieles a las tradiciones de sus antepasados beduinos y  guerreros.   Esta vez el pobre Carlos Magno, tuvo que regresar prácticamente vencido a sus tierras, logrando arrebatarles a los árabes solamente lo que se llamaría la Marca Hispánica, pequeña zona de confín.
  Y regresando de España, deja al valeroso Orlando (Roland) a proteger las retaguardias de su ejército en retirada “estratégica”.  Así  comenzó la Saga del Paladino Orlando, de su espada Durlindana, de la montaña cortada en dos, del cuerno acústico, de la Chanson de Roland y  del asalto a traición de los musulmanes que después se supo no eran musulmanes sino Vascos; manía de atentados, esa de los Vascos, que dura hasta nuestros días.
Después de eso el Gran Carlos todavía tiene el tiempo de concebir otro de sus hijos con la 13 añera que mientras tanto había llegado a le avanzada edad de 18 años  y se lanza a la conquista o evangelización del  territorio Ávaro, actual Hungría. Y por fin  en una tibia noche de Navidad en Roma, el Papa Leone III pone la corona de  Emperador sobre la cabeza del Rey de los Francos.   Leone III  era menos tonto de lo que parecía: que el Papa ciñera de la Corona Imperial a Carlos Magno,  Rey de los Francos, significaría que el Poder Temporal, de los Emperadores, estaría sujeto a la voluntad del Poder Espiritual de los Papas.    Este jueguito de nombrar a Carlos Emperador Romano suscitó recelos en la corte de Bisancio ya que los Orientales se consideraban  ellos  los verdaderos herederos del Imperio Romano. Legalmente lo eran debido   a lo de Odoacre quien había destituido al último Emperador Romano, Rómulo Augústolo y enviado las Insignias Imperiales a   Zenón, Emperador Romano de Oriente.
Debido a los vaivenes de la política, al enfriarse las relaciones entre el Emperador de Oriente y el Emperador de Occidente, se hicieron mas estrechas las relaciones entre Francos y el Califato  Abasida, enemigo a muerte del Imperio Bizantino. Sin embargo  las aguas se tranquilizaron unos doce años después,  considerado que tampoco  se había dado  el  sugerido matrimonio entre el Emperador de Occidente Carlos Magno e Irene, Emperatriz de Oriente.
 El nuevo Emperador de Oriente, Miguel Rangabé reinó solamente dos años: y con un nombre así, gobernó hasta demasiado.  Pero en estos dos años le dio tiempo reconocer al nuevo Emperador Romano de Occidente en la persona de Carlos Magno Rey de Francos; así que los dos Emperadores siguieron queriéndose como hermanitos, ambos ungidos de Dios. Aún que  viviendo a prudentes distancias el uno del otro.
Al año siguiente, el Buen Emperador Carlos Magno, sintiéndose ya entrado en años,  tenía 66, edad muy avanzada  por la época, nombró como su sucesor a su hijo  Luis el Piadoso, Ludovico Pio,  y lo coronó  él mismo, en Francia, para evitar las suspicacias de la Iglesia de Roma, siempre metida en el antiguo y ambiguo  problema de que si era el Papa que nombraba al Emperador, o viceversa.
”Mi hijo lo corono yo”. Parece que dijo en voz baja, típica de él y nadie lo escuchó pero todos le obedecieron.
Después de muchos siglos otro Francés, pero de sangre y lengua italiana, pronunció algo similar   al agarrar con sus manos decididas la corona de Emperador que otro Papa se atrevía  ponerle en la cabeza: “Questa è mia e guai a chi me la tocca!” Y se coronó a sí mismo.
Es interesante, después de tantos hechos de guerra, conocer algo más de la  vida personal de este Cristianísimo Rey Franco y  Emperador Romano de Occidente. La primera chica que conoció fue una noble, Himildrudis, quien le dio un hijo que será Pipino el Jorobado.  En el 770 a los  23 años, nuestro Carlos se casó con Ermengarda, comop ya dicho,   hija del Rey Longobardo Desiderio, que repudió al año de casado, al denunciar la alianza con los Longobardos.  Su segunda esposa legitima fue Hildegarda, de 13 añitos, que siendo Suaba debía de ser de notable estatura también y de “buen vientre” porque le dio nueve entre hijos e hijas. A la muerte de la prolífica Hildegarda, el Buen Rey Carlos, ya de 36 años,  se  casó con Fastrada, otra alemancita que le dio dos hijas ; y otra hija se la dio una concubina, de nombre desconocido porque  probablemente  de marido celoso.  Enviudó otra vez y se casó entonces con una  alamana, Liutgarda, quien resultó estéril.  Al quedar viudo de la estéril Liutgarda decidió no casarse más y vivir en feliz concubinato con cuatro buenos ejemplares de valkirias, pero una a la vez.  Un total de diez relaciones conocidas donde nacieron por lo menos  18 hijos.  El biógrafo de Carlos Magno, el buen Eginardo, nos asegura  que su amo siempre  se ocupó de la educación de los hijos contratando a maestros que los educaran en lo que se usaba en aquellos tiempos.  Y que nunca cenaba sin ellos y al irse de viaje, los llevaba consigo. ¿Será cierto? Lo que si parece muy cierto, es que las comidas siempre las acompañaba con músicas o lecturas.  Quizás fuera por las músicas o por las lecturas, la cosa es que después  del almuerzo el Grande Carlos solía dormir una siestecita de dos o tres horas: no se sabe si por el gozo intelectual o el fastidio.  Y como curiosidad  habría que decir que el titulo noble de Conde y de Marqués nació por voluntad de ese gigante de la historia: él creó el Condado como Unidad Administrativa Básica del Imperio y su jefe recibió el título noble de Conde. E instituyó  varios Burgos- Marcas -  que puso a cargo de un Marqués. Y encima de todos ellos, instituyó los Missi Dominici, Inspectores, para someter a la obediencia  los nobles y las autoridades locales.
¿Aprendimos algo de Carlos Magno? Sabiendo entender cuáles fueron los exabruptos de su tiempo y no aplicando las leyes morales  o quizás las debilidades o hipocresías de hoy  para juzgarlo, se puede decir que Carlos fue  un gran estadista,   el más grande jefe militar de la edad media y tiene el gran mérito de haber sabido revivir en la envilecida Europa el espíritu político y cultural que había desvanecido con la caída de Roma y del  Imperio Romano de los Cesares.

Fue sin duda  el primer Europeo.
 
Ojala se hubiese podido hacer desde entonces una Comunidad de Estados Europeos.  ¿Contra quien hubieran podido pelear los Europeos? Solamente contra los Musulmanes.
 Los otros pueblos no existían para nuestro mundo.
Cada cosa a su tiempo.
NATURA NON FACIT SALTUS.      



16 may 2013

n.-Persnajes.- 31/54 AGUNSTÍN DE HIPONA


                          AGUSTIN DE HIPONA 

                                            (354—430)

Aurelius Augustinus nació en Hipona.  Su papá era pagano, romano, se llamaba Patricius y su mama cristiana, se llamaba Mónica y con el tiempo será Santa Mónica, no se sabe bien porqué. Nació en el 354 en época posterior al decreto de tolerancia religiosa de Constantino, pero anterior al decreto de exclusividad del 380, promulgado por Teodosio, a favor de los cristianos. Era un joven muy inteligente, con deseo de  lucir y de sobresalir en lo que emprendiera. Le encantaba la literatura y la elocuencia. Lo mandaron a estudiar en Cartago y se enamoró del teatro. Se destacó por su capacidad retórica y fue excelente en certámenes públicos de poesías y teatro. De paso era también buen mozo, cabello negro, de mirada profunda y a veces burlona, poseedor de un  espíritu sensual y mujeriego. En fin, gozaba de la vida y de los dones que le había dado la naturaleza.  Siempre inquieto, siempre en busca de lo nuevo, comenzó algo de cambio más profundo al conocer al Hortensius de Cicerón: y con eso se enamoró de la filosofía y de la especulación filosófica. Lo cual no le impidió de enamorase también de una bella mujer, con la cual convivió por 14 años y que de paso le dio un hijo.  ¿Quien hubiera dicho que ese joven  extravertido simpático,   gozón  y genial, con el tiempo se transformaría en Filosofo  insigne, Santo y gran Doctor de la Iglesia Cristiana? Pero seguimos con Agustín joven cuando la alegría de la vida todavía brillaba en sus ojos.  Con la filosofía comenzó a ponerse incesantemente el problema de “la verdad”, la gran pregunta de la época. Se acerca al Maniqueísmo, para desesperación de su mamá católica tradicionalista; pero  abandona esa secta a los pocos años y derrota  en confutaciones retóricas y filosóficas al obispo Fausto, gran gurú del Maniqueísmo. La victoria lo dejó escéptico.  Él era cristiano, probablemente, pero con el mare mágnum de herejías y variantes y sectas del cristianismo de los primeros años, dudaba y pensaba, pensaba y dudaba.
 Se cuenta que un día, paseando a la orilla del mar y tratando de darle vuelta al  problema de la Trinidad, vea a un lindo niño que juega vaciando en un hueco de arena un tobo que constantemente llena de agua de mar.
 Le pregunta: “Que haces?”
Le contesta:”Saco toda el agua del mar para ponerla en este hoyo.”
Le contesta el filosofo, con una sonrisa: “Esto es imposible, niño!”
Le vuelve a contestar el niño: “Mas imposible es para ti entender con tu pequeña mente el misterio de Dios”.
Poco después de este evento, cierto o no que fuera,  a la edad de 29 años Agustín  cedió a la atracción que siempre había tenido Italia para él.  Y debido a que su madre se oponía al viaje,  se  escapó durante la noche llevándose a su  mujer y al niño. Llegado a Roma  como pobre  extracomunitario  del Macreb buscó un empleo: lo consiguió como profesor en Milán. El Praefectus Urbi Símmaco le autorizó el puesto, quizás también con la intención de frenar un poco la  avasallante  fama y pretensiones del obispo Ambrosio.  Y allí, en Milán, ese diablo de Obispo que era Ambrosio, trató de convertirlo. Pero Agustín era un hueso duro, de amplísima cultura y con profundos deseos de conocimientos reales, de demostraciones, de seguridades. Primero se acercó a los Académicos, con su pesimismo escéptico. Después se acercó al neoplatonismo. Esperaba lograr una vida dedicada al estudio, a la búsqueda de la verdad, despreciando honores, dinero y placeres. Teóricamente buscaba  también la castidad. Pero todavía sentía fuertes las pasiones de la carne y del espíritu. Muy probablemente por insistencia de la bendita mamá Mónica, la futura Santa Mónica, que lo había alcanzado a Roma y no lo dejaba en paz, nuestro Agustino abandonó la bella mujer que  le había dado el hijo Adeodato y lo había seguido fielmente en tantos años de feliz y pecaminoso concubinato.  Ella regresó triste a su tierra natal, dejando el hijo a Agustino.
Una vez solo, con su hijito, se dedicó  leer y estudiar los evangelios. Y un buen día, a los 33 años, paseando siempre pensativo en un jardín de Milán, escuchó la  vocecita de una niña que canturreaba “TOLLE  LEGE…”o sea “Toma y leas”. Agustino interpretó este signo como premonición, agarró la Biblia, la abrió al azar y dio con  un paso de  Pablo de Tarso a los Romanos.  A los pocos días de este evento, Agustín se fue a vivir retirado con su hijo Adeodato y unos amigos  en una magnifica casa de campo de  otro amigo, el rico Verecundo, quien haciendo  honor a su nombre se avergonzaba de cobrar arrendamiento a los filósofos en busca de la verdad; y los hospedó gratis.  Después de un año de estudios de los evangelios y de meditaciones, regresó a Milán donde Ambrosio, triunfante, lo bautizará.  Inmediatamente después Agustino regresa a África.  Durante el viaje de regreso,  la omnipresente  mamá dejó de ser omnipresente: se enfermó y murió cerca de Roma, feliz de que su ex-travieso hijo  se hubiera convertido por fin a la “verdadera fe”.
Llegado a África, Agustín vende todos sus bienes,  el producto lo reparte entre los pobres y va a vivir en una pequeña propiedad que se reservó para hacer vida de monje. Pero a los pocos años su tranquilidad de monasterio se terminó  y de muy mala gana acepta que lo ordenaran sacerdote y después Obispo.
 Pero una vez nombrado,  su actividad episcopal fue muy intensa.  Escribió también muchísimo. Murió en Hipona a los  75 años,  edad excepcional para aquella época. Y fue en los tiempos de la invasión de los Vándalos de Gensérico.   
Quizás la obra literaria más famosa sea LAS CONFESIONES donde habla de su vida, su evolución interior, de su concepto de Dios.
 El  DE CIVITATE DEI (LA Ciudad de Dios) es probablemente su obra maestra, donde nos presenta un resumen de su pensamiento político,  filosófico y religioso.  Y tuvo muchísima importancia en los siglos venideros. Fue escrita  para defenderse, como cristiano, de las criticas que máxime los paganos  romanos   hacían a la nueva religión, culpándola  del colapso de la Ciudad Eterna, Roma, frente a los Visigodos en el 410.   
Otra obra importante fue DE TRINITATE (La Trinidad)  seguramente su principal obra dogmática.
 Escribió sobre la Indisolubilidad del Matrimonio; y dio, con REGULA AD SERVOS, las normas más antiguas del Monaquismo occidental, el de los Agustinianos.
Acusó, con sus escritos, a maniqueos, donatistas, pelagianos, arrianismos y  las  demás herejías en general. En su controversias con los maniqueos (de Maní, sacerdote Persa) combatió el dualismo, la idea de la lucha entre el Bien y el Mal y defendió el libero arbitrio del hombre. Rechazó el Donatismo (Obispo Donato de Cartago) que fue una reacción al relajamiento de  costumbre del clero y que quería impedir que sacerdotes en pecados impartieran sacramentos; Agustín sostuvo el concepto del SACERDOS IN AETERNUM, todavía vigente en la Iglesia Católica, o sea que cualquier  sacramento  vale aun que otorgado por un cura negligente o en pecado.

 También opinó y peleó contra Pelagio : éste sostenía que cada cual es responsable de las acciones que comete y no de las acciones de los padres o antepasados: así que, según Pelagio, el pecado original de Adán sería  intransmisible y de paso   inútil el bautismo a los bebés ya que no existe ningún pecado original que enmendar. Inexplicable, pero Agustín consideró esa teoría una heresìa , y tal es para la Iglesia Católica.

Se batió contra  el Arrianismo. La doctrina cristológica elaborada por Ario sostenía que la figura del Cristo, como segunda persona de la Santa Trinidad, era de valor inferior del Padre Eterno  ya que, habiendo nacido después, no tenía la perfección de la eternidad; por lo tanto confutaba la idea de la Trinidad. El concepto de las tres personas iguales y distintas se remonta a Agustín y se impuso en la doctrina oficial de la Iglesia Católica Romana. Los pueblos Germánicos de Italia, ostrogodos, visigodos y Longobardos convertido al cristianismo eran  cristianos arrianos: con el tiempo se someterán al catolicísimo de Roma.

Agustino prevaleció también contra el grande Orígenes; no aceptó su apocatástasis, o sea la idea que al final de los tiempos, Dios perdonaría a todo el mundo, incluido a Satanás y el Paraíso seria  sin ninguna excusión a disposición de todos.    Nuestro Agustín defendió la idea del castigo eterno en el Infierno y la existencia del Purgatorio. Aun que de muy joven había rechazado la fe en nombre de la razón, con el tiempo fue convenciéndose que fe y razón no se oponen sino que colaboran. Agustín quiere comprender el contenido de la fe: Crede ut intelligas  e Intellige ut credas: Creas para entender y entiendas para creer.

En ADVERSUS JUDAESOS  escribió él también contra los pobres Judíos acusándolos de ser enemigos de la nueva religión cristiana. Y consideraba que todas las desgracias sufridas por ellos en la diáspora eran demostraciones de la validez de la doctrina cristiana y formuló contra todos ellos la gravísima acusación de   haber crucificado al Cristo. Y hace una curiosa distinción entre hebreos y cristianos aun que ambos desciendan del Padre Abraham: “…los hebreos” dice Agustín” descienden carnalmente del patriarca Abraham; sin embargo nosotros los cristianos descendemos de otras gentes pero imitando las virtudes de Abraham nos transformamos en hijos de Abraham...”. Así que somos descendientes de Abraham por gracia de Dios porque  el mismo Dios no quiso que los descendientes carnales de Abraham fueran sus herederos.

   También hubo disertaciones sobre el problema del mal: que al mal no existe en sí, sino que es la falta del bien.

 Y sobre el tiempo hay algo interesante: que el tempo es una realidad muy rara, ya que el pasado ya no existe, el futuro no existe tampoco porque debe todavía ocurrir; y el presente ¿a qué se reduce sino en un instante que huye?

Y sobre el libre albedrío, problema que ha ocupado tantos cerebros de filósofos y religiosos, existe esta afirmación: si no existiera el libre albedrío, no habría ni culpa ni  gloria para el hombre. Porque o existe la libertad de decidir, o sea el libre albedrío; o  existe la predestinación: haga lo que haga un determinado sujeto, si Dios ha destinado que sea condenado, será condenado! Agustino sostiene que no existe el determinismo: siento omnisciente, Dios sabe de antemano, antes de los tiempos, los que serán condenados ab aeternum, los que recibirán la Gracias y los que no. Pero  sostiene que Dios  sabe todo eso pero que no interviene en ningún momento: deja a los hombres libres de actuar, según su libre albedrío. Y el hecho que Dios sepa de antemano lo que escogerán, no implica una intervención en sus voluntades.

El pensamiento de ese gran filosofo ha tenido enorme influencia  casi exclusiva hasta el siglo XIII.  
O sea por casi mil años.  

Agustín no fue un fanático, como lo fueron muchísimos en su época, incluyendo el  gran Ambrosio, su contemporáneo.  Fue un hombre que de joven gozó de la vida, de la alegría de la juventud, se dedico a los placeres del cuerpo  como a los del alma y de la cultura. Inteligentísimo, atractivo y ambicioso, ya crecidito en edad, siguió estudiando y poniéndose preguntas  y tratando de resolver los grandes problemas de la humanidad; pasó  a través de varias experiencias demostrando inquietudes y curiosidades  y buscando la “verdad”  en varias direcciones. Cuando llegó al cristianismo “ortodoxo”, llegó a algo que  estuvo buscando durante largos años de reflexiones; no fue un sencillo buscar razones para justificar una  creencia, sino que la creencia le vino después de haber buscado razones.  En aquéllos tiempos casi no se podía vivir sin pensar en la divinidad, en el sobrenatural. Hoy en día el problema de dios ya no es, en la mayoría de las personas de cierta cultura, un problema de actualidad. Es algo que francamente no interesa más. Estamos más interesados en los problemas del hambre en el mundo, de las guerras, de tratar de atenuar  los fanatismos de varios géneros en pueblos   todavía primitivos y hasta en los más desarrollados. El problema de dios no es actual. Pero, en aquel entonces, era importantísimo, primordial. Y él lo supo resolver, a su manera, claro, no a la manera de otro, como hombre honesto y con las limitaciones de su época: pero  se puso el problema  y lo resolvió. Sus opiniones influenciaron por siglos a la Europa pensante, o sea al continente que en tres oportunidades, con el Imperio Romano, con el Renacimiento y con la Revolución Industrial fue luz de cultura dinámica poniéndose a la vanguardia del desarrollo humano.

 Por divertida ironía y gozo de los racistas, el caso quiso que  el Gran Agustín fuera un africano.