10 oct 2010

Los del lado de acá, los sobrevivientes


Experiencias y consideraciones sobre una casa de reposo para ancianos 


 
Nunca yo había tenido experiencia directa de lo que fuera lo cotidiano en una Casa de Reposo para Ancianos. Debo admitir que es la primera vez que me sucede ser viejito.   Lo confieso. Mi nueva experiencia de vida en un geriátrico comenzó el año pasado a mis ochenta y uno.

“Antes”, hasta mis 40, era joven, bello, alegre, simpático, seductor. Aun que no siempre el joven es bello, alegre, simpático y seductor, le queda  siempre lo de ser joven; y todo lo eventual negativo se renueva por un nuevo logrado éxito, con una copa de vino o con una mujer.

Eso, “antes”.
Pero “después”, con el decaimiento progresivo, si  se quita el supuesto de ser bello, alegre, simpático y seductor, le queda a uno solamente lo  de ser viejito. No es mucho.

Se inicia la inútil búsqueda de la cuadratura del círculo pero solamente se inicia a buscarla en esta fase de la vida.

El termino casa de reposo es muy amplio.
Las hay de varios tipos. Casa de Reposo para Ancianos, Manicomios (se le decía antaño), Asilos, Casa de Retiro para mayores de la tercera o cuarta edad, Conservatorios, Salones de Espera del Último Tren para Yuma…o como quieras llamarlas. Desde el más miserable Asilo donde el excremento huele a excremento a un kilometro de distancia, a la Casa de Lujo para Mayores Hábiles de la Tercera edad, llenas de flores y de sonrisas  felices en los folletos de propaganda y donde ves los residentes. que hasta salen manejando sus coches en compañía de la linda chica desinteresada  que  espera cariñosa que el viejito estire la pata y le deje la herencia. Gratuitos los unos, a más de 5000 o 10000 dólares los otros.
 Pero el denominador común es mantener en vida con más o menos adelantos tecnológicos y supuestas comodidades a personas que han cumplido ya con su primaria función fisiológica del crecer y multiplicarse. Y si, alguna vez, algunos poquísimos han dado algo más de sí mismos dejando huellas en este mundo de porquerías y bellezas, ya estos poquísimos no están en condiciones de ofrecer nada mas que no sea una buena herencia e inútiles sabios consejos que a nadie interesan. .

La primera siempre aceptada, obviamente, pero únicamente por  respeto a las últimas voluntades del querido deudo, dicen los herederos  y con los ojos que reflejan la alegría  de aceptar esas voluntades. Los segundos siempre extemporáneos e inútiles por la infranqueabilidad entre generaciones; y olvidados al momento del despido.
El fin es mantener artificialmente con vida personas de ninguna utilidad social,  y que en realidad ya no viven.
Casi todas las agrupaciones humanas se ocupan hoy en día del problema de sus frágiles viejitos: los Gobiernos-Estados por su relativamente nueva filosofía social donde el voto de un jovencito inexperto, un profesor universitario, o un semi- demente senil tienen el mismo peso: las sociedades particulares con fines de lucro para conseguir su lucro: los familiares para cumplir con las costumbres y tranquilizar sus conciencias. Y se mantiene en vida, de manera antinatural, con costos más o menos elevados, lo que según la ley de la naturaleza ya no debería existir.
 Nos hemos transformado en hombres biónicos, y caminamos todos con muletas; y muletas son las operaciones de cataratas, los aparatos auditivos, los dientes postizos, los implantes dentales, las varias operaciones de carácter estético para felicidad del cirujano plástico, los bye pass, los varios trasplantes de órganos para satisfacción profesional y económica del médico y beneficios ilícitos para el oscuro negocio de su mercantilización.
                                                                    ***
Estoy sentado en mi mesa, en el comedor social del Residencial que me hospeda. Por mis razones que no vienen al caso referir y que de todas maneras a nadie les interesan, lo preferí a la alternativa del Hotel o del apartamento que con nostalgia patética recordaría mi garçonnière de mis treinta años.
Y me encuentro bien. Claro que me encuentro bien. Relativamente bien.
Se me indicó este Residencial como uno de los mejores y más nuevos de éste lado del mundo donde mi vida “folklórica y variopinta” probablemente terminará, después de haber cambiado casa, residencia, domicilio o demora, como quiera llamarse, por 21 veces, entre tres continentes, seis ciudades en Europa y cuatro en Americe latina. Y después de haber hablado, escrito, leído más o menos bien y más o menos mal en ocho idiomas. Después de haber vivido, aun sin comprenderlas realmente por ser todavía muy joven, las postrimerías de la guerra 39-45 Y después de haber pasado, en búsqueda de identidad,  políticamente y en buena fe, de la extrema derecha a la extrema izquierda, cuando no había llegado todavía ni a los 20 años… Después de haber usado  mi título de Dottore in Giurisprudenza solamente por poco más de una año, en Roma, como Funcionario Público. Haberme transformado en Constructor-Contratista del estado Venezolano por veinte años más con  la Compañía de Construcciones fundada por mí, ganando dinero y perdiendo dinero, “dos veces en el polvo y dos veces en el altar”.  Y  después de haberme dedicado  por otros veinte años a transformar mi sueño juvenil y mi hobby por las artes plásticas en actividad profesional tratando de convencer a todos de mis sublimes habilidades artísticas. Y después de haber  leído y espero no del todo olvidado todavía los 2503 libros de mi biblioteca...
…después de esto, ahora, aquí, sigo dibujando, escribiendo, interneteando y curioseando, voluntariamente limitado, por ahora,  en el perímetro de mi residencia actual.  Y trato de someterme, con gran esfuerzo mío y paciencia de los demás, a unas necesarias normas de ambiente  de grupo al cual no estoy absolutamente acostumbrado. Pasar de ser “uno”, a “uno como los demás”.
¿El ambiente? Habría que conocer a muchos  para dar una opinión  certera.   
Así que, siempre mas-o-menisticamente hablando, aquí se nota una buena construcción, áreas verdes, varios servicios sanitarios deportivos y de esparcimiento. Buena atención médico sanitaria y alimenticia. Confortables habitaciones mono locales para el descanso de no se sabe qué actividad cansante. El personal en general de buena calidad, pulcros, sonrientes.
Y estamos sumergidos en el lado de “acá” de nuestra sociedad. Estamos entre los sobrevivientes y los que obedecen.
En el lado de “allá” están los que nos mandan: todos los jóvenes, los médicos, los enfermeros, los auxiliares y psicólogos y nutricionistas y vigilantes y camareros y cocineros, el cuidador del  jardín y hasta los familiares;  todos nos  mandan siempre, cada uno a su manera. Con una sonrisa en los labios, pero siempre nos mandan.

Yo observo, veo, escucho.
ALDO: En mi " Estudio" en el Residencial






¿Qué observo? ¿Que veo? ¿Qué escucho?


Por ejemplo: al final del dio llega casi siempre y siempre apurado el hijo de una señora mayor, que fue, la señora, muy importante en su época, no muy remota: medico, congresista internacional, varios idiomas, profesional de renombre, ahora semi- paralizada, semi-ciega y semi- sorda en una silla de ruedas  rodeada por un constante renovarse de ayudantas-asistentas-camareras.El hijo, un hombre de unos 45 años, aspecto de intelectual, quizás profesor, siempre en jeans, mirada inteligente, frente alta, se le acerca, la besa, le habla al oído, con tono casi siempre alto para que ella pueda escuchar. Y la conversación con la mamá es un monologo de palabras casi incomprensibles que recuerdan ciertos borborigmos en tono de bajo. Monótonos y constantes. De repente ves que se levanta rápido de su silla, se acerca a paso veloz a la cocina, se confabula con alguien, o reclama algo, gesticula, regresa siempre con paso rápido al lado de su mamá y le da asistencia en varios detallitos, le limpia constantemente la boca.     Reordena  nervioso algo de desorden que según él ha producido la asustada asistenta durante los minutos de su incursión a la cocina. Otros borborigmos.
Y ¿la mamá? ¿La señora? La ex persona importante, ¿qué hace ahora? A veces contesta a mi saludo, cuando me oye o cuando me ve. Y el otro día,  conversando a su lado y su hijo, no recordábamos el nombre del socio de Pantagruel…y escuchamos de ella, en un susurro ronco: Gargantùa.

Por ejemplo: no con la misma frecuencia diaria, pero sí, casi semanal, llega el hijo de otra residente. Una señora que debe de haber sido bella y que todavía trata de cuidar con esmero su cabellera rubia suelta de persona joven y que vagamente me recordó a mí la de Verónica Lake. El verano del año pasa ella amaba ponerse al sol, en el jardín de la residencia, feliz y orgullosa del fuerte bronceado y quizás también del fuerte y exuberante decolletè. La felicité más de una vez por el color que me recordaba, le dije en un piropo disfrazado, las chicas en topless de Niza, en la Cote Azul. No sé si entendió, pero una sonrisa complaciente y quizás con algo de coquetería me agradeció el piropo.
 Al inicio de la primavera, hace poquísimos días, me acerqué a ella y le sugerí que tratara de tomar otra vez el color lindo del año pasado, exponiéndose al sol. Me miró con reproche:
“ El sol da cáncer en la piel!
“Puede ser”, le contesté, “pero se necesitan años de incubación. Yo también me bronceo al sol. Y para cuando nos saldrá cáncer, dentro de años, estaremos ya muertos y sin darnos cuentan.”
El hijo, de visita a su mama en ese momento, me miró y su mirada fue una expresión de resignación. Es un señor de unos cincuenta años, empresario de aspecto de hombre de acción, activo, ocupado. Las horas que dedica a su mama debe de tratar de recuperarlas en horas de noche. Y se nota el cariño para su madre. Le trae siempre regalitos y otras pequeñas cositas que ella pide con la insistencia del niño que persigue su chupeta.
Por ejemplo: con muchísima menos frecuencia llega el hijo de otra residente. Una dulce señora que conocí el año pasado. Y en un solo año pude constatar el fuerte deterioro. Alzheimer supongo.
Las “enfermedades” de los residentes son un secreto reservado a los médicos y enfermeros. Quizás a otras personas, pero no a los demás residentes, a los “Colegas Residentes”, que deben ignorarse recíprocamente.
Quizás sea mejor así. Y cuando la mirada más o menos distraída de un residente se posa casualmente en unos de los tantos dossier de cada uno de nosotros donde parece que están reportados todos los eventos, casos y cosas que suceden a nosotros, las enfermeras, médicos, o personal administrativo que está redactando los eventos del día, cierra de golpe la carpeta-dossier para que el secreto de lo sagrado se mantenga secreto, como los misterios Eleusinos. Pero quizás sea mejor así. Y el gesto de cerrar de golpe el dossier me recuerda el gesto de cerrar el libro, en los bancos del liceo, para que el profesor no viera la foto de la mujer desnuda que debíamos cuidadosamente ocultar entre las Anábasis de Jenofonte.
Y quizás sea mejor así. Y cuando viene el hijo, a veces solo, a veces con la esposa, a veces con sus hijos, se le nota tristeza en la cara al ver la mirada siempre mas perdida de la madre. Claro que quiere a su mamá. Pero… ¿sigue siendo su madre esa Señora? Quizás se lo pregunta, quizás no. O quizás no tiene el valor de pensar lo que piensa. Y la angustia sigue, así como seguía la mía, ya hace años, en las visitas que yo, viniendo en América, podía hacer solo muy esporádicas a mi madre, residente en un Residencial en Roma. Y me alejaba cada vez con la imagen tristísima de esa persona menuda, frágil, indefensa, que probablemente vería por última vez, sentada en su silla de ejecución, con la mirada dulce y angustiada pidiendo ayuda. ¿Cómo ayudarla?

Los veo a todos. Ellos y yo, sentado con ellos. Son mis “colegas”. Los veo. Los estudio.

Zombi. Sentados frente al televisor con pantalla amplísima. Algunos dormitan. Otros miran. Miran y no ven. Pregunto: “que película dan?” Nadie sabe.
Los que miran, quizás miran, pero no escuchan. Quizás miran al movimiento como las llamas del fuego en la chimenea o el agua que escurre en una fuente. Llega una enfermera: “Vamos a la merienda”. Alguien mira al reloj a ver si son las cuatro y media. Son las cuatro y media. Se levantan. Algunos solos, otros ayudados. Se dirigen convergiendo hacia el salón. Recuerdo la película de Michael Jackson. La primera y única que vi. No la olvidaré nunca. Ahora los “colegas” me hacen revivir la escena macabra de la marcha. No recuerdo el nombre de la película. Quizás no me guste recordarlo. O quizás yo también comienzo a tener falla de memoria reciente. Me pregunto si el ambiente contamina.


La India Guri

 
Después de la merienda, actividades sociales. Nos visita todos los lunes una linda morenita. Los ojos de dos colegas varones la siguen con cierto interés; pero por costumbre, diría. Costumbre atávica.  Es la Técnico en artes plásticas. Les enseña a dibujar. Hacen arte. Así se llama la clase. Todos alrededor de mesas, pinceles en la mano, acrílicos, colores, manchas. Llenan de color los dibujos o cosas preparadas por la Técnico. Veo mis hijitos al kindergarten. Misma escenita. Lo hacen con gusto. Rellenan con diligencia las zonas a rellenarse de colores. Están orgullosos. Los hijitos y los Residentes.
Otro grupito fue a los ejercicios físicos. Dirige un joven técnico también uniformado. Serio, competente, compenetrado. Los sienta todos a su alrededor. Y uno y dos y tres y cuatro.Repica un teléfono. Sube las escaleras una ayudanta: “llamada telefónica para….” Todos esperan que sea para él. La llamada es siempre para otra persona. Y uno y dos y tres y cuatro.
Se siente el paso rápido de una mujer. Paso rápido y ligero. Es la Directora. También joven, también bonita. También con siempre una sonrisa… estampada? Y mirada atenta puesta en mil detalles. Eficiencia de una alemana. Decide lo que podemos o no podemos hacer. Ojos luminosos como en las Mil y una noche.
Y, ¿qué hago yo aquí? Salgo al jardín. Me mezo en el chinchorro de moriche que traje del Delta Amacuro. Y de lejos, a treinta metros veo la estatua de la India Gurí, esa estatua de bronce, pieza única, tamaño natural que hice hace años de una India Warao y que me traje acá, conmigo, y coloque en el jardín del residencial. Me trae recuerdos muy dulces porque también me ayudó, posando, mi hijita Leila, adolescente. Es una indiecita sentada pensativa en una roca, con las manos y dedos abiertos, de donde le escurre el agua del Rio Caroní. Y se le escurre entre los dedos, como se le escurrió su cultura y como se escurre mi vida.



26 sept 2010

Burro Negro o el padre afectuoso


(Texto de mi libro “Venezuela, qué vaina”,
Alfadil Ediciones, Caracas, 2001.)

Ir por tierra de Caracas a Burro Negro, que está en el Estado Zulia, no era un viajecito corto. Más de 900 kilómetros.

En 1965 tenía yo, con mi entonces pequeña empresa, un trabajo de deforestación y de preparación de tierras para los campesinos por cuenta del Instituto Agrario Nacional de Venezuela. La localidad de Burro Negro, cercana a El Venado, ni siquiera aparecía en los mapas nacionales.

Los campesinos de la zona eran peones, por supuesto: pobres diablos que echaban pa’lante con lo poquito que sembraban o crecía en los pocos metros donde se habían construido sus casitas; en los terrenos de quién, nunca se sabía. Construían su ranchito en el medio de la foresta o a lo largo de carreteras y, si nadie los echaba, se quedaban un año tras otro llenando de hijos a sus mujeres.

Esos campesinos, salvo algunas características somáticas más aindiadas y un fuerte acento zuliano, eran como todos los demás campesinos que había conocido hasta entonces en Venezuela: sencillos, crédulos, de esos que cuando dan una respuesta lo que hacen es repetir la pregunta:

–Me dijeron que en esta época del año casi no llueve, ¿es verdad?

–Sí, no, no llueve; en esta época no llueve.

–Pero… ¿a veces llueve, de todas formas?

–Sí, a veces llueve, de todas formas.

–¿Cuánto me falta para llegar a Burro Negro?

–Uf, le falta.

–¿Cómo media hora?

–Como media hora.

–Pero me dijeron que en esta carretera me tardaría como dos horas más.

–Sí, dos horas más. Dos horas.

En fin. El contacto con personas tan sencillas y puras hace que afloren sentimientos de culpa. Hemos permitido, e incluso fomentado, que sobreviva la esclavitud dondequiera. Somos versiones modernas de los amos de antaño. Los azotamos con el látigo de nuestras costumbres, nuestras lenguas, nuestras religiones y nuestra moral y los obligamos a adoptar nuestra cultura con la promesa incumplible de que se parecerán a nosotros. Aunque a nosotros, en el fondo, ellos nos importan un bledo.

Siguen obedeciéndonos y nos creen porque los apabullamos con baratijas, hábito que ha persistido desde hace quinientos años. Para ellos nosotros no pertenecemos a otro mundo, sino a otra galaxia.

Éstas eran las tonterías que pensaba durante horas y horas de viaje, solo, en automóvil.

Después de nueve horas de viaje ininterrumpido, llegué por fin a Burro Negro, cuando ya era casi de noche. Abandoné la carretera asfaltada para meterme por un caminito de tierra de unos diez kilómetros, en dirección a nuestra pequeña «oficina» de campo. Era la casa más parecida a una casa de la zona. Tenía paredes de un material que recordaba vagamente al cemento y el techo de palmas servía como defensa del calor y refugio del chipo que transmite el mal de Chagas. El piso era de tierra compactada. Había una habitación para la oficina y otra para el dormitorio donde dispusieron para mí y el topógrafo un par de camas de hierro, con colchón y sábanas, porque, por supuesto, los “musiúes” (gringos o europeos) no sabían dormir en hamacas.

–Usted no necesita todita la casa completa, ¿verdad?–, me había preguntado una especie de cacique de la zona, que manejaba los «negocios» entre los conuqueros- peones y el IAN, cuando me consiguió la casa para instalar la «oficina»–, ¿no le importa si en la cocina se queda Juan con su familia, no?

–No, no me importa. Con esas dos habitaciones a mí me basta–, respondí. ¿Qué iba a decir? Era un ambiente tristísimo; si tenía la cocina ocupada o no me daba lo mismo pues, al fin de cuentas, yo me quedaría allí cuando mucho un par de días cada dos o tres semanas.

El cacique insistió en que hiciera una especie de inspección y fuera a ver la cocina donde viviría el tal Juan, el conuquero, con su familia. Había dos o tres mujeres de edades indefinidas que me miraron como a un extraterrestre y un corral lleno de niños, desde bebés hasta niños de cuatro, cinco y seis años. Quizás una docena, en total. En una hamaca, perezosa, se estaba meciendo una linda muchachita de doce o trece años, semi desnuda como todos los demás y, también como los demás, con una carita aindiada; pero con una sonrisa indefinible… Una linda sonrisa indefinible. «Una Gioconda india», pensé.

El tal Juan no estaba en ese momento.

Me acosté. En la mañana, temprano, una de las mujeres me llevó un café excelente y muy dulce y un pote de agua para que lavara no sé qué. Quizás para que me lavara yo. No había baño ni nada similar, solamente un «cagadero» afuera, como una garita de militares.

–Pa defendese de las picadas, dotol. Si usté va a cagar pa'llá pa'l monte, a lo mejor lo pica una culebra o una mata-caballo, y si le pica por el culo, aquí habemos muchos y le ayudamos… y pase, pero si le pica por allá donde más duele, ¡ay mi madre!

El razonamiento era muy contundente.

Tuvimos que quedarnos por algunos días más de lo previsto porque surgieron problemas con las mediciones topográficas, de modo que comenzó a formarse una pizca de familiaridad entre nosotros y Juan y su contingente de mujeres y niños.

Una noche en que me había acostado relativamente temprano, me despertó un lamento… como un llanto resignado, sin variaciones de tono pero de una sola voz; una especie de jaculatoria que al principio atribuí a alguna extraña clase de rezo. Pero no era un rosario porque no contenía un a solo con coro salmodiante, así que tal vez sería una especie de conjuro o… ¡qué iba a saber yo lo que podía hacer esta gente! Como la letanía no daba signos de interrumpirse, me levanté con curiosidad y fui a la cocina a ver lo que sucedía. Naturalmente no había luz eléctrica, pero la noche de verano era clara y había luna.

Lo primero que percibí en la penumbra fue a la mujer de la cantilena, acuclillada en un rincón del cuarto y mirando hacia la hamaca. Y la letanía, sí, era un lamento, pero por fin escuché que, gimiendo en un regaño resignado, la mujer lloraba y decía: «Cochino… cochino… cochino… cochino…».

Y parecía que con el soplo de su quejido meciera la hamaca que estaba en el medio del cuarto. En efecto, la hamaca se mecía y, tumbado en él, estaba Juan, como durmiendo; Juan, el hombre de la casa. Pero había también otra sombra en la hamaca… ah, claro, era la niña, la de trece años, la linda Gioconda india, pero ¿qué hacía allí con su papá?

La Gioconda estaba a caballo en la hamaca, sentada sobre el vientre de Juan, y sus dos piernitas de adolescente, abiertas, casi tocaban el suelo. Y no estaban jugando a los caballitos. Estaban fornicando tranquilamente, con todos los movimientos que la naturaleza sugiere para esos casos: frente a todos, frente a las otras mujeres, frente a la caterva de niños y frente a mí, que de repente me sentí, sobre todo, avergonzado.

La niña me miraba mientras seguía haciendo con tranquilidad sus movimientos rítmicos y lentos que no tenían ningún furor erótico, sino que eran ejecutados como una especie de ritual que se debía cumplir. Y mientras me miraba seguía sonriendo con esa indefinible sonrisa de Gioconda india.

Al verme, la vieja acuclillada, la mujer de los lamentos, aumentó el tono de voz manteniendo la uniformidad de la letanía. Quizás era una forma de avisar mi presencia o quizás lo hizo para sacudirse el sopor.

Me retiré de inmediato a mi cuarto y la letanía cesó al instante.

Al día siguiente, en el campo, Juan se me acercó. Yo estaba enormemente azorado, pero él, con la mayor naturalidad, me dijo:

–Mire, dotol, ¿usté se ha fijao en lo buena que está mi hija? Claro, la vieja, su mamá, no quiere y siempre me echa esa vaina, como anoche. Pero dígame, dotol, ¿a usté le parece justo que yo la deje pa'que se la coja cualquier coño'e madre que ande por ahí?

Con una sonrisa agregó:

–Qué va, a mi hija no se la coge nadie, ¡a mi hija me la cojo yo!

12 sept 2010

La señora del piso de abajo



En Roma. Quizás año 1948. Mis 20 años y el primero de Universidad. Yo estaba solo en la casa. Probablemente estudiando. Tocan a la puerta. Voy a abrir:

--¿No está tu mamá, Aldo?-- me pregunta la señora Russo, la señora que vive en el piso de abajo. Marido y tres hijos. La mayor, Ana, de 25 años, me gustaba muchísimo, era inalcanzable, demasiado bella, culta, elegante, mayor que yo, y mujer de verdad; tenía una hermanita, Simona, de cabello largo lacio rojo, adolescente. Un hermano, Alberto, más joven que yo, alto, delgado, medio enfermizo, no hacía nada. El marido, rechoncho, bajito, era el señor Russo. Cabello peinado pegado con brillantina a la Valentino, negrísimo, onduladísimo de volutas pequeñas como los etíopes. Comerciante no se sabía de qué, siempre en un mar de problemas económicos, de letras de cambios, de huidas de la casa, de esconderse de los acreedores. Cortejaba a mi papá, director de Banco, para que le concediera descuentos de dudosos títulos de crédito y pagarés. Sabía que a mi papá le gustaba su mujer. A mi papá le gustaban un poco todas.

-¿No está? -repregunta.

-No están, salieron los dos, papá y mamá... Estoy solo. Mi hermanita está en la escuela.

-Es que…- dudó-. Quería mostrarle estas dos fotos a tu papá… A tus padres-, corrigió.

-Quieres verlas tú, Aldo? Son de una muchacha de Etiopía -siguió más segura.

La guerra de Etiopía de Mussolini, del 1935, para dar otro Imperio a Roma. Por lo menos habían quedados algunas fotos.

Dos fotos grandes, en blanco y negro probablemente de cierto valor artístico, pero yo veía solamente la mirada dulce de animalito obediente y las tetas y nalgas de la esclava etíope en espera de la liberación italiana. Faccetta Nera. Y las vi, impactado, las líneas suavísimas, ébano, con el furor de los 20 años. Reacción inmediata. Vi la señora Russo con otros ojos. Quizás por primera vez. Su mirada muy astuta, brillante, de pícara. Muy escotada. Siempre muy escotada. Su bata familiar se transformó en el manto de la Reina de Saba, seductora. Su cuerpo voluptuoso. El instinto del sexo me empujó: la levanté en mis brazos.

-Ma cosa fai, Aldo, che ti sucede?-, se reía, los ojos brillaban, teniéndola en brazos, mi cuerpo se frotaba con el suyo.

La llevé al santa sanctorum de todas casas: la habitación de mis padres. Irreverente, la tiré en la cama.

Sus ojos eran brillantísimos, ahora.

--No. aquí no, no estamos tranquilos… Vamos a otra parte.

Y no recuerdo absolutamente nada más.

Me quedó la imagen. De Makeda, la Reina de Saba. Pero al día siguiente busqué a la señora Russo. Salimos. Ahora todo está confuso en mi mente. Sé que la llevé a Villa Borghese, el Parque, donde íbamos los estudiantes a estudiar con las compañeritas y a robarles algún besito. La señora Russo quería algo más que besitos. Yo no lograba dominar mi excitación: eso sí, lo recuerdo muy bien. Todo el tiempo con ella, casi siempre en ese estado. Muy incomodo para mí, entonces. Ojalá tuviera esa incomodidad, ahora. Fuimos entonces al Teatro Adriano: cine teatro Emperador Adriano. Viejo Teatro transformado en cine. Pagué la entrada a un palco. Los había para seis, cuatro o dos personas. Pagué el de cuatro, costaba menos porque se compartía. La señora Russo quiso que entráramos en el de dos. Los palcos estaban todos a oscuras. La Sala casi oscura y película en blanco y negro, más oscura todavía. El Cine Teatro Emperador Adriano compraba las más baratas. Mejicanas me parece. María Félix, Pedro Armendáriz. Recuerdo sólo cactus. Nadie veía las películas. No existía aire acondicionado, entonces. Era verano, un calor insoportable, como en la tierra de los cactus: pero se soportaba. Se sudaba, olor a sudor y a todos los demás contornos. Si yo lo percibía, entonces, debía de ser asfixiante. Las manos, sumergidas en los quehaceres del caso, mantenían el olor de los quehaceres, por largo rato. Claro. Todo era manual, obviamente. No podía ser diferente.

Y vino el día del paseo romántico a través de casi toda Roma, hasta la Plaza de España.

Éramos cinco amigos. Michele, Mario, Peppino, Giovannino y yo. Había tres muchachas amigas entre ellas: dos hermanas de Michele y otra amiga. Podíamos llevar a Michele, con él se podía, porque era miopísimo. Faltaban dos, para Giovannino y para mí. Había que buscarlas.

Era relativamente temprano. Había luz, en Roma, a esa hora. Fuimos a mi casa. Al piso de abajo. El señor Russo no estaba. Giovannino buscó a Elide, la flaquita, intelectual, dulce, casi viejita de 28 años, la hija del almirante, dos pisos más abajo. Yo quería que viniera Anna, la hija mayor de la señora Russo. Nunca supe si habría aceptado; pero la mamá le prohibió, tajante:

-Tú no puedes salir ni siquiera con Aldo y sus amigos, ni para un paseo inocente. Es de noche. No, imposible. Tú estás de novia. Olvídate. Prefiero ir yo con ellos para comer un helado en la plaza España.

Y vino ella, la señora Russo. Fuimos todos primero a comer pizza y supplí en una Trattoria allí cerca. Tomamos alguito del vinito dei Castelli Romani. Todos éramos jóvenes, alegres. Después, más alegres todavía, todos, dándonos de brazos en calles ya casi desiertas, caminamos a pie por kilómetros, desde Piazza Mazzini hasta Plaza de España.

Y la señora Russo, que estaba a mi brazo, metió su mano materna dentro de mi bolsillo izquierdo.

Y así caminamos un rato. Al paso de la conga que estaba de moda.

-Rompe el bolsillo, Aldo— me susurró al rato la señora Russo.

Lo rompí y así caminamos. Entre conga y samba, al rato me di cuenta de que todos, menos Michele, bailábamos la conga en parejas. Como la Russo y yo. Hasta que por fin llegamos hasta la Plaza de España. Nos acercamos al bar, para pedir la famosa cassata alla Siciliana. No pudimos. Demasiada luz. Y con la demasiada luz nos dimos cuenta todos, contemporáneamente, menos Michele, de que nuestros pantalones livianos estivales estaban mojados, unos más y otros menos. Pero todos en el lado izquierdo. Menos el de Michele. Estaba impecable. Le dimos la plata y fue a comprar al bar iluminado las cassatas para todos.

-Menos mal que tú no te manchaste con el vino dei Castelli-. Le comentó alguien, cruelmente.

Y comimos los helados sentados en los históricos y artísticos escalones de la Plaza de España que, a pesar de la historia y del arte, estaban a oscuras de todo y las manchas no se notaban.

A las seis de la mañana las dos campanas de Trinitá dei Monti tocaron los Maitines, como siempre.

Imperturbables.

Y el Tiber fluía, como siempre.

Imperturbable.